Basado: David VanDrunen, Los pactos divinos y el orden moral: Una teología bíblica de la ley natural (Lima, Perú: Teología para Vivir, 2023), 107-148. Ver aquí: https://teologiaparavivir.com/vandrunen-pactos-divinos-y-el-orden-moral/
4 Verdades del Pacto del Arcoíris que Cambiarán tu Forma de Ver el Mundo
La imagen es una de las más conocidas de la tradición judeocristiana: después de un diluvio cataclísmico que limpia la tierra, Dios extiende un arcoíris en el cielo como señal de una promesa a Noé y a toda la humanidad. Para muchos, la historia termina ahí: el arcoíris es un recordatorio reconfortante de que Dios nunca más destruirá el mundo con agua. Es un símbolo de esperanza, una nota de gracia al final de un relato de juicio.
Sin embargo, esta interpretación familiar, aunque cierta, apenas roza la superficie de su significado. El pacto noético, como se le conoce teológicamente, no es simplemente una promesa de no inundar, sino el marco fundamental que Dios establece para gobernar un mundo caído. Contiene ideas sorprendentes y profundamente prácticas sobre la naturaleza de la sociedad, el propósito de la justicia y la base de la vida en un mundo pluralista que siguen siendo radicalmente relevantes hasta el día de hoy.
1. No es un pacto para salvar el mundo, sino para mantenerlo en funcionamiento
En la teología bíblica, no todos los pactos son iguales. Pactos como los hechos con Abraham o Moisés son de naturaleza redentora; su propósito es separar a un pueblo para la salvación. El pacto con Noé, sin embargo, es distinto. Su objetivo no es redimir a la humanidad del pecado, sino preservar el mundo en su condición caída.
Esta distinción es crucial. El pacto noético no solo se diferencia de los pactos redentores futuros, sino que representa un cambio fundamental respecto al plan original de Dios para la creación, que estaba diseñado para una consumación escatológica. Este nuevo pacto es un acto de «gracia común» extendida a todos, cuyo objetivo es sostener el orden natural y social para que la historia humana pueda continuar. En lugar de ofrecer un camino a la perfección, establece las condiciones para una paz parcial y evita una «guerra de todos contra todos». Es, en esencia, el sistema operativo decididamente no utópico de un mundo imperfecto.
2. La promesa de Dios no se da a pesar de la maldad humana, sino por causa de ella
Aquí yace una de las paradojas más profundas y reveladoras del pacto. La razón que Dios da antes del diluvio para justificar la destrucción es la maldad constante del corazón humano (Génesis 6:5). Sin embargo, después del diluvio, en un giro asombroso, Dios utiliza exactamente el mismo diagnóstico como la razón explícita para prometer que nunca más maldecirá la tierra.
«Nunca más volveré a maldecir la tierra por causa del hombre, porque la intención del corazón del hombre es mala desde su juventud» (Gn. 8:21).
Esta es una revelación sorprendente sobre la estrategia divina. Si la maldad humana es una constante, un juicio aniquilador repetido sería inútil. El texto sugiere que la constante provocación del pecado humano requiere que Dios mismo establezca un pacto como una medida proactiva para «frenar Su ira». El pacto noético revela un Dios que, en Su justicia perfecta, opta por contener el mal con «longanimidad», en lugar de erradicarlo, para preservar la creación y permitir que Su plan redentor se desarrolle en ese escenario.
3. La ley de «sangre por sangre» es menos sobre la venganza y más sobre la responsabilidad humana
El mandato en Génesis 9:6 —»El que derrame sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada, porque a imagen de Dios hizo Él al hombre»— se suele interpretar como una justificación de la pena capital basada en el valor de la víctima. Si bien la dignidad de la víctima es crucial, un análisis más profundo del texto revela un énfasis diferente.
La apelación a la «imagen de Dios» aquí se refiere principalmente no a la víctima, sino al agente de justicia: el ser humano. Ser creado a imagen de Dios, según el contexto de Génesis 1, implica un «encargo real-judicial» para gobernar. Por lo tanto, este mandato no es una responsabilidad nueva, sino una re-comisión del propósito original de la humanidad, ahora adaptado a un mundo caído donde la justicia debe ser retributiva. No es solo un permiso para la retribución, sino el establecimiento del deber humano de administrar justicia. Sin embargo, este mandato no es un cheque en blanco para la venganza; debe ser moderado con una sabiduría que busque preservar, y no destruir, la sociedad. Esto significa que cada acto de justicia civil, desde un veredicto en un tribunal hasta una resolución comunitaria, es una participación en una tarea divinamente delegada —y por lo tanto, profundamente seria—.
4. Un pacto de hace milenios sienta las bases para la libertad religiosa hoy
Las implicaciones de este pacto se extienden directamente a nuestros debates sobre gobierno y libertad. Es imposible imaginar un pacto más inclusivo: Dios lo estableció con toda la raza humana sin imponer requisitos religiosos. Esto proporciona un fundamento teológico para un gobierno con autoridad limitada y para la libertad religiosa.
La autoridad coercitiva que Dios delega a la humanidad se centra en rectificar «daños intrahumanos», como el asesinato, y no se extiende a «ofensas religiosas contra Dios». La tarea del gobierno es castigar crímenes que perturban la paz social, no imponer una ortodoxia religiosa. Por lo tanto, prohibir una práctica religiosa que no daña directamente a otra persona parece transgredir los límites de la autoridad humana legítima bajo este pacto. El objetivo del orden civil, según este marco, no es crear un reino perfecto, sino preservar una paz parcial y una justicia básica para todos, independientemente de sus creencias.
El arcoíris en el cielo es mucho más que una simple promesa de no volver a inundar el mundo. Es la señal de un pacto que funciona como el «sistema operativo» de nuestro mundo caído, diseñado para la preservación temporal, no para la perfección. Este marco anti-utópico explica por qué Dios mantiene un mundo donde el mal coexiste con el bien y por qué la justicia humana es una tarea delegada, necesaria pero siempre imperfecta, cuyo fin es mantener una paz parcial.
Si el marco fundamental para nuestro mundo es uno diseñado para la preservación en medio de la imperfección, ¿cómo podría cambiar eso la manera en que abordamos nuestros problemas sociales y políticos más complejos?
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