Basado: David VanDrunen, Los pactos divinos y el orden moral: Una teología bíblica de la ley natural (Lima, Perú: Teología para Vivir, 2023), 149-184. Ver aquí: https://teologiaparavivir.com/vandrunen-pactos-divinos-y-el-orden-moral/
La historia de Sodoma y Gomorra es una de las narrativas más indelebles sobre el juicio divino. Evoca imágenes de fuego y azufre, un castigo espectacular que, a menudo, se simplifica como la condena por un solo tipo de pecado. Sin embargo, esta visión popular oculta una profundidad moral mucho más compleja.
Un análisis más detenido de estos textos antiguos, específicamente los capítulos 19 y 20 del Génesis, revela una visión sorprendentemente matizada y universal de la moral, la justicia y la condición humana. Pero, ¿y si estas narrativas milenarias, a menudo reducidas a meras fábulas morales, contuvieran en realidad un código universal para la civilización, uno que desafía nuestras cómodas divisiones entre lo sagrado y lo secular?
Acompáñenos a explorar algunas de las lecciones más impactantes y contraintuitivas de estas historias, que nos obligan a cuestionar nuestras suposiciones sobre el bien, el mal y la verdadera base de una sociedad justa.
1. El verdadero pecado de Sodoma: una tóxica mezcla de arrogancia, injusticia y perversión.
Aunque la perversidad sexual es un elemento central en el relato de Sodoma, el texto bíblico la presenta como el síntoma de un colapso moral mucho más amplio y sistémico. El pecado fundamental de la ciudad era un abuso radical de la justicia. De hecho, la primera vez que se menciona el mal de Sodoma es a través de un término judicial: Dios ha escuchado su «clamor» (הקעז), una palabra que en otras partes de las Escrituras describe el grito de los oprimidos, como la sangre de Abel o los israelitas esclavizados en Egipto.
Esta corrupción de la justicia se manifestaba de forma violenta y explícita en su sexualidad. El intento de violación en grupo de los visitantes no era un acto aislado de lujuria, sino la manifestación última de su desprecio por el vulnerable y el extranjero. Era una sexualidad violenta e inherentemente no procreativa, que transgredía el mandato universal de ser fecundos y despreciaba por completo a las mujeres. Su rechazo a la hospitalidad, su burla al llamado de Lot a la hermandad («Hermanos míos…») y su xenofobia al descalificarlo como juez por ser extranjero, todo apuntaba a la misma enfermedad.
La raíz común de ambos males es una actitud de orgullo desmedido, una enfermedad social que disuelve la empatía y la justicia. El análisis teológico lo describe como una «arrogancia egocéntrica».
«Tal vez pueda resumirse como una arrogancia egocéntrica, o como dijo Calvino, una «altivez indomable».»
Esta visión es más inquietante porque el juicio no recayó sobre un solo vicio, sino sobre la desintegración total del tejido social. Un diagnóstico que resuena con fuerza en una era donde el orgullo colectivo y la polarización amenazan con deshacer el tejido social.
2. El sorprendente caso de Gerar: cuando un rey «pagano» demostró más integridad que Abraham.
Inmediatamente después del relato de Sodoma, Génesis 20 presenta un contraste deliberado y sorprendente: la historia de Abraham y Abimelec, el rey de Gerar.
La situación es tensa: Abraham, por miedo a ser asesinado, miente diciendo que su esposa Sara es su hermana. Actúa bajo la suposición de que en Gerar «no hay temor de Dios», esperando lo peor de esta comunidad ajena a su pacto. Sin embargo, la narrativa invierte las expectativas del lector al contrastar el comportamiento de ambos líderes:
- Abraham: Es presentado de forma negativa. Actúa sin fe, repite un error que ya había cometido en Egipto y ofrece excusas débiles cuando es confrontado. Su juicio sobre la moralidad de Gerar es precipitado y completamente erróneo.
- Abimelec: Es presentado de forma positiva. A pesar de ser un «pagano» ajeno al pacto de Abraham, actúa con una integridad notable. Busca la justicia, respeta la santidad del matrimonio y se preocupa genuinamente por el bienestar de su nación. Su apelación a Dios —»Señor, ¿destruirás a una nación aunque sea inocente?»— se asemeja a la intercesión que el propio Abraham hizo por Sodoma.
Esto no convierte a Abimelec en un héroe sin tacha. El propio texto revela sus defectos: una notable ignorancia sobre asuntos clave en su propio reino y los posteriores abusos cometidos por sus siervos. Sin embargo, es precisamente esta imperfección la que agudiza el argumento. Incluso este rey defectuoso, que no era un modelo de rectitud, demostró una mayor integridad civil que el patriarca en este momento crucial.
El relato ilustra el concepto de «gracia común»: la idea de que Dios mantiene un orden moral básico y un testimonio de la ley natural incluso entre aquellos que no forman parte de su pacto redentor.
«El lector encuentra bondad y un agudo sentido de la justicia entre los de afuera […]. El texto funciona con un sentido de la ley natural como parte del orden creado de las cosas que puede ser discernido y observado aparte de la fe.»
Esta historia desafía de manera radical las divisiones simplistas entre «los de adentro» y «los de afuera», o entre «creyentes» y «paganos», demostrando que el comportamiento moral civil no siempre se alinea con la identidad religiosa declarada.
3. «Cosas que no se deben hacer»: la existencia de una ley moral no escrita.
Cuando Abimelec confronta a Abraham, su acusación es reveladora: «Me has hecho cosas que no se deben hacer». Según el análisis del texto, esta frase es crucial porque no apela a una ley local de Gerar ni a una costumbre cultural, sino a una norma moral universal y no escrita que Abraham, como ser humano, debería conocer.
«Como dice Claus Westermann: «Abraham ha transgredido una ordenanza no escrita que existe entre los hombres».»
Este concepto de «ley natural» se basa en una «humanidad común» que todos compartimos. Establece expectativas morales mutuas que trascienden las fronteras culturales y religiosas. Hay acciones, como engañar a alguien para que tome a tu esposa, que son inherentemente incorrectas en cualquier contexto humano.
Si esta «ley natural» es el código moral objetivo que existe entre las naciones, el «temor de Dios» es la disposición interna, la humildad fundamental, que permite a una sociedad reconocer y respetar ese código. La excusa de Abraham fue que creía que en Gerar no existía este temor, pero el texto demuestra que estaba equivocado. Aquí, el «temor de Dios» no se refiere a una devoción religiosa específica, sino a un respeto humano fundamental por la decencia, la justicia y un sentido de responsabilidad moral ante una autoridad superior a uno mismo. Los siervos de Abimelec, que «se atemorizaron en gran manera», y las parteras egipcias que desobedecieron al Faraón para salvar a los bebés hebreos, son otros ejemplos de personas «fuera del pacto» que demostraron este tipo de «temor de Dios».
Conclusión: Lecciones Antiguas para un Mundo Moderno
Lejos de ser simples relatos de condenación, estas narrativas del Génesis emergen como una meditación sofisticada sobre una moralidad universal. Revelan que el colapso de una sociedad no se gesta en un solo vicio, sino en la arrogancia que disuelve la justicia y corrompe las relaciones humanas. Al mismo tiempo, demuestran que la integridad y la decencia no son exclusivas de ningún grupo religioso o cultural.
La verdadera prueba de una sociedad no es su piedad declarada, sino su adhesión a estas «cosas que no se deben hacer» y su trato hacia los vulnerables y los extranjeros. La humildad, la justicia y el reconocimiento de una humanidad compartida emergen como los pilares de una civilización, mientras que el orgullo es la antesala de su destrucción.
Si un rey ajeno al pacto pudo encarnar la justicia mientras que un patriarca fallaba, y si una ciudad en apariencia normal podía pudrirse por dentro, ¿cómo nos obliga esto a reevaluar dónde buscamos la verdadera integridad en nuestro mundo hoy?
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