04-Reforma s. XVI

Simul iustus et peccator: La revolución de la justificación

Basado en el capítulo 2 del libro The Oxford Handbook of the Protestant Reformations, titulado “Explaining Evil and Grace” por Christopher Ocker.

Verdades Sorprendentes Sobre las Ideas que Dividieron al Mundo Occidental.

1. Introducción: Más Allá de la Caricatura de la Reforma.



La historia de la Reforma Protestante a menudo se nos presenta en trazos gruesos y dramáticos: una Iglesia Católica corrupta y estancada, enfrentada por valientes reformadores armados con nada más que la verdad y la convicción. Es una narrativa de héroes y villanos, de la luz contra la oscuridad. Pero esta caricatura, aunque útil para las clases de historia de la secundaria, oculta una realidad mucho más fascinante y compleja. La verdadera fractura del mundo occidental no se produjo solo por la venta de indulgencias o la opulencia papal, sino por una colisión de ideas profundas y, a menudo, contraintuitivas sobre la naturaleza del mal, el significado de la gracia y la esencia misma de la condición humana.

Las preguntas que obsesionaron a los teólogos del siglo XVI no eran meras abstracciones académicas; eran cuestiones existenciales que tocaban el núcleo de la experiencia de vida de cada persona. ¿Somos inherentemente buenos o irremediablemente defectuosos? ¿Podemos ganar nuestro camino hacia la salvación, o es un regalo que solo podemos recibir pasivamente? ¿Qué papel juegan nuestras acciones en nuestro destino eterno? Este artículo explora cinco de las conclusiones más sorprendentes de esos debates, verdades que revelan una historia más rica, extraña y relevante de lo que comúnmente imaginamos. Prepárate para descubrir que las líneas divisorias no siempre estuvieron donde creemos.



2. El Terreno Común: El Sorprendente Acuerdo Sobre el Pecado Original



Católicos y Protestantes Estaban de Acuerdo en Más de lo que Crees

En medio de la feroz polémica que dividió reinos y desató guerras, es fácil asumir que los dos bandos no tenían nada en común. Sin embargo, la verdad es que al comienzo de la Reforma, teólogos católicos y protestantes compartían un vasto terreno intelectual. Su visión del mundo se erigía sobre una base compartida: la historia de Adán y Eva y sus catastróficas consecuencias.

Ambos lados estaban de acuerdo en los detalles fundamentales del relato del Génesis, viéndolo no como un mito, sino como un hecho histórico. Coincidían en que Adán y Eva fueron creados física y moralmente perfectos, con cuerpos indoloros que no envejecerían ni morirían. Creían que gozaban de un conocimiento excepcional y un dominio completo sobre el mundo natural, viviendo en un jardín real ubicado en algún lugar de la Tierra. Estaban de acuerdo en que la serpiente fue un tentador literal y que el mandato de no comer del fruto era una prueba arbitraria, pero crucial, de obediencia.

Quizás lo más importante es que ambos coincidían en que la culpa y el castigo del pecado de Adán y Eva no se quedaron con ellos. Esta «culpa original» se heredaba a todos sus descendientes a través del linaje, no simplemente por imitación. Desde el nacimiento, todo ser humano nacía espiritualmente corrupto, inclinado instintivamente hacia el mal y destinado al castigo eterno. Esta visión compartida es profundamente sorprendente porque revela que la Reforma no fue una ruptura total con el pasado, sino más bien una disputa familiar que estalló dentro de una misma cosmovisión. El desacuerdo fundamental no era sobre el diagnóstico del problema humano —la pecaminosidad universal—, sino sobre la naturaleza de la cura.


3. La Revolución Psicológica de Lutero: La «Justicia Pasiva»

La Idea Clave de Lutero no fue solo Teológica, fue una Revolución Psicológica

Si tuviéramos que señalar una sola idea que actuó como el epicentro del terremoto de la Reforma, sería el concepto de Martín Lutero de la iustitia passiva, o «justicia pasiva». Esta no fue simplemente una nueva interpretación de un pasaje bíblico; fue una reconfiguración radical de la relación entre el individuo y Dios, con profundas consecuencias psicológicas.

La teología medieval concebía la «justicia» (o rectitud) como una cualidad que se cultivaba dentro del alma, una virtud infundida por la gracia a través de los sacramentos y nutrida por las buenas obras. Era algo que una persona hacía y poseía. Lutero invirtió esta noción. Argumentó que la justicia que salva a una persona no es una cualidad interna, sino una «justicia ajena»: la justicia de Cristo mismo. No es algo que se desarrolla dentro de nosotros, sino algo que se nos imputa o acredita desde el exterior, únicamente a través de la fe. Ser «justo» ante Dios no era una condición moral interna, sino un estado relacional.

Esto condujo a su famosa y paradójica formulación: simul iustus et peccator, la idea de que un creyente es simultáneamente justo y pecador.

«una persona cristiana es a la vez justa y pecadora (simul iustus et peccator), santa, profana, enemiga e hija de Dios.»

Esta idea fue revolucionaria porque desmanteló de un solo golpe todo el sistema medieval de penitencia, méritos e intercesión sacerdotal. Si la posición de una persona ante Dios no dependía de su esfuerzo moral, entonces todo el aparato eclesiástico diseñado para gestionar y dispensar la gracia se volvía irrelevante. Psicológicamente, fue un cambio monumental. La seguridad de la salvación ya no se encontraba en el esfuerzo ansioso por alcanzar la perfección, sino en la confianza en una promesa divina, a pesar de la propia e ineludible pecaminosidad. Ofrecía alivio de la carga de la autojustificación, redefiniendo la vida espiritual como un acto de recepción pasiva en lugar de un logro activo.


4. El «Qué Hubiera Pasado Si» Católico: El Momento de la «Doble Justicia»

Hubo un Momento en que la División Pudo no Haber Sido Absoluta

La historia a menudo parece inevitable en retrospectiva, pero las divisiones de la Reforma no siempre fueron tan rígidas como lo serían más tarde. Hubo un período fascinante, antes de que el Concilio de Trento solidificara las posturas católicas, en el que las líneas eran mucho más borrosas y un compromiso parecía posible. Durante este tiempo, influyentes intelectuales católicos estaban explorando ideas sorprendentemente cercanas a las de los reformadores.

Figuras como el humanista Erasmo de Rotterdam, el cardenal Gasparo Contarini y teólogos como Albert Pighius y Johannes Gropper de Colonia estaban preocupados por lo que veían como un énfasis excesivo en los méritos humanos dentro de la Iglesia. Fue Gropper quien, en 1538, desarrolló un concepto conocido como duplex iustitia, o «doble justicia». Esta era una ingeniosa teología de puente que intentaba reconciliar las dos posturas. Proponía un proceso de justificación en dos pasos: primero, una justicia «imputada» (similar a la de Lutero) que se recibía por fe y nos hacía aceptables ante Dios; y segundo, una justicia «inherente» que comenzaba a obrar dentro de la persona, permitiéndole crecer en virtud.

Este movimiento alcanzó su punto culminante en la Dieta de Ratisbona en 1541, un encuentro donde teólogos católicos y protestantes, liderados por Contarini y Felipe Melanchthon, lograron llegar a un acuerdo sobre esta fórmula de «doble justicia». Por un breve y asombroso momento, pareció que el cisma podría ser sanado. Sin embargo, el acuerdo fue finalmente rechazado tanto por Lutero como por el Papa Paulo III en Roma. La creciente sospecha dentro de la jerarquía católica, que temía que cualquier concesión a la «justicia pasiva» socavaría toda la estructura sacramental, llevó al Concilio de Trento a cerrar definitivamente la puerta a esta idea. Este episodio sigue siendo uno de los grandes «qué hubiera pasado si» de la historia, un recordatorio de que la división final no estaba predeterminada y que las ideas alguna vez fluyeron más libremente a través de las líneas confesionales.


5. El Retorno de la Virtud: El Malentendido sobre la «Fe Sola»

Los Protestantes no Descartaron las Buenas Obras ni la Virtud

Uno de los malentendidos más persistentes sobre la Reforma es que la doctrina de la «justificación por la fe sola» abrió la puerta al antinomianismo, la idea de que si la salvación es un regalo gratuito, entonces la ley moral y las buenas obras se vuelven irrelevantes. Los críticos católicos de la época acusaron a los reformadores de crear una teología que permitía a la gente «pecar audazmente» sin consecuencias. Sin embargo, esta es una caricatura de lo que los principales pensadores protestantes realmente enseñaron.

Lejos de descartar la ética, los reformadores se esforzaron por encontrar un nuevo lugar para la virtud y la obediencia moral dentro de su marco teológico. Si bien insistían en que las buenas obras no podían causar la salvación, argumentaban que eran la evidencia necesaria e inevitable de una fe genuina. El enfoque cambió radicalmente: en lugar de hacer buenas obras para ganar el favor de Dios, el creyente las hacía como una expresión espontánea de gratitud por la gracia que ya había recibido.

Vemos esto en toda la gama del pensamiento protestante. Felipe Melanchthon, el colaborador más cercano de Lutero, no tuvo problemas en utilizar la ética de Aristóteles en su enseñanza y afirmar que las virtudes sobrenaturales siguen a la gracia. Juan Calvino asignó a la ley moral una función positiva y crucial en la vida del creyente. William Tyndale y, más tarde, los puritanos, pusieron un enorme énfasis en la obediencia moral y la búsqueda metódica de la virtud como el centro de la vida religiosa. Para ellos, una fe que no producía un cambio moral no era fe en absoluto. La virtud no fue eliminada, sino recontextualizada: ya no era la causa de la justificación, sino el fruto indispensable de ella.



6. La Conversación Interminable: La Reforma no Terminó el Debate, lo Intensificó

La Reforma no «Resolvió» el Debate sobre la Gracia, lo Hizo Explotar

Es tentador pensar que la Reforma estableció dos bloques doctrinales fijos y monolíticos —»católico» y «protestante»— que resolvieron de una vez por todas la cuestión de la gracia y el libre albedrío para sus respectivos seguidores. La realidad es exactamente la contraria. En lugar de poner fin al debate, la Reforma lo sobrecargó, desatando nuevas y feroces controversias dentro de ambos bandos que se prolongarían durante siglos.

La tensión fundamental entre la soberanía divina y la agencia humana, que Lutero había puesto en el centro del escenario, resultó ser demasiado volátil para ser contenida. En el lado católico, el Concilio de Trento dejó deliberadamente sin resolver la relación exacta entre la gracia y la voluntad humana, lo que condujo a intensas disputas internas. Teólogos como Michael Baius, quien debatió sobre la autonomía de la naturaleza; Luis de Molina, quien formuló ideas sobre la voluntad humana actuando como causa extrínseca sobre Dios; y Cornelio Jansen, quien reafirmó una estricta doctrina agustiniana de la gracia (dando origen al jansenismo), se enfrentaron en amargos debates que provocaron una serie de condenas papales.

El campo protestante no fue menos tumultuoso. La lógica de la «fe sola» y la predestinación condujo a sus propias crisis internas. El conflicto más famoso fue el que enfrentó a los remonstrantes (seguidores de Jacobo Arminio, que defendían un papel más importante para el libre albedrío) y los contrarremonstrantes (calvinistas estrictos) en la República Holandesa, un debate que tuvo consecuencias tanto teológicas como políticas. Lejos de ofrecer una respuesta final, el verdadero legado intelectual de la Reforma fue expandir el «vocabulario teológico» para un argumento sobre la naturaleza y la gracia que había comenzado siglos antes de Lutero y que sigue resonando hasta nuestros días.



7. Conclusión: El Eco de un Debate de 500 Años

Las batallas teológicas del siglo XVI, lejos de ser simples eslóganes sobre la «fe» o las «obras», fueron en realidad episodios de una conversación profunda, matizada y continua sobre la condición humana. Las cinco verdades que hemos explorado revelan un paisaje intelectual mucho más complejo de lo que sugieren las narrativas simplificadas. Vimos que había un sorprendente terreno común en el diagnóstico del problema humano, que la innovación clave de Lutero fue tanto psicológica como teológica, que hubo momentos en que la reconciliación parecía posible, que la virtud encontró un nuevo hogar en el protestantismo y que, en lugar de cerrar el debate, la Reforma lo intensificó para las generaciones futuras.

Estas disputas, aunque enmarcadas en un lenguaje teológico que puede parecernos distante, tocaron cuestiones fundamentales sobre la agencia, la culpa, el mérito y la posibilidad de la transformación personal. Y aunque el mundo ha cambiado drásticamente, el eco de esa gran conversación de hace 500 años aún no se ha desvanecido. Nos queda una pregunta para reflexionar: ¿Cómo resuenan estas antiguas batallas sobre la justicia ‘regalada’ y el mérito personal en nuestros debates seculares sobre la igualdad de oportunidades, la meritocracia y la búsqueda de la superación personal?

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