El Espíritu Santo equipa a la Iglesia.

“Pero a cada uno de nosotros se nos ha concedido la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Y El dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.” Efesios 4.7, 11-12

El Nuevo Testamento describe unas iglesias locales en las cuales algunos cristianos tienen funciones ministeriales formales y oficiales , al mismo tiempo que todos cumplen papeles informales de servicio. El ideal del Nuevo Testamento es que todos los miembros del cuerpo de Cristo tengan su ministerio. Está claro que los oficiales que supervisan no les deben poner restricciones a los ministerios informales, sino más bien facilitarlos (Efesios 4:11–13), y está igualmente claro que aquellos que ministran de manera informal no deben tener una actitud desafiante o perturbadora, sino que deben permitir que los supervisores dirijan su ministerio de una forma ordenada y edificante (es decir, fortalecedora y constructiva, 1 Corintios 14:3–5, 12, 26, 40; Hebreos 13:17). El cuerpo de Cristo crece hasta la madurez en la fe y el amor cuando cada miembro realiza su “actividad propia” (Efesios 4:16) y cumple con la forma de servicio que ha recibido por gracia (Efesios 4:7, 12).

¿Qué es un don?

La palabra don (literalmente, “donativo”) aparece en relación con el servicio espiritual sólo en Efesios 4:7–8. Pablo explica las palabras dio dones a los hombres como relacionadas con la entrega a su Iglesia, por parte del Cristo ascendido, de personas llamadas y preparadas para los ministerios de apóstol, profeta, evangelista y pastor-maestro. También, por medio del ministerio capacitador de estos funcionarios, Cristo les está entregando un papel ministerial de uno u otro tipo a todos los cristianos. En otros textos (Romanos 12:4–8; 1 Corintios 12–14), Pablo les llama jarísmata (dones que son manifestaciones concretas de la járis o gracia, el amor activo y creativo de Dios, 1 Corintios 12:4) a estos poderes dados por Dios, y también pneumatiká (dones espirituales como demostraciones concretas del poder del Espíritu Santo, el pnéuma de Dios, 1 Corintios 12:1).

Tres características certeras sobre los dones Espirituales.

En medio de muchas cosas oscuras y cuestiones debatidas con respecto a los jarísmata del Nuevo Testamento, resaltan tres certezas.

  1. Un don espiritual es una capacidad para expresar, celebrar, manifestar, y de esa manera comunicar a Cristo de alguna manera. Se nos dice que los dones, usados correctamente, edifican a los cristianos y a las iglesias. No obstante, sólo el conocimiento de Dios en Cristo es el que edifica, de manera que cada jarísma debe ser una capacidad dada por Cristo para manifestarlo y compartirlo de una manera edificante.
  2. Los dones son de dos tipos. Hay dones verbales y de amor, de ayuda práctica. En Romanos 12:6–8, la lista de dones que hace Pablo alterna ambas categorías: el primero, el tercero y el cuarto (profecía, enseñanza y exhortación) son dones verbales; el segundo, el quinto, el sexto y el séptimo (servir, distribuir, presidir y mostrar misericordia) son dones de ayuda. El hecho de que se los alterne indica que no se le debe dar entrada a la idea de que haya algún don que sea superior a otro. Por mucho que difieran entre sí los dones como formas de actividad humana, todos tienen la misma dignidad, y lo único que debemos preguntarnos es si usamos de manera adecuada el don que tenemos (1 Pedro 4:10–11).
  3. La tercera, que no hay cristiano alguno que no tenga algún don (1 Corintios 12:7; Efesios 4:7), y que todos tenemos la responsabilidad de hallar, desarrollar y usar al máximo las capacidades de servicio que Dios nos ha dado.

El Espíritu Santo da dones para cumplir una misión especifica.

Juan 20.21 Jesús les dijo otra vez: “Paz a ustedes; como el Padre Me ha enviado, así también Yo los envío.”

¿Qué significa misión?

La palabra misión procede del vocablo latino missio, que significa “envío”. Las palabras que les dijo Jesús a sus primeros discípulos en su capacidad de representantes, siguen teniendo aplicación hoy: “Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Juan 20:21; cf. 17:18). La Iglesia universal, y por consiguiente, todas las congregaciones locales y todos los cristianos que están en ellas, son enviados al mundo para cumplir con una tarea concreta y definida. Jesús, el Señor de la Iglesia, nos ha dado la orden de marcha. Tanto personal como corporativamente, todos los que forman el pueblo de Dios se hallan ahora en el mundo cumpliendo con los negocios de su rey.

Esta tarea designada es doble.

  1. Dar testimonio, hacer discípulos y fundar iglesias a nivel mundial. (Mateo 24:14; 28:19–20; Marcos 13:10; Lucas 24:47–48). Por todas partes se debe proclamar a Jesucristo como Dios encarnado, Señor y Salvador, y toda la humanidad debe recibir la autoritativa invitación de Dios a hallar vida al volverse a Cristo en el arrepentimiento y la fe (Mateo 22:1–10; Lucas 14:16–24). El ministerio de Pablo como fundador de iglesias, evangelista al mundo entero mientras sus fuerzas y las circunstancias lo permitieron (Romanos 1:14; 15:17–29; 1 Corintios 9:19–23; Colosenses 1:28–29) sirve de modelo a esta primera obligación.
  2. Todos son llamados a practicar obras de misericordia y compasión. Esto es un amor al prójimo que llegue hasta las últimas consecuencias, y que reaccione sin restricciones ante todas las formas de necesidad humana, tal como se presenten (Lucas 10:25–27; Romanos 12:20–21). La compasión era el aspecto interno del amor al prójimo que llevó a Jesús a sanar a los enfermos, alimentar a los hambrientos y enseñar a los ignorantes (Mateo 9:36; 15:32; 20:34; Marcos 1:41; Lucas 7:13), y aquellos que son nuevas criaturas en Cristo, deben sentir una compasión similar. De esta forma, mantienen el segundo de los grandes mandamientos y también le dan credibilidad a su proclamación de un Salvador que convierte a los pecadores en seres humanos que aman a Dios y a los demás.

Si los que presentan este mensaje no manifiestan su poder en su propia vida, su credibilidad queda destruida. Si lo manifiestan, queda realzada. Esto era lo que quería decir Jesús al contemplar la visión de las buenas obras de sus testigos llevando a otros a glorificar al Padre (Mateo 5:16; cf. 1 Pedro 2:11–12). Las buenas obras deben hacerse visibles, como respaldo de las buenas palabras.

Conclusión.

Aunque Jesús preveía que habría misión a los gentiles (Mateo 24:14; Juan 10:16; 12:32), consideraba que su ministerio terrenal iba dirigido a “las ovejas perdidas de Israel” (Mateo 15:24). Pablo, el apóstol de los gentiles, siempre iba a los judíos primero dondequiera que evangelizaba (Hechos 13:5, 14, 42–48; 14:1; 16:13; 17:1–4, 10; 18:4–7, 19; 19:8–10; 28:17–28; Romanos 1:16; 2:9–10). El derecho de los judíos a escuchar el Evangelio los primeros es cuestión de nombramiento divino (Hechos 3:26; 13:26, 46), y el esfuerzo evangelístico dirigido a los judíos debe seguir constituyendo una prioridad mientras la Iglesia trata de cumplir su misión. Los judíos cristianos están libres de las leyes ceremoniales, pero también están libres para seguir las costumbres judías que expresan su cultura étnica. La expectación de tanto tiempo de que los judíos cristianos vayan a dejar atrás su identidad judía, en lugar de regocijarse por ser judíos “completados” es un prejuicio cultural que no tiene base bíblica alguna.[1]

Por J.I. Packer.

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Acerca del autor:

pic_full_packer_jiJames Innell Packer, J.I. Packer (1926-), es un teologo ingles, perteneciente a la Iglesia Anglicana. Ha servido como profesor de Teologia en ‘Regent College’ en Canada. Es considerado como uno de los Teologos de mayor influencia en el siglo XX, y quizá de todos los tiempos. Realizo estudios en la Universidad de Oxford (MA, PhD). Fue profesor de Griego en el Seminario anglicano ‘Oak Hill’ en Londres, antes de ser profesor en ‘Regents’. Ha escrito decenas de libros entre los cuales se cuenta: “Una búsqueda de la piedad: La vision puritana de la vida cristiana”, “Conociendo a Dios”, “La vida en el Espíritu”, “Afirmado el credo de los Apóstoles”, entre muchos otros.

[1] J. I. Packer, Teologı́a concisa: Una guı́a a las creencias del Cristianismo histórico (Miami, FL: Editorial Unilit, 1998), 228–231.