La Tentación que Dios usa.

Algunas veces la Biblia usa la palabra “tentación” para significar una prueba o un examen. Abraham fue probado por Dios (vea Gen. 22:1) y en una forma u otra, todos los creyentes están sujetos a pruebas y tentaciones. Hay que notar dos puntos importantes acerca de dichas pruebas.

I. Primero: El propósito de Dios en enviarnos pruebas.

A. Las pruebas ayudan al creyente a conocer el estado de su salud espiritual.

A veces, la experiencia de una prueba enseñará al creyente las gracias espirituales que Dios está produciendo en su vida. La prueba que Dios le envió a Abraham demostró la fortaleza de su fe. A veces la prueba le mostrará al creyente las maldades de su corazón de las cuales no estaba consciente. Dios probó a Ezequías para revelarle el orgullo que había en su corazón (2 Cron. 32:31). A veces los creyentes necesitan ser animados viendo las gracias espirituales que Dios está obrando en sus vidas. A veces los creyentes necesitan ser humillados aprendiendo acerca de la maldad oculta de sus corazones. Dios cumple ambos propósitos a través del uso de pruebas adecuadas.

B. Las pruebas ayudan al creyente a conocer más acerca de Dios.

1)   Solamente Dios puede guardar al creyente de caer en el pecado. Antes de que seamos tentados, pensamos que podemos manejar cualquier tentación con nuestras propias fuerzas. Pedro pensaba que jamás negaría a su Señor. La tentación le mostró que sí era capaz de hacerlo. (Mat. 26:33–35, 69–75).

2)   Cuando hemos aprendido nuestra debilidad y el poder de la tentación, entonces estamos listos para descubrir el poder de la gracia de Dios. Esta es la gran lección en que el apóstol Pablo fue enseñado por medio de “su aguijón en la carne” (2 Cor. 12:7–10).

II. Segundo: Dios tiene muchas maneras para probar a su pueblo.

Dios prueba a cada creyente en una manera muy personal. En seguida daremos tres ejemplos de los métodos que Dios usa en ocasiones para probar a su pueblo:

A. Los prueba encomendándoles deberes que sobrepasan sus recursos.

El apóstol Pablo se refiere a esta clase de prueba cuando escribe: “Pues fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas…” (2 Cor. 1:8). Esta fue una prueba que Dios usó para enseñar a Pablo lo que él dice: “Para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos” (2 Cor. 1:9). Los creyentes no deberían estar sorprendidos ni desmayados si Dios les encomienda una tarea que pareciera ser demasiado grande para ellos. En esta manera Dios prueba a los creyentes para hacerles ver si su fe en el poder divino es fuerte o débil.

B. Dios prueba a los creyentes permitiendo que sufran por su fe.

Algunas veces el sufrimiento es muy severo, aún hasta el punto de la muerte (por ejemplo el martirio). Tal clase de sufrimiento es una prueba la cual la mayoría de los creyentes temen. Sin embargo, muchos creyentes han encontrado que en forma inesperada les fue concedida la fortaleza para ser torturados y aún para morir por Cristo. Todos los creyentes son llamados a sufrir de alguna forma u otra (Fil. 1:29 y 1 Ped. 2:21). Tales sufrimientos son llamados por el apóstol Pedro como “la prueba de vuestra fe” (1 Ped. 1:7).

C. Dios prueba a los creyentes permitiendo que se encuentren con maestros falsos y enseñanzas falsas.

En esta manera Dios pone a prueba la lealtad y el amor del creyente hacia El. (Deut. 13 es un buen ejemplo de esta clase de prueba.) Estos son tres ejemplos de la variedad de métodos que Dios usa para probar a su pueblo. Esta clase de prueba que Dios usa siempre tiene la intención de hacer bien a su pueblo. Estamos listos ahora para ver la clase de tentación que Satanás usa.

La tentación usada por Satanás con el propósito de lograr que la persona peque

Ambas clases de tentación contienen la idea de poner a prueba. ¡La tentación siempre es una prueba! En la clase de tentación intentada por Satanás, el punto que tenemos que recordar es el propósito de la prueba. La tentación de esta clase es una prueba diseñada para conducir a la persona a pecar. Dios nunca es el autor de este tipo de tentaciones (Stg. 1:13). Esta es la clase de tentación que el Señor tenía en mente cuando advirtió a sus discípulos. Esta es la clase de tentación acerca de la cual estudiaremos en este libro. La Biblia enseña que hay tres causas principales para este tipo de tentación. A veces estas causas obran juntas y a veces separadamente:

I. Primero: El diablo como el tentador.

Dos veces en el Nuevo Testamento el diablo o Satanás es llamado “el tentador”. (Mat. 4:3; 1 Tes. 3:5). A veces el diablo tentará al creyente a pecar introduciendo pensamientos malos o blasfemos en su mente. A veces existe la tentación de dudar de la realidad de Dios o de la veracidad de su Palabra. Esta tentación frecuentemente surge por medio de malos pensamientos mandados por el diablo a la mente del creyente. Tentaciones de esta clase son llamadas “los dardos de fuego del maligno” (Ef. 6:16). El creyente no es culpable de pecado por el mero hecho de tener tales pensamientos. El creyente solamente es culpable de pecado si cree estos pensamientos. Frecuentemente el diablo tienta usando dos de los siguientes métodos:

II. Segundo: El mundo (incluso la gente mundana) como un tentador.

El pescador usa como anzuelo un gusano sabroso para atraer al pez. En la misma forma, a menudo el diablo usa el anzuelo de alguna atracción del mundo para persuadir a la persona a pecar. El diablo, cuando tentó a Cristo usó los reinos de este mundo como su anzuelo. Fue una sirvienta quien tentó a Pedro para que negara a su Señor (Mat. 26:69). El mundo con todas sus cosas y su gente es una fuente constante de tentación para los creyentes.

III. Tercero:    La carne (los deseos egoístas) como un tentador.

A veces el diablo obra a través de los deseos egoístas para tentar a la persona. El diablo tentó a Judas a traicionar al Señor usando tanto la ayuda del mundo (los fariseos y treinta monedas de plata Luc. 22:1–6) como la naturaleza codiciosa de Judas mismo. En las palabras de Santiago: “Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.” (Stg. 1:14)

La clase de tentación usada por el diablo es siempre un intento de persuadir de alguna forma a la persona a pecar. Tales tentaciones tienen como su meta principal persuadir a la persona a pecar en alguna o en todas las siguientes maneras: 1) por el descuido de algún deber que Dios le ha encomendado, 2) por guardar malos pensamientos en su corazón y permitir que los pensamientos ya concebidos den a luz el pecado, 3) por permitir que Satanás le distraiga de alguna manera de su comunión con Dios o 4) por fallar en dar a Dios la obediencia constante, completa y universal a todos sus mandamientos incluyendo la manera en la cual la obediencia es rendida. [1]

 

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Acerca del autor:

john_owen_by_john_greenhillJohn Owen (1616-1683), es conocido como “El Príncipe de los Puritanos”, nació en Stadham, cerca a Oxford, Inglaterra. Desde una edad muy temprana mostro dotes espirituales e intelectuales singulares. Realizo estudios en la Universidad de Oxford, donde a los doce años comenzó a estudiar Teología, Filosofía, Matemáticas, Estudios Clásicos y Hebreo. Se dice que en su época adolescente estudiaba alrededor de 18 horas al día. John Owen es considerado por muchos como el mas grande teólogo de habla inglesa que jamás haya vivido, siendo igualado quizá solamente por Jonathan Edwards. Sin duda, Owen representa lo mas selecto y erudito del pensamiento puritano. Sin embargo, la influencia de Owen no fue solamente en el campo intelectual, estuvo también involucrado en el parlamento ingles, fue consejero de Oliver Cromwell, etc. La influencia de la teología y vida de John Owen es sin parangón en toda la era puritana. Sus escritos están profundamente enraizados en la verdad de las Escrituras. Entre sus obras mas conocidas están “Comunión con el Dios Trino”, “La muerte de la muerte en la muerte de Cristo”, “La Mortificación del Pecado”, “Comentario a Hebreos (8 volúmenes)”, “Teología Bíblica: La Historia de la Teología desde Adán a Cristo”,entre muchos otros.

[1] Adaptado de: John Owen, “Of Temptation”, in The Works of John Owen, ed. William H. Goold, vol. 6 (Edinburgh: T&T Clark, n.d.), 92-95