07-El Largo siglo XVIII (1689-1815)

Amar la Santidad por Sí Misma: La Prueba de Fuego de Edwards

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1. Introducción: El dilema del «corazón engañoso».

En el vasto y a menudo turbulento océano de la experiencia religiosa, pocos desafíos son tan apremiantes como la necesidad de discernir entre un afecto genuinamente espiritual y una mera efervescencia de la naturaleza humana. El corazón, como bien señala la tradición sapiencial, es un terreno fértil para la ilusión; en él convergen pasiones, deseos e imaginaciones que, con sorprendente facilidad, logran disfrazarse de piedad. Jonathan Edwards, en sus «Observaciones Introductorias», nos advierte sobre la complejidad intrínseca de juzgar el estado espiritual, no solo de los demás, sino de nosotros mismos.

Resulta imperativo considerar que el discernimiento de la salvación ajena es una prerrogativa que Dios se ha reservado para sí mismo. Existe una peligrosa arrogancia en el intento humano de separar quirúrgicamente las cabras de las ovejas antes del tiempo divino. Aunque Cristo proporcionó reglas para la seguridad de la iglesia y para protegernos de falsos maestros, nunca fue Su designio otorgarnos un sistema de análisis infalible que arroje resultados indiscutibles en esta vida. Intentar usurpar esta función es ignorar los límites de nuestra percepción finita.

Bajo esta lente analítica, debemos comprender que la gracia, especialmente en sus etapas iniciales o cuando se encuentra debilitada, es extremadamente difícil de detectar. Edwards utiliza una analogía biológica profunda: la diferencia entre un embrión humano y el de un animal es absoluta desde el momento de su concepción; sin embargo, en sus primeros estadios, son prácticamente indistinguibles para el ojo humano. De igual modo, las virtudes de una paloma y un buitre son radicalmente distintas, pero cuando apenas salen del huevo, sus formas son inciertas. En la vida espiritual, una chispa real de gracia puede verse opacada por el «humo espeso» (humo espeso) de la corrupción persistente. El pecado actúa como una afección en los ojos que altera los colores o como una enfermedad que amarga el gusto, impidiendo que el alma reconozca la dulzura de su propio estado.

Sobre la insuficiencia de las marcas externas para juzgar el corazón, Edwards es categórico:

«Que estoy muy lejos de emprender la tarea de dar tales señales de afectos llenos de gracia que sean suficientes para permitir a cualquiera distinguir con certeza el afecto verdadero del falso en otros, o determinar positivamente cuáles de sus prójimos son profesantes verdaderos y cuáles son hipócritas. Al pretenderlo, sería culpable de la arrogancia que he estado condenando… nunca fue el designio de Dios darnos alguna regla por la cual podamos saber con certeza quiénes de nuestros compañeros profesantes son suyos, y hacer una separación completa y clara entre las ovejas y las cabras».

Por tanto, este tratado no busca ser un tribunal para el prójimo, sino un espejo para el alma. La meta es mover al lector del autoexamen estéril y angustiante hacia la acción vigorosa, pues la seguridad del creyente se obtiene más por el ejercicio activo de la gracia que por la introspección pasiva.

2. El «Sexto Sentido»: El milagro de la percepción sobrenatural.

Para comprender la fe auténtica, debemos realizar una distinción técnica fundamental entre el hombre «natural» y el «espiritual». Esta diferencia no es meramente cuantitativa —como si el espiritual fuera simplemente un hombre natural más educado o sensible— sino cualitativa y esencial. El Nuevo Testamento emplea el término phukikoi (sensual o natural), derivado de psyche (el alma o vida natural), para describir a quienes operan bajo principios puramente humanos. En contraste, el hombre pneumatikoi (espiritual) es aquel que ha sido transformado por el Pneuma o Espíritu de Dios.

El hombre natural puede ser altamente intelectual, moralmente recto e incluso objeto de «influencias comunes» del Espíritu Santo. Figuras como Balaam o Saúl experimentaron movimientos del Espíritu que les permitieron profetizar o gobernar, pero estas influencias eran externas. Eran como la luz del sol brillando sobre un cuerpo negro: el objeto se ilumina superficialmente, pero su naturaleza interna permanece oscura y fría; no retiene la luz. En cambio, en el regenerado, el Espíritu Santo no solo «mueve» al alma ocasionalmente, sino que se une a sus facultades como un «nuevo principio» de acción. Aquí, Edwards eleva la analogía: el santo es como un diamante que, al recibir la luz del Sol de Justicia, se vuelve él mismo luminoso. La luz se comunica de tal manera que el alma se convierte en una «pequeña imagen» de esa fuente divina.

Es crucial entender que esta gracia no es una «nueva facultad» física, como si al alma se le añadiera una tercera pierna o un nuevo brazo. Es, más bien, un «nuevo fundamento» puesto en la naturaleza del alma para un nuevo tipo de ejercicio de las facultades existentes (el entendimiento y la voluntad). Edwards describe esto como un «nuevo sentido espiritual», y su analogía predilecta es la del gusto de la miel.

Usted puede leer tratados científicos sobre la miel, conocer su viscosidad, su color y su composición química; sin embargo, si nunca la ha probado, carece del conocimiento esencial de su dulzura. Ese conocimiento es una «idea simple» que no se puede obtener mediante la combinación de otros sentidos. De la misma manera, el hombre natural puede tener un conocimiento especulativo y doctrinal de Dios, pero carece de la percepción interna de Su belleza. El hombre espiritual, por el contrario, posee un gusto real por la santidad. No es un razonamiento sobre la gloria; es una sensación directa de ella. Esta comunicación vital es lo que la Escritura define como ser «partícipe de la naturaleza divina».

3. El Espejismo de la Imaginación: Por qué las visiones no garantizan la fe.

Uno de los errores más perniciosos en la psicología de la experiencia religiosa contemporánea es la elevación de la «imaginación» al estatus de revelación espiritual. Edwards es implacable en este punto: las impresiones en la imaginación (ideas externas de formas, colores o sonidos) son fenómenos puramente naturales e incluso «bajos y miserables» si se comparan con la verdadera iluminación espiritual.

La imaginación es la facultad de concebir ideas de objetos externos cuando estos no están presentes. Si alguien «ve» a Cristo en la cruz con los ojos de su mente, o «escucha» una voz interna que le dice palabras de consuelo, no está experimentando algo sobrenatural. Estas sensaciones pertenecen a los «sentidos animales» que compartimos con las bestias. Un animal puede recordar un color o un sonido; por tanto, basar la salvación en tales fenómenos es, en palabras de Edwards, «convertir a la naturaleza divina en un mero animal».

Incluso si estas visiones fueran producidas por un poder externo (como el diablo presentándose como ángel de luz o Dios comunicando un hecho secreto a un impío como Balaam), no tendrían naturaleza de gracia. La gracia no consiste en conocer datos secretos o ver imágenes vívidas, sino en amar la santidad. Satanás puede pintar cuadros hermosos en el cerebro de un hombre para engañarlo, pero no puede infundir un gramo de amor genuino por la justicia de Dios.

Para clarificar el discernimiento, Edwards clasifica 5 tipos de «visiones imaginarias» que suelen confundirse con la fe:

  1. Imágenes visuales de la divinidad: Ver luces resplandecientes, formas humanas gloriosas o el rostro de Cristo, interpretándolas como la «gloria de Dios».
  2. Representaciones de eventos bíblicos: Una idea viva de la crucifixión, viendo la sangre correr o las heridas abiertas de forma casi física en la mente.
  3. Audiciones internas: «Oír» versículos o palabras de consuelo como si una voz secreta hablara directamente al individuo, fuera de la comprensión doctrinal.
  4. Escenas celestiales: Imaginar tronos, calles de oro o ángeles en filas brillantes, creyendo que esto constituye «ver el cielo abierto».
  5. Sensaciones físicas interpretadas espiritualmente: Sentir calor en el pecho, estremecimientos o placeres corporales que se asocian erróneamente con la presencia del Espíritu.

Confiar en estas cosas es edificar sobre la arena. El verdadero conocimiento salvífico no muestra a un Cristo sangrando ante los ojos de la mente, sino que revela la «belleza moral» del sacrificio de Cristo ante el entendimiento del alma. Como advirtió John Flavel, la fuerza de la razón y la luz de la verdad expulsan estos caprichos imaginarios, tal como el sol disipa las nieblas.

4. La Estética de la Divinidad: Amar a Dios por Su Santidad, no por Su Utilidad.

La piedra de toque de la fe auténtica es la motivación del amor. Edwards distingue con precisión quirúrgica entre la «gratitud natural» y la «gratitud llena de gracia». La gratitud natural nace del amor propio y es esencialmente «mercenaria». Un hombre puede amar a Dios simplemente porque cree que Dios lo ha salvado, lo ha prosperado o lo ha preferido sobre otros. Este amor no requiere un corazón nuevo; los pecadores y publicanos aman a quienes los aman, y hasta los demonios desearían el favor de Dios para aliviar su tormento.

El amor espiritual, en cambio, se fundamenta en el bonum formosum (un bien hermoso por lo que es en sí mismo) y no en el bonum utile (un bien útil para mis fines). El santo ama a Dios primariamente por la belleza de Su santidad, que es la «belleza de todas las bellezas». Para el regenerado, la santidad de Dios es lo que hace que Su poder sea majestuoso y Su sabiduría sea gloriosa. Sin santidad, el poder sería mera tiranía y la sabiduría sería astucia diabólica.

Aquellos cuyos afectos comienzan con la utilidad («Dios me ama, por tanto Él es bueno») tienen su religión construida sobre un fundamento egoísta. El hipócrita se pone a sí mismo en la base y coloca a Dios como la superestructura que sirve a sus intereses. El santo pone la gloria de Dios en la base y ve su propio interés como una consecuencia dulce y secundaria.

Citando a John Smith, Edwards refuerza que la religión verdadera no es un «hervimiento de facultades imaginativas» ni un arrebato pasional, sino:

«Una nueva naturaleza que informa a las almas de los hombres. Es un estado espiritual divino, que se revela sobre todo en mentes serenas y claras, en profunda humildad, mansedumbre, abnegación… por la cual se nos enseña a conocer a Dios y, conociéndolo, a amarlo».

El amor que nace solo porque «Dios me perdonó» es sospechoso si no ha sido precedido por una visión de por qué Dios es digno de ser amado antes de cualquier beneficio. La verdadera gratitud es afectada por la bondad de Dios como una manifestación de Su gloria, no solo como un alivio personal del infierno.

5. El «Sello» vs. el «Susurro»: Desmitificando el Testimonio del Espíritu.

Muchos cristianos buscan el «testimonio del Espíritu» como si fuera una voz susurrante o una revelación inmediata de un dato secreto: «Tú, Juan, eres salvo». Edwards, apoyándose en la exégesis de Shepard, Stoddard y Flavel, sostiene que esto es un error teológico peligroso. El Espíritu Santo es el «Espíritu de Verdad» y no atestigua una mentira; por tanto, no consuela a quien no tiene una fe previa de dependencia.

El verdadero testimonio es el «Sello del Espíritu» (Efesios 1:13). Un sello real deja una impresión física en la cera: la imagen del rey. De igual modo, el testimonio consiste en que el Espíritu Santo imprime la imagen de la santidad divina en el corazón del hombre. Cuando el creyente observa en sí mismo un nuevo amor por la justicia, una humildad profunda y un espíritu de adopción que clama «Abba, Padre», el Espíritu ilumina esas virtudes para que la conciencia las reconozca como obra de Dios.

Además, Edwards introduce el concepto vital de las «Arras del Espíritu» (Earnest). Las arras son una parte del pago acordado que se entrega por adelantado. No es un mero papel que promete dinero; es dinero real. Por tanto, el testimonio del Espíritu no es un reporte sobre el cielo, sino un «pedazo de cielo» dado al alma. La santidad es la sustancia de la gloria futura. Si usted tiene santidad hoy, tiene las arras: una parte de la herencia misma.

Testimonio Imaginario (Voz/Susurro)Testimonio Espiritual (Sello/Arras)
Se percibe como una revelación inmediata de un hecho secreto («Eres salvo»).Consiste en la impresión de la imagen de Dios (santidad) en el corazón.
Se fundamenta en la manera repentina o fuerte en que llegó el pensamiento.Se fundamenta en la evidencia de un corazón transformado.
Puede ser imitado por el diablo para fomentar el orgullo espiritual.Es inimitable; el diablo no puede producir humildad ni amor santo.
Es un reporte sobre la herencia, pero no es la herencia en sí.Es una «parte del dinero»: la santidad es el principio vital de la gloria.
Provee una seguridad que a menudo ignora la persistencia en el pecado.Provee una seguridad que nace de la mortificación de la corrupción.

6. Luz sobre el Fuego: Por qué el fervor sin entendimiento es peligroso.

Es un error común pensar que los afectos religiosos son más «puros» cuanto más irracionales o violentos se manifiestan. Edwards aclara que los afectos santos no son «calor sin luz». La verdadera espiritualidad requiere una iluminación real del entendimiento; el Espíritu Santo no actúa anulando la mente, sino instruyéndola.

Muchos se ven fuertemente conmovidos por versículos que «saltan» a su mente de forma aleatoria. Si la emoción nace simplemente de lo repentino del evento («¡Qué maravilla que este versículo me vino a la mente justo ahora!»), pero no hay una comprensión de la gloria de Dios contenida en la doctrina de ese versículo, el afecto es puramente natural. Un hombre puede estar eufórico porque un texto le promete un «reino», pero si no ama la santidad de ese reino, su gozo es egoísta.

Thomas Shepard advierte contra las «punzadas violentas» (violent pangs) que no pasan por el filtro de la luz. Él utiliza una comparación magistral: un cometa puede brillar intensamente y elevarse por encima de la luna, pero como no tiene consistencia sólida y es de una «aleación baja y terrenal», pronto se desvanece y cae. En cambio, las estrellas fijas son serenas, claras y constantes. El sol no nos asusta con su claridad, a diferencia de un rayo repentino que aterra pero no ilumina.

La iluminación divina permite que el creyente vea la «belleza de la santidad» en las doctrinas cristianas. Sin este fundamento intelectual y doctrinal, los afectos son fuegos culinarios que se apagan cuando el combustible de la novedad se agota. La verdadera piedad es un calor celestial que regula y ordena todas las facultades, produciendo mentes «serenas y claras» en lugar de caóticas y tumultuosas.

7. Conclusión: Hacia una fe de «oro probado en el fuego».

La esencia de la religión verdadera no reside en la espectacularidad de las visiones ni en la intensidad de los arrebatos emocionales, sino en la participación real de la naturaleza divina. Esta participación se manifiesta en una transformación del gusto: un alma que ahora saborea la santidad como su alimento principal y que camina bajo la luz de un entendimiento iluminado por la gloria de Dios.

La fe auténtica es un «oro probado en el fuego» porque sobrevive a la fluctuación de las emociones y a la desaparición de las «impresiones» sensoriales. No se alimenta de la novedad de las «voces», sino de la belleza inmutable del carácter de Dios. Al final del día, el examen de nuestra vida espiritual no debe centrarse en la intensidad con la que sentimos nuestras emociones, sino en su origen y su objeto.

Por ello, la pregunta definitiva que cada buscador debe hacerse no es: «¿Qué tan fuerte es mi gozo?», sino: «¿Nace mi gozo de la contemplación de la belleza de Dios por Su propia santidad, o nace simplemente del alivio de sentirme especial y favorecido?» En la respuesta a esta pregunta se divide el camino entre el espejismo de un corazón engañoso y la fe que transforma la eternidad.

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