04-Reforma s. XVI

La batalla por el recuerdo: Cómo la Reforma Protestante reescribió el pasado para controlar el presente

Adaptado de: Bruce Gordon, “History and Memory,” en The Oxford Handbook of the Protestant Reformations, ed. Ulinka Rublack (Oxford: Oxford University Press, 2017), 786–807.

Introducción: Más que un evento histórico, una batalla por el recuerdo.

Cuando en 2017 se conmemoró el quinto centenario de las Noventa y Cinco Tesis de Martín Lutero, el mundo recordó un punto de inflexión que redefinió la fe, la política y la cultura de Occidente. Solemos pensar en la historia como un registro firme, un archivo de hechos inamovibles. Sin embargo, la propia naturaleza de la conmemoración revela una verdad mucho más incómoda: recordar es un «negocio precario». Demuestra que la historia no es un monumento de piedra, sino una narrativa maleable, una arcilla que cada generación moldea para servir a las necesidades, miedos y ambiciones de su propio presente.

La historia de la Reforma Protestante es, quizás, el ejemplo más contundente de esta contienda por el recuerdo. Su lucha más profunda y duradera no se libró únicamente en los campos de batalla o en los púlpitos, sino en el terreno de la memoria colectiva. No se trató de un simple relato de eventos, sino de una feroz disputa sobre qué recordar, a quién convertir en héroe y, crucialmente, qué olvidar. Cada aniversario ha reconfigurado a sus protagonistas para que encajen en agendas contemporáneas, probando que la manera en que una sociedad elige recordar dice más de sí misma que del pasado que invoca.

A continuación, exploraremos cuatro revelaciones sobre cómo la Reforma fue concebida, recordada y remodelada a lo largo de los siglos, demostrando que la memoria histórica es menos un archivo y más una creación en constante disputa.

1. El Héroe Maleable: Cómo la imagen de un reformador se adapta a cada época.

La memoria y la historia son inherentemente lábiles; su plasticidad permite que las figuras del pasado sean constantemente remodeladas para legitimar el presente. Pocos personajes ilustran esta maleabilidad con tanta claridad como Martín Lutero. Su imagen pública ha sido drásticamente alterada a través de los siglos, demostrando que no recordamos al hombre que fue, sino al símbolo que necesitamos que sea. Cada época ha buscado en él un «pasado utilizable», una versión de la historia que ofrezca claridad y propósito a sus propias contiendas.

Esta reinvención de Lutero es el «negocio precario» de la conmemoración en plena acción. En el apogeo del Imperio Guillermino, en 1883, la necesidad de un héroe nacional que encarnara la lucha cultural (Kulturkampf) contra la influencia católica forjó a un Lutero profundamente político y ant romano. Fue celebrado como el liberador de la conciencia germana, un símbolo del progreso y la identidad nacional. Sin embargo, con el estallido de la Primera Guerra Mundial, esta imagen ya no era suficiente. En 1914, fue reclutado como un «Hércules nacionalista», un ícono de la fuerza y la determinación alemana, integrado en una «Teología de Guerra» que lo alineaba con la causa imperial.

Apenas tres años después, el guion volvió a cambiar. Con una Alemania exhausta por el conflicto, el fervor belicista se tornó insostenible. El símbolo debía transformarse para servir a una nueva necesidad: la unidad en la desesperación.

Lutero, el Hércules nacionalista de 1914, se convirtió en la figura ecuménica de 1917 para un pueblo agotado por la guerra.

El héroe sectario fue reimaginado como un modelo de fidelidad y sacrificio al que tanto católicos como protestantes podían admirar. Su cooptación más siniestra, sin embargo, llegó en 1933. Con el ascenso del nacionalsocialismo, sus escritos antisemitas fueron exhumados para legitimar una ideología genocida. Un líder del partido nazi elogió su «despiadada voluntad de veracidad» y afirmó que su vida fue «idealista y filosóficamente antisemita», convirtiéndolo en un supuesto precursor espiritual del Reich. Incluso el régimen comunista de la República Democrática Alemana, en 1983, reclamó a Lutero como parte de su patrimonio nacional, presentándolo no como un teólogo, sino como un revolucionario temprano cuya lucha reforzaba los ideales del partido.

Lo que esta asombrosa cadena de transformaciones revela es que la historia pública rara vez se preocupa por la precisión matizada. Su objetivo es construir un andamiaje narrativo que ofrezca al presente una historia simple y un propósito claro. Los héroes históricos se convierten así en espejos que reflejan las aspiraciones y ansiedades de quienes los invocan.

2. La Guerra por el Pasado: La Reforma no fue una innovación, sino una reescritura de la historia.

Contrario a la idea popular de que los reformadores buscaban crear algo radicalmente nuevo, su verdadero objetivo era ganar una guerra por el control del pasado. La Reforma no se presentó como una innovación, sino como una restauración. Lejos de querer ser vistos como revolucionarios que rompían con la tradición, los teólogos protestantes invirtieron una energía colosal en demostrar que su movimiento era un regreso a la pureza original de la Iglesia Primitiva. Su legitimidad dependía enteramente de su capacidad para reescribir la historia del cristianismo.

El argumento central era que la Iglesia de Roma, dominada por el «Anticristo», se había corrompido, y que la Reforma era un «momento divinamente señalado» para restaurar la verdadera fe. En el siglo XVI, la acusación más grave que se podía lanzar contra un oponente era la de «innovación», pues equivalía a un fraude teológico, a una desviación de la verdad revelada y transmitida por los apóstoles. Por lo tanto, cada cambio doctrinal, cada reforma litúrgica, debía justificarse no como una novedad, sino como la recuperación de una práctica o creencia antigua que había sido olvidada o pervertida por siglos de oscuridad medieval.

Para lograrlo, los reformadores se sumergieron en la historia, buscando en los Padres de la Iglesia, los concilios y las Escrituras las pruebas para construir un linaje que conectara sus iglesias directamente con el cristianismo apostólico. Este imperativo de crear una narrativa de continuidad era absoluto.

Ningún desarrollo podía ser percibido como de novo u ‘original’; era esencial для los Reformadores crear narrativas de continuidad en las que el pasado bautizara el presente.

Esta estrategia revela una verdad fundamental sobre los grandes movimientos de cambio: incluso las revoluciones más profundas necesitan anclar su autoridad en la tradición. No basta con proponer un futuro mejor; es crucial demostrar que ese futuro es, en realidad, la recuperación de un pasado idealizado y legítimo. La Reforma no fue solo una disputa teológica; fue una contienda hermenéutica por el control de la memoria histórica. Demostró de forma contundente que quien controla la narrativa del pasado, controla la legitimidad del presente.

3. La Paradoja de la Memoria: Para recordar lo nuevo, fue necesario olvidar lo viejo.

Pero para que esta reescritura del pasado fuera exitosa, no bastaba con crear un nuevo linaje; era igualmente crucial demoler y hacer olvidar la memoria del viejo orden. La creación de una memoria colectiva es un proceso de doble filo: implica tanto el acto de recordar como el de olvidar deliberadamente. El olvido se convirtió en una herramienta estratégica para construir una nueva identidad.

Un ejemplo poderoso de este olvido selectivo fue el destino de las almas en el purgatorio. En la teología católica medieval, los muertos dependían de las oraciones y los recuerdos piadosos de los vivos para acelerar su paso al cielo. La Reforma, al rechazar la doctrina del purgatorio, no solo cambió una creencia, sino que desmanteló una compleja red de memoria social. Como lo describe el historiador Bruce Gordon, «los muertos en el purgatorio, dependientes de los recuerdos piadosos de quienes intercedían por ellos, fueron arrojados al olvido».

Este acto de supresión no fue accidental. Se alineaba con un concepto humanista donde el olvido era una técnica «mediante la cual se podían establecer narrativas a través de la exclusión de material histórico o teológico no afín a los propósitos de los autores». Aquí yace una tensión fascinante: para los humanistas, el olvido era a la vez un signo de la «caída y la falibilidad» humana y una herramienta indispensable para dar forma al conocimiento. Olvidar era tan importante como recordar.

Irónicamente, la Reforma, un movimiento tan centrado en remodelar la memoria, enfrenta hoy su propia forma de olvido. En la conciencia pública europea contemporánea, a menudo se la considera un «evento negativo, el comienzo de un sectarismo no deseado». En el ámbito académico estadounidense, su historia desaparece como campo de estudio independiente, absorbida por la categoría más amplia de «Historia Moderna Temprana». Un evento que fue seminal para Occidente es ahora visto con indiferencia o desdén. La paradoja es profunda: un movimiento que se erigió sobre la cuidadosa selección de qué recordar y qué olvidar, ahora se está convirtiendo él mismo en un recuerdo incómodo o borroso en la mente del mundo que ayudó a crear.

4. La Reconstrucción del Pasado: Por qué la memoria colectiva no es un archivo, sino una creación social.

¿Por qué es tan fácil remodelar las figuras y los eventos históricos? La respuesta se encuentra en una idea fundamental de la sociología: la memoria no es un acto individual de recuperación, sino un «acto comunitario». El sociólogo Maurice Halbwachs argumentó que nuestros recuerdos toman forma dentro de los marcos sociales de los grupos a los que pertenecemos. No recordamos en el vacío; recordamos con y a través de otros.

Halbwachs distinguió entre memoria e historia, definiendo la segunda como «memoria muerta», una forma de preservar un pasado con el que ya no tenemos una conexión orgánica. La memoria, en cambio, es una fuerza viva y activa. Su visión más radical y poderosa es que el pasado no se conserva intacto, como en un archivo, sino que se reconstruye constantemente desde las necesidades y perspectivas del presente.

El pasado не se preserva, sino que se reconstruye sobre la base del presente.

Esta reconstrucción es posible gracias a lo que se ha denominado «memoria sociobiográfica»: el mecanismo por el cual sentimos orgullo, dolor o vergüenza por eventos que sucedieron a nuestros grupos mucho antes de que naciéramos. Un estadounidense puede sentir orgullo por la Declaración de Independencia y un alemán puede sentir el peso del Holocausto. No vivimos esos eventos, pero los experimentamos como parte de nuestra historia porque nuestro grupo nos ha enseñado a interpretarlos de una manera particular.

Este es precisamente el mecanismo que explica la asombrosa plasticidad de Martín Lutero. El «Hércules nacionalista» de 1914 o el precursor «filosóficamente antisemita» cooptado por los nazis en 1933 no son meras distorsiones históricas; son actos de reconstrucción social donde una comunidad reformula su pasado para darle sentido a su presente. La historia, entonces, no es simplemente un conjunto de hechos sobre lo que ocurrió; es un proceso activo que define quiénes somos ahora. Entender este principio es crucial, pues nos revela por qué las narrativas históricas son campos de batalla permanentes: en ellas no se lucha solo por el pasado, sino por el alma del presente.

Conclusión: ¿Qué historias estamos eligiendo recordar hoy?.

La saga de la Reforma Protestante, vista a través del lente de sus conmemoraciones, nos imparte una lección fundamental: la historia no es un monumento de piedra, fijo e inmutable. Es un proceso vivo, maleable y profundamente humano de recuerdo y olvido colectivo. La forma en que elegimos narrar el pasado, a quiénes convertimos en héroes y qué capítulos decidimos omitir, revela mucho más sobre nuestros valores y ansiedades actuales que sobre los hechos pretéritos.

Desde el héroe nacionalista hasta la figura ecuménica, cada versión de Lutero fue creada para servir a un propósito. La Reforma misma fue un acto magistral de reconstrucción histórica, que reclamó un pasado antiguo para legitimar un presente revolucionario. La historia, por lo tanto, no es algo que simplemente tenemos; es algo que incesantemente hacemos.

Esto nos obliga a mirar críticamente nuestras propias narrativas. Si el pasado puede ser remodelado con tanta facilidad para servir al presente, ¿qué relatos maestros estamos elaborando nosotros en nuestra propia época? ¿Qué historias estamos eligiendo contar y, quizás más importante, qué estamos eligiendo olvidar?

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