La familia comenzó cuando Dios creó al ser humano como “varón y hembra” (Génesis 1:27). Génesis 2:18-25 ofrece un relato más detallado sobre la creación de la mujer y deja claro que ambos sexos fueron diseñados para el matrimonio (vv. 24-25). En la relación matrimonial, la mujer alivia la soledad de Adán y actúa como una “ayuda” para el hombre (v. 18). Este rol no implica inferioridad ni subordinación. De hecho, Dios mismo es descrito como la “ayuda” del hombre en pasajes como Génesis 49:25, Éxodo 18:4 y Deuteronomio 33:7, entre muchos otros. Este tipo de lenguaje deja claro que la función de ayuda es noble y significativa, y no debe ser vista como una posición de menor valor.
La mujer ayuda al hombre de muchas maneras, y Proverbios 31 proporciona varios ejemplos. La mujer virtuosa se presenta como una persona diligente, trabajadora, y sabia en la administración del hogar, cualidades que muestran la importancia de su rol dentro de la familia. Sin embargo, el enfoque de Génesis 1-2 está en la procreación. Los dos deben “ser fecundos y multiplicarse” (1:28), para llenar y someter la tierra. La familia es, por lo tanto, el medio fundamental que Dios ha dado para llevar a cabo el mandato cultural. En el contexto moderno, la familia contribuye al mandato cultural apoyando a la comunidad, participando en actividades de voluntariado, y comprometiéndose con la educación de sus miembros, tanto en el hogar como a través de instituciones formales. En la vida cotidiana, la familia enseña valores, transmite la fe, fomenta el trabajo comunitario y participa activamente en la formación integral de sus miembros, lo cual fortalece a la sociedad en su conjunto. El mandato cultural no puede ser llevado a cabo por una sola persona; requiere el trabajo de muchas personas: familias y comunidades de familias. Esta colaboración es fundamental para lograr un impacto significativo y duradero.
La Caída y la Promesa de Redención
La caída del ser humano alejó al hombre de Dios y también de sus semejantes (ver capítulo 15). Marcó una ruptura en la relación entre Adán y Eva (Génesis 3:6-7, 12, 16). La pérdida de confianza y la aparición del pecado afectaron profundamente la unidad familiar y la armonía original. Sin embargo, es a través de la familia que Dios promete redimir a la humanidad: la descendencia de la mujer herirá la cabeza de la serpiente (Satanás) (v. 15). Esta promesa apunta al papel crucial de la familia en la historia redentora de Dios, destacando que el plan de redención involucra generaciones.
En Génesis 4, Dios concede hijos a la primera pareja. Los efectos de la caída sobre la familia son devastadores: un hermano mata a otro y debe exiliarse. A pesar de estos trágicos eventos, en la época de Enós, hijo de Set, “la gente comenzó a invocar el nombre del Señor” (Génesis 4:26). Esto muestra la resiliencia de la fe dentro del contexto familiar y la importancia de transmitir la devoción a Dios a las generaciones siguientes. Así, se establece una línea de fe que pasa por Noé, Abraham, Isaac, Jacob y sus descendientes. Con el tiempo, el redentor, Jesús, nace para cumplir la promesa de Génesis 3:15. En ambos Testamentos, Dios llama a las familias, así como a los individuos, a las bendiciones de la salvación y a responsabilidades en su reino. En el Antiguo Testamento, los hijos varones de los creyentes eran circuncidados, firmando y sellando su pertenencia al pacto. En el Nuevo Testamento, el bautismo cumple una función similar, simbolizando la inclusión en el pacto de Dios. En todo caso, es evidente que tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento, Dios llama a las familias (hogares) a sí mismo (Hechos 11:14; 16:15, 31; 18:8; 1 Corintios 1:16; 16:15).
La Educación en el Hogar
La Escritura se preocupa mucho por criar a los hijos en el temor y el conocimiento de Dios. Un hogar piadoso es aquel que está saturado de la Palabra de Dios. Siguiendo el Shemá, la gran confesión de Israel sobre el señorío de Dios y el primer gran mandamiento, el Señor dice:
Y estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón. Las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, al acostarte y cuando te levantes. Las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos. Las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas. (Deuteronomio 6:6-9)
Este es el gran mandato de la educación cristiana. Dios desea que los niños sean criados en un ambiente lleno de su Palabra, con padres que enseñen tanto con sus palabras como con su ejemplo. Los padres son los primeros maestros y tienen la responsabilidad de ser modelos de fe y conducta. La educación espiritual debe ser una parte integral de la vida diaria, desde las conversaciones en el hogar hasta la práctica de los valores en la comunidad.
La Escritura también habla mucho sobre la disciplina. En ocasiones, el castigo corporal puede ser una forma de corrección (Proverbios 10:13; 13:24; 22:15; 23:13-14; 26:3; 29:15). Los cristianos deben resistirse con mucha más fuerza al actual movimiento para prohibir la disciplina física, o incluso para definirlos como maltrato infantil. Sin embargo, es importante reconocer las preocupaciones sobre el abuso infantil y enfatizar que la disciplina debe aplicarse con amor y cuidado, siempre garantizando el bienestar del niño. La corrección debe ser justa y respetuosa, evitando cualquier forma de abuso. La disciplina efectiva debe ser una guía que forme el carácter del niño, ayudándolo a entender la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto y fomentando una relación de confianza y respeto. En hogares guiados por principios bíblicos, los hijos aprenden a honrar a sus padres y a respetar la autoridad, no solo dentro de la familia, sino también en otros ámbitos de la vida, honrando a todas las personas según lo que les corresponde. Esta formación prepara a los niños para ser adultos responsables y ciudadanos que contribuyen positivamente a la sociedad.
La Familia como Unidad de Redención y Sociedad
La familia, entonces, es el medio por el cual Dios establece tanto su dominio como su redención. A través de las familias, las personas llenan y someten la tierra, y también es a través de ellas que servimos como embajadores de Cristo. La familia es un vehículo de esperanza y restauración, y cada hogar cristiano tiene el potencial de ser una luz en la comunidad.
Por lo tanto, la familia es la unidad básica de la sociedad humana. Todas las instituciones de la sociedad—profética, sacerdotal y real—tienen sus raíces en la familia. La función profética se manifiesta cuando los padres enseñan y transmiten la Palabra de Dios, como al leer la Biblia juntos o compartir enseñanzas espirituales; la función sacerdotal se refleja en la guía espiritual y la oración que los padres realizan por su familia, como cuando oran juntos antes de las comidas o en momentos de dificultad; y la función real se encuentra en la administración y el liderazgo dentro del hogar, como la toma de decisiones responsables para el bienestar de la familia y la planificación de actividades que fomenten la unidad y el crecimiento. Para los hijos, los padres actúan como gobernantes, educadores, proveedores y evangelistas. Todas las demás formas de autoridad son extensiones de la paternidad y la maternidad. Histórica, evolutiva y lógicamente, la familia es “la esfera fundamental de la que se derivan todas las demás”. El honor en todas las esferas se deriva del honor hacia los padres. Este principio de honor se extiende a todas las áreas de la vida y establece la base para las relaciones saludables en la sociedad.
La Familia y el Bienestar Económico
La familia también es crucial para el bienestar económico. El apoyo económico dentro de la familia contribuye al bienestar general al proporcionar una red de seguridad que ayuda a sus miembros en tiempos de necesidad, promoviendo la estabilidad financiera y evitando la dependencia excesiva de ayudas externas. Honrar a los padres trae consigo una herencia, que no solo implica bienes materiales, sino también valores y conocimientos que fomentan el crecimiento económico de las futuras generaciones. Esta transmisión de sabiduría y recursos contribuye a la creación de una sociedad más estable y próspera. Esto trae consigo una vida larga y próspera. Rousas Rushdoony señala que “a lo largo de la historia, la agencia básica de bienestar ha sido la familia”. Esta afirmación destaca el papel fundamental de la familia como el primer y más importante sistema de apoyo. Las políticas gubernamentales que debilitan a la familia, como las que desincentivan el matrimonio, aumentan la carga fiscal sobre los hogares o limitan el apoyo a la crianza de los hijos, suelen llevar a la pobreza y al declive cultural. Para promover una sociedad saludable y próspera, es esencial fortalecer la estructura familiar y reconocer su papel insustituible en la formación del carácter, la transmisión de valores y la provisión de seguridad económica. Cuando las familias son fuertes, la sociedad en su conjunto se beneficia, y se genera un ambiente donde tanto los individuos como las comunidades pueden florecer.
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Adaptado de: John M. Frame, The Doctrine of the Christian Life, A Theology of Lordship (Phillipsburg, NJ: P&R Publishing, 2008), 593-595
Sobre el autor:
John Frame, destacado teólogo y apologista contemporáneo, cuenta con una formación académica de alto calibre: obtuvo su B.A. en la Universidad de Princeton, su B.D. en Westminster Theological Seminary (PA), y posteriormente completó su M.A. y M.Phil. en Yale University, culminando con un Ph.D. en Belhaven College. Su trayectoria como profesor de teología se ha desarrollado en prestigiosos seminarios y universidades, donde ha influido profundamente en generaciones de estudiantes y académicos en el ámbito de la teología reformada.

Autor prolífico, Frame ha publicado más de cincuenta libros y cientos de ensayos que abarcan temas de filosofía, ética y teología, consolidándose como una figura central en el pensamiento teológico contemporáneo. Su obra más reconocida, la monumental serie en cuatro volúmenes Teología del Señorío, es considerada una contribución esencial al estudio de la soberanía de Dios y su relación con la creación. En ella, Frame explora de manera exhaustiva los atributos y la autoridad divina, proponiendo una visión teológica profunda y práctica de cómo los creyentes pueden vivir bajo el señorío de Dios.
El trabajo de Frame es ampliamente valorado por su capacidad de integrar disciplinas como la filosofía y la ética con una perspectiva cristiana sólida, lo que le ha ganado el respeto de la comunidad teológica global.
Categorías:09-Contemporaneo (s. XX), Etica, Frame, John, Vida Cristiana


