Contemporaneo

Reseña: “La construcción de la feminidad bíblica” (CLIE, 2024)

El siguiente artículo es una reseña del libro “La construcción de la feminidad bíblica” : Cómo se convirtió la subyugación de las mujeres en doctrina cristiana”, publicado recientemente en español por la editorial CLIE.

Reseña: “La construcción de la feminidad bíblica” : Cómo se convirtió la subyugación de las mujeres en doctrina cristiana”, por KEVIN DEYOUNG.

Resumen

El influyente libro de Beth Allison Barr, La construcción de la feminidad bíblica”, busca demostrar las raíces históricas de la “mujer bíblica,” un sistema de patriarcado cristiano que, según ella, no es realmente cristiano. Este artículo de revisión plantea dos preguntas clave, ambas apuntando a debilidades significativas en el argumento de Barr. Primero, ¿trata Beth Barr, como historiadora, de manera justa y precisa a los defensores de la “mujer bíblica”? Segundo, ¿trata Barr, como historiadora, de manera justa y precisa las evidencias históricas que cita en oposición a la “mujer bíblica”? Ejemplos específicos de medias verdades históricas revelan un problema más amplio con la metodología de Barr, que refleja un enfoque de “si gano yo, si pierdes tú”.

Introducción

“El patriarcado puede ser parte de la historia cristiana, pero eso no lo hace cristiano. Solo nos muestra las raíces históricas (y muy humanas) de la mujer bíblica.”[1] En dos frases, este es el argumento central del popular libro de Beth Allison Beth Barr “La construcción de la feminidad bíblica: Cómo se convirtió la subyugación de las mujeres en doctrina cristiana”.

       La idea de la “mujer bíblica” no es más que patriarcado cristiano, y la única razón por la que sigue prosperando es porque mujeres y hombres ciegamente continúan apoyándolo (p. 216). Durante demasiado tiempo, sostiene Barr, el sistema de patriarcado cristiano ha “puesto el poder en manos de los hombres y quitado el poder de las manos de las mujeres.” Ha enseñado “a los hombres que las mujeres ocupan un lugar inferior al de ellos.” Ha enseñado “a las mujeres que sus voces valen menos que las voces de los hombres” (p. 18). En el fondo, el patriarcado cristiano no es diferente del patriarcado pagano. Ambos son rampantes en el mundo. Ambos han existido durante mucho tiempo. Y, de acuerdo a Barr, es hora de que ambos terminen.

       Aunque en muchos sentidos es un libro erudito con cientos de notas finales y muchas citas académicas, “La construcción de la feminidad bíblica” está lejos de ser una obra seca y desapasionada. Desde la primera frase de la Introducción (“Nunca quise ser una activista”) hasta las numerosas referencias en los Agradecimientos a quienes “creyeron en este proyecto,” “me apoyaron,” “lucharon por mí,” y “me dieron el valor que necesitaba para ser más valiente de lo que jamás supe que podía ser,” esta es una obra de defensa vigorosa (pp. viii–x). Beth Barr no está simplemente argumentando por una interpretación teológica o histórica. Las apuestas son mucho más altas que eso. Ella está “luchando por un mundo cristiano mejor” (p. x). Está luchando para que los cristianos evangélicos finalmente sean libres del patriarcado (p. 218).

1. Una Obra de Historia

“La construcción de la feminidad bíblica” abarca varios géneros diferentes. Es en parte una historia personal, con las dolorosas interacciones de Beth Barr con el patriarcado (tal como ella lo percibe) presentes tanto en el fondo como en primer plano. A lo largo del libro se entrelaza la historia del despido del esposo de Barr como pastor de jóvenes por desafiar a los líderes de su iglesia sobre el rol de las mujeres en la congregación. También se menciona a estudiantes masculinos irrespetuosos en su aula y una relación aterradora que tuvo con un novio años atrás. Barr reconoce que esta experiencia con su novio, junto con el despido de su esposo, “marcan cómo pienso sobre el complementarismo hoy en día.” Estas “experiencias traumáticas” significan que está “cicatrizada” y “siempre llevará las cicatrices” (p. 204). Aquellos que simpaticen con la perspectiva de Beth Barr probablemente se identifiquen con la narrativa personal, considerándola una razón más para desmantelar el patriarcado de una vez por todas. Sin embargo, otros podrían preguntarse si hay otra cara de estas historias (Prov 18:17) y, más importante aún, podrían cuestionarse si las cicatrices de la autora interfieren en darle una oportunidad justa al complementarismo.

       El libro también contiene elementos típicos de una apologética egalitarianismo. Como obra exegética, no hay nada en “La construcción de la feminidad bíblica” que no se haya dicho muchas veces en los últimos 40 años. Cualquiera que este remotamente familiarizado con los argumentos egalitarianistas no se sorprenderá por las principales afirmaciones exegéticas: las afirmaciones de Pablo estaban culturalmente condicionadas; esposos y esposas deben someterse mutuamente; Febe era diaconisa; Junia era una apóstol mujer; María Magdalena predicó el evangelio; Gálatas 3:28 elimina cualquier tipo de jerarquía basada en el género. No repetiré los argumentos de Beth Barr, ni intentaré una refutación punto por punto. Si alguien desea abordar los mismos temas desde una perspectiva diferente, mi nuevo libro Men and Women in the Church está hecho como una visión concisa de las convicciones y conclusiones complementaristas.[2]

       Lo que hace única la obra de Barr es su trabajo como historiadora medieval. Este nuevo enfoque es el que ha provocado tantas reseñas entusiastas (aunque a veces cliché): “los lectores deben estar preparados para que sus mundos sean transformados” (Tisby); “cambio de juego absoluto” (Du Mez); “este libro es un cambio de juego” (Fea); “convincente y conmovedor” (Jenkins); “he esperado toda mi vida adulta por un libro como este” (Merritt); “una narrativa brillante y atronadora” (McKnight). Con un doctorado de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill y ahora como profesora asociada de historia y decana asociada en la Universidad de Baylor, Barr tiene una impresionante trayectoria académica. Nadie puede cuestionar que Barr escribe como una historiadora bien formada, algo que recuerda al lector con frecuencia:

  • “Como historiadora…” (p. 6)
  • “Escuchen no solo mis experiencias sino también la evidencia que presento como historiadora” (p. 9).
  • “Incluso desde mis primeros años de formación como historiadora…” (p. 12)
  • “Aquí estaba yo, una profesora con un doctorado de una importante universidad de investigación…” (p. 56)
  • “Porque soy historiadora…” (p. 56)
  • “Entonces, como historiadora…” (p. 60)
  • “En cambio, enseñé la narrativa que había aprendido de mi formación como historiadora…” (p. 107).
  • “Mi formación como historiadora…” (p. 107)
  • “Mis ojos entrenados en la historia medieval…” (p. 125)
  • “Pero como historiadora…” (p. 127)
  • “Como historiadora medieval que se especializa en sermones ingleses…” (p. 132)
  • “Sin embargo, como historiadora medieval…” (p. 133)
  • “Entonces, déjenme decirles lo que sé como historiadora…” (p. 133)
  • “Como historiadora que estudia la tradición manuscrita…” (p. 143)
  • “Para mis oídos entrenados en la historia de las mujeres…” (p. 171)
  • “Como historiadora medieval…” (p. 183)
  • “Como historiadora de la iglesia…” (p. 194)
  • “Al menos para mi mente de historiadora…” (p. 197)
  • “Soy historiadora…” (p. 205)

Con este énfasis constante en escribir “como historiadora,” haríamos bien en evaluar “La construcción de la feminidad bíblica”* ante todo como una obra de erudición histórica.

       En esta línea, permítanme plantear dos preguntas, ambas apuntando a debilidades significativas en el argumento de Beth Barr. Primero, ¿trata Barr, como historiadora, de manera justa y precisa a los defensores de la “mujer bíblica”? Segundo, ¿trata Barr, como historiadora, de manera justa y precisa las evidencias históricas que cita en oposición a la “mujer bíblica”?

2. Tratar Justamente a Nuestros Oponentes

Una de las dificultades para evaluar los argumentos de Beth Barr en contra de la “mujer bíblica” es que nunca proporciona una definición exacta de lo que significa ese término peyorativo ni cómo determina quiénes son los portavoces autorizados del concepto que rechaza. Lo más cercano que llega a una definición de mujer bíblica es cuando observa que creció aprendiendo que “las mujeres estaban llamadas a roles secundarios en la iglesia y la familia, con un énfasis en el matrimonio y los hijos” (p. 1). En la misma línea, define el complementarismo como “la visión teológica de que las mujeres son creadas divinamente como ayudantes y los hombres son creados divinamente como líderes” (p. 5). El problema con ambas definiciones es que no provienen de nadie del campo de la “mujer bíblica” o del complementarismo. Eso no es automáticamente un problema. Hay un lugar para resumir grandes movimientos en nuestras propias palabras. Pero para un libro entero en contra de la “mujer bíblica,” uno esperaría un análisis sustancial y sofisticado de la visión teológica, exegética y cultural presentada en el libro que lleva ese título, Recovering Biblical Manhood and Womanhood.[3] Uno habría esperado un examen cuidadoso de la Declaración de Danvers o una evaluación de la “Misión y Visión” del Council on Biblical Manhood and Womanhood. En cambio, la versión de “mujer bíblica” de Barr se basa en gran medida en su experiencia personal, generalizaciones amplias y citas breves de personas tan diversas como Tim LaHaye, James Dobson, Bill Gothard, Russell Moore, Owen Strachan, John Piper y Wayne Grudem.

       Espero que la mayoría de los departamentos de historia insistan en que la mejor investigación trata de presentar los temas e ideas históricas de manera que les resulten familiares a ellos. Es decir, antes de pasar a la evaluación crítica, los historiadores deberían tratar de entender lo que las personas en el pasado creían, en sus propios términos, y por qué llegaron a las conclusiones que llegaron. Mientras Barr demuestra una admirable simpatía por sus sujetos medievales (al menos las mujeres), hace poco esfuerzo por entender a sus oponentes de la “mujer bíblica” o por buscar algo más que palabras y frases comprometedores. Por ejemplo, Beth Barr menciona a menudo un artículo de 2006 de Russell Moore donde habla favorablemente sobre la palabra “patriarcado.”[4] (Por cierto, es irónico que Moore, debido a un artículo de hace 15 años, se haya convertido en el principal culpable de abogar por el patriarcado cuando muchos lo considerarían como el tipo de complementarista más simpático a muchas de las quejas de Beth Barr). Barr también cita a Owen Strachan usando la palabra patriarcado. Citando el artículo de Moore, junto con una línea de Strachan, Barr insiste: “No hace mucho tiempo, los evangélicos hablaban mucho sobre el patriarcado” (p. 12). Dos ejemplos apenas parecen mucho, especialmente considerando que la palabra complementarista se acuñó específicamente para alejarse de palabras como patriarcado.

       Debe decirse que el patriarcado, por sí mismo, no es una palabra negativa. Si tenemos a Dios como nuestro Padre celestial, todos creemos en algún tipo de patriarcado. Personalmente, no tiendo a usar la palabra debido a todas las connotaciones negativas. Pero solo porque alguien use la palabra patriarcado no significa que esa persona, o todo un movimiento, sea culpable de esas connotaciones negativas. De hecho, como señala Beth Barr, Moore tiene cuidado al distinguir el patriarcado cristiano del “patriarcado pagano” y del “patriarcado depredador” (p. 16). Barr admite que la postura de Moore ha sido “las mujeres no deben someterse a los hombres en general (patriarcado pagano), pero las esposas deben someterse a sus maridos (patriarcado cristiano)” (p. 17). Esa parece ser una distinción significativa y útil. Pero en su siguiente línea, Barr elimina la distinción que Moore intenta hacer: “Buen intento, pensé. Díselo a mi estudiante varón conservador.” ¿Significa un estudiante universitario grosero que todo patriarcado es patriarcado pagano?

       A veces, las críticas de Beth Barr parecen más una investigación política de oposición que un razonamiento académico cuidadoso. Por ejemplo, les dice a sus estudiantes “lo fácil que es que un estudio de Pablo refute la afirmación de John Piper de que el cristianismo tiene una ‘sensación masculina’”. Después de todo, argumenta, Pablo se describe a sí mismo como una madre embarazada, una madre dando a luz e incluso una madre lactante (p. 52). No espero que a Barr le guste la frase “sensación masculina”, pero el argumento de Piper no se basa en si Pablo usa alguna vez imágenes femeninas. Piper argumenta que Dios se ha revelado a nosotros en la Biblia de manera dominante como Rey, no Reina, y como Padre, no Madre. Él argumenta que el Hijo de Dios vino al mundo como hombre, que los sacerdotes en Israel eran hombres, que los apóstoles eran todos hombres, que los hombres tienen la responsabilidad de liderar, proteger y proveer. Piper reconoce que enfatizar un “ministerio masculino” puede ser gravemente malentendido y mal aplicado. También subraya varias veces que un “ministerio masculino” es para el florecimiento de las mujeres y que las mujeres contribuyen en una asociación fructífera al trabajo del ministerio. Nuevamente, Barr tiene todo el derecho a no estar de acuerdo con la visión de Piper para el ministerio, pero ese desacuerdo debería tratar con sus argumentos y propuestas específicos, no con una frase que ella considera particularmente risible.

       O para citar otro ejemplo que involucra a Piper, Barr afirma: “Incluso John Piper admitió en 1984 que no puede averiguar qué hacer con Débora y Hulda” (p. 36). Pero si buscas la cita, esto es lo que Piper dijo en su totalidad:

“Admito que Débora y Hulda no encajan perfectamente en mi visión. Ojalá Berkeley y Alvera hicieran lo mismo con 1 Timoteo 2:8–15 (¡etc.!). Tal vez no sea casualidad que Débora y Hulda no se ofrecieran voluntariamente sino que fueran buscadas por su sabiduría y revelación (Jueces 4:5; 2 Reyes 22:14). Argumenté en marzo (pp. 30–32) que el tema (en 1 Cor. 11:2–16) es cómo una mujer debe profetizar, no si debe hacerlo. ¿Son Débora y Hulda ejemplos de cómo ‘profetizar’ y ‘juzgar’ de una manera que afirme y honre el liderazgo normal de los hombres?”[5]

Esto presenta una imagen diferente a la afirmación de Barr de que “no puede averiguar qué hacer con Débora y Hulda”: no se trata de un complementarista confundido, sino de alguien que intenta abordar los argumentos más fuertes del otro lado y proporcionar una respuesta. Sin duda, este es un buen modelo para que todos lo sigamos.

       De manera similar, Beth Barr critica a Capitol Hill Baptist Church por una de sus clases de escuela dominical. “Hasta el día de hoy,” escribe, “rechino los dientes por la serie de historia de la iglesia utilizada por Capitol Hill Baptist Church. Pinta un panorama sombrío de una iglesia medieval sórdida y corrupta en la que pocas personas, excepto por un remanente de ‘monjes y monjas dispersos,’ encontraron la salvación” (p. 137). Barr es libre de argumentar que el currículo es demasiado negativo sobre la iglesia medieval, pero al menos debería notar las dos primeras oraciones de la lección: “La creencia común es que la Edad Media fue un período verdaderamente horrible sin cualidades redentoras. Pero cuanto más examinamos, nos damos cuenta de lo rica que era alguna de la teología y de lo importantes que fueron muchas de las personas y eventos de esa época.”[6]

       Ya sea por su propio dolor, o quizás por su declarado objetivo de luchar por un mundo mejor, Barr frecuentemente lee el material del otro lado con una hermenéutica de sospecha. Por ejemplo, afirma de manera categórica que la traducción de la ESV de Junia como “bien conocida por los apóstoles” en lugar de “prominente entre los apóstoles” fue “un movimiento deliberado para mantener a las mujeres fuera del liderazgo” (p. 69). No se explica cómo ha determinado con confianza el funcionamiento interno del comité de traducción de la ESV. Del mismo modo, cita un recurso de la ESV que dice: “La unión de un hombre y una mujer en matrimonio es uno de los aspectos más básicos y profundos de ser creados a imagen de Dios.”[7] Barr concluye a partir de esta única frase: “porque estamos creados a imagen de Dios, implica el recurso de la ESV, deseamos la unión del matrimonio. El matrimonio, desde la perspectiva evangélica, nos completa” (p. 112). 

       ¡No puedo imaginar que muchos otros lectores salten de “el matrimonio es uno de los aspectos más básicos y profundos de ser creados a imagen de Dios” a la filosofía relacional de Jerry Maguire!. Vale la pena señalar también que el recurso de la ESV en cuestión fue escrito por Yusufu Turaki, un pastor y académico de Nigeria. ¿Quiere Barr ridiculizar la perspectiva evangélica africana sobre el matrimonio y la soltería? Y todo esto sin mencionar el hecho de que Recovering Biblical Manhood and Womanhoodcomienza específicamente con un prólogo dirigido a hombres y mujeres solteros—el octavo punto del cual afirma: “La madurez en la hombría y la feminidad no depende de estar casado.” Si bien encontrarás a muchos complementaristas celebrando la bondad y el diseño del matrimonio, dudo que encuentres a alguno insistiendo en que las personas solteras están incompletas sin él.

       Antes de pasar al siguiente encabezado, permítanme dejar claro: no creo que el complementarismo y la “mujer bíblica” estén por encima de la crítica. No estoy de acuerdo con todo lo que he visto a lo largo de los años del CBMW. Me han hecho sentir incómodo ciertos comentarios que los complementaristas han hecho en Twitter. Ha habido errores retóricos en el mundo complementarista y algunos errores teológicos. Como muchos otros, comparto las preocupaciones de Beth Barr sobre vincular los roles de género con la subordinación eterna del Hijo al Padre (subordinación funcional eterna), una visión que he criticado muchas veces antes (aunque Barr equipara injustamente la ESS con el arrianismo). Esta reseña no trata de cerrar filas y desautorizar cualquier crítica a Piper, Grudem, Dever (o a DeYoung, en ese caso). 

       Pero los complementaristas deberían reconocer los argumentos que se están criticando y deberían conocer las razones intelectuales por las cuales figuras marginales como Bill Gothard son frecuentemente referenciadas, mientras que serios académicos complementaristas como Doug Moo o Don Carson casi nunca lo son (y mucho menos se interactua con todos los teólogos magistrales como Agustín, Tomás de Aquino o Bavinck, todos los cuales interpretan y aplican los pasajes bíblicos sobre hombres y mujeres de manera muy diferente a la de Barr). Se podría perdonar a alguien por pensar que términos como “mujer bíblica” y “patriarcado” no son representaciones cuidadosas de posiciones teológicas coherentes o movimientos eclesiásticos discernibles, sino más bien términos comodín para cualquier idea sobre hombres y mujeres que el autor (y, probablemente, sus colegas) desprecian. Ojalá que nuestros historiadores académicos trataran a sus oponentes ideológicos con el mismo nivel de integridad y sofisticación que sin duda exigen a sus estudiantes en otros asuntos históricos.

3. Tratar Justamente la Evidencia Histórica

Como una obra que pretende ser una historia seria, “La construcción de la feminidad bíblica”* contiene más de unas cuantas rarezas históricas. No sé de ningún otro historiador que jamás se haya referido a Juan Calvino y John Knox como “traductores puritanos radicales” (p. 145), dado que el término “puritano” comenzó como un término despectivo en la Iglesia de Inglaterra y apenas quizá existía antes de la muerte de Calvino y Knox. Asimismo, Barr afirma erróneamente que las conexiones de la Condesa de Huntington fue “la primera denominación calvinista estadounidense” que surgió de los avivamientos evangélicos (p. 177), cuando, de hecho, el grupo separatista anglicano era de Inglaterra, no estadounidense. Barr también muestra una visión amateur de la controversia arriana, equiparando el error de la subordinación eterna con las enseñanzas de Arrio (cuando alguien como Orígenes habría sido más exacto) y afirmando incorrectamente: “Cuando todos los demás en el mundo cristiano se enteraron de lo que Arrio estaba enseñando, reaccionaron con horror” (p. 194). Esta no es una lectura para nada precisa del debate teológico y geopolítico que siguió a Nicea y que motivó el concilio en primer lugar.

       Más importante que estos errores, Beth Barr a menudo emplea un lenguaje ambiguo e información selectiva al presentar a los héroes y heroínas de su causa. Por ejemplo, observa triunfante que Crisóstomo interpreta 1 Timoteo 3:11 como una referencia a las diaconisas. Según su lectura, esto muestra que el predicador de lengua dorada claramente apoyaba el “liderazgo femenino” en la iglesia (p. 68). Pero, ¿es el apoyo a un “liderazgo femenino” la mejor descripción para la orden de diaconisas que surgió en los siglos III y IV? Documentos de la iglesia primitiva como las Constituciones Apostólicas explican claramente que las diaconisas debían visitar a las mujeres en sus hogares, ayudar a bañar a las mujeres enfermas y asistir a los presbíteros en el bautismo de mujeres para mantener el decoro adecuado. El resumen del Dr. Cara es adecuado: “había dos cuerpos ordenados de diáconos separados por género en al menos parte de la iglesia durante los siglos III y IV d.C., y no hay ejemplo de un diaconado mixto. Las diaconisas ordenadas tenían responsabilidades restringidas en comparación con sus contrapartes masculinas.”[8] Si las diaconisas eran “líderes” en la iglesia, Barr debería explicar en que consistía ese liderazgo, para evitar cometer la falacia histórica de leer anacrónicamente las nociones modernas de “liderazgo femenino” en los sermones de Crisóstomo.

       Además, antes de considerar a Crisóstomo como un opositor de la “mujer bíblica,” deberíamos notar lo que dice en sus otras homilías sobre 1 Timoteo. Según Crisóstomo, las mujeres en la iglesia deben “mostrar completa sumisión con su silencio. Pues el sexo [femenino] es naturalmente algo hablador; y por esta razón las restringe por todos lados.” Un poco más adelante en el mismo sermón leemos: “Él desea que el hombre tenga la preeminencia en todos los sentidos.” Y más tarde: “La mujer enseñó una vez y arruinó todo. Por esta razón, Pablo dice, que no enseñe. Pero, ¿qué les importa a las demás mujeres que ella haya sufrido esto? Ciertamente les concierne; porque el sexo [femenino] es débil e inconstante, y él está hablando del sexo [femenino] en su totalidad.”[9] El punto no es que Crisóstomo tenga razón en todo —yo también me siento avergonzado por algunas de sus palabras—, sino que la honestidad intelectual exige que representemos a las figuras históricas tal como eran, no como deseamos que sean.

       O tomemos el ejemplo de Genovefa de París, a quien Barr llama la “líder eclesiástica de facto de París” (p. 88). Dejando de lado el hecho de que gran parte de lo que sabemos sobre muchas de las heroínas medievales de Barr proviene de fuentes hagiográficas a menudo escritas siglos después, ¿de que manera se puede decir que Genovefa era la “líder eclesiástica de facto,” cuando ella no ordenó a nadie, no administró los sacramentos a nadie, tampoco ocupó un cargo eclesiástico y no predicó jamás en la iglesia? Barr dice que Genovefa oró por la ciudad cuando fue atacada por los hunos y alentó a los ciudadanos de París a no huir. Según se informa, recibió numerosas visiones de santos y ángeles. Erigió una capilla en honor de San Denis. En un momento, el obispo la nombró para cuidar a las vírgenes consagradas. Esto es un tipo de liderazgo, sin duda, pero no lo que la mayoría de las personas entiende en la actualidad por “líder eclesiástico.”

       Aún más revelador es el uso que Beth Barr hace de Brígida de Kildare. Mientras que “Genovefa actuó como un obispo,” Barr sostiene, “Brígida de Kildare (según la hagiografía) fue realmente ordenada como obispo” (p. 89). Hay una historia en una única fuente hagiográfica de un obispo presidiendo la consagración de Brígida. Durante la liturgia de consagración, se embriagó tanto con la gracia de Dios que por error leyó la ceremonia de ordenación episcopal y accidentalmente hizo a Brígida obispo. A su favor, Barr menciona las circunstancias inusuales que rodean la “ordenación” de Brígida. Lo que Barr no menciona es lo que dice la fuente que cita a continuación: “Dentro de este episodio hagiográfico, la santa misma [Brígida de Kildare] no reconoció el evento único sino que aceptó una donación de tierras.”[10] En otras palabras, el ejemplo de Beth Barr de una mujer que “recibió la ordenación como lo haría un hombre” (p. 89) no es nada de eso. La ordenación fue un accidente; la Brígida se negó rotundamente a aceptarla; y todo el incidente puede no haber ocurrido en primer lugar.

       Podríamos citar otros ejemplos. Beth Barr sostiene: “Incluso los evangélicos calvinistas del pasado han afirmado el llamado de Dios a las mujeres como ministras públicas” (p. 177). Su única evidencia en apoyo de esta afirmación es la mencionada Selina, Condesa de Huntingdon. Sin duda, Selina fue una mujer notable. De hecho, la editorial calvinista conservadora Banner of Truth publicó un libro biografico sobre ella.[11] La Condesa de Huntingdon apoyó financieramente a George Whitefield, dio generosamente de la gran fortuna de su familia para iniciar una escuela de formación para ministros y estableció varias capillas en Inglaterra, sobre las cuales ejerció una estrecha supervisión administrativa. Si bien los cristianos reformados del pasado (y del presente) han celebrado a la Condesa de Huntingdon por su papel crucial en el despertar evangélico, esto dista mucho de sugerir que los metodistas calvinistas del siglo XVIII afirmaran a Selina como ministra pública, algo que ella no era y que no habría reclamado jamás.

       Y luego está Margery Kempe, la mística inglesa medieval que aparece en La construcción de la feminidad bíblica” más que cualquier otra persona histórica. Barr relata la vez que Margery fue arrestada, en 1417, en la ciudad de York y llevada ante el arzobispo. “El arzobispo sabía que Margery estaba viajando por el campo sin su esposo; sabía que estaba actuando como una maestra religiosa sin ninguna formación” (p. 73). Y, sin embargo, cuando se enfrentó al arzobispo de York, “ella mantuvo su posición en una sala llena de autoridad masculina” (p. 73). Un sacerdote leyó en voz alta uno de los pasajes que ordenan el silencio de las mujeres, pero Margery no se inmutó: “Ella predicó desde la Biblia a una sala llena de sacerdotes varones, incluido el arzobispo de York, defendiendo su derecho a hacerlo como mujer” (p. 74). Como dice Barr más adelante en la misma página, “Para esta mujer medieval, las palabras de Pablo no aplicaban. Ella podía enseñar la Palabra de Dios si así lo queria, incluso como una mujer común, porque, argumentaba, que Jesús lo aprobaba” (p. 74).

       Dos páginas después, Beth Barr explica que en otro punto del Libro de Margery Kempe, Margery escucha directamente a Dios hacer una promesa de acudir en su ayuda “con mi bendita madre, y mis santos ángeles y doce apóstoles, Santa Catalina, Santa Margarita y Santa María Magdalena, y muchos otros santos que están en el cielo” (p. 76). Según Barr, “Margery Kempe estaba acompañada de una multitud de testigos femeninos que ayudaron a autorizar su voz, rechazando por completo la autoridad masculina e incluso las limitaciones impuestas sobre ella” (p. 99). Barr menciona muchas veces en el resto del libro la “gran nube de testigos femeninos” de Margery (pp. 76, 77, 88, 96, 99, 181, 183). Crucialmente, el ejemplo de Margery Kempe fue un factor clave en motivar a Barr a luchar por la liberación de las mujeres y a desafiar las enseñanzas complementaristas sobre las mujeres en la iglesia (p. 72).

       El Libro de Margery Kempe es una autobiografía fascinante y a veces extrañable de una notable mujer medieval que escucha directamente a Dios en conversaciones íntimas, recibe visiones personales frecuentes, ora y ayuna hasta el punto de la extenuación, corta por completo las relaciones sexuales con su propio esposo porque desea ser nuevamente virgen, entra en un matrimonio espiritual con la divinidad misma, es instruida directamente por Jesús para acostarse con él y besarle en la boca tan dulcemente como quiera, es asaltada por el diablo con visiones constantes de genitales masculinos y tentada a tener relaciones sexuales con varios hombres religiosos; llora incontrolablemente durante una década, interrumpe constantemente los servicios religiosos con fuertes gritos y lamentos, reprende a la gente en la calle por sus juramentos y mal lenguaje, y habla con personas de todos los rangos sobre sus mensajes recibidos de Dios, quieran o no escucharla.

       Margery es muchas cosas, pero difícilmente una rebelde contra la autoridad masculina. Su Libro autobiografico está lleno de buenos sacerdotes, confesores y frailes a quienes Margery busca para consejo y asistencia y quienes, a su vez, le brindan protección y apoyo. De acuerdo con las expectativas de su época, Margery busca permiso de los líderes religiosos antes de viajar y recibe un escolta masculino para protegerla en sus viajes. Incluso describe a su esposo —con quien no tendrá relaciones sexuales durante varios años— como un hombre amable que la apoyó cuando otros la abandonaron. Si hay un tema dominante en el Libro de Margery es la búsqueda constante de la aprobación de figuras religiosas masculinas para sus ideas y la validación de su vida inusual.

       Cuando Margery compareció ante el arzobispo de York, fue uno de muchos encuentros similares a lo largo de su vida. La mitad de las personas que la conocieron pensaban que tenía un don de revelación especial de Dios, y la otra mitad pensaba que estaba endemoniada. La ira del arzobispo no se debía a que ella fuera una mujer desafiando la autoridad patriarcal. No, sino que fue acusada de ser una lollarda y una hereje. Sin duda, ella defendió su derecho a hablar como mujer, pero, como Barr misma señala, Margery negó explícitamente estar predicando. “No predico, señor,” declaró Margery ante el arzobispo, “no entro jamás en ningún púlpito. Solo uso la conversación y buenas palabras, y eso haré mientras viva.”[12] Esto no es exactamente decir “Pablo no aplica.” Es más como decir, “Escucho a Pablo, y no estoy haciendo lo que él prohíbe.” Unos capítulos después, Margery le dice al arzobispo, “Mi señor, si desea examinarme, avocaré la verdad, y si se me encuentra culpable, seré obediente a su corrección.” Margery no se veía a sí misma como una proto-feminista enfrentándose a las fuerzas malignas del patriarcado. Se veía a sí misma como una cristiana ortodoxa que compartía sus visiones y revelaciones en medio de antagonismo y apoyo tanto de hombres como de mujeres.

       Puedo entender por qué Margery (sin todas las cosas extrañas) podría ser una figura inspiradora para las mujeres. Ella es audaz, apasionada e intensamente devota a Dios. Pero era una mujer medieval, no una del siglo XXI. Beth Barr insiste en que Margery invoca a Santa Margarita, Santa Catalina y Santa María Magdalena porque “la iglesia medieval estaba simplemente demasiado cerca en el tiempo para olvidar los roles significativos que las mujeres jugaron en el establecimiento de la fe cristiana en todo el remanente del Imperio Romano” (p. 88). Dejando de lado el hecho de que las santas mencionadas estaban más de 1,000 años alejadas de Margery —de hecho, estamos mucho más cerca en el tiempo de la era de Margery que ella de Santa Catalina o Santa Margarita—, ¿no es la explicación más simple que Margery era una católica medieval que rezaba e invocaba a numerosos santos [hombres y mujeres]? En otras partes de su Libro, Margery reza constatemente a San Agustín y con frecuencia le ora a San Pablo. Su “gran nube de testigos femeninos” (que incluía a muchos hombres) era una piedad medieval ordinaria como la de cualquier otro, no una repudiación desafiante de la autoridad masculina.

       Beth Barr imagina que si Margery (quien cuidó de su esposo en su vejez, estuvo embarazada catorce veces y habló extensamente sobre su hijo y su nuera en la segunda parte de su libro) tuviera un perfil en Twitter, “dudo que Kempe incluyera alguna referencia a su familia o a su esposo” (p. 168). Me parece que los historiadores no pueden estar demasiado seguros sobre los hipotéticos hábitos en redes sociales de los cristianos medievales. Especular sobre perfiles de Twitter probablemente dice más sobre nosotros que sobre nuestros sujetos históricos.

       En otro lugar, Barr elogia el ejemplo de Santa Paula, “quien abandonó por completo a sus hijos por el propósito superior de seguir el llamado de Dios en su vida.” Tras la muerte de su esposo, Paula zarpó hacia Jerusalén en una peregrinación, “dejando a tres de sus hijos solos, llorando en la orilla” (p. 79). Para Barr, es justamente este el tipo de feminidad que necesitamos más en la iglesia. Creo que la mayoría de los cristianos de hoy, fuera de los enclaves de occidentales altamente educados, estarían de acuerdo en que si la liberación femenina implica que las madres abandonen a sus hijos solos y pierdan todo sentido de su llamado como esposas y madres, entonces el remedio para la mujer bíblica es peor que la enfermedad.

4. Cara gano yo, cruz pierdes tú

Estos ejemplos específicos de medias verdades históricas revelan un problema más amplio con la metodología de Barr. Beth Barr podría haber presentado un caso convincente de que las mujeres a lo largo de la historia han sido jugadoras clave en la historia de la iglesia y han actuado de maneras que los cristianos contemporáneos podrían encontrar sorprendentes. Si esta fuera la historia, podríamos explorar cómo entender a estas mujeres en su contexto histórico, cómo se entendían a sí mismas, cómo otros veían sus ministerios y de qué maneras sus ejemplos valen la pena imitar hoy en día. Esa sería una discusión valiosa, una que probablemente proporcionaría evidencia “a favor” y “en contra” de las suposiciones actuales sobre la mujer bíblica.

       Pero ese no es el libro que Barr nos ha dado porque esa no es la metodología histórica que emplea. En la hermenéutica histórica de Barr, toda la evidencia que le gusta cuenta como un golpe a la “mujer bíblica,” mientras que toda la evidencia que no le gusta cuenta como patriarcado. Una y otra vez, Barr rápidamente descarta cualquier tipo de evidencia histórica que pueda desafiar su tesis. Lo que queda es un enfoque de la historia de “cara gano yo, cruz pierdes tú.”

Ejemplos del Argumento de Beth Barr

– “Ecos del patriarcado humano desfilan a lo largo de todo el Nuevo Testamento, desde la exclusividad de los judíos varones hasta las duras leyes de adulterio aplicadas a las mujeres e incluso en los escritos de Pablo. La iglesia primitiva intentaba entender su lugar tanto en un mundo judío como romano, y mucho de esos mundos se filtró en la historia de la iglesia. Al mismo tiempo, vemos un sorprendente número de pasajes que subvierten los roles de género tradicionales y enfatizan a las mujeres como líderes” (p. 35).

– “El patriarcado existe en la Biblia porque la Biblia fue escrita en un mundo patriarcal. Históricamente hablando, no hay nada sorprendente en historias y pasajes bíblicos llenos de actitudes y acciones patriarcales. Lo sorprendente es cuántos pasajes e historias bíblicas socavan, en lugar de apoyar, el patriarcado” (p. 36).

– “Los códigos de conducta doméstica del Nuevo Testamento cuentan la historia de cómo la iglesia primitiva intentaba vivir en un mundo no cristiano y cada vez más hostil. Necesitaban encajar, pero también debían defender el evangelio de Cristo. Tenían que mantener el marco del patriarcado romano tanto como pudieran, pero también tenían que defender el valor y la dignidad de cada ser humano hecho a imagen de Dios. Pablo les dio los planos para remezclar el patriarcado romano” (p. 54-55).

– “Por supuesto, les dije a mis estudiantes, no todos en la iglesia primitiva apoyaban a las mujeres en el liderazgo. El oficio de presbítero testifica fuertemente cómo los fuertes prejuicios patriarcales del mundo antiguo ya se habían infiltrado en el cristianismo” (p. 68).

Esta línea de argumentación es clave para todo el proyecto de Barr. El patriarcado es un cambiaformas (p. 153). Está siempre presente, siempre evolucionando y cambiando a medida que cambia la historia (p. 169). El patriarcado es como el racismo (pp. 186, 208). Nunca desaparece. Solo se adapta a un mundo nuevo. En consecuencia, cualquier cosa que huela a “mujer bíblica” es solo una indicación más de lo omnipresente que ha sido el patriarcado en el mundo.

¿Quién tiene la culpa de la invención de “mujer bíblica”?

De acuerdo a Barr, casi todos. Los babilonios introdujeron el patriarcado desde el principio (p. 24). Luego fue el Imperio Romano el que coloreó el Nuevo Testamento con tintes patriarcales (pp. 46–47). Después de que Abelardo luchara valientemente por la ordenación de diaconisas, la iglesia cedió a las concepciones mundanas de poder y expulsó a las mujeres de posiciones de poder (p. 114). Luego, la Reforma cimentó trágicamente la idea de que las mujeres debían ser meramente esposas y madres (p. 123). Más tarde, la era victoriana introdujo nociones no bíblicas de modestia y pureza femenina (p. 156). Finalmente, la doctrina de la infalibilidad bíblica del siglo XX creó una atmósfera de miedo y resultó ser el arma perfecta contra la igualdad de las mujeres (pp. 190, 196). El patriarcado es el villano con mil caras.

       Permítanme decir una vez más, si Beth Barr simplemente quisiera demostrar que la “mujer bíblica,” tal como un grupo de cristianos conservadores en la actualidad la entienden y practican, ha sido moldeada a lo largo de los siglos por ideas y fuerzas ajenas a la Biblia, ese sería un argumento probablemente convincente. Pero esto requeriría que Barr admitiera que el fervor actual contra la “mujer bíblica” también está culturalmente situado, asemejándose cómodamente al espíritu de esta época.

       También requeriría un enfoque mejor, más justo y más intelectualmente riguroso de la historia misma, un enfoque que no se parezca a una Gran Teoría Monocausal de Todo, donde cada pieza de evidencia histórica ya tiene un significado predeterminado. Así, si los patrones bíblicos de liderazgo y las descripciones bíblicas de Dios suenan excesivamente masculinas, no te preocupes, eso es patriarcado. ¡Si Jesús eligió solo apóstoles masculinos y Pablo ordenó a las mujeres someterse a sus maridos, no te sorprendas, eso es parte del patriarcado! ¡Si los Reformadores defendieron el matrimonio y la maternidad, por supuesto que lo hicieron, pues eso es parte del patriarcado! La baraja histórica está arreglada antes de que el juego académico siquiera comience.

       Para Beth Barr cualquier evidencia que se presente —de la Biblia, de todos los teólogos a lo largo de los siglos, o de la naturaleza humana misma— en apoyo de la autoridad masculina en la iglesia y en el hogar, o del alto llamado de la maternidad femenina, o del principio general de que los hombres deben liderar, proteger y proveer; todo esto puede ser descartado meramente como patriarcado. Por el contrario, cualquier evidencia que muestre a mujeres enseñando a otros o ejerciendo liderazgo —sin importar qué tipo de liderazgo o qué tipo de enseñanza sea, sin importar el contexto histórico o la fiabilidad de las fuentes históricas, y sin importar cuánto las propias mujeres se esforzaran por no transgredir las líneas de autoridad adecuadas— todo esto cuenta como resistencia al patriarcado. Dada esta hermenéutica, y con todo el lienzo de la historia humana para trabajar, la tesis de Barr, y otras similares, no puede fallar. No es falsificable. Cada pedazo de patriarcado significa que tiene razón, y cada pedazo de no patriarcado también significa que tiene razón.

       Esa es una manera de hacer historia. Pero seguramente hay una mejor manera.

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SOBRE EL AUTOR:

Por Kevin DeYoung

deyoung

Kevin DeYoung (1977-). Realizo estudios en BA, Hope College; MDiv, Gordon-Conwell Theological Seminary; PhD. en historia contemporánea, Leicester University. Es pastor principal de la Iglesia University Reformed (PCA), en East Lansing, Michigan, cerca al estado universitario de Michigan. El y su esposa Trisha tienen seis hijos. DeYoung es autor de numerosos libros en ingles, muchos de los cuales han sido traducidos al español. Es quizá uno de los escritores mas influyentes de la actualidad. Entre sus libros se encuentran: Why We’re Not Emergent: By Two Guys Who Should Be (2008); Just Do Something: A Liberating Approach to Finding God’s Will (2009); What Is the Mission of the Church?: Making Sense of Social Justice, Shalom, and the Great Commission (2011); The Hole in Our Holiness: Filling the Gap between Gospel Passion and the Pursuit of Godliness (2012); What Does the Bible Really Teach about Homosexuality? (2015); etc.

NOTAS

Primero en: https://www.thegospelcoalition.org/themelios/article/the-making-of-biblical-womanhood-a-review/ . Publicado el 


[1] Beth Allison Barr, ”La construcción de la feminidad bíblica”: How the Subjugation of Women Became Gospel Truth (Brazos Press, 2021), 37.

[2] Kevin DeYoung, Men and Women in the Church: A Short, Biblical, Practical Introduction (Wheaton, IL: Crossway, 2021).

[3] John Piper y Wayne A. Grudem, eds., Recovering Biblical Manhood and Womanhood: A Response to Evangelical Feminism (Wheaton, IL: Crossway, 1991). Crossway lanzó una edición revisada en 2021.

[4] Russell Moore, “After Patriarchy, What? Why Egalitarians Are Winning the Gender Debate,” JETS 49 (2006): 569–76.

[5] John Piper, “Headship and Harmony: Response from John Piper,” The Standard 74.5 (1984): 39–40, disponible en Desiring God, https://www.desiringgod.org/articles/headship-and-harmony.

[6] “Class 5: The High Middle Ages,” Capitol Hill Baptist Church, 24 de junio de 2016, https://www.capitolhillbaptist.org/sermon/class-5-the-high-middle-ages/.

[7] Yusufu Turaki, “Marriage and Sexual Morality,” ESV.org, https://www.esv.org/resources/esv-global-study-bible/marriage-and-sexual-morality, itálicas de Barr.

[8] Robert J. Cara, “Justification of Ordained Office of Deacon Restricted to Qualified Males,” Reformed Faith & Practice 5.3 (2020): 38–39, https://journal.rts.edu/article/justification-of-ordained-office-of-deacon-restricted-to-qualified-males/.

[9] Juan Crisóstomo, Homilies on the First Epistle of St. Paul the Apostle to Timothy 9 (NPNF1 13:435–36).

[10] Citando a Lisa M. Bitel, Landscape with Two Saints: How Genovefa of Paris and Brigit of Kildare Built Christianity in Barbarian Europe (Oxford: Oxford University Press, 2009), 180.

[11] Faith Cook, Selina: Countess of Huntingdon: Her Pivotal Role in the 18th Century Evangelical Awakening(Edimburgo: Banner of Truth, 2001).

[12] Margery Kempe, The Book of Margery Kempe, trans. Barry Windeatt, Penguin Classics (New York: Penguin, 2000), 164.

1 respuesta »

  1. Claro, conciso y al punto. Desde momento que la editorial lanzon este libro me di a la tarea de leer la muestra que esta disponible en el sitio web de la editoria y me vasto con leer el la introduccion para darme cuenta de lo lejos que esta de la verdad biblica. Muchisimas gracias por compartir y que Dios les continue bendiciendo. Adelnate con la verdad.

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