Adaptado de: Samuel D. Renihan, De la sombra a la sustancia: La teología del pacto de los bautistas (1642–1704), trad. Jaime D. Caballero y Elioth Fonseca, serie Legado Bautista, vol. 3 (Lima: Teología para Vivir S.A.C., 2020).
Introducción: Más Allá del Agua
Cuando pensamos en los bautistas, la mente suele saltar a debates sobre la inmersión y el bautismo de creyentes. Es una imagen simple, casi unidimensional. Pero si retrocedemos al intenso y complejo mundo intelectual del siglo XVII en Inglaterra, en el apogeo de la Ortodoxia Reformada, descubrimos que esta percepción moderna apenas roza la superficie. Detrás de la conocida controversia sobre el agua, se libraba una batalla teológica mucho más profunda y fundamental, una que definía la identidad misma de la iglesia y la forma en que se leía toda la Escritura. Estos primeros pensadores no estaban discutiendo un mero rito, sino la arquitectura misma de la revelación de Dios. ¿Qué defendían realmente los primeros bautistas con tanto fervor y a qué costo? Las respuestas, arraigadas en una sofisticada «teología del pacto», son más sorprendentes e impactantes de lo que podrías imaginar.
1. No Eran Radicales Sin Educación, Sino Eruditos Puritanos Formados en Oxford y Cambridge.
Uno de los estereotipos más persistentes sobre los primeros bautistas particulares es que eran radicales analfabetos, campesinos ignorantes cuyas ideas surgieron de las clases más bajas y sin formación. Sin embargo, la realidad histórica pinta un cuadro radicalmente diferente. Esta caricatura no era un simple desacuerdo académico, sino una herramienta de guerra polémica, lo que el primer historiador bautista, Thomas Crosby, llamó una «calumnia maliciosa» diseñada por sus oponentes para desacreditar un movimiento que no podían derrotar teológicamente.
La evidencia histórica presenta un caso abrumador en contra de este estereotipo. El liderazgo bautista particular estaba compuesto por hombres con impresionantes credenciales académicas, formados en el corazón mismo del establecimiento intelectual inglés. La lista de eruditos es imponente: Christopher Blackwood obtuvo su B.A. y M.A. en Cambridge; Benjamin Coxe se graduó con un B.A. y M.A. de Oxford; Daniel Dyke, Samuel Fisher y Henry Jessey ostentaban títulos de B.A. y M.A. de Cambridge; y John Tombes obtuvo su B.A. y M.A. en Oxford. A ellos se unieron otros como Thomas Hardcastle y Edward Harrison, ambos graduados de Cambridge. Es crucial notar que muchos de ellos, incluyendo a Coxe, Hanserd Knollys y Edward Harrison, fueron ministros ordenados en la Iglesia de Inglaterra antes de que sus convicciones bíblicas los llevaran a adoptar una postura bautista.
El choque entre la calumnia y la realidad se hizo evidente en la polémica de la época. El historiador Daniel Neal, en un intento de menospreciar al movimiento, escribió lo siguiente, provocando la enérgica respuesta de Crosby:
“Neal dijo: ‘Los defensores de esta doctrina eran, en su mayoría, del pueblo más miserable; sus predicadores eran generalmente analfabetos’. Crosby tomó nota de la declaración de Neal y respondió: ‘¡Qué calumnia tan maliciosa es ésta!… A mí me parece poco cristiana, sin fundamento, un hecho no examinado, un juicio formado sin que se haya producido ninguna autoridad para apoyar el hecho’”.
Corregir este error histórico es crucial. Demuestra que el movimiento bautista particular no nació de la ignorancia popular, sino de una profunda convicción teológica y un riguroso estudio bíblico dentro del corazón mismo del puritanismo inglés. Eran puritanos que llevaron los principios de la Reforma a lo que consideraban su conclusión lógica, no radicales que los rechazaban.
2. El Debate No Era Solo Sobre el Bautismo, Sino Sobre el ADN Teológico de la Biblia.
Para entender a los primeros bautistas, debemos comprender que su verdadero campo de batalla intelectual no era una piscina bautismal, sino la «Teología del Pacto» o «Teología Federal». Este era el «sistema operativo» teológico de la época, la arquitectura que todos los teólogos reformados usaban para entender cómo todas las partes de la Biblia, desde Génesis hasta Apocalipsis, encajaban en una sola historia coherente de la relación de Dios con la humanidad.
En el centro de este sistema había una distinción dogmática fundamental que todos en la tradición reformada compartían: la diferencia entre el Pacto de Obras (foedus operum) y el Pacto de Gracia (foedus gratiae). El Pacto de Obras estipulaba que la justicia se obtenía mediante la obediencia perfecta a la ley de Dios, como en el caso de Adán antes de la caída. El Pacto de Gracia, en cambio, enseñaba que la justicia no se gana, sino que se recibe por fe en la obra perfecta de Cristo.
Esta terminología no era una invención arbitraria, sino que se consideraba una síntesis fiel de la enseñanza bíblica. Como explicó el teólogo puritano John Ball, aunque las palabras exactas no estuvieran en las Escrituras, el concepto sí lo estaba:
“No leemos en las Escrituras, el Pacto de obras, o de gracia en estas palabras silábicas: lo más cercano que llegamos a él es Rom. 3:27. la Ley de las obras opuesta a la Ley de la fe; que sostiene tanto como el Pacto de obras, y el Pacto de gracia”.
Este enfoque cambia por completo nuestra percepción del debate. La pregunta sobre quién debía ser bautizado no era una disputa sobre un rito aislado; era la consecuencia inevitable de una profunda diferencia en cómo leer la Biblia. La verdadera pregunta era: ¿cómo funciona la historia de la salvación y qué pacto define al pueblo de Dios hoy? Como resume el historiador Samuel Renihan, «Esta lógica corre a través de los escritores reformados y es usada repetidamente en los argumentos de los bautistas particulares y sus oponentes».
3. La Idea Revolucionaria: Dios Hizo Dos Pactos con Abraham, No Solo Uno.
La visión estándar de los paidobautistas (aquellos que bautizan infantes), como los presbiterianos y congregacionalistas, se basaba en la idea de un único Pacto de Gracia que se extendía desde Abraham hasta la iglesia del Nuevo Testamento. Según este modelo, el pacto era sustancialmente el mismo a lo largo de la historia, cambiando solo en sus «administraciones» o formas externas. La circuncisión era la señal del pacto en la antigua administración; el bautismo es la señal en la nueva. Por lo tanto, así como los hijos de Abraham eran circuncidados, los hijos de los creyentes debían ser bautizados.
Fue aquí donde los bautistas particulares presentaron su hermenéutica más disruptiva y revolucionaria. Teólogos como Thomas Patient, Edward Hutchinson y Nehemiah Coxe argumentaron que el modelo de un solo pacto era una simplificación excesiva de la revelación bíblica. Propusieron que Dios no hizo uno, sino dos pactos distintos con Abraham, relacionados con dos «simientes» o descendencias distintas.
Esta distinción es el núcleo de su teología y desglosaron los dos pactos de la siguiente manera:
- El Pacto de la Circuncisión: Este era un pacto terrenal, nacional y temporal. En esencia, era un «pacto de obras» porque sus promesas —bendiciones nacionales y terrenales como la tierra de Canaán y una gran descendencia física— estaban condicionadas a la obediencia, cuya señal era la circuncisión. Este pacto fue hecho con la «simiente carnal» de Abraham, es decir, sus descendientes físicos. Era una sombra, un tipo que apuntaba a una realidad mayor.
- El Pacto de Gracia: Este era el pacto espiritual, celestial y eterno, revelado a Abraham pero no limitado a él ni a su descendencia física. Sus promesas eran la salvación y una herencia celestial a través de la fe en Cristo, la verdadera «simiente» prometida. Este pacto se aplicaba a la «simiente espiritual» de Abraham: todos los creyentes de todas las naciones a lo largo de la historia. Esta era la sustancia real.
El impacto de este argumento fue sísmico. Al demostrar que el pacto que incluía a los infantes por nacimiento físico (el Pacto de la Circuncisión) era un pacto terrenal y temporal que había sido abrogado con la venida de Cristo, desmantelaban por completo el principal argumento a favor del bautismo de infantes. No argumentaban que la gracia de Dios estuviera ausente en el Antiguo Testamento —afirmaban firmemente que la salvación siempre fue por gracia mediante la fe—, sino que la estructura del pacto nacional y terrenal que incluía a los infantes por derecho de nacimiento físico había sido abolida. El pueblo de Dios del nuevo pacto no se definía por la genealogía, sino por la regeneración y la fe. Este fue el movimiento teológico decisivo «De la Sombra a la Sustancia»: la sombra era el marco típico y temporal, y la sustancia era el pacto espiritual en Cristo que finalmente había llegado.
4. Encontraron un Aliado Inesperado en un Teólogo que Estaba en Desacuerdo con Ellos.
En el panteón de los teólogos puritanos del siglo XVII, pocos nombres inspiraban tanto respeto como el de John Owen. Vicecanciller de la Universidad de Oxford y capellán de Oliver Cromwell, Owen era una de las mentes teológicas más brillantes y formidables de su generación. Y, para que no quede duda, era un firme defensor del bautismo de infantes (un paidobautista).
Sin embargo, en un acto de audacia intelectual, teólogos bautistas como Edward Hutchinson y, más tarde, Nehemiah Coxe, se sumergieron en la monumental exégesis de Owen, particularmente su comentario sobre la Epístola a los Hebreos. Lo que descubrieron allí fue asombroso: la propia exégesis rigurosa de Owen sobre la naturaleza de los pactos bíblicos parecía apoyar de manera abrumadora la posición bautista y socavar la suya.
Los bautistas se apropiaron de varios puntos clave de la teología de Owen:
- El Antiguo Pacto (mosaico) y el Nuevo Pacto eran sustancialmente diferentes, no simples administraciones del mismo pacto de gracia.
- El Antiguo Pacto era «típico, sombrío y removible», mientras que el Nuevo era «sustancial y permanente».
- La salvación bajo el Antiguo Pacto no se obtenía «en virtud del antiguo pacto» en sí mismo, sino «en virtud de la promesa» del pacto de gracia que operaba a través de él.
- Abraham tenía una doble simiente (una carnal y otra espiritual) que correspondía a dos tipos de promesas (unas terrenales y otras celestiales).
Armado con las propias palabras de Owen, Edward Hutchinson lanzó un desafío directo a sus oponentes, apropiándose audazmente de la teología del gigante puritano:
“Y si nuestros oponentes piensan que el Dr. Owen [fue] agraviado (como son propensos a clamar a ese propósito) para nuestro aprovechamiento de sus palabras a nuestro favor […] decimos que están en libertad de reconciliar sus palabras con su práctica si pueden […]. El Dr. Owen al tratar la naturaleza del pacto y las promesas hechas a Abraham (y quizás olvidando el bautismo de infantes), las despliega y expone con tal espiritualidad y ortodoxia, que no deja lugar para el bautismo de infantes, sino que lo excluye más allá de toda posibilidad de reconciliación”.
Este movimiento fue tan controvertido que provocó una reacción inmediata. Partidarios de Owen, como Joseph Whiston, acusaron públicamente a Hutchinson de «abusar» del trabajo del doctor, denunciando lo que veían como una deshonesta apropiación intelectual. La audaz táctica bautista no fue un «jaque mate» sin respuesta, sino la apertura de un nuevo e intenso frente en la guerra polémica, demostrando su confianza en la coherencia de sus argumentos, incluso al usar la teología de su oponente más formidable en su contra.
5. No Eran un Bloque Monolítico, Sino un Movimiento Unido por Convicción y Diverso en los Detalles.
Aunque los primeros bautistas particulares estaban firmemente unidos en su rechazo al bautismo infantil y en los principios generales de su teología del pacto, es un error verlos como un bloque monolítico con una visión única y rígida. El movimiento era teológicamente vibrante y albergaba una diversidad de opiniones sobre los detalles más finos de su sistema.
Esta diversidad se puede ver en las diferentes posturas de sus líderes:
- John Spilsbury, cuyo grupo es considerado la primera iglesia bautista particular, argumentaba desde un modelo de un solo pacto de gracia. Sin embargo, sostenía que su administración y sus instrucciones habían cambiado tan radicalmente en el Nuevo Testamento que la inclusión de infantes, permitida en la era del Antiguo Testamento, ahora estaba prohibida.
- En contraste, la visión que se volvería dominante, defendida por teólogos como Nehemiah Coxe y Philip Cary, era más radical. Argumentaban que el pacto abrahámico (el de la circuncisión) y el pacto mosaico no eran simplemente administraciones del pacto de gracia, sino que eran, en esencia, ediciones del «pacto de obras», sustancialmente distintos del pacto de gracia.
- Más tarde, la diversidad se manifestó en otros ámbitos. Benjamin Keach, una figura prolífica de la segunda generación, llegó a rechazar la doctrina del «Pacto de Redención» (un pacto eterno entre el Padre y el Hijo para la salvación de los elegidos). Esta doctrina, sin embargo, era defendida por otros como Nehemiah Coxe y estaba incluida en la Segunda Confesión Bautista de Fe de Londres de 1677.
Lejos de ser un signo de debilidad, esta diversidad interna demuestra la vitalidad de un movimiento teológico saludable. Era un reflejo de los debates más amplios que se daban en todo el puritanismo, donde pensadores serios estaban dispuestos a debatir y refinar sus ideas. Sus argumentos sobre la naturaleza de los pactos abrahámico y mosaico reflejaban discusiones similares entre paidobautistas como John Cameron y John Ball, lo que los situaba firmemente dentro de las corrientes intelectuales de su tiempo, no al margen de ellas.
Conclusión: El Legado de una Consistencia Radical.
Las cinco verdades que hemos explorado dibujan un nuevo retrato de los primeros bautistas particulares. Lejos de ser un grupo marginal e ignorante, eran eruditos puritanos que se encontraban en el centro de los debates teológicos más importantes de su tiempo. Impulsados por un profundo compromiso con la coherencia bíblica, desarrollaron una sofisticada y matizada teología del pacto que los llevó a conclusiones radicales sobre la naturaleza de la iglesia, la identidad del pueblo de Dios y el significado de sus ordenanzas. Su argumento no era simplemente sobre el agua, sino sobre la estructura fundamental de la historia de la redención.
Estos pensadores del siglo XVII arriesgaron su reputación, su libertad e incluso sus vidas por lo que veían como la aplicación consistente de una idea teológica. En nuestra era de convicciones fluidas, ¿qué ideas estamos dispuestos a examinar con el mismo rigor y a seguir hasta sus últimas consecuencias?
ESCUCHA EL PODCAST:
Categorías:04-Reforma s. XVI, Iglesia, Ultimas Cosas, Angeles


