07-El Largo siglo XVIII (1689-1815)

¿Es real tu fe? 6 lecciones incómodas (y liberadoras) de Jonathan Edwards sobre el corazón humano

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En la era de la «curaduría de identidad», la pregunta por la autenticidad se ha vuelto una obsesión cultural. Navegamos en un océano de representaciones digitales donde la línea entre lo genuino y lo performativo es casi invisible. Sin embargo, para el creyente, esta ansiedad trasciende lo estético o lo social y se asienta en el núcleo mismo de su destino eterno. Como bien destaca el pastor Sam Storms al reflexionar sobre la obra de Jonathan Edwards, no hay interrogante más inquietante ni más vital que esta: «¿Cómo sé que mi fe es auténtica? ¿Cómo sé que soy un verdadero cristiano y no un hipócrita?».

Esta incertidumbre no es un síntoma exclusivo de nuestra modernidad líquida. En el siglo XVIII, durante el estallido del Gran Despertar, las iglesias de Nueva Inglaterra se vieron sumergidas en un caos de fervor religioso, conversiones masivas y, lamentablemente, excesos emocionales que amenazaban con desacreditar la obra de Dios. En medio de ese «polvo y humo» de controversia teológica, Jonathan Edwards —pastor, teólogo y clínico de la psicología humana— redactó su Tratado sobre los Afectos Religiosos (1746).

Edwards no escribió este libro como un puritano rígido interesado en aplastar el ánimo de los débiles, sino como un «analista de la experiencia religiosa». Su objetivo era separar la cizaña del trigo en una época donde muchos confundían el fervor físico con la regeneración espiritual. Para Edwards, la religión verdadera no es un mero asentimiento intelectual a un credo ni una lista de deberes morales externos. La verdadera fe sucede en los afectos, ese lugar profundo donde el alma no solo ve a Dios, sino que se deleita o se estremece ante Él.

A continuación, diseccionamos seis lecciones extraídas de esta obra maestra, que nos obligan a apartar la mirada de las apariencias y a evaluar la fisionomía real de nuestro corazón ante la majestad de lo Divino.

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1. La esencia de la fe no es el intelecto, sino los «Afectos».

Para penetrar en el pensamiento de Edwards, es imperativo despojarnos de la definición contemporánea y ligera de «emoción». Edwards no habla de sentimientos volátiles. Basándose en el Capítulo 2 de su tratado, postula que Dios ha dotado al alma humana de dos facultades fundamentales: el Entendimiento y la Inclinación.

  • El Entendimiento: Es la facultad especulativa por la cual el alma percibe y juzga las cosas. Es la capacidad de contemplar una doctrina o un hecho como un espectador.
  • La Inclinación (o Voluntad): Es la facultad por la cual el alma no se limita a ver las cosas, sino que toma una postura hacia ellas. Aquí el alma gusta o disgusta, aprueba o rechaza. Edwards sostiene que cuando los ejercicios de esta inclinación son vigorosos, vivos y perceptibles, los llamamos Afectos.

En las notas de la edición de Jaime D. Caballero, se nos recuerda que Edwards incluso consideraba la fisiología de este proceso, vinculando los afectos con los «espíritus animales» (pneuma physicon) que alteran el movimiento de la sangre y el corazón. La fe no es un concepto incorpóreo; es una reacción total del ser. Edwards es tajante:

«La religión verdadera consiste en gran parte en afectos piadosos». — Jonathan Edwards.

Esta tesis es un choque frontal contra el intelectualismo árido de muchos círculos teológicos modernos que confunden «conocer la sana doctrina» con «ser santos». Puedes tener una «luz perfecta» en la cabeza —un entendimiento impecable de la soberanía de Dios o la justificación—, pero si tu inclinación no se mueve hacia Dios con amor y temor, tu religión es un cadáver bien vestido. La fe que no afecta el corazón no es fe salvífica; es solo una noción mental que incluso los demonios poseen.

2. Los afectos son el motor de toda acción humana: El fin de la apatía.

Edwards argumenta que Dios ha constituido la naturaleza humana de tal manera que los afectos son el «impulso» de toda actividad. Sin ellos, el mundo «yacería inmóvil y muerto». No habría industria, ni arte, ni guerras, ni matrimonios si el corazón humano no estuviera afectado por el amor, el odio, la esperanza o el temor.

Observemos la dinámica del mundo: el hombre ambicioso se mueve por su deseo de gloria; el voluptuoso por su búsqueda de placer sensual; el avaro por su amor al dinero. En todos los casos, son los afectos —aunque desorientados— los que ponen al ser humano en marcha. Edwards utiliza esta observación psicológica para elevar la vara de la vida espiritual:

  • La apatía como muerte: Nadie busca a Dios con fervor, nadie clama por misericordia ni lucha en oración si su corazón permanece inafectado. Para Edwards, la tibieza no es solo un pecado menor; es una señal de inactividad espiritual.
  • Las «Veleidades» (Wouldings): Edwards acuñó este término para describir esos deseos débiles y sin vida que dicen «querría ser santo» pero nunca actúan. Un afecto verdadero siempre produce un movimiento de la voluntad.

Los impulsos que mueven a los hombres según Edwards pueden categorizarse así:

  • Codicia y Ambición: Buscan la satisfacción en lo temporal y egoísta.
  • Placeres Sensuales: Mueven al hombre hacia la gratificación de los sentidos.
  • Impulso Religioso: Es el afecto santificado que busca la gloria de Dios como fin supremo.

Si no hay un «fervor en espíritu», Edwards advierte que nuestra profesión de fe es una cáscara vacía. La Biblia describe la vida cristiana como correr una carrera, luchar contra potestades y agonizar por entrar por la puerta estrecha. Estas no son las acciones de alguien indiferente o meramente «informado».

3. El peligro del «corazón de piedra»: La insensibilidad como patología espiritual.

En el Capítulo 3, sección 10, Edwards explora uno de los conceptos más devastadores para el lector moderno: la «dureza de corazón». Solemos pensar en la dureza como una maldad activa o una rebelión abierta, pero Edwards, con agudeza clínica, la define como una insensibilidad a las verdades gloriosas.

El «corazón de piedra» es aquel que permanece frío e impasible ante lo que debería conmoverlo hasta los cimientos. En contraste, el «corazón de carne» es aquel que es sensible a la majestad divina. Edwards cita el ejemplo del rey Josías, quien al escuchar la Palabra de Dios, rasgó sus vestidos y lloró; su corazón era «enternecido».

Corazón Enternecido: Un corazón que es fácilmente impresionado por las verdades espirituales, que posee una sensibilidad santa y que es sensiblemente tocado tanto por la gloria de Dios como por la bajeza del pecado.

Aquí radica la lección más incómoda: ¿Cómo es posible que podamos conmovernos hasta las lágrimas con una película dramática, indignarnos por una tendencia en redes sociales o perder el sueño por una fluctuación financiera, pero permanecer fríos ante el hecho de que el Creador del universo fue inmolado por nuestras rebeliones? Edwards nos confronta con la idea de que nuestra capacidad de ser afectados por el mundo, mientras permanecemos apáticos ante el Evangelio, es la evidencia más cruda de que nuestro corazón aún conserva su naturaleza pétrea. La santidad no es un estoicismo refinado; es la recuperación de la capacidad de sentir a Dios.

4. Las «Falsas Señales»: El diablo como experto falsificador.

Esta es, sin duda, la sección más contraintuitiva del tratado de Edwards (Parte 2). Con la precisión de un cirujano, Edwards analiza doce señales que muchos consideran pruebas de gracia, pero que en realidad no garantizan nada. Es un recordatorio de que Satanás puede imitar el fuego del Espíritu con «fuego extraño».

Edwards postula que ninguna de estas señales es prueba segura de la presencia del Espíritu Santo:

  1. Tener afectos elevados: La intensidad de una emoción no prueba su origen divino. Se puede sentir un éxtasis inmenso y estar totalmente fuera de la gracia.
  2. Efectos corporales: Lágrimas, temblores, gritos o caídas (comunes en el Gran Despertar) no prueban nada; el cuerpo reacciona a la mente, pero la mente puede estar engañada por la imaginación.
  3. Fluidez al hablar de religión: La elocuencia teológica no es sinónimo de santidad.
  4. Afectos no provocados por uno mismo: El hecho de que una emoción «venga de afuera» no significa que venga de Dios; puede ser una sugestión del enemigo o de la propia psique.
  5. Citar textos bíblicos sugeridos a la mente: Satanás citó las Escrituras para tentar a Cristo. Los afectos que surgen porque un versículo «vino a la mente» pueden ser una imitación diabólica.
  6. Apariencia de amor: Un amor puramente natural o carnal puede disfrazarse de caridad cristiana.
  7. Tener afectos de muchos tipos: Tener gozo, temor y esperanza simultáneamente no es prueba de salvación; los hipócritas suelen tener una mezcla de afectos desordenados.
  8. El «orden» de las experiencias: Edwards desafía la idea puritana rígida de que todos deben pasar por un proceso secuencial de terror legal seguido de consuelo evangélico. Dios es soberano en Su variedad.
  9. Dedicación al deber religioso: Pasar horas en oración o lectura no es señal segura; los fariseos eran maestros en esto.
  10. Muchas expresiones de alabanza: Decir «¡Gloria a Dios!» mil veces no garantiza que el alma esté adorando.
  11. Gran seguridad personal: Edwards advierte que los hipócritas suelen estar más «seguros» de su salvación que los verdaderos santos, quienes a menudo caminan con un temor reverente.
  12. Narraciones afectuosas: Contar un testimonio conmovedor que haga llorar a otros no prueba que la obra sea real.

Edwards nos deja una advertencia grabada en piedra sobre los hipócritas:

«Los hipócritas son como meteoros que resplandecen momentáneamente, mientras que los cristianos verdaderos son como estrellas fijas que brillan con una luz constante y segura».

5. Luz y Calor: El equilibrio vital entre el entendimiento y la emoción.

Edwards previene contra dos extremos fatales que han fracturado la iglesia por siglos: el emocionalismo ciego y el intelectualismo gélido. Utilizando el lenguaje de Richard Sibbes y John Owen, Edwards argumenta que en la regeneración existe una «conjunción de la Palabra y el Espíritu».

El error de desechar los afectos.

En muchos círculos teológicos actuales, por miedo al «emocionalismo», se ha caído en una sospecha sistemática hacia cualquier expresión de fervor. Edwards argumenta que esto es, en esencia, «apagar el Espíritu». Si entendemos correctamente la majestad de Dios, Su justicia infinita y Su amor inefable en la Cruz, es psicológicamente inconsistente y teológicamente aberrante permanecer indiferentes.

Edwards postula que el conocimiento espiritual verdadero siempre produce un afecto santo. Si hay Luz en la cabeza(conocimiento nocional) pero el corazón está frío, esa luz no es divina. Como decía John Preston, nadie sabe realmente que la miel es dulce hasta que la prueba. La teología sin afectos es como un mapa de un banquete estudiado por un hombre que se muere de hambre. Por otro lado, el calor sin luz (emoción sin doctrina) es solo entusiasmo humano, volátil y propenso al error. El Espíritu Santo no ilumina la mente para dejar el corazón frío, ni enciende el corazón para dejar la mente a oscuras.

6. El modelo de Jesús como un ser profundamente afectuoso.

Para aquellos que confunden la santidad con una calma imperturbable o un desapego estoico, Edwards presenta la vida emocional del hombre perfecto: Jesucristo. Si la santidad consiste en la conformidad con Cristo, entonces la santidad debe ser intensamente afectuosa.

Edwards describe la vida emocional de nuestro Señor con una profundidad conmovedora:

  1. Celo ferviente: El celo por la casa de Su Padre lo consumía (Jn. 2:17). No fue una corrección administrativa, fue una pasión abrasadora.
  2. Pena profunda por el pecado: Jesús se entristeció profundamente por la dureza de corazón de los religiosos de Su tiempo (Mr. 3:5).
  3. Compasión entrañable: Movido a misericordia por las multitudes, viendo su desamparo espiritual (Mt. 9:36).
  4. Deseo ferviente: «¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua!», expresó en un momento de intimidad y anticipación del sacrificio (Lc. 22:15).
  5. Agonía y lágrimas: En Getsemaní y ante la tumba de Lázaro, Jesús mostró que Su corazón era inmensamente sensible al dolor, a la muerte y a la voluntad del Padre (Jn. 11:35; He. 5:7).

Si el Hijo de Dios no fue un espectador indiferente de la realidad humana y divina, ¿cómo podemos pretender que la madurez cristiana consiste en la frialdad? La santidad no es la supresión de los afectos, sino su redirección hacia el objeto correcto: Dios mismo.

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Conclusión: Hacia una fe que respira.

La obra de Jonathan Edwards no es un manual diseñado para la desesperación, aunque su lectura inicial sea devastadora. Como confiesa el editor Jaime D. Caballero en su prólogo a la edición en español, leer a Edwards puede llevarnos a una completa desesperanza en nosotros mismos, al darnos cuenta de cuán lejos estamos de la pureza de Cristo. Sin embargo, ese es precisamente su valor «liberador».

Edwards nos despoja de nuestras «espiritualidades de fachada» para que podamos arrojarnos con mayor ferocidad a los pies de Cristo. Nos enseña que la señal principal de la gracia no es un éxtasis momentáneo ni una fluidez al hablar, sino la práctica cristiana: una vida de obediencia perseverante que nace de un corazón que ha comenzado a amar lo que Dios ama y a aborrecer lo que Dios aborrece.

Al final del día, el Tratado sobre los Afectos Religiosos no nos pide que midamos el volumen de nuestras lágrimas, sino la dirección de nuestras inclinaciones. La fe real es aquella que, tras pasar por el horno de la autoevaluación, emerge no con una confianza renovada en sus propias emociones, sino con una dependencia absoluta en la obra del Espíritu Santo.

Si hoy miraras tus inclinaciones más profundas —esas que no se publican en redes sociales ni se ven en el servicio dominical—, ¿hacia dónde se mueve tu alma cuando nadie te mira? ¿Es Dios tu deleite supremo o simplemente una idea conveniente en tu sistema de creencias? Que la respuesta a esta pregunta sea el inicio de una fe que no solo piensa, sino que respira, ama y arde.

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