01-Patristica

El peligro de solo leer libros modernos de teología, por C.S. Lewis

Han pasado casi 80 años desde que C.S. Lewis escribió su prefacio al libro «Sobre la Encarnación» de Atanasio en 1944. Puede leer la traducción del texto original aquí. En dicho prefacio Lewis señala el tremendo peligro para un cristiano de leer solo libros modernos. Este peligro radica en la posibilidad de quedar atrapado en una visión sumamente limitada y contemporánea de la teología. Esto conduciría a una comprensión sumamente superficial de las doctrinas y a una falta de apreciación de la riqueza y profundidad del pensamiento teológico a lo largo de la historia. Al concentrarse solo en el pensamiento moderno, el estudiante de teología podría perder la oportunidad de examinar y entender las bases y evolución de las creencias, así como de confrontar y reflexionar sobre las distintas perspectivas y suposiciones que han modelado la teología a lo largo del tiempo. Estaría preso de la mediocridad su propio tiempo. Lewis señala cinco razones/peligros de leer sólo libros modernos:

  1. Comprensión Directa vs Interpretaciones Segundarias: Leer libros antiguos permite al lector acceder directamente a las ideas originales de los autores, mientras que los libros modernos ofrecen interpretaciones o resúmenes que usualmente distorsionan o simplifican en exceso estas ideas.
  2. Simplicidad Clásica vs Complejidad Moderna: Los libros antiguos a menudo presentan ideas complejas de manera más sencilla y directa, a diferencia de los libros modernos que pueden complicar innecesariamente los conceptos debido a la tendencia a analizar excesivamente.
  3. Perspectiva Histórica vs Vista Contemporánea Limitada: Los libros antiguos proporcionan una perspectiva histórica y un contexto mucho más amplio, ayudando a los lectores a entender cómo han evolucionado las ideas a lo largo del tiempo, mientras que los libros modernos estan necesariamente limitados por las tendencias y prejuicios actuales.
  4. Diversidad de Pensamiento vs Eco de Ideas Modernas: Los libros antiguos ofrecen una gran diversidad de pensamientos y enfoques, en contraste con los libros modernos que reflejan un eco de ideas contemporáneas similares y repetitivas.
  5. Desarrollo de un Pensamiento Crítico vs Aceptación Pasiva de Ideas Modernas: Leer libros antiguos fomenta el pensamiento crítico y la reflexión, al desafiar al lector con diferentes perspectivas y suposiciones, mientras que los libros modernos pueden promover una aceptación pasiva de las ideas predominantes.

La tragedia actual de mucha de la teología latinoamericana es que, en su mayoría, está divorciada de sus raíces históricas cristianas y, como tal, corre el peligro de dejar de serlo. Tomemos, por ejemplo, el caso de la teología de la liberación, el movimiento apostólico carismático actual, o incluso ciertas interpretaciones escatológicas modernas, que no datan de más de un siglo de antigüedad: ninguna de estas hubiera gozado de una aceptación popular si los seminarios, pastores y creyentes tuvieran al menos una noción fundamental de la teología histórica. La mayoría de los seminarios no ofrecen ni siquiera un curso de formación básica en teología histórica, la disciplina fundamental de los estudios teológicos, incluso por encima de la teología sistemática, hasta hace solo poco más de un siglo.

Estamos en un peligro grave en Latinoamérica, y el peligro es aún más grave al no ser conscientes del mismo. Aquel que sabe que se aproxima un huracán puede tomar previsiones para estar preparado. Aquel que lo ignora está condenado. Me temo que, a no ser que pongamos de manera drástica, decisiva y consciente, un mayor énfasis en el cristianismo histórico, la teología evangélica latinoamericana está condenada, en el mejor de los casos, a la irrelevancia, o peor aún, a la apostasía. Son especialmente los jóvenes de esta generación, aquellos menores de 40 años, quienes tienen una responsabilidad con las generaciones venideras. Pero, sentémonos por un momento a aprender sobre este tema de uno de los maestros más importantes del siglo XX; usted ha venido aquí para escucharlo a él, y no a mí.

PREFACIO POR C.S. LEWIS DE LA PRIMERA EDICIÓN DE “SOBRE LA ENCARNACIÓN” DE ATANASIO, PUBLICADO EN 1944

Existe una muy extraña, pero popular idea de que en cada materia los libros antiguos solo deben ser leídos por profesionales, y que el aficionado debería conformarse con los libros modernos. Así, como tutor de Literatura Inglesa, he descubierto que si el estudiante promedio quiere averiguar algo sobre el platonismo, lo último que piensa es en tomar una traducción de Platón de la estantería de la biblioteca y leer el Simposio. Prefiere leer algún tedioso libro moderno diez veces más largo, todo sobre “ismos” e influencias y solo una vez cada doce páginas diciéndole lo que Platón realmente dijo. El error es más bien amable, pues surge de la humildad. El estudiante está medio asustado de encontrarse cara a cara con uno de los grandes filósofos. Se siente inadecuado y piensa que no lo entenderá. Pero si tan solo supiera que el gran hombre, justamente por su grandeza, es mucho más inteligible que su comentarista moderno. El estudiante más sencillo será capaz de entender, si no todo, sí una gran parte de lo que dijo Platón; pero apenas alguien puede entender algunos libros modernos sobre el platonismo. Por lo tanto, siempre ha sido uno de mis principales empeños como docente persuadir a los jóvenes de que el conocimiento de primera mano no solo es mucho más valioso de adquirir que el de segunda mano, sino que suele ser mucho más fácil y más delicioso de adquirir.

       Esta preferencia equivocada por los libros modernos y esta timidez hacia los antiguos es especialmente pronunciada en teología. Dondequiera que encuentres un pequeño círculo de estudio de laicos cristianos, casi puedes estar seguro de que están estudiando no a San Lucas, San Pablo, San Agustín, Tomás de Aquino, Richard Hooker o Joseph Butler, sino a Nikolai Berdyaev, Jacques Maritain, Reinhold Niebuhr, Dorothy Sayers, o incluso a mí mismo!

       Ahora bien, esto me parece totalmente al revés de lo que debería ser. Naturalmente, como yo mismo soy escritor, no deseo que el lector ordinario no lea libros modernos. Pero si tiene que leer solo lo nuevo o solo lo antiguo, le aconsejaría sin duda que lea solo lo antiguo. Y le daría este consejo precisamente porque es un aficionado y, por lo tanto, está mucho menos protegido que el experto contra los peligros de una dieta exclusivamente contemporánea. Un libro nuevo todavía está a prueba y el aficionado no está en posición de juzgarlo. Debe ser contrastado con el gran cuerpo del pensamiento cristiano a lo largo de los siglos, y todas sus implicaciones ocultas (a menudo insospechadas por el propio autor) deben salir a la luz. A menudo, un libro nuevo no se puede entender completamente sin el conocimiento de muchos otros libros modernos. Si te unes a una conversación a las once que comenzó a las ocho de la mañana, a menudo no entenderás el verdadero alcance de lo que se dice. Comentarios que te parecen muy ordinarios provocarán risa o irritación a otros y no entenderás por qué; la razón, por supuesto, es que las etapas anteriores de la conversación les han dado un punto especial. Exactamente de la misma manera, las frases en un libro moderno que parecen bastante ordinarias pueden estar dirigidas a otro libro; de esta forma, puedes ser llevado a aceptar lo que habrías rechazado indignado si conocieras su verdadero significado. La única seguridad es tener un estándar de cristianismo claro y central (“mero cristianismo”, como lo llamaba Richard Baxter) que ponga las controversias teológicas del momento en su perspectiva adecuada. Tal estándar solo lo puedes adquirir de los libros antiguos. Es una buena regla, después de leer un libro nuevo, nunca jamás permitirte otro nuevo hasta que hayas leído uno antiguo. Si eso es demasiado para ti, deberías al menos como minimo leer un libro antiguo por cada tres nuevos.

       Cada época tiene su propia perspectiva. Es especialmente hábil para percibir ciertas verdades y especialmente propensa a cometer ciertos errores. Por lo tanto, todos necesitamos los libros que corregirán los errores característicos de nuestro propio período. Y eso significa los libros antiguos. Todos los escritores contemporáneos comparten en cierta medida la perspectiva contemporánea, incluso aquellos, como yo, que parecen más opuestos a ella. Nada me sorprende más cuando leo las controversias de épocas pasadas que el hecho de que ambos bandos solían asumir sin cuestionar mucho de lo que ahora negaríamos absolutamente. Pensaban que estaban completamente opuestos como dos lados podrían estarlo, pero de hecho estaban todo el tiempo secretamente unidos, unidos entre sí y en contra de las edades anteriores y posteriores, por una gran masa de presuposiciones comunes. Podemos estar sin duda seguros de que la ceguera característica del siglo XX, la ceguera sobre la cual la posteridad preguntará, “¿!Pero, cómo pudieron pensar eso!?”, yace exactamente donde nunca lo hemos sospechado, y concierne algo sobre lo que hay un acuerdo incuestionable entre Hitler y el presidente Roosevelt o entre el Sr. H. G. Wells y Karl Barth. Ninguno de nosotros puede escapar completamente de esta ceguera, pero ciertamente la aumentaremos considerablemente, y debilitaremos nuestra guardia contra ella, si leemos solo libros modernos. Donde sean verdaderos los libros modernos nos darán verdades que ya sabíamos a medias. Donde sean falsos agravarán el error con el que ya estamos peligrosamente enfermos. El único paliativo es mantener la brisa fresca del mar de los siglos soplando a través de nuestras mentes, y esto solo se puede hacer leyendo libros antiguos. Por supuesto, no hay magia en el pasado. La gente no era más inteligente entonces que ahora; cometieron tantos errores como nosotros. Pero no los mismos errores. No nos halagarán en los errores que ya estamos cometiendo; y sus propios errores, siendo ahora abiertos y palpables, no nos pondrán en peligro. Dos cabezas piensan mejor que una, no porque alguna sea infalible, sino porque es improbable que se equivoquen en la misma dirección. Claro, los libros del futuro serían tan buenos para corregir como los libros del pasado, pero lamentablemente no podemos acceder a ellos.

       Yo mismo fui llevado, casi accidentalmente, a la lectura de los clásicos cristianos como resultado de mis estudios de literatura inglesa. Algunos, como Richard Hooker, George Herbert, Thomas Traherne, Jeremy Taylor y John Bunyan, los leí porque son ellos mismos grandes escritores ingleses; otros, como Boecio, San Agustín, Tomás de Aquino y Dante Alighieri, los leí porque eran “influencias” en estos primeros autores. A George Macdonald lo descubrí por mí mismo a la edad de dieciséis años y nunca vacilé en mi lealtad, aunque traté durante mucho tiempo de ignorar su cristianismo. Son, como notarás, un grupo variado, representativo de muchas iglesias, climas y épocas. Y eso me lleva a otra razón para leerlos. Las divisiones del cristianismo son innegables y son expresadas con gran vehemencia por algunos de estos escritores. Pero si alguien se siente tentado a pensar, como podría sentirse tentado quien solo lee contemporáneos, que «cristianismo» es una palabra con tantos significados que no significa nada en absoluto, puede aprender, sin lugar a dudas, al salir de su propio siglo, que esto no es de ninguna manera así. Medido contra las edades, el «mero cristianismo» resulta no ser una insípida transparencia interdenominacional, sino algo positivo, autoconsistente e inagotable.

       Lo sé, de hecho, por mi propia experiencia. En los días en que aún odiaba el cristianismo, aprendí a reconocer, como un olor demasiado familiar, ese algo casi invariable que me buscada, ahora en el puritano Bunyan, ahora en el anglicano Richard Hooker, ahora en el tomista Dante Alighieri. Estaba allí (dulce y floral) en François de Sales; estaba allí (serio y hogareño) en Spenser y Walton; estaba allí (severo pero viril) en Pascal y Johnson; y allí nuevamente, con un sabor suave, aterrador y paradisíaco, en Herny Vaughan, Jakob Boehme y Thomas Traherne. En la sobriedad urbana del siglo XVIII uno no estaba seguro: Law y Butler eran dos leones en el camino. El supuesto «paganismo» de los isabelinos no podía excluirlo; acechaba donde un hombre podría haberse creído más seguro, en el mismo centro de «The Faerie Queene» y la «Arcadia». Era, por supuesto, variado; y sin embargo, después de todo, tan inequívocamente el mismo; reconocible, imposible de evadir, el olor que es muerte para nosotros hasta que permitimos que se convierta en vida, como dice el poema: “un aire que mata sopla desde ese lejano país.”

       Todos estamos justamente consternados y también avergonzados por las divisiones del cristianismo. Pero aquellos que siempre han vivido dentro del redil cristiano pueden desanimarse demasiado fácilmente por ellas. Las divisiones son malas, pero esas personas no saben cómo se ven desde fuera. Vistas desde allí, lo que permanece intacto a pesar de todas las divisiones, aún aparece (como realmente es) una unidad inmensamente formidable. Lo sé, porque lo vi; y bien lo saben nuestros enemigos. Esa unidad del cristianismo la puede encontrar cualquiera saliendo de su propia época. No es suficiente, pero es más de lo que habías pensado hasta entonces. Una vez que estés bien empapado en ella, si te aventuras a hablar, ¡tendrás una experiencia divertida! Tus contemporaneos te considerarán “papista” cuando en realidad solo estas reproduciendo lo que dijo Bunyan, te dirán “panteísta” cuando solo estas citando a Aquino, y así sucesivamente. Y esto porque ahora has llegado al gran viaducto que cruza las edades y que parece tan alto desde los valles, tan bajo desde las montañas, tan estrecho en comparación con los pantanos y tan amplio en comparación con los senderos para ovejas.

       El presente libro [Sobre la Encarnación, de Atanasio] es algo así como un experimento. La traducción está destinada al mundo en general, no solo a los estudiantes de teología. Si tiene éxito, presumiblemente seguirán otras traducciones de otros grandes libros cristianos. En un sentido, por supuesto, no es el primero en el campo. Traducciones de la «Teología Germanica», la «Imitación», la «Escalera de la Perfección» y las «Revelaciones de Lady Julian de Norwich» ya están en el mercado y son muy valiosas, aunque algunas de ellas no son muy eruditas. Pero se notará que todos estos son libros devocionales más que de doctrinales. Ahora, el lego o aficionado necesita ser instruido así como ser exhortado. En esta época, su necesidad de conocimiento teológico es particularmente urgente. Tampoco admitiría una división estricta entre los dos tipos de libros: devocionales y doctrinales. Por mi parte, tiendo a encontrar los libros doctrinales a menudo mucho más útiles para la devoción que los libros “devocionales”, y sospecho que la misma experiencia puede esperar a muchos otros. Creo que muchos que encuentran que “nada sucede” cuando se sientan o arrodillan despues de leer un libro devocional, descubrirán que el corazón canta en devoción sin ser llamado mientras trabajan en la lectura un difícil fragmento de un libro teología con una pipa en la boca y un lápiz en la mano.

       Esta es una buena traducción de un libro muy grande. San Atanasio ha sufrido en la estimación popular a causa de una cierta frase en el “Credo de Atanasio”. No me detendré en el punto de que esa obra no es exactamente un credo y no fue escrita por San Atanasio, ya que creo que es una pieza de escritura muy fina. Las palabras “Que la Fe, excepto que cada uno la guarde completa e inmaculada, sin duda perecerá eternamente” son la ofensa. Son comúnmente malinterpretadas. La palabra operativa es guardar; no adquirir, ni siquiera creer, sino guardar. Atanasio, de hecho, no está hablando de los no creyentes, sino de los desertores, no de aquellos que nunca han oído hablar de Cristo, ni siquiera de aquellos que lo han malentendido y se han negado a aceptarlo, sino de aquellos que habiendo realmente entendido y realmente creído, luego se permiten, bajo la influencia de la pereza o de la moda o cualquier otra confusión invitada, ser arrastrados a modos de pensamiento subcristianos. Son una advertencia contra la curiosa suposición moderna de que todos los cambios de creencia, por cómo sean provocados, están necesariamente exentos de culpa. Pero esto no es mi preocupación inmediata. Menciono el “credo (comúnmente llamado) de San Atanasio” solo para sacar del camino del lector lo que podría haber sido un fantasma y poner al verdadero Atanasio en su lugar. Su epitafio es Athanasius contra mundum, “Atanasio contra el mundo”. Estamos orgullosos de que nuestro propio país se haya opuesto más de una vez al mundo. Atanasio hizo lo mismo. Se mantuvo por la doctrina trinitaria, “completa e inmaculada”, cuando parecía que todo el mundo civilizado estaba retrocediendo del cristianismo a la religión de Arrio, a una de esas religiones sintéticas “sensatas” que se recomiendan tanto hoy y que, entonces como ahora, contaban entre sus devotos a muchos clérigos altamente cultivados. Es su gloria que no se movió con los tiempos; es su recompensa que ahora permanece cuando esos tiempos, como todos los tiempos, se han alejado.

       Cuando abrí por primera vez su obra «De Incarnatione», descubrí rápidamente mediante una prueba muy simple que estaba leyendo una obra maestra. Sabía muy poco griego cristiano entonces, excepto el del Nuevo Testamento, y esperaba dificultades al momento de leerla. Para mi asombro, ¡lo encontré casi tan fácil como Jenofonte en griego!; y solo una mente maestra podría haber escrito en el siglo IV tan profundamente sobre un tema con tal simplicidad clásica. Cada página que leía confirmaba esta impresión. Su enfoque de los Milagros son muy necesarios hoy en día, pues es la respuesta definitiva a aquellos que se oponen a ellos como “violaciones arbitrarias y sin sentido de las leyes de la Naturaleza”. Aquí se muestra que son más bien la reescritura en letras mayúsculas del mismo mensaje que la Naturaleza escribe en su apretada letra cursiva; las mismas operaciones que uno esperaría de Aquel que estaba tan lleno de vida que cuando quiso morir tuvo que “pedir prestada la muerte a otros”. El libro completo, de hecho, es una imagen del Árbol de la Vida, un libro jugoso y dorado, lleno de vitalidad y confianza. No podemos, lo admito, apropiarnos de toda su confianza hoy en día. No podemos señalar la alta virtud de la vida cristiana y el alegre, casi burlón coraje del martirio cristiano, como prueba de nuestras doctrinas con la misma seguridad que Atanasio da por sentada. Pero quien sea el culpable de eso no es Atanasio.

       El traductor de esta obra sabe mucho más griego cristiano que yo, por lo que sería inapropiado de mi parte elogiar su versión. Pero me parece que está en la tradición correcta de la traducción al inglés de obras antiguas. No creo que el lector encuentre aquí esa calidad áspera tan común en las traducciones modernas de los idiomas antiguos. Eso es tanto como notará el lector inglés; aquellos que comparen la traducción actual con el original en griego podrán estimar cuánto ingenio y talento se presupone en una elección como “estos listillos” en la primera página misma. 

C.S. Lewis

Referencia: C. S. Lewis, «Preface: From the First Edition», en On the Incarnation: Translation, ed. John Behr, trans. John Behr, vol. 44a, Popular Patristics Series (Yonkers, NY: St Vladimir’s Seminary Press, 2011), 11–17.

Jaime D. Caballero

Mas artículos del autor aqui.

Daniel Caballero.

Daniel Caballero

Acerca del autor:
Daniel Caballero nació en Lima, Perú. BSc. Universidad Nacional Agraria La Molina. BA, Seminario Teológico Bautista (Lima); Postgrado en Teología, The London Theological Seminary (Londres), ThM-Teologia Histórica., Westminster Theological Seminary (PA-USA); Historia moderna Europea, Royal Holloway, University of London; PhD-Queens University Belfast.

Especialista en historia moderna temprana europea. Profesor Adjunto en Westminster Theological Seminary. Miembro de ETS (Evangelical Theological Society), RHS (Royal Historical Society), etc. 

Daniel ha escrito numerosos artículos sobre puritanismo, teología bíblica y cultura. Su campo de especialización es en estudios de la Reforma y Post-Reforma (Puritanismo). Ha vivido por casi doce años en Reino Unido, donde tuvo la oportunidad de profundizar estudios Teológicos. Es misionero enviado de Inglaterra para el servicio en desarrollo de educación teológica. Actualmente vive en Belfast, Irlanda del Norte. Tiene experiencia desde muy joven en educación teológica. Esta casado con Ellie; y tienen un hijo.

1 respuesta »

  1. Saludos y bendiciones, Gracias por el Blog(Teología para vivir) es interesante diferenciar la teología contemporánea con la teología antigua, de hecho debe tener gran diferencia…mi consulta es: Me sugiere leer los autores mencionados en el blog o hay otros que me pueda sugerir tanto en la teología antigua como en la teología moderna como para hacer una diferencia?. Muchas gracias 🙏 saludos y bendiciones.

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