Beeke, Joel

Lecciones sorprendentes de los puritanos para una vida con propósito

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Lecciones sorprendentes de los puritanos para una vida con propósito.

Por siglos, la palabra «puritano» ha sido utilizada como un dardo verbal. En el imaginario colectivo, invocamos la imagen de figuras severas, vestidas de un negro riguroso, con rostros contraídos por la amargura y una fobia patológica a cualquier forma de alegría. Se les ha descrito, con una crueldad caricaturesca, como personas «bautizadas en vinagre y destetadas con un pepinillo»; individuos atormentados por el temor sistémico de que alguien, en algún lugar, pudiera estar cometiendo el pecado de ser feliz. Sin embargo, cuando corremos el velo de la caricatura y nos asomamos a la realidad histórica, el mito se desmorona para revelar un paisaje inesperadamente vibrante.

Como historiador de las ideas, me fascina el contraste entre la percepción y la realidad. Lejos de ser ascetas incoloros, descubrimos a personajes como John Owen, el titán de la teología de Oxford, caminando por los pasillos universitarios con el cabello empolvado, vistiendo una elegante chaqueta de terciopelo y calzando botas de fino cuero español. Encontramos un movimiento que, aunque advertía contra el mal uso de las cosas creadas, celebraba la buena comida, la comodidad del hogar y la belleza del mundo. ¿Qué pasaría si la clave para una vida equilibrada, apasionada y con un propósito inquebrantable no estuviera en las últimas tendencias de autoayuda, sino en los escritos de aquellos que hemos caricaturizado por siglos? Este es un viaje de redescubrimiento; una invitación a desaprender el prejuicio y aprender de una espiritualidad que fue, en su esencia, un incendio de amor por lo divino.

1: El puritanismo no fue un destino, sino una «reforma de la Reforma».

Para entender a los puritanos, debemos situarlos en el torbellino político y religioso del siglo XVI. Su nombre nació como un insulto en la Inglaterra isabelina. Para el ciudadano promedio, el espectro religioso se dividía entre el «papista» católico y el «puritano» o «precisionista», un término de burla para aquellos que buscaban una pureza que otros consideraban quisquillosa. No obstante, ellos nunca se llamaron a sí mismos «puros»; sus diarios están inundados de confesiones sobre su fragilidad.

Su verdadero motor fue lo que el poeta John Milton llamó «la reforma de la Reforma». Tras la ruptura de Enrique VIII con Roma, Inglaterra había cambiado su administración, pero el corazón de la estructura permanecía intacto. Bajo el reinado de Isabel I, se estableció la «solución isabelina» (Elizabethan Settlement), un compromiso político que buscaba una iglesia nacional protestante en doctrina pero que conservaba muchas formas, ritos y jerarquías del pasado medieval. Para los puritanos, esta solución era una mediocridad espiritual.

«La reforma de la Reforma». — John Milton.

Esta visión implicaba que la Reforma no era un evento estático que terminó con Lutero o Calvino, sino un proceso dinámico. Rechazaban que la labor estuviera terminada mientras existiera una brecha entre la instrucción bíblica y la realidad vivida. No buscaban solo cambiar las leyes externas, sino purificar el corazón humano y la sociedad entera. El puritanismo era, en esencia, una inconformidad santa contra el formalismo religioso; era el deseo de que la fe no fuera un barniz institucional, sino una fuerza interiorizada que transformara cada fibra del ser, desde el parlamento hasta la alcoba.

2: Una «adicción» emocionante por la Palabra (Más allá de los sermones de dos horas).

Hoy nos cuesta imaginar que alguien pueda emocionarse por un sermón de una hora o más. Sin embargo, para los puritanos, la Biblia era el tesoro más valioso de la existencia. Debemos recordar el peso de la historia: los pueblos de Europa habían pasado casi mil años sin acceso a las Escrituras en su lengua materna. Cuando la Biblia finalmente estuvo disponible en inglés, fue como si un sol glorioso irrumpiera en un mundo gris de culpa ritualista.

Eran, literalmente, «personas del Libro». No lo leían por deber, sino con una sed insaciable que hoy llamaríamos adictiva. Richard Greenham, en su obra A Profitable Treatise, sugería ocho maneras de acercarse a ella: con diligencia, sabiduría, preparación, meditación, diálogo, fe, práctica y oración. Para ellos, los sesenta y seis libros de la Escritura eran la «biblioteca del Espíritu Santo», un mapa personal donde el Dios del universo les hablaba directamente como Padre, Salvador y Santificador.

La famosa anécdota de John «el Rugiente» Rogers en la aldea de Dedham ilustra esta pasión. Rogers, personificando a Dios, fingió que se llevaba la Biblia de la congregación porque el pueblo la había descuidado, dejándola llena de «polvo y telarañas». La respuesta fue visceral: la congregación entera cayó de rodillas, inundada en lágrimas, suplicando: «Señor, quítanos lo que quieras, quema nuestras casas, mata a nuestros hijos, pero no nos quites Tu Biblia». Esta intensidad revela un contraste agudo con nuestro descuido moderno; para ellos, la Escritura no era un código legal frío, sino el aliento mismo de la vida y el único fundamento seguro para la eternidad.

3: La Trinidad como una relación de deleite, no una abstracción.

Una de las contribuciones más profundas de John Owen, especialmente en su obra clásica Communion with God (1657), fue rescatar la doctrina de la Trinidad de la aridez académica para convertirla en una experiencia vital. Owen insistía en que no podemos relacionarnos con una «deidad abstracta» o una fuerza impersonal. La vida cristiana es, en realidad, una comunión diferenciada con cada persona de la Deidad.

Para el puritano, la espiritualidad no era un monólogo con un Dios lejano, sino una conversación tripartita basada en el deleite:

  1. Comunión con el Padre en el Amor: Owen nos invita a ver al Padre no como un juez severo que apenas nos tolera, sino como la «fuente y manantial de la dulzura». Su amor es de «complacencia», un afecto que se deleita en el creyente antes de cualquier respuesta humana. Owen exhortaba a sus lectores a «sentarse junto a la fuente» para descubrir la dulzura de los arroyos que fluyen de Su amor eterno.
  2. Comunión con el Hijo en la Gracia: La relación con Cristo es el corazón del afecto. Usando el lenguaje del Cantar de los Cantares, los puritanos describían a un Salvador irresistiblemente atractivo. Cristo no solo ofrece salvación, sino que se entrega a sí mismo en un romance espiritual donde Su belleza cautiva la voluntad del hombre.
  3. Comunión con el Espíritu en el Consuelo: El Espíritu Santo no es una energía etérea, sino el «Consolador» personal que hace que el amor del Padre y la gracia del Hijo sean «deliciosos» y tangibles en la experiencia diaria. Él es quien derrama el amor de Dios en el corazón y transforma la teoría teológica en un incendio interior.

Esta estructura trinitaria evitaba que la fe degenerara en un moralismo vacío. Al participar de la vida íntima de Dios, el creyente no solo obedece reglas, sino que comienza a amar lo que Dios ama y a deleitarse en Su belleza.

4: El «Intercambio Gozoso» y la metáfora del matrimonio.

Richard Sibbes, conocido como el «Doctor Celestial» por su carácter orientado al cielo, revolucionó la comprensión de la fe mediante la imagen del matrimonio. En obras como The Bruised Reed (La caña cascada) y Bowels Opened (Entrañas abiertas), Sibbes hacía una distinción crucial que a menudo olvidamos hoy: la diferencia entre «unión» y «comunión».

La unión con Cristo es el fundamento legal e inamovible. Al momento de la fe, el creyente se une a Cristo como una novia se une a su esposo. En este «intercambio gozoso» —un concepto que rescataron de Lutero—, Cristo toma sobre Sí nuestra pobreza, nuestro pecado y nuestra condena, y a cambio, nos otorga Su estatus real, Su justicia perfecta y Su herencia eterna. La comunión, por otro lado, es la calidez y el disfrute de esa relación, la cual puede fluctuar según nuestra fidelidad, pero nunca altera la seguridad de la unión.

Esta metáfora era el antídoto perfecto contra el legalismo. Si la salvación es una unión matrimonial, nuestra obediencia no es el salario para ganar el favor del esposo, sino la respuesta de gratitud ante Su generosidad. Como decía Sibbes con elegancia: «el cielo no es cielo sin Cristo». Los puritanos no buscaban simplemente un lugar libre de dolor llamado cielo; buscaban la presencia de la Persona que amaban.

5: El orgullo como «la camisa del alma».

Para los puritanos, el orgullo no era solo un defecto de carácter, sino el pecado más peligroso de todos. George Swinnock lo llamó «la camisa del alma», porque es lo primero que nos ponemos al nacer y lo último que nos quitamos al morir. A diferencia de otros vicios que nos alejan de Dios, el orgullo es un ataque frontal que busca destronar a Dios para entronizar al yo.

Jonathan Edwards, autor de Religious Affections, utilizaba una metáfora persistente: el orgullo es como una cebolla. Puedes pelar una capa creyendo que has llegado al fondo, solo para encontrar otra capa debajo. Incluso después de décadas de conversión, Edwards confesaba con brutal honestidad sentir las «profundidades infinitas e insondables del orgullo» en su propio corazón. Para luchar contra este enemigo, diseñaron cinco estrategias fundamentales:

  • Contraste: Meditar en la brecha abismal entre un Cristo humillado en la cruz y un cristiano soberbio.
  • Conocimiento de Dios: Entender que cuanto más alta es nuestra visión de la majestad de Dios, más pequeña y realista es nuestra percepción de nosotros mismos.
  • Mementos: Reflexionar con frecuencia en la solemnidad de la muerte; el cementerio es el gran igualador del orgullo humano.
  • Advertencia diaria: Recordar que la soberbia precede inevitablemente a la caída catastrófica.
  • Autoexamen radical: Plantearse la pregunta de Richard Mayo: «¿Debería ser orgulloso alguien que tiene un corazón tan propenso al error como el mío?».

6: La adversidad como «polvo de diamante».

En una era marcada por la persecución religiosa y una mortalidad infantil devastadora, los puritanos forjaron una teología del sufrimiento que no era teórica, sino vivencial. Robert Leighton dejó una frase para la posteridad: «La adversidad es el polvo de diamante con el que el cielo pule sus joyas».

No veían las pruebas como accidentes del destino, sino como el método pedagógico de un Padre amoroso. Thomas Watson utilizaba una metáfora inolvidable para referirse al desapego: «Dios quiere que el mundo cuelgue de nosotros como un diente flojo que, al ser arrancado, no nos cause demasiado dolor». Esta perspectiva permitía una resiliencia asombrosa.

Consideremos a John Flavel, autor de The Mystery of Providence. Flavel no escribió desde una torre de marfil; sufrió la pérdida de tres esposas y un hijo, además de vivir años como fugitivo, predicando en bosques a medianoche para evitar la cárcel. Sin embargo, afirmaba que las providencias más amargas son a menudo las más fructíferas. Entendían que Dios no usa el martillo de la aflicción para destruirnos, sino para grabar más plenamente la imagen de Cristo en nuestras almas. Las pruebas no son señales de abandono, sino de atención divina.

Takeaway 7: «Predicar es cortejar»: La teología como un romance.

Si hoy la predicación se percibe a veces como una conferencia aburrida o un regaño moralista, para Richard Sibbes era un acto de seducción santa. Él afirmaba categóricamente que «predicar es cortejar». El objetivo de un sermón no era simplemente informar la mente con datos dogmáticos, sino atraer el corazón a la hermosura de Cristo.

Sibbes entendía que la voluntad humana se mueve por lo que ama, no solo por lo que sabe. Por lo tanto, el predicador debía presentar a Cristo de una manera tan atractiva y gloriosa que el pecado perdiera su encanto por comparación. Esta visión transformó ciudades enteras; la gente no asistía por obligación, sino porque los sermones «despertaban a las almas de su indiferencia». La teología puritana no era una ciencia fría, sino el lenguaje de un romance eterno donde el alma es invitada a encontrar su descanso definitivo en el «Amado».

Takeaway 8: No hay división entre lo sagrado y lo secular.

Quizás la lección más revolucionaria para el mundo moderno es la abolición puritana de la dicotomía entre lo sagrado y lo secular. Para ellos, no era necesario retirarse a un monasterio para alcanzar la santidad. George Swinnock enseñaba en The Christian Man’s Calling que un creyente debía considerar «su taller tanto como su capilla como tierra santa».

Esta visión estaba anclada en su teología del pacto y la creación. Si todo el universo pertenece a Dios, entonces cada acción —desde criar a los hijos y limpiar la casa hasta participar en el comercio o la política— es un acto de adoración. Distinguían entre la «vocación general» (el llamado a ser cristiano) y la «vocación particular» (el oficio de cada uno). Esta mentalidad infundía una dignidad sagrada a todo trabajo honesto, eliminando la idea de que solo los ministros religiosos tenían una vida con propósito. El trabajo no era una carga, sino una plataforma para servir al bien común y glorificar al Creador en lo ordinario.

Takeaway 9: La seguridad de la salvación como una «bisagra del cielo».

William Perkins, el gran arquitecto del pensamiento puritano y autor de A Golden Chain (Una cadena de oro), dedicó su vida a ayudar a las personas a encontrar paz respecto a su destino eterno. Él llamaba a la seguridad de la salvación la «bisagra sobre la cual gira la puerta del cielo». Sin esta paz, la vida cristiana es una esclavitud de ansiedad.

Para los puritanos, la fe no era un salto ciego, sino una «mano vacía» que se despoja de su propia justicia para recibir las riquezas de Cristo. Perkins enseñaba que esta seguridad se apoya en tres fundamentos que trabajan en armonía:

  1. Las Promesas: Creer en la fidelidad inmutable de la Palabra de Dios.
  2. El Testimonio del Espíritu: Una convicción interna, personal y a menudo inefable de que somos hijos de Dios.
  3. Los Frutos de la Gracia: Observar en la propia vida señales de un cambio real.

Perkins detallaba estas señales en su Case of Conscience: luchar activamente contra la carne, sentir pesar por la ofensa a Dios, desear fervientemente la justicia de Cristo y, significativamente, «desear y amar la venida de Cristo para que llegue a su fin la era del pecado». Esta seguridad no producía pereza moral; al contrario, el saberse amado incondicionalmente era el motor más potente para vivir una vida de gratitud.

Takeaway 10: El cielo como un «mundo de amor» y fragancia.

La visión final de Jonathan Edwards sobre la eternidad, plasmada en Charity and Its Fruits, es una de las más bellas de la historia del pensamiento cristiano. Para él, el cielo no era un lugar estático de nubes y arpas, sino un «mundo de amor». Utilizaba una metáfora orgánica y luminosa: los santos en la eternidad serán como flores en el jardín de Dios.

En esta visión, Dios es el sol cuya luz es puro amor. Los redimidos abren sus pechos a ese sol para llenarse de su calor, floreciendo en una belleza perfecta y exhalando una fragancia de santidad que llena todo el paraíso. Esta esperanza del cielo no era un escape de la realidad, sino un ancla que permitía soportar cualquier pérdida terrenal con la certeza de que el gozo venidero compensaría con creces cualquier sacrificio. Edwards exhortaba a vivir hoy en anticipación de ese mundo, practicando aquí el amor que será nuestra ocupación eterna.

Conclusión: Una invitación a seguir a Dios de todo corazón.

Al final del día, el legado de los puritanos no es una lista de reglas rígidas ni un sistema legalista de conducta. Es una invitación a vivir con la intensidad de Caleb, aquel personaje bíblico que, según el prefacio de esta tradición, siguió a Dios «plenamente» o «de todo corazón». Ser un «Caleb» significaba seguir a Dios de cuatro maneras: constantemente(incluso en el desierto), sacrificialmente (sin importar el costo), consistentemente (en cada detalle de la vida) y exclusivamente (sin permitir otros ídolos).

Los puritanos fueron gigantes que caminaron sobre la tierra con la mirada puesta en la eternidad. Nos enseñan que es posible tener una mente profundamente intelectual y un corazón apasionadamente encendido. Su historia nos lanza una pregunta provocativa que resuena en nuestra modernidad líquida: ¿Tiene nuestra propia espiritualidad esa profundidad de raíz, ese equilibrio entre la verdad objetiva y la experiencia subjetiva, y esa pasión innegociable que los caracterizó? Quizás, después de todo, el secreto de una vida con propósito no sea añadir más cosas a nuestra agenda, sino purificar nuestra mirada para ver a Dios en todas las cosas, tal como lo hicieron aquellos hombres y mujeres que, bajo sus capas de terciopelo y sus corazones quebrantados, encontraron el color detrás del mito.

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