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1. Introducción: El Arquitecto de una Iglesia y la Conciencia de una Era.
La historia está llena de figuras que, a pesar de haber moldeado su época con la fuerza de un huracán, hoy permanecen en una calma casi total, desconocidas fuera de los círculos más especializados. Son gigantes olvidados, pilares de mundos que ya no existen. Uno de los más imponentes y complejos de estos titanes es el escocés William Cunningham (1805-1861).
En la Escocia victoriana, su nombre era sinónimo de teología formidable y polémica temida. Fue una figura central en uno de los dramas eclesiásticos más grandes de la historia británica: la Disrupción de 1843. Un hombre de principios de hierro, cuya erudición era legendaria y cuya lógica era un arma afilada, pero también un hombre de profundas y aleccionadoras contradicciones.
Este artículo se adentra en la vida de este coloso para explorar cinco de las facetas más impactantes y contraintuitivas de su legado. A través de ellas, no solo descubriremos al hombre, sino que también desvelaremos las tensiones de una era de fe inquebrantable, conflicto feroz y cambio radical.
2. El Día que 474 Pastores Renunciaron a Todo por un Principio: La Gran Disrupción.
El éxodo masivo que fundó una Iglesia en un día.
El 18 de mayo de 1843, Edimburgo fue testigo de un acto de convicción colectiva sin precedentes. Tras una década de tensiones conocida como el «Ten Years’ Conflict», la Asamblea General de la Iglesia de Escocia llegó a su punto de quiebre. De repente, liderados por el venerable Thomas Chalmers y con un resuelto William Cunningham entre ellos, 474 ministros se levantaron, abandonaron sus asientos y salieron en solemne procesión del edificio. Dejaban atrás no solo una reunión, sino sus carreras, sus salarios, sus hogares y sus iglesias de piedra.
El principio en juego era profundamente teológico: la «Independencia Espiritual de la Iglesia» o el «Señorío de Cristo» (Christ’s Headship). El detonante fue la «Auchterarder Case», una batalla legal en la que los tribunales civiles anularon las decisiones de la Iglesia, defendiendo el derecho de los terratenientes laicos a imponer pastores a las congregaciones. Para Cunningham y sus colegas, esto era una forma de Erastianismo —la subordinación de la Iglesia al poder civil— y una violación intolerable de la soberanía de Cristo sobre su propio cuerpo. Su postura era sutil: no estaban en contra de una iglesia nacional establecida por el Estado, sino contra el control estatal de sus asuntos espirituales. Como resumía su lema: «No somos voluntarios en principio».
Al salir, estos hombres lo sacrificaron todo. Renunciaron a la seguridad del establecimiento estatal para formar la Free Church of Scotland (Iglesia Libre de Escocia), una denominación que dependería únicamente de la generosidad de sus fieles. Como se recordaría más tarde, fue un acto de fidelidad heroica.
…habían renunciado a propiedades, templos (…) y sustento estatal, «para preservar la corona de Cristo intacta sobre Su Iglesia».
Este evento, conocido como «La Gran Disrupción», fue un trauma nacional, pero también el nacimiento de una de las iglesias más dinámicas de su tiempo. Cunningham no fue solo un participante; fue uno de sus principales arquitectos teóricos, el hombre que proveyó el armazón doctrinal para un acto de fe tan radical.
3. Dinero Manchado de Sangre: El Héroe de la Libertad y su Escándalo con la Esclavitud.
«¡Devolved el dinero!»: Cuando un campeón de la libertad se enfrentó a Frederick Douglass.
La controversia más incómoda y oscura en el legado de Cunningham revela una trágica ironía. En 1844, la naciente y empobrecida Free Church, desesperada por fondos para construir sus nuevos templos y sostener a sus ministros, envió una delegación a recaudar dinero en Estados Unidos. Cunningham era uno de sus miembros clave.
El hecho central es devastador: la delegación aceptó donaciones significativas de iglesias presbiterianas en los estados del sur, cuyos miembros eran propietarios de esclavos. Al regresar a Escocia, la noticia estalló como una bomba. El célebre abolicionista y ex-esclavo Frederick Douglass, que visitó Escocia poco después, lideró una campaña masiva y elocuente bajo un lema que resonó en todo el país: «Send back the money!» («¡Devolved el dinero!»).
La retórica de Douglass era implacable y visual, pintando un cuadro de hipocresía insoportable para una iglesia que se jactaba de su «libertad».
«¿No veis –decía Douglass– al hermano Lewis [otro delegado] pidiendo dinero a un amo sureño, y cómo este vende a un joven esclavo (…) para donar las ganancias a la Free Church? ¿Orando el reverendo mientras atan al esclavo para subastarlo…?»
La defensa de Cunningham fue fría y doctrinal. Argumentó que la esclavitud, aunque mala, no era una herejía que rompiera la comunión eclesial. Devolver el dinero, en su lógica, implicaría juzgar como apóstatas a las iglesias donantes. Esta postura, que el historiador Iain Whyte ha descrito como un «ciego denominacional», representa una catastrófica misaplicación de sus propios principios. El hombre que sacrificó todo por la libertad espiritual de la Iglesia frente al Estado fue incapaz de ver la urgencia moral de defender la libertad física de los seres humanos frente a la esclavitud. La paradoja es desgarradora.
4. La Guerra Contra las «Nuevas» Ideas: Un Intelectual contra el liberalismo teólogico.
«Si es nuevo, no es verdad»: La batalla intelectual contra el desarrollo de la doctrina.
Una de las posturas intelectuales más definitorias y sorprendentes de William Cunningham fue su rechazo absoluto a la idea de que la doctrina cristiana pudiera «desarrollarse» o evolucionar con el tiempo. En una era victoriana marcada por una fe casi ciega en el progreso, Cunningham se posicionó como un baluarte de la inmutabilidad.
Su gran némesis intelectual en este campo fue el famoso teólogo inglés John Henry Newman. En 1845, Newman publicó su influyente Ensayo sobre el Desarrollo de la Doctrina Cristiana, argumentando que las verdades de la fe se despliegan y se entienden más plenamente a lo largo de la historia. Cunningham vio esta teoría como una «invención jesuítica», una excusa ingeniosa para justificar las «corrupciones» católicas (como el papado o el culto a los santos) que no aparecen explícitamente en la Biblia.
Su pensamiento quedó encapsulado en una máxima lapidaria que resume toda su visión de la historia y la verdad.
«Si es una doctrina nueva, no es verdadera; si es verdadera, no es nueva».
Esta postura es sorprendente porque Cunningham no era un anti-intelectual. Al contrario, usó su inmensa erudición histórica y su dominio de las fuentes antiguas para argumentar a favor de una verdad estática. Para él, la historia no crea la verdad; solo sirve como un campo de batalla donde la verdad apostólica original se confirma o se corrompe. Esta rigidez le dio una fuerza formidable en las polémicas de su tiempo, pero también marcó un límite que sus propios sucesores, como Robert Rainy, tuvieron que superar para reconciliar la fe con la creciente conciencia de la historicidad que definiría el pensamiento moderno.
5. El Teólogo de Armadura Completa con un Corazón de Pastor.
Detrás del «último escolástico» se escondía un predicador de fuego.
La imagen pública de Cunningham, tanto en vida como después, fue la de un guerrero intelectual. Le apodaron «el Turretin escocés» (en honor a un riguroso teólogo escolástico del siglo XVII), «el último de los escolásticos», e incluso se le describió como un «dogmático de armadura completa». Estos apodos reflejaban su lógica de hierro, su estilo de debate forense y una erudición tan vasta que podía abrumar a sus oponentes.
Sin embargo, esta imagen de académico frío y combativo es incompleta. Aunque en Edimburgo su impopular costumbre de leer los sermones palabra por palabra le restó popularidad, el contenido de esos mensajes revela una profunda y constante preocupación por la vida espiritual de los creyentes. Títulos de sus sermones, como «El amor inmutable de Cristo» o «Jesucristo, objeto de amor y fuente de gozo aun sin verle», muestran un tono cálido y consolador que contrasta con su faceta de polemista.
La evidencia más sorprendente de su fervor pastoral proviene de un testimonio de 1844, cuando predicó en Princeton, Estados Unidos. Lejos de su habitual lectura monótona, un oyente describió una experiencia transformadora.
«Nadie en el púlpito (…) es más peculiar que Cunningham. Pero su sermón fue noble, rico, bíblico y evangélico, con un lenguaje elegante… y su oración final fue seráfica».
Esta dualidad es la clave para entenderlo. No era un académico desconectado de la realidad, sino un polemista que luchaba con las herramientas más afiladas de la lógica y la historia por lo que él creía, con todo su ser, que era la salud pastoral y la salvación eterna de las almas.
6. El Tradicionalista que se Convirtió en un Pionero Inesperado.
Cómo el hombre que defendía el pasado inauguró una disciplina del futuro.
Aquí reside la paradoja final y quizás la más fascinante de William Cunningham. A pesar de su rechazo visceral a toda «novedad» doctrinal y su defensa de una verdad estática, fue una figura pionera en el establecimiento de la Teología Histórica como una disciplina académica formal en el mundo de habla inglesa.
Su cátedra en el New College de Edimburgo y, sobre todo, su obra magna póstuma, Historical Theology, representaron una de las primeras y más ambiciosas síntesis sistemáticas de la historia del dogma. Su objetivo era explícitamente apologético: usar las herramientas de la historia para defender la ortodoxia protestante contra sus críticos, ya fueran católicos como Newman o liberales alemanes. Quería demostrar que la doctrina de la Reforma no era una invención del siglo XVI, sino la recuperación de la fe apostólica original.
La ironía de su proyecto es profunda. Cunningham utilizó la conciencia histórica, una de las grandes fuerzas intelectuales del siglo XIX, como un arma para derrotar al historicismo y para defender una verdad que él concebía como atemporal. Como lo describió acertadamente el historiador John Macleod, su Historical Theology es un «luminoso alegato judicial», donde Cunningham actúa como un juez erudito que revisa los siglos de historia cristiana para dictar un veredicto final a favor de la Reforma.
Así, su legado es doble. No solo fue un guardián de la tradición; en su incansable esfuerzo por defenderla, ayudó a forjar un nuevo campo de estudio que influiría en la formación de generaciones enteras de pastores y teólogos.
7. Conclusión: El Legado de una Convicción Inflexible.
Las paradojas definen a William Cunningham: fue el campeón de la libertad eclesiástica con un trágico punto ciego ante la esclavitud; el tradicionalista que se convirtió en un innovador académico; el polemista de hierro con el fervor oculto de un pastor. Su vida y su obra encarnan el intento titánico de la ortodoxia victoriana de mantenerse firme, como una roca inamovible, en un mundo que cambiaba a una velocidad sin precedentes.
Su figura no ofrece respuestas fáciles, sino que nos obliga a confrontar preguntas difíciles. En una época que a menudo valora el compromiso por encima de la convicción, ¿qué podemos aprender de una figura tan inquebrantable, tanto de su heroica fortaleza como de sus profundos y trágicos fracasos? El legado de Cunningham nos obliga a preguntarnos por el verdadero costo de nuestros principios y por las verdades que, a veces, nuestra propia certeza nos impide ver.
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