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La Reforma Protestante No Fue lo que Crees: Cinco Revelaciones que Cambian la Historia

Adaptado de: Capítulo 28 del libro The Oxford Handbook of the Protestant Reformations, titulado “Explaining Change” de Craig Koslofsky.

La Historia que Nos Contaron

Casi todos conocemos la historia. Un monje solitario y valiente, Martin Lutero, horrorizado por la corrupción y la decadencia de una Iglesia de Roma codiciosa, clava un manifiesto en la puerta de una iglesia en un pequeño pueblo alemán. Con este acto de desafío, enciende una revolución que cambiará para siempre el rostro de Europa y del cristianismo. Esta es la narrativa heroica, la que podríamos llamar la «teoría de la decadencia»: una institución corrupta es desafiada por la integridad de un individuo, dando origen a la modernidad.

Es una historia poderosa, cinematográfica y profundamente satisfactoria. Sin embargo, para los historiadores modernos, esta versión, aunque atractiva, es una simplificación tan drástica que roza el mito. La realidad es inmensamente más compleja, desordenada y fascinante. Como señaló el historiador C. Scott Dixon, incluso después de 500 años de estudio, los académicos todavía se hacen «las preguntas más básicas y elementales» sobre los orígenes y el desarrollo de la Reforma. La vieja narrativa de consenso simplemente ya no se sostiene bajo el peso de la evidencia.

Este artículo se adentra en esa complejidad. Dejaremos de lado la historia sencilla que nos contaron para explorar cinco de los hallazalos más contraintuitivos y sorprendentes de la investigación histórica moderna. No se trata simplemente de una lista de datos curiosos, sino de la construcción de un nuevo relato. Veremos cómo factores como el caos político y la confusión popular no fueron las causas fundamentales de la Reforma, sino más bien los síntomas de una transformación mucho más profunda, lenta y trascendental: una verdadera revolución cultural. Desmantelaremos los mitos para revelar una historia mucho más compleja y fascinante de lo que comúnmente se cree.

El Mito del «Momento Eureka» de Lutero y la Iglesia Corrupta

La «teoría de la decadencia» es una simplificación conveniente, no una explicación histórica completa.

La idea de que la Iglesia de finales de la Edad Media estaba en un estado de crisis espiritual terminal, resuelta por la brillante teología de Lutero, es el pilar de la narrativa popular. Esta historia de «corrupción institucional desafiada por la integridad individual» es persuasiva y ha moldeado el pensamiento occidental durante siglos. Es lo que la mayoría de la gente «quiere creer» sobre los orígenes de la Reforma. Sin embargo, los académicos ya no la aceptan como una explicación suficiente.

Para empezar, la propia figura de Lutero era teológicamente menos coherente y mucho más medieval de lo que la leyenda sugiere. El famoso «avance espiritual transformador» que Lutero describió haber tenido, a menudo presentado como un repentino descubrimiento de la justificación solo por la fe, era en realidad algo muy diferente. El historiador Volker Leppin ha demostrado que la experiencia que Lutero relató a su confesor en 1518 se basaba en una «comprensión mística del arrepentimiento, no en la justificación solo por la fe». Su pensamiento estaba profundamente arraigado en las tradiciones místicas de la Edad Media, no en una ruptura radical con ellas. La imagen de un Lutero con una teología pulida y moderna desde el principio es una construcción posterior, en parte producto del «Renacimiento de Lutero» impulsado por teólogos como Karl Holl a principios del siglo XX, quienes crearon una «versión hipercoherente de la teología de Lutero» para presentarla como la garante de la unidad y la modernidad de la Reforma.

Además, la idea de que toda Europa sufría una «crisis espiritual» generalizada que Lutero vino a resolver es cuestionable. El historiador Euan Cameron rechaza explícitamente esta noción, argumentando que hay muy poca evidencia para sostenerla. En los primeros y cruciales años del movimiento, es difícil encontrar un grupo significativo de personas que entendieran la salvación, la gracia y la culpa de la misma manera que Lutero. De hecho, muchos de sus primeros «seguidores» lo veían de maneras muy distintas: para algunos era un humanista radical, para otros un nacionalista alemán o simplemente un reformador moral. La crisis de Lutero era, en gran medida, su crisis, no necesariamente la de todos los demás.

Este mito persiste porque es sencillo y ofrece héroes y villanos claros. Pero la historia real es más turbia y mucho más interesante: la Reforma no surgió de un solo momento de claridad teológica, sino de un caldo de cultivo de ideas complejas, ansiedades personales y un mundo medieval que era mucho más vibrante y diverso de lo que la «teoría de la decadencia» nos haría creer.

El Caos Político Fue el Verdadero Protector de la Reforma

No fueron solo las ideas las que triunfaron, fue la estructura política única del Sacro Imperio Romano Germánico la que permitió su supervivencia.

Si las ideas de Lutero hubieran surgido en un reino centralizado como Francia o Inglaterra, es casi seguro que habrían sido aplastadas rápidamente por la autoridad real y eclesiástica. La supervivencia de la Reforma en sus primeros y más vulnerables años no se debió únicamente a la fuerza de su mensaje, sino a la peculiar y caótica estructura política del Sacro Imperio Romano Germánico.

El Imperio no era un estado-nación moderno. Era un mosaico de aproximadamente 300 territorios semi-soberanos: principados, ducados, obispados y ciudades libres, todos entrelazados en una compleja red de lealtades y autoridades superpuestas. Esta fragmentación del poder político creó un entorno único que, irónicamente, resultó ser el caldo de cultivo perfecto para una revolución religiosa.

Esta estructura tuvo dos efectos cruciales que protegieron a la incipiente Reforma. Primero, la falta de una autoridad central fuerte permitía que prácticas controvertidas, como la agresiva venta de indulgencias que tanto enfureció a Lutero, florecieran sin control. Los feligreses de Lutero en Sajonia podían simplemente cruzar la frontera hacia el territorio de Brandeburgo para comprar indulgencias, un acto que sería inconcebible en un reino más unificado. Segundo, y más importante, esta misma fragmentación fue lo que salvó a Lutero. Después de ser excomulgado por el Papa y condenado por la Dieta imperial de Worms en 1521, en cualquier otro lugar habría sido arrestado y ejecutado. Sin embargo, en el Imperio, pudo simplemente retirarse a Wittenberg bajo la protección de su príncipe local, Federico el Sabio de Sajonia, quien podía desafiar efectivamente tanto al Papa como al Emperador.

Dentro de este marco político, las ciudades imperiales auto-gobernadas desempeñaron un papel protagónico. El historiador Bernd Moeller argumentó de manera convincente que estas ciudades, como Nuremberg, Estrasburgo y Augsburgo, actuaron como «laboratorios» para las nuevas ideas. Al ser centros de imprenta, comercio y alfabetización, y estar sujetas únicamente a la autoridad lejana del Emperador, tenían la autonomía para experimentar. Alrededor de cincuenta de estas sesenta y cinco ciudades imperiales adoptaron alguna forma de la Reforma, convirtiéndose en nodos cruciales para la difusión de panfletos, predicadores e ideas por toda Europa.

Este singular paisaje político explica cómo la Reforma pudo sobrevivir y propagarse. Pero no explica por qué resonó tan profundamente entre la gente, especialmente cuando, como veremos a continuación, la mayoría ni siquiera comprendía las complejidades de su teología. El escenario estaba listo, pero ¿cuál era la verdadera naturaleza del drama que se desarrollaba en él?

A la Gente le Importaban Más las Reglas que la Teología Profunda

Para muchos laicos (e incluso nobles), la Reforma no se trataba de complejas doctrinas en latín, sino de sus consecuencias prácticas y visibles en la vida diaria.

Mientras los teólogos de élite debatían los matices de la justificación por la fe, la predestinación o la naturaleza de la Eucaristía en latín, una gran parte de la población estaba mucho más interesada en lo que la Reforma permitía hacer. La autoridad para cambiar las reglas de la vida cotidiana a menudo era más importante que el contenido teológico que justificaba ese cambio. Dos episodios históricos, documentados con una claridad asombrosa, lo ilustran a la perfección.

El primero proviene de un informe de 1522 redactado por el noble sajón Hans von Minckwitz. Su señor, Federico el Sabio, le encargó que supervisara una investigación del obispo de Meissen sobre varios sacerdotes reformadores. Minckwitz informó sobre el interrogatorio al pastor de Lochau. Su reporte es revelador por lo que entiende y lo que no. Enumera con perfecta claridad las acusaciones prácticas: el pastor había casado a un monje fugitivo, había dado el sacramento «en ambas especies» (pan y vino) a los laicos, y había enseñado que la gente no debía ayunar ni abstenerse de comer carne durante la Cuaresma. Estas eran acciones visibles, cambios concretos en las reglas de la vida.

Pero cuando la conversación derivó hacia la teología que sustentaba estas acciones, la comprensión de Minckwitz se desvaneció. Confesó cándidamente en su informe:

Comenzaron a disputar entre ellos; también el Dr. Ochsenfahrt habló latín y alemán con el pastor. Qué fue todo eso—no entendí ni la mitad.

Más tarde, se excusó ante su señor, diciendo que «no prestó mucha atención» a los debates teológicos, en parte porque eran en latín. Para este noble encargado de una misión delicada, lo que importaba eran las acciones autorizadas por la nueva enseñanza, no sus fundamentos doctrinales.

Un caso similar ocurrió en la década de 1530 en la posesión inglesa de Calais. El gobernador, el Vizconde Lisle, un hombre religiosamente conservador, quería demostrar su lealtad a Enrique VIII permitiendo que un sacerdote reformado, Adam Damplip, predicara. Pronto, la ciudad se dividió. Los conservadores acusaron a Damplip de ser un «sacramentario» (alguien que negaba la presencia real de Cristo en la Eucaristía), una herejía grave. Lisle, sumido en la confusión, escribió a Thomas Cromwell, el principal ministro del rey, buscando orientación. A pesar de haber escuchado numerosos sermones de Damplip, admitió su total incapacidad para juzgar la teología: «porque su señoría sabe que no soy instruido en tales asuntos». Tuvo que enviar un resumen de las opiniones del predicador para que una autoridad superior determinara si eran «buenas o malas».

Esta brecha entre la teología de élite y la práctica popular nos obliga a preguntar: si no fue una doctrina coherente y bien entendida lo que unió al movimiento, ¿qué fue? Si la gente común no estaba motivada principalmente por un profundo cambio soteriológico, ¿cuál era el hilo conductor que unía la ruptura de los votos monásticos en Sajonia con el rechazo de las imágenes en Zúrich? La respuesta, como revela la investigación más reciente, se encuentra en un nivel más profundo: el de la cultura.

La Reforma Fue, en Esencia, una Revolución Cultural

Más que un simple debate teológico, la Reforma fue la manifestación de profundos cambios culturales que llevaban gestándose décadas en la sociedad tardomedieval.

Esta es quizás la revelación más importante de la historiografía moderna. La pregunta que los académicos se han hecho durante mucho tiempo es: ¿qué unificaba a los diversos y a menudo contradictorios movimientos protestantes? La respuesta no reside en una doctrina teológica única y coherente, sino en el hecho de que todos ellos estaban respondiendo a los mismos desafíos culturales y proponiendo soluciones similares. La Reforma es mejor entendida como la culminación de lentos pero sísmicos cambios en las relaciones y valores fundamentales que definían el mundo medieval.

Estos cambios transformaron las relaciones interconectadas entre:

  • El cuerpo y el alma.
  • Los vivos y los muertos.
  • Lo sagrado y lo profano.
  • La palabra y la imagen.
  • Los laicos y el clero.

Tomemos el cambio en la valoración de la palabra frente a la imagen. La piedad medieval tardía era a menudo muy física y visual. Prácticas como la «caballería espiritual» (Geistliche Ritterschaft) implicaban la imitación física de la Pasión de Cristo, mientras que las peregrinaciones y la veneración de reliquias ponían el cuerpo y los sentidos en el centro de la experiencia religiosa. Sin embargo, a finales del siglo XV, surgió un creciente énfasis en una piedad más textual e interna. Nadie expresó esto con más elocuencia que el humanista Erasmo de Róterdam, quien en el prefacio de su Nuevo Testamento de 1516, un año antes de las 95 tesis de Lutero, escribió:

Una imagen, si representa algo, representa solo la forma del cuerpo… Las Escrituras, en cambio, te presentan la imagen viva de su mente sagrada, a Cristo tal como habló realmente… haciéndolo tan completamente presente que verías menos de él si lo tuvieras directamente frente a tus ojos.

Este cambio de una piedad corporal a una textual fue un pilar cultural sobre el que se construiría la Reforma. De igual manera, la composición misma de la sociedad cristiana fue repensada. Para los cristianos del siglo XV, la comunidad de los vivos y los muertos era una realidad evidente y fundamental, unida por oraciones, misas e intercesiones. La concepción de una sociedad cristiana que incluía solo a los vivos fue, en sí misma, una innovación cultural de la Reforma. Este acto de separar a los muertos de la comunidad de los fieles no fue una simple nota teológica a pie de página; fue una redefinición revolucionaria de la sociedad que rompió uno de los lazos comunitarios más profundos de la Edad Media.

Esta lente cultural nos permite entender actos que de otro modo parecerían inconexos. En 1522, el reformador Andreas Bodenstein von Karlstadt publicó simultáneamente dos panfletos: uno contra las imágenes religiosas y otro contra la mendicidad. Su argumento era revolucionario: los pobres honestos, argumentaba, eran las «únicas imágenes verdaderas de Cristo». Con esta idea, redefinió radicalmente tanto el concepto de pobreza como el propósito de las imágenes religiosas, conectando dos problemas aparentemente distintos en una única solución cultural.

Por lo tanto, la unidad de la Reforma no provino de una teología monolítica, sino de los «desafíos culturales comunes que enfrentaban y las soluciones comunes autorizadas por sus diversas visiones». Fue una revolución cultural que dio un nuevo lenguaje y una justificación divina a cambios que ya estaban en marcha en las profundidades de la sociedad europea.

El «Descubrimiento» del Mundo Influyó en la Crítica a Europa

La Era de la Exploración y el encuentro con culturas no europeas proporcionaron un nuevo y poderoso vocabulario para criticar las prácticas religiosas cristianas.

A primera vista, la Reforma Protestante y la exploración global parecen dos fenómenos históricos separados. Sin embargo, la investigación moderna ha revelado un vínculo sorprendente y crucial entre ambos. La nueva conciencia de las prácticas religiosas en Asia, África y, sobre todo, América, dio forma directamente al debate de la Reforma en Europa, proporcionando un nuevo y potente lente a través del cual los europeos podían criticar su propia cultura.

La clave de esta conexión está en la palabra «idolatría». Como ha demostrado la historiadora Carina Johnson, antes de finales del siglo XV, la idolatría era para los europeos una categoría mayormente histórica, algo que se leía en el Antiguo Testamento. Sin embargo, los informes de los exploradores y misioneros trajeron noticias de reinos lejanos donde la adoración de ídolos era una práctica contemporánea y viva. De repente, la idolatría ya no era algo del pasado, sino del presente global.

Este nuevo contexto puso el culto cristiano y su rica cultura material (reliquias, estatuas de santos, imágenes sagradas) bajo una nueva y comparativa luz. La coincidencia temporal es asombrosa: las noticias y las pruebas de la sofisticada cultura material de los aztecas, con sus templos e ídolos, llegaron a Europa en 1522. Fue exactamente el mismo año en que Andreas Bodenstein von Karlstadt publicó su influyente panfleto Sobre la eliminación de las imágenes, donde acusaba a los cristianos no reformados de idolatría.

El flujo de ideas era bidireccional y sorprendentemente directo. Durante la década de 1520, las referencias e imágenes de la idolatría y el canibalismo «se mueven de un lado a otro entre los relatos del Nuevo Mundo y los panfletos de la Reforma». Un ejemplo impactante es el panfleto de Pamphilus Gengenbach de 1521, Klag über die Totenfresser (Lamento sobre los devoradores de muertos). En él, se utilizaba explícitamente el lenguaje del canibalismo del Nuevo Mundo para atacar las prácticas católicas relacionadas con los muertos, como las misas pagadas, que «devoraban» la herencia de las familias. Los reformadores utilizaron el vocabulario de la idolatría global para atacar las prácticas católicas, sugiriendo que la veneración de imágenes no era muy diferente de las prácticas «paganas» de los pueblos recién descubiertos. Esta nueva conciencia global no solo amplió el mundo geográfico de los europeos, sino que también les proporcionó una nueva y poderosa herramienta para examinar y criticar su propia cultura.

De una Historia Sencilla a una Realidad Compleja

La imagen de Martin Lutero como un héroe solitario que derriba una iglesia corrupta es una historia potente, pero la verdad histórica es mucho más rica y reveladora. La comprensión moderna de la Reforma la ha alejado de esta narrativa simplista para situarla en la confluencia de fuerzas complejas y a menudo inesperadas.

Hemos visto que el «momento eureka» de Lutero es en gran parte un mito y que sus ideas estaban profundamente arraigadas en el pensamiento medieval. Hemos descubierto que la supervivencia de la Reforma se debió tanto al caos político del Sacro Imperio Romano Germánico como a la fuerza de sus ideas. Hemos aprendido que para muchas personas, los cambios prácticos en la vida cotidiana importaban más que las sutilezas de la teología. Y, lo más importante, hemos entendido que la Reforma no fue simplemente un evento religioso, sino «una revolución cultural cuyos efectos en la sociedad europea fueron profundos y duraderos», una revolución que se alimentó de cambios culturales de larga data e incluso de la sorprendente influencia del descubrimiento del mundo no europeo.

Al abandonar la historia sencilla, no perdemos claridad; ganamos una comprensión más profunda de cómo ocurren realmente los grandes cambios históricos. No son obra de un solo individuo ni surgen de la nada. Son el resultado de una lenta acumulación de tensiones políticas, cambios culturales y conexiones globales que, en un momento determinado, estallan para remodelar el mundo.

Esto nos deja con una pregunta ineludible: si las grandes revoluciones nacen de lentos cambios culturales, ¿qué cambios en nuestra propia cultura de hoy podrían estar sentando las bases para el futuro?

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