08-La Era Moderna (s. XIX)

Archibald Alexander, el Gigante que Nadie Recuerda

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Introducción: El Arquitecto Secreto del Pensamiento Americano.

¿Quién sentó las bases del pensamiento evangélico moderno en Estados Unidos? Si pensamos en los grandes nombres, suelen venir a la mente figuras como Jonathan Edwards o Billy Graham. Sin embargo, el arquitecto intelectual que diseñó el plano maestro de una fe a la vez rigurosa y ferviente es un hombre cuyo retrato cuelga en antiguos salones académicos, pero cuyo nombre ha sido en gran parte olvidado por el público: Archibald Alexander.

Nacido en 1772 y fallecido en 1851, Alexander fue el primer profesor del Seminario Teológico de Princeton y la fuerza motriz detrás de la influyente escuela de pensamiento conocida como la «Teología de Princeton». Durante casi cuarenta años, moldeó a una generación de pastores, misioneros y académicos, creando una síntesis duradera entre la ortodoxia calvinista, la razón del sentido común y una profunda piedad personal. Su legado dio forma al evangelicalismo norteamericano durante más de un siglo, y sus ecos resuenan hasta hoy.

Alexander fue un hombre de profundas paradojas. Fue un producto de los fogosos avivamientos del Segundo Gran Despertar, pero desconfiaba profundamente del emocionalismo y de las técnicas para «fabricar» conversiones. Fue un teólogo que trataba la fe como una ciencia, insistiendo en un método inductivo y riguroso, pero sostenía que solo un corazón transformado por Dios podía comprender verdaderamente las verdades espirituales. Fue, además, un pastor profundamente preocupado por los laberintos del alma humana, un «psicólogo espiritual» que ofrecía consuelo y guía con una sabiduría notablemente empática.

Este artículo se aleja del retrato polvoriento para explorar cinco de los hallazgos más sorprendentes e impactantes de su vida y pensamiento. Al hacerlo, descubriremos a una figura mucho más compleja, relevante e incómoda de lo que podríamos imaginar, un gigante intelectual cuyas fortalezas y contradicciones nos ofrecen lecciones cruciales para nuestro tiempo.

Creía en los Avivamientos, pero Despreciaba los «Trucos» para Fabricar Conversiones.

Archibald Alexander se formó en el corazón del Segundo Gran Despertar, un periodo de intensa efervescencia religiosa. De hecho, su propia conversión a los 17 años ocurrió durante un avivamiento local en Virginia en 1789, una experiencia que lo impulsó a dedicar su vida al ministerio. Sin embargo, a pesar de su aprecio por la renovación espiritual genuina, se convirtió en uno de los críticos más agudos de las técnicas evangelísticas que se popularizaron en su época.

La controversia giraba en torno a las «nuevas medidas» (new measures) del evangelista Charles G. Finney. Finney, un exabogado, abordaba los avivamientos con una mentalidad casi técnica, implementando métodos como el «banco de los ansiosos» (donde los pecadores eran llamados a pasar al frente públicamente) y las «reuniones prolongadas» para generar decisiones inmediatas. Su enfoque se resumía en su famosa y polémica afirmación:

Un avivamiento no es un milagro… de hecho, no hay nada en la religión que exceda los poderes ordinarios de la naturaleza.

Para Alexander y su colega en Princeton, Samuel Miller, estas tácticas eran «particularmente ofensivas». Su principal preocupación era que estos métodos producían conversiones superficiales, basadas en la manipulación emocional y la presión psicológica en lugar de una obra auténtica del Espíritu Santo. Temían que se estuviera confundiendo la excitación momentánea con una regeneración profunda del corazón. Esta crítica fue compartida por otros teólogos, como John W. Nevin, quien describió el banco de los ansiosos con una frase lapidaria: «la impotencia misma de la charlatanería espiritual.»

Análisis: La postura de Alexander revela no a un enemigo de los avivamientos, sino a un guardián de su autenticidad. Él no se oponía al fervor, sino a su falsificación. Para entender su posición, es útil contrastar a Finney con un evangelista que Princeton sí aprobaba: Asahel Nettleton. Nettleton lideraba avivamientos poderosos pero tranquilos, centrados en la predicación doctrinal y la oración, sin recurrir a las tácticas dramáticas de Finney. Para Alexander, la renovación espiritual era un acto soberano de Dios que no podía ser fabricado con trucos humanos ni programado con estrategias de marketing. En una era de iglesias obsesionadas con el crecimiento numérico, la advertencia de Alexander sigue siendo tan relevante como hace dos siglos.

Trataba la Teología como una «Ciencia», pero Creía que Solo un Corazón Transformado Podía Entenderla.

Uno de los aspectos más sorprendentes de la Teología de Princeton es que sus fundadores, incluido Alexander, concebían la teología como una «ciencia». Empleaban un método «inductivo», tratando la Biblia como una colección de «hechos» revelados por Dios. Al igual que un científico natural estudia el mundo físico para derivar leyes universales, el teólogo debía examinar sistemáticamente todos los datos de la Escritura para formular doctrinas coherentes. Este enfoque, modelado por una filosofía conocida como «realismo escocés del sentido común» —transmitida a América por figuras como John Witherspoon—, buscaba dotar a la fe de un fundamento sólido y lógicamente defendible.

Sin embargo, este proyecto «científico» no era un ejercicio de racionalismo frío y estéril. Alexander introdujo un contrapunto crucial: el concepto de «recta razón» (right reason). Sostenía que la mente humana, afectada por el pecado, es inherentemente hostil a las verdades espirituales. Por lo tanto, para poder razonar correctamente sobre Dios, la mente necesitaba ser primero renovada e iluminada por el Espíritu Santo. Solo un corazón regenerado podía permitir que la razón funcionara como Dios la diseñó: como una herramienta para comprender la revelación, no para juzgarla.

Este equilibrio ha generado un debate entre los historiadores. Mientras que estudios más antiguos (de académicos como Mark Noll y George Marsden) sugerían que Princeton sucumbió al racionalismo de la Ilustración, investigaciones más recientes (como las de Paul Helseth) argumentan que eran «teólogos del corazón», para quienes una fe viva era el prerrequisito indispensable para el verdadero conocimiento. La visión de Alexander queda perfectamente encapsulada en lo que dijo en un sermón:

La religión no amordaza la razón, la ilumina; no destruye al filósofo, lo santifica.

Análisis: La síntesis de Alexander es un poderoso intento de mantener dos verdades en tensión. Por un lado, afirma que la fe cristiana no es un salto ciego, sino un sistema coherente y defendible intelectualmente. Por otro, insiste en que la comprensión de esa fe requiere una transformación sobrenatural que va más allá del intelecto. Este modelo fue un desafío directo tanto al fideísmo anti-intelectual, que desprecia la razón, como al racionalismo secular, que la endiosa.

Fue un «Psicólogo del Alma» que Advirtió Contra las Fórmulas de Fe «Talla Única».

Más allá del teólogo sistemático y el filósofo, Archibald Alexander fue, ante todo, un pastor. Esta faceta de su ministerio brilla con especial intensidad en su libro Thoughts on Religious Experience (Reflexiones sobre la experiencia religiosa, 1841), una obra clásica de sabiduría pastoral. Lejos de ser un tratado de doctrina abstracta, es una guía práctica para navegar la vida interior de la fe, llena de anécdotas, consejos y una profunda comprensión de la psicología humana.

Su idea pastoral más contraintuitiva y liberadora fue su insistencia en que no existe un patrón único y correcto para una experiencia de conversión. Alexander advertía enérgicamente a los predicadores que creaban listas de «señales» o exigían demostraciones emocionales específicas como prueba de una fe genuina. Sostenía que estas fórmulas rígidas causaban «escrúpulos innecesarios» en creyentes sinceros, llevándolos a dudar de su salvación simplemente porque su experiencia no encajaba en un molde preestablecido.

Su profundo conocimiento de la condición humana se extendía a otras áreas. Escribió sobre:

  • La realidad de la fe genuina en los niños, animando a los padres a tomarla en serio.
  • El «conflicto espiritual» interno (descrito en Romanos 7) como una parte normal y esperada de la vida cristiana.
  • La influencia del temperamento (como la melancolía) e incluso de la salud física en los sentimientos espirituales de una persona.

Su estilo narrativo hacía que sus enseñanzas fueran profundamente humanas. Por ejemplo, para ilustrar la paz que otorgan las promesas de Dios, relata la historia de Robert Bruce, un piadoso escocés que en su lecho de muerte pidió que le leyeran Romanos 8. Cuando escuchó la frase «nada podrá separarnos del amor de Dios», exclamó: «¡Detente ahí! Es suficiente. Ya tengo mi almuerzo«, y partió en paz.

Análisis: En una cultura religiosa que a menudo valora los testimonios uniformes y las experiencias dramáticas, el enfoque pastoral de Alexander se siente notablemente moderno y empático. Su insistencia en la naturaleza variada, a veces desordenada y siempre profundamente personal del camino de la fe ofrece un antídoto contra la ansiedad espiritual y el legalismo. Fue un verdadero médico de almas, cuya sabiduría priorizaba la salud espiritual del individuo por encima de cualquier fórmula.

Se Enfrentó a la Filosofía de su Época para Defender una Moral Universal.

La influencia de Alexander no se limitó al seminario; también se adentró en el campo de la filosofía. Su obra póstuma, Outlines of Moral Science (Esquemas de Ciencia Moral, 1852), fue escrita para ofrecer una alternativa al utilitarismo ético de William Paley, cuyo libro de texto se había convertido en el estándar dominante en muchos colegios y universidades de la época. Paley definía la virtud en términos de lo que producía la mayor felicidad general, un enfoque que a Alexander le parecía deficiente.

El núcleo de la filosofía moral de Alexander era la creencia en una «facultad moral» o conciencia, innata y universal. Argumentaba que todos los seres humanos poseen una capacidad intuitiva para discernir el bien del mal. Esta facultad, sostenía, es original en nuestra naturaleza y no simplemente un producto de la educación o la sociedad. Como él mismo escribió:

…si la conciencia no fuera una facultad original que nos permite formarnos la idea de cualidades morales, el hombre nunca podría adquirir tal idea por ningún otro medio.

Su postura sobre la relación entre la conciencia y la religión era sutil y matizada. Creía que la conciencia puede funcionar independientemente de la fe religiosa (un ateo sabe que el asesinato es malo), pero que se ve enormemente fortalecida, clarificada y potenciada por la creencia en Dios. La revelación bíblica no crea la moralidad, pero la ilumina y le da su fundamento último.

Análisis: En un mundo que sigue lidiando con el relativismo moral, la defensa de Alexander de una ley moral universal e intuitiva —anclada en el diseño de Dios pero accesible a toda la humanidad— presenta un marco robusto y convincente. No se refugió en la teología, sino que entró en la arena filosófica para argumentar que la moralidad no consiste en calcular consecuencias, sino en conformarse a un estándar objetivo de lo que es correcto y justo.

Su Postura sobre la Esclavitud Revela las Trágicas Contradicciones de un «Hombre Bueno».

Ningún retrato honesto de Archibald Alexander puede ignorar el tema más doloroso y desafiante de su legado: su postura sobre la esclavitud. Este aspecto de su vida revela las trágicas contradicciones que pueden coexistir incluso en las mentes más brillantes y los corazones más piadosos.

Los hechos son complejos y perturbadores. Alexander no fue un defensor teológico de la esclavitud; más bien, la consideraba un «mal heredado» que debía desaparecer gradualmente. Sin embargo, su solución propuesta era profundamente problemática. Fue uno de los fundadores y líderes más prominentes de la American Colonization Society (ACS), una organización que promovía el envío de personas negras libres a una colonia en Liberia. Alexander relató con orgullo que «la primera reunión pública que consideró la colonización africana ocurrió en Princeton» y que él mismo pronunció el discurso introductorio. Para los abolicionistas, esta propuesta era una forma de evadir el problema real, cediendo al racismo al sugerir que no había lugar para una sociedad multirracial e igualitaria en Estados Unidos.

La contradicción se vuelve personal en la historia de Daphne, una mujer esclavizada que su esposa Janetta heredó. Durante su tiempo en el norte, los Alexander la trataron como una sirvienta asalariada y con libertad de facto. Sin embargo, en su vejez, cuando Daphne se encontraba empobrecida, Alexander permitió que fuera devuelta a Virginia, a una condición de esclavitud legal, bajo el cuidado de la familia de su esposa. La biografía familiar enmarcó esta decisión como una elección que la propia Daphne prefirió por su propia «quietud y comodidad». Sin embargo, la realidad es que un hombre de su posición facilitó el regreso de una mujer a la servidumbre.

Análisis: La historia de Alexander es un poderoso y aleccionador caso de estudio sobre cómo la cultura puede crear «puntos ciegos» morales. Historiadores modernos, así como una auditoría histórica del propio Seminario de Princeton, concluyen que su postura fue «paternalista» y que falló en aplicar las implicaciones radicales del Evangelio sobre la justicia y la igualdad. Su incapacidad para imaginar una sociedad verdaderamente libre y multirracial sirve como una advertencia humilde y perpetua, desafiándonos a examinar críticamente nuestras propias suposiciones culturales y los puntos ciegos que la historia del futuro podría juzgar en nosotros.

Conclusión: El Legado Perdurable de un Pensador Incómodo.

Al final, Archibald Alexander emerge como una figura de una complejidad ineludible. Fue un revivalista que desconfiaba de los trucos del avivamiento; un teólogo científico que insistía en la necesidad de un corazón regenerado; un pastor empático que liberaba a las almas de fórmulas rígidas; un filósofo moral que defendía una ley universal; y, trágicamente, un hombre bueno limitado por los pecados culturales de su tiempo.

Su legado más perdurable fue la exitosa fusión de un rigor intelectual implacable («cabeza») con una devoción ferviente («corazón»). Creó un modelo de fe educada y apasionada que moldeó el evangelicalismo estadounidense durante más de un siglo, insistiendo en que la piedad y el aprendizaje no solo eran compatibles, sino indispensables el uno para el otro.

La vida de Archibald Alexander nos obliga a preguntar: ¿Cómo podemos emular su búsqueda de una fe profunda e inteligente, mientras aprendemos de sus fallas para cultivar una visión de la justicia que él no pudo alcanzar? ¿Cuáles son los «puntos ciegos» de nuestra propia época que la historia un día juzgará? Descubrir a este gigante olvidado no es solo un ejercicio histórico, sino una invitación a construir una fe que sea, a la vez, reflexiva, reverente y radicalmente justa.

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