Más que nunca, creo en la predicación como una parte de la adoración en la iglesia congregada. La predicación es adoración, y pertenece a la vida de adoración regular de la iglesia, sin importar el tamaño de la iglesia. No se vuelve conversación o “compartir” en la iglesia pequeña. No se convierte en una inyección estimulante o retintín de campanillas en la megaiglesia. La predicación es adoración sobre la Palabra de Dios—el texto de la Escritura—con explicación y exultación.

La predicación pertenece a la adoración corporativa de la iglesia, no sólo porque el Nuevo Testamento ordena “predica la Palabra” (keruxon ton logon) en el contexto de vida corporativa (2 Tim. 3:16–4:2), sino aún más fundamentalmente porque la esencia doble de la adoración lo demanda.

¿Cómo describía Jonathan Edwards la tarea de la Predicación?

Esta esencia doble de la adoración proviene de la manera en que Dios se revela a nosotros. Jonathan Edwards lo describe así:

Dios se glorifica a Sí mismo hacia las criaturas en dos maneras también: 1. Por manifestarse a … sus entendimientos. 2. Comunicándose a Sí mismo a sus corazones, y en su regocijarse y deleitarse y gozar las manifestaciones que Él hace de Sí mismo … Dios es glorificado no solamente porque Su gloria sea vista, sino también cuando esa gloria es gozada. Cuando aquellos que la ven se deleitan en ella, Dios es más glorificado que si ellos solamente la ven. Su gloria es recibida entonces por toda el alma, por ambos, el entendimiento y el corazón.

Siempre hay dos partes en la verdadera adoración. Hay el ver a Dios y hay el saborear a Dios. No los puedes separar. Tienes que verlo a Él, para saborearlo a Él. Y si no lo saboreas a Él cuando le ves, le insultas. En la verdadera adoración, siempre hay entendimiento con la mente y siempre hay sentimiento en el corazón. El entendimiento siempre debe ser el fundamento del sentimiento. Si no, todo lo que tenemos es emocionalismo sin base. Pero el entendimiento de Dios que no motiva sentimiento por Dios se vuelve mero intelectualismo e indiferencia. Por esto la Biblia nos llama continuamente a pensar, a considerar y a meditar, por un lado, y a regocijarnos, a temer, a gemir, a deleitarnos, a tener esperanza y a estar alegres, por el otro. Ambos, entendimiento y sentimiento, son esenciales para la adoración.

¿Qué es Predicación?

La razón que la Palabra de Dios toma la forma de predicación en la adoración es que la verdadera predicación es la clase de discurso que consistentemente une estos dos aspectos de la adoración, tanto en la manera en que es hecha como en el propósito que tiene. Cuando Pablo le dice a Timoteo, en 2 Timoteo 4:2, “Predica la Palabra”, el término que utiliza para “predicar” es una palabra que se usa para “pregonar” o “anunciar” o “proclamar” (keruxon). No es una palabra que se usa para “enseñar” o “explicar”. Es lo que un pregonero del pueblo hacía: “¡Oigan, oigan, oigan! El Rey tiene una proclamación de buenas nuevas para todos aquellos que juren alianza a su trono. Sea conocido de ustedes que Él dará vida eterna a todos los que confíen en y amen a Su Hijo.” Yo llamo a este pregonar exultación. La predicación es una exultación pública sobre la verdad que trae. No es desinteresada, fría o neutral. No es una mera explicación. Es manifiesta y contagiosamente apasionada acerca de lo que dice.

Sin embargo, este pregonar contiene enseñanza. Puedes verlo al mirar de nuevo 2 Timoteo 3:16—La Escritura (que da motivo a la predicación) es útil para enseñar. Y puedes verlo al mirar adelante el final de 2 Timoteo 4:2: “Que prediques la Palabra … redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina (enseñanza).” Así que la predicación es expositiva. Versa sobre la Palabra de Dios. La verdadera predicación no es la opinión u opiniones de un mero hombre. Es la fiel exposición de la Palabra de Dios. Así que, para decirlo en una oración gramatical: La predicación es exultación expositiva.

En conclusión, entonces, la razón que la predicación sea tan esencial a la adoración corporativa de la iglesia es que es adecuada de manera única para alimentar ambos, entendimiento y sentimiento. Es adecuada de manera única para despertar el ver a Dios y el saborear a Dios. Dios ha ordenado que la Palabra de Dios venga en una forma que enseñe a la mente y toque el corazón. Y puede usted tomar nota de que si usted es un predicador, Dios le va a ocultar mucho del fruto que Él produce en su ministerio. Verá lo suficiente para estar seguro de Su bendición, pero no tanto como para pensar que usted podría vivir sin ello. La meta de Dios es que Él sea exaltado y no el predicador.

¿De qué manera se ilustra la Supremacía de Dios en la Predicación?

Esto nos lleva al tema principal: La Supremacía de Dios en la Predicación. Su bosquejo es intencionalmente trinitario:

  • La Meta de la Predicación: La Gloria de Dios.

  • La Base de la Predicación: La Cruz de Cristo.

  • El Don de la Predicación: El Poder del Espíritu Santo.

Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo son el inicio, el medio y el fin en el ministerio de la Predicación. Sobre toda labor ministerial, especialmente la predicación, se destacan las palabras escritas por el apóstol: “Porque en él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.” (Romanos 11:36)

El predicador escocés James Stewart dijo que los objetivos de una predicación genuina son para “despertar la conciencia por medio de la santidad de Dios, para alimentar la mente con la verdad de Dios, para purificar la imaginación por medio de la belleza de Dios, para abrir el corazón al amor de Dios, para consagrar la voluntad al propósito de Dios.”[1] En otras palabras, Dios es la meta al predicar, Dios es el fundamento de la predicación—y todos los demás recursos son dados por el Espíritu Santo.

Conclusión.

Mi carga es rogar por la supremacía de Dios en la predicación—que la nota dominante en la predicación sea la libertad de la Gracia soberana de Dios, que el tema unificador sea el celo que Dios tiene de Su propia Gloria, que el gran propósito de la predicación sea la infinita e inagotable realidad de Dios y que la penetrante atmósfera de la predicación sea la santidad de Dios. Entonces, cuando en la predicación se tocan las cosas ordinarias de la vida—la familia, el ocio, las amistades o las crisis de nuestro diario vivir—Sida, divorcio, adicciones, depresiones, abusos, pobreza, hambre y, lo peor de todo, la gente inconversa del mundo, estas cosas no sólo son consideradas: Son llevadas a la misma presencia de Dios.

Mas artículos sobre el tema, aquí.

Mas artículos del autor, aqui.

Adaptado de: John Piper, La Supremacía de Dios en la predicación (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 2004), 13-20.

Sobre el autor.

p5021106John Piper (1946-), pastor y teologo norteamericano, es una de las figuras mas influyentes en el cristianismo en el siglo XXI. Realizo estudios en Wheaton College (BA – Literatura y Filosofía); Fuller Theological Seminary (M.Div.); Universidad de Munich (PhD – Estudios Bíblicos). Piper ha sido pastor en la Iglesia Bautista de Bethlehem, en Minnesota, Estados Unidos por 33 años, desde 1980 hasta su retiro en el 2013. Es fundador del ministerio ‘Deseando a Dios’, y es miembro del Concilio de ‘The Gospel Coalition’. El propósito principal de su ministerio es la extension de una pasión por la supremacia de Dios en todas las cosas para el gozo de todos los pueblos a través de Cristo Jesus. Piper ha sido usado por el Señor para mover a una generación a buscar la Gloria de Dios en todas las cosas. Piper ha escrito numerosos libros y articulos, muchos de los cuales han sido traducidos al español, entre los que tenemos: ‘La Supremacía de Dios en la predicación’ (2004); Una Ambición Santa: Predicar a Cristo donde no ha sido nombrado’ (2012); Alegría indestructible: Dónde está nuestra seguridad’ (2005); ¡Alégrense las naciones!: La Supremacía de Dios en las misiones’ (2007); Gracias Venidera; Deseando a Dios; Los placeres de Dios; Hermanos no somos profesionales; entre muchos otros.

Notas:

[1] James Stewart, Heralds of God (Grand Rapids: Baker Book House, 1972), 73. Esta cita viene de William Temple, quien la formuló para definir adoración, pero Stewart la tomó prestada como dando “precisamente los propósitos y fines de la predicación”.