Durante los primeros y mediados del siglo XVI, las expectativas milenarias, que habían perdurado desde la antigüedad y el mundo bíblico, se convirtieron en un componente fundamental de numerosos proyectos de reforma, populares y frecuentemente radicales, dentro de la cristiandad. Estas expectativas, basadas en la creencia de un período de mil años de paz bajo el reinado de Cristo, generaron un fervor significativo. Sin embargo, el impacto negativo del desastre de Münster dejó claro que estas expectativas nunca fueron completamente libres de controversia. En Münster, los anabaptistas intentaron establecer una teocracia entre 1534 y 1535, lo que derivó en un sangriento conflicto y en la eventual derrota a manos de fuerzas católicas y luteranas. Este fracaso violento ayudó a consolidar la percepción de que el milenarismo podía ser una ideología peligrosa e inestable.
La Base Exegética del Milenarismo
Los defensores de las ideologías milenarias desarrollaron elementos clave de sus creencias sobre una base exegética relativamente débil. Por ejemplo, interpretaban Apocalipsis 20:1-10 de manera literal, lo cual sostenía que Cristo establecería un reino físico de mil años en la tierra. Esta interpretación era vulnerable a la crítica, ya que muchos teólogos consideraban que los fundamentos interpretativos no eran suficientemente sólidos. Sus oponentes regularmente negaban la validez de estas interpretaciones, argumentando que ciertos pasajes bíblicos no predecían literalmente un reinado milenario de Cristo en la historia humana, sino que debían entenderse de manera simbólica. Los críticos señalaban que una lectura literal fomentaba expectativas peligrosas, que podían dar lugar a disturbios sociales y religiosos.
Dentro de la tradición ortodoxa reformada, estos críticos también reconocían que las ideas milenarias tenían raíces históricas, aunque cuestionaban su validez doctrinal. Se consideraba que estas creencias provenían de grupos marginales o sectas heréticas que, al desafiar el orden establecido, habían incurrido en errores teológicos. Los defensores de la creencia milenaria, conocidos como ‘quiliastas’, aparecieron poco después de la finalización del canon del Nuevo Testamento. Los quiliastas se diferenciaban de otros grupos cristianos porque interpretaban literalmente ciertos pasajes bíblicos como Apocalipsis 20:1-10, que prometían un reino terrenal de Cristo durante mil años. En contraste, otros cristianos interpretaban estas referencias de manera alegórica, como representaciones de un reino espiritual.
Interpretaciones Divergentes en los Primeros Siglos del Cristianismo
Los escritos de autores cristianos anteriores al Concilio de Nicea, como Cerinto, Ireneo, Papías y Lactancio, evidencian la aceptación de una esperanza milenaria terrenal. Para estos autores, el Apocalipsis prometía un reino físico en la tierra bajo el liderazgo de Cristo, lo cual ofrecía consuelo ante las persecuciones que enfrentaban los primeros cristianos. Sin embargo, muchos otros escritores patrísticos, como Dionisio de Alejandría y Juan Crisóstomo, se oponían a una interpretación literal de Apocalipsis. Para estos teólogos, la visión del Apocalipsis era simbólica y advertían que una interpretación literal podría derivar en desviaciones heréticas.
La Crítica de Agustín y su Influencia
La crítica a la exégesis milenaria no se limitó solo a los teólogos ortodoxos. Otros grupos, como los montanistas, adoptaron una postura cautelosa respecto a la idea de un milenio terrenal, mientras que los gnósticos la rechazaron completamente, considerando el mundo material como inherentemente corrupto e incompatible con la salvación espiritual. Entre los principales críticos de las aspiraciones milenarias se destacó Agustín de Hipona (354-430). Al principio, Agustín había simpatizado con estas ideas, pero en su obra La Ciudad de Dios (escrita entre 410-425), expresó su creciente desilusión, describiendo las creencias milenarias como «fábulas ridículas». Para Agustín, el verdadero reino de Dios no sería un reinado físico de mil años en la tierra, sino un reino espiritual que se desarrollaría a lo largo de la historia de la Iglesia. Temía que las expectativas de un milenio físico desviaran a los creyentes de la verdadera naturaleza del reino de Dios.
La influencia de Agustín fue enorme, llevando a muchos teólogos a rechazar la interpretación literal del milenio en favor de una interpretación más simbólica. Su enfoque ayudó a establecer una base teológica que enfatizaba la continuidad del reino de Dios a través de la obra de la iglesia en el mundo. Aunque Agustín no sistematizó su método hermenéutico, reinterpretó las referencias a los mil años en Apocalipsis para referirse a un período simbólico de la historia cristiana que representaba la era de la iglesia en el mundo. En lugar de esperar un evento físico y literal, Agustín propuso que el milenio debía entenderse como un símbolo de ‘el sexto milenio, el sexto día’ de la historia del mundo, un tiempo que abarcaría la totalidad de la era cristiana antes del juicio final. Para Agustín, este milenio simbolizaba el reinado espiritual de Cristo a través de la iglesia, destacando la importancia de la transformación interna y la redención espiritual de los creyentes. Esta lectura, aunque carecía de una base exegética completamente clara, fue ampliamente aceptada y ejerció una profunda influencia sobre el pensamiento cristiano posterior.
La Evolución del Pensamiento Milenarista en la Edad Media
Las conclusiones de Agustín tuvieron un impacto profundo y duradero. Su interpretación espiritualizada del milenio ofrecía una alternativa al literalismo, que a menudo provocaba tensiones y conflictos. Los lectores del Apocalipsis tuvieron que esperar ocho siglos para ver la popularización de un método de interpretación alternativo conocido como ‘historicismo’. Este método fue propuesto por Ruperto de Deutz (fallecido en 1129), quien interpretó el Apocalipsis como una narración de la historia de la salvación desde la creación hasta el Concilio de Nicea. Para Ruperto, el Apocalipsis no era una profecía literal sobre eventos futuros, sino un relato que ilustraba el plan divino a lo largo del tiempo, destacando cómo la intervención de Dios había guiado la historia de la humanidad. Este enfoque pretendía mostrar una continuidad teológica, donde los eventos históricos eran manifestaciones del propósito de Dios en el mundo.
El historicismo de Ruperto compitió con las ideas milenarias propuestas por Joaquín de Fiore (1135-1202), un abad místico que planteó una visión de la historia dividida en tres eras: la edad del Padre (Antiguo Testamento), la edad del Hijo (desde la encarnación hasta 1260) y la edad del Espíritu, que comenzaría en 1260. Según Joaquín, la edad del Espíritu sería una época de profunda renovación espiritual en la que la humanidad tendría una relación directa y sin intermediarios con Dios. Esta nueva era estaría caracterizada por una iglesia más pura y gobernada por una nueva élite espiritual, que guiaría a los fieles hacia una comunión más plena con el Espíritu Santo. Joaquín veía en esta tercera era una superación de las estructuras eclesiásticas tradicionales, algo que atrajo tanto a grupos que buscaban reformas dentro de la iglesia, como los franciscanos, como a movimientos heréticos que rechazaban la autoridad eclesiástica establecida. Sus teorías atrajeron a grupos tan diversos como los ortodoxos franciscanos, quienes veían en sus escritos una guía para vivir en mayor conformidad con el Espíritu Santo, y los Hermanos del Espíritu Libre, un grupo herético que interpretó sus enseñanzas como una invitación a la libertad total y al rechazo de las normas establecidas.
El Declive y la Reinterpretación del Milenarismo
Sin embargo, con el tiempo, la influencia de Joaquín disminuyó. Hacia el siglo XIV, el panorama escatológico se había ampliado para incluir nuevos conceptos de vida después de la muerte, como el limbo y el purgatorio, además del cielo y el infierno. Estos nuevos conceptos estaban en gran parte influenciados por la obra de Tomás de Aquino (Summa Theologica), que ofreció una sistematización profunda de la teología cristiana y estableció un marco más detallado para el pensamiento escatológico.
Durante la Edad Media, los grupos heréticos continuaron desarrollando ideas milenarias, aunque a menudo se centraban en la idea de que el Anticristo residía en el papado, un concepto que apareció por primera vez en los escritos de Ubertino de Casale a principios del siglo XIV. Estos «nuevos movimientos religiosos», documentados por Marjorie Reeves, se presentaban como alternativas radicales al statu quo de la iglesia, pero el reciclaje de antiguas herejías nunca logró representar un desafío serio a las doctrinas de la iglesia institucional. La mayoría de estos movimientos fueron reprimidos con violencia y no lograron establecer una influencia duradera.
Resurgimiento del Milenarismo en la Reforma Protestante
La escatología agustiniana continuó siendo predominante hasta mediados del siglo XVI, cuando resurgieron las ideas milenarias en el contexto de la Reforma Protestante. En un momento de intensos cambios sociales, políticos y religiosos, el deseo de un reino justo y divino volvió a capturar la imaginación de muchos, especialmente aquellos marginados o que se sentían oprimidos por las estructuras establecidas. Este resurgimiento del milenarismo fue tanto una reacción contra la corrupción percibida en la iglesia como una expresión de esperanza en un futuro transformado por la intervención divina.
Adaptado de: Crawford Gribben, Evangelical Millennialism in the Trans-Atlantic World, 1500-2000 (New York, NY: Palgrave Macmillan, 2011), 22-24.
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SOBRE EL AUTOR:
Crawford Gribben

El Profesor Crawford Gribben es un destacado historiador cultural y literario en la Queen’s University Belfast, especializado en el desarrollo y difusión de ideas religiosas en las culturas impresas del puritanismo y el evangelicalismo. Como académico reconocido, co-dirige dos series de monografías y colecciones editadas, Christianities in the Trans-Atlantic World, 1550-1800 (Palgrave Macmillan) y Scottish Religious Cultures: Historical Perspectives (Edinburgh University Press), lo cual refuerza su compromiso con la investigación de la influencia de las ideas religiosas en el mundo atlántico.
Es también cofundador y codirector del Jonathan Edwards Centre (UK), una filial del Jonathan Edwards Center en Yale University, dedicado al estudio de la teología y la historia del influyente teólogo Jonathan Edwards. Entre sus intereses de investigación se encuentran el puritanismo, con especial énfasis en figuras como John Owen y John Nelson Darby, así como el estudio del evangelicalismo contemporáneo en Estados Unidos.
El Profesor Gribben dirige varios estudiantes de doctorado, cuyas investigaciones abarcan temas como la eclesiología de Darby y la disciplina parroquial en la Escocia pactista. Su labor académica, tanto en la investigación como en la supervisión de futuros historiadores, destaca su contribución al campo de la historia religiosa.


