Este es un tema de suma importancia para nuestras almas. Según la Biblia, a menos que seamos santos no podemos ser salvos. Las Escrituras nos indican claramente que hay tres cosas que son absolutamente necesarias para la salvación: La justificación, la regeneración y la santificación. Estas tres deben coincidir en cada hijo de Dios; cada uno de ellos ha nacido de nuevo, ha sido justificado y está siendo santificado. Si en una persona falta alguna de estas cosas, podemos decir que no es un verdadero cristiano ante los ojos de Dios, y si muere en tal condición no irá al cielo, ni será glorificado en el último día.

 Juan 17.17 “Santifícalos en la verdad; Tu palabra es verdad. 1 Tesalonicenses 4.3 Porque ésta es la voluntad de Dios: su santificación; es decir, que se abstengan de inmoralidad sexual.

¿Qué es lo que quiere decir la Biblia cuando habla de una persona santificada?

La santificación es aquella obra espiritual interna que el Señor Jesús obra a través del Espíritu Santo en aquel que ha sido llamado a ser un verdadero creyente. El Señor Jesús no solo lava sus pecados con su sangre, sino que también lo separa de su amor natural al pecado y al mundo, poniendo un nuevo principio en su corazón que le hace apto para el desarrollo de una vida santa. Aquel que se imagina que Cristo vivió, murió y resucitó para obtener solamente el perdón y la justificación de los pecados de su pueblo, tiene todavía mucho que aprender. Cristo no sólo los ha librado, con su muerte, de la culpa de sus pecados, sino que también, al poner en sus corazones el Espíritu Santo, los ha librado del dominio del pecado.

Medite en los siguientes versos de la Biblia:

“Y por ellos Yo Me santifico, para que ellos también sean santificados en la verdad.” Juan 17.19. “Maridos, amen a sus mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio El mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra.” Efesios 5.25–26.El se dio por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad y purificar para Si un pueblo para posesión Suya, celoso de buenas obras. Tito 2.14. El mismo llevó (cargó) nuestros pecados en Su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia, porque por Sus heridas fueron ustedes sanados.” 1 Pedro 2.24.Y aunque ustedes antes estaban alejados y eran de ánimo hostil, ocupados en malas obras, sin embargo, ahora Dios los ha reconciliado en Cristo en Su cuerpo de carne, mediante Su muerte, a fin de presentarlos santos, sin mancha e irreprensibles delante de El.” Colosenses 1.21–22

La enseñanza de estos versículos es que Cristo tomó sobre sí, no sólo la justificación sino también la santificación de su pueblo. Ambas cosas ya estaban previstas y ordenadas en el plan eterno de la redención. En seguida daré una serie de proposiciones de la Escritura que son muy útiles para una exacta definición de la naturaleza de la santificación.

  1. La santificación es resultado de una unión vital con Cristo.

Esta unión se establece a través de la fe. “El que está en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto.” (Juan 15:5) El pámpano que no lleva fruto, no es una rama viva de la vid. La fe que no tiene una influencia santificadora en el carácter del creyente, no es mejor que la fe de los demonios; es una fe muerta, no es el don de Dios, no es la fe de los escogidos. Donde no hay una vida santificada, no hay una fe real en Cristo. La verdadera fe obra por el amor y es movida por un profundo sentimiento de gratitud por la redención. La verdadera fe constriñe al creyente a vivir para su Señor y le hace sentir que todo lo que pueda hacer por El no es suficiente. (Vea Santiago 2:17–20; Tito 1:1; Gál. 5:6; 1 Juan 1:7; 3:3)

  1. La santificación es el resultado y consecuencia inseparable de la regeneración.

l que ha nacido de nuevo y ha sido hecho una nueva criatura, ha recibido una nueva naturaleza y un nuevo principio de vida. La persona que pretende haber sido regenerada y que sin embargo, vive una vida mundana y de pecado, se está engañando a sí misma. El apóstol Juan nos dice claramente que el que “ha nacido de Dios no practica el pecado, ama a su hermano, se guarda a sí mismo y vence al mundo”. (1 Juan 2:29; 3:9–15; 5:4–18 etc.) En otras palabras, si no hay santificación, no hay regeneración; si no se vive una vida santa no hay un nuevo nacimiento.

  1. La santificación constituye la única evidencia cierta de que el Espíritu Santo mora en el creyente.

La presencia del Espíritu Santo en el creyente es esencial para la salvación. “Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de El”. (Romanos 8:9) El Espíritu Santo nunca está inactivo en el alma: siempre da a conocer su presencia por los frutos que produce en el corazón, carácter y vida del creyente. Nos dice el apóstol Pablo: “Mas el fruto del Espíritu es: caridad, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza.” (Gál. 5:22) Allí donde se encuentran estas cosas, allí está el Espíritu; pero donde no se ven estas cosas, es señal segura de muerte espiritual delante de Dios.

  1. La santificación constituye la única evidencia cierta de la elección de Dios.

Los nombres y el número de los elegidos es un secreto que Dios en su sabiduría no ha revelado al hombre. No nos ha sido dado en este mundo el hojear el libro de la vida para ver si nuestros nombres se encuentran en él. Pero hay una cosa plenamente clara en lo que a la elección concierne: los elegidos se conocen y se distinguen por sus vidas santas. Expresamente se nos dice en la Escritura que son “elegidos en santificación del Espíritu”. “Elegidos para salvación por la santificación del Espíritu.” “Predestinados para ser hechos conformes a la imagen de Cristo.” “Escogidos antes de la fundación del mundo para que fúesemos santos.” De ahí que cuando Pablo vio “la obra de fe” y el “trabajo de amor” y “la esperanza” paciente de los creyentes de Tesalónica, podía concluir: “Sabiendo hermanos amados de Dios, vuestra elección.” (1 Pedro 1:2; 2 Tes. 2:13; Rom. 8:29; Efesios 1:4; 1 Tes. 1:3–4)

  1. La santificación es algo que siempre se manifiesta en la vida.

“Cada árbol por su fruto es conocido.” (Lucas 6:44) Tan genuina puede ser la humildad del creyente verdaderamente santificado que puede en sí mismo no ver más que enfermedad y defectos; y al igual que Moisés, cuando descendió del monte, puede no darse cuenta de que su rostro resplandece. Como los justos en el día del juicio final, el creyente verdaderamente santificado creerá que no hay nada en él que merezca las alabanzas de su Maestro. “¿Cuándo te vimos hambriento y te sustentamos?” (Mateo 25:37) Si lo nota o no, lo cierto es que los otros siempre verán en él un tono, un gusto, un carácter y un hábito de vida, completamente distintos a los de los demás hombres. Una luz puede ser muy débil, pero aunque sólo sea una chispita en una habitación oscura se verá. Lo mismo sucede con una persona santificada: su santificación será manifiesta a otros, aunque a veces la persona misma no puede percatarse de ello.

 Romanos 6.11 Así también ustedes, considérense muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús.

Conclusion.

La santificación es algo por lo que el creyente es responsable. Los creyentes no son como las demás personas, no están muertas espiritualmente sino que están vivos para Dios. (Rom. 6:11) Tienen luz, conocimiento, y un nuevo principio en ellos (una disposición que les impulsa hacia la santidad). Si no viven vidas de santidad, ¿de quién es la culpa? ¿A quién podemos culpar, si no a ellos mismos? Dios les ha dado gracia y les ha dado una nueva naturaleza y un nuevo corazón; no tienen pues, excusa alguna para no vivir para su alabanza. Este es un punto que se olvida con mucha frecuencia. Muchos creyentes “contristan al Espíritu Santo” por olvidarse de esto y viven vidas inútiles y desprovistas de consuelo.

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Adaptado de: J.C. Ryle, Caminando con Dios: Un tratado sobre las implicaciones prácticas del cristianismo, trans. Omar Ibáñez Negrete y Thomas R. Montgomery (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 2002), 120-123.

Acerca del autor:
ryle1bJohn C. Ryle (1816-1900), teólogo y pastor anglicano, nació en una familia acomodada ingles. Fue educado en la Universidad de Oxford, donde recibió su bachiller en humanidades, y posteriormente una Maestría y Doctorado. Sirvió como Obispo en Liverpool, Inglaterra, promoviendo un Reforma en la Iglesia Anglicana. Fue contemporáneo con Charles Spurgeon. Escribió numerosas obras en ingles, muchas de las cuales han sido traducida al español. Entre sus obras mas importantes traducidas al español tenemos: Advertencias a las iglesias (2003); Caminando con Dios: Un tratado sobre las implicaciones prácticas del cristianismo (2002); El Aposento Alto: Una recopilación de verdades para estos tiempos (2005); La santidad: Su naturaleza, obstáculos, dificultades y raíces (2013); Seguridad de salvación (2005); Meditaciones sobre los Evangelios: Juan (2004–2005); Meditaciones sobre los Evangelios: Lucas (2002–2004); Meditaciones sobre los Evangelios: Mateo (2001), etc.