Dios y el Espíritu Santo

¿Quién es el Espíritu Santo?, por Michael Horton

La película de 2014 titulada El cielo es real, basada en el libro del mismo nombre, escrito por Todd Burpo, el cual ocupó el primer lugar entre los éxitos de venta del New York Timesdurante cuarenta semanas consecutivas, relata una presunta vislumbre del cielo durante una operación quirúrgica de emergencia. Describe en detalle a sus abuelos ya fallecidos. También a Jesús. Colton, el niño, sentado en su regazo, descubre que Jesús —con unos ojos «de color azul verdoso»— tiene un caballo con los colores del arco iris. Hasta Gabriel es descrito a todo color, junto con Dios Padre (también con ojos azules), al parecer una versión más grande del famoso ángel. En cambio, el Espíritu Santo era «medio azul».

«Medio azul, pero difícil de ver»: esa descripción bien podría ser una manera adecuada de comenzar nuestra exploración. ¿Quién es exactamente esa tercera persona de la Trinidad? ¿Por qué parece poseer menos realidad, o al menos una cantidad menor de rasgos descriptivos, que el Padre y el Hijo? ¿Es esto solo un problema en la cultura popular, y por ende, en las iglesias que han ayudado a darle forma? ¿O es el perfil del Espíritu algo borroso dentro de la fe y la práctica más amplias del cristianismo convencional? Según el teólogo puritano John Owen, nosotros disfrutamos de una «comunión diferente con cada persona de la Trinidad», y esto incluye al Espíritu Santo.1Ahora bien, ¿es esto así, o es que tenemos la tendencia a pensar en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo como una sola persona con tres nombres o «rostros» diferentes? Tal vez pensemos que el Espíritu Santo es una fuerza o energía divina a la cual nos podemos «conectar» para conseguir poder espiritual. O como el lado más bondadoso y gentil de Dios, el más delicado. ¿Pero una persona, de hecho, una persona distinta dentro de la Divinidad?

¿Es el Espíritu Santo la persona olvidada de la Trinidad?

Siempre es un buen momento para reflexionar constantemente sobre la persona y la obra del Espíritu Santo, reflexión que es conocida técnicamente como pneumatología. Sin embargo, esto es especialmente adecuado para nuestro clima contemporáneo. «Hasta hace poco», observa Veli-Matti Kärkkäinen, «era cosa acostumbrada introducir los tratados de Pneumatología con una lamentación sobre el descuido del Espíritu». No obstante, «uno de los desarrollos más emocionantes de la teología ha sido un interés sin precedentes en el Espíritu Santo».2Este interés ha alcanzado diversas tradiciones. Como en el caso del interés renovado en la teología trinitaria, más general, hay oportunidades, tanto para el descubrimiento, como para la distorsión. En los últimos años abundan las percepciones cruciales procedentes de una notable variedad de tradiciones cristianas, junto con las críticas (a veces exageradas) sobre un descuido ostensible del Espíritu a lo largo de los amplios senderos de la historia cristiana, con sus consiguientes correcciones excesivas.

La teología debe alcanzar las normas académicas (legítimas) más elevadas, pero en última instancia, se hace para la Iglesia, y no para el ambiente académico. Y parece ser bastante evidente que en nuestras iglesias hay una seria polarización con respecto al Espíritu Santo. En una reacción contra los movimientos pentecostales/carismáticos, algunos cristianos se muestran desconfiados con respecto al tema. Muchos de nosotros aún recordamos al «Holy Ghost» («el Fantasma Santo») de la antigua versión inglesa del rey Jaime. En la mente de la mayoría de las personas modernas, la idea de un fantasma está más asociada con la Víspera de Todos los Santos (conocida también como «Halloween»), que con el domingo de Pentecostés. Especialmente en nuestros tiempos, se considera al Espíritu Santo (cuando se le toma en serio) como el miembro «fantasmagórico» de la Trinidad. Si estás metido en esta clase de cosas, es decir, lo paranormal y sensacional, entonces el Espíritu Santo es para ti.

Quiero desafiar esta asociación del Espíritu simplemente con lo extraordinario. Es lamentable en todos los sentidos, porque distingue su obra de una manera demasiado tajante, de la obra del Padre y del Hijo, y también porque nos distrae de la amplia gama de sus actividades en nuestro mundo y en nuestra vida. En ambos lados de la divisoria pentecostal, tratamos con demasiada facilidad al Espíritu Santo como un procurador dedicado a las cosas «extra» del cristianismo. Seguro, tenemos al Padre y al Hijo, pero también necesitamos al Espíritu Santo. Habrás sido redimido, ¿pero estás bautizado en el Espíritu? La Palabra es vital, pero no debemos olvidar al Espíritu. La doctrina es importante, pero también está la experiencia.

Como consecuencia, el Espíritu queda relegado a papeles predecibles, la mayoría de ellos breves actuaciones esporádicas, en especial tomadas del libro de los Hechos, que provocan debates sobre si debemos esperar hoy las mismas señales y los mismos prodigios. Pensamos en él cuando estamos hablando acerca de la regeneración y la santificación, y cuando estamos discutiendo acerca de sus dones más controvertidos. De no ser así, lo ignoramos completamente, puesto que se considera que los dones extraordinarios ya no están en operación.

¿De que manera se conecta el obrar del Espíritu con la obra de Dios?

Al mismo tiempo, el teólogo pentecostal Frank Macchia observa: «A pesar de todo lo que hablan acerca de la importancia de la Pneumatología, los pentecostales aún tienen que formular su estrecho interés pneumatológico en el poder carismático/misionero dentro de un marco pneumatológico más amplio».3En este punto, la mayor diferencia se encuentra en lo que uno piensa de estas cosas «extraordinarias», su centralidad y la continuación de su papel dentro de la vida de la Iglesia.

Los debates sobre las manifestaciones y los prodigios han hecho más estrecho el repertorio del Espíritu. El papel del Espíritu Santo en nuestra fe y práctica se reduce hasta el extremo de asociarlo de forma exclusiva con aquello que es espectacular, sin mediaciones, espontáneo e informal. Cuando esto sucede, nos contentamos con facilidad por una falsa decisión entre el formalismo y el entusiasmo. Y cuando su importancia se reduce a la experiencia interna del individuo, nos perdemos algunos de los rasgos más interesantes y esenciales de su persona y de su obra.

Aunque se trate de una generalización, el teólogo benedictino Kilian McDonnell presenta bien este asunto:

Tanto en el protestantismo como en el catolicismo, la doctrina sobre el Espíritu Santo, o Pneumatología, tiene que ver mayormente con la experiencia privada, no con la pública. En el protestantismo, el interés por la Pneumatología ha estado mayormente en el pietismo, donde es una función de interioridad e introspección. En el catolicismo romano, su expresión dominante ha estado en libros sobre la espiritualidad, o sobre la renovación carismática, o cuando se ha hablado de los elementos estructurales de la Iglesia. En el occidente, pensamos esencialmente en función de categorías cristológicas, con el Espíritu Santo como un elemento extra, una añadidura, una «falsa» ventana destinada a darle simetría y equilibrio al diseño teológico. Edificamos nuestras grandes construcciones teológicas con unas categorías constitutivas cristológicas, y después, en un segundo momento no fundamental, decoramos el sistema ya construido con pequeños adornos pneumatológicos, un poco de oropel del Espíritu.4

De manera similar, Abraham Kuyper se lamentaba a fines del siglo xix diciendo:

«Aunque honramos al Padre y creemos en el Hijo, ¡cuán escasamente vivimos en el Espíritu Santo! Hasta nos parece a veces que para nuestra santificación solamente se ha añadido el Espíritu Santo a la gran obra redentora de forma accidental».5

Si el Espíritu es frecuentemente un aditamento dentro de nuestra teología, no es de sorprendernos que veamos a veces que se relegue sutilmente al Espíritu en nuestras oraciones, nuestra comunicación verbal, nuestra alabanza y otros aspectos de la piedad diaria. Es evidente que el Padre es Dios, y los protestantes fieles han batallado poderosamente a favor de la divinidad plena del Hijo. En cambio, es fácil ver al Espíritu simplemente como un facilitador de nuestra relación con el Padre y con el Hijo. Ahora bien, ¿es el Espíritu Santo plenamente Dios en el mismo sentido que el Padre y el Hijo? ¿Nos señala alguna vez el Credo Niceno que nos detengamos cuando decimos que el Espíritu, «con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria»? Si la tendencia de algunos consiste en ver al Hijo como inferior al Padre, entonces seguramente, podrán ver con facilidad a la tercerapersona como más baja aún en la escala divina.

Aun sin llegar a estos errores, usualmente implícitos, podemos estar trayendo a cuento al Espíritu demasiado tarde. Uno de mis intereses centrales en estos capítulos es el de explorar el papel distintivo del Espíritu en todas las obras externas de la Divinidad. El Espíritu, ni es «tímido» ni opera por su cuenta; su obra no es un simple suplemento de la obra creadora y redentora del Padre en el Hijo, sino que es integral dentro del drama divino desde el principio hasta el fin. En resumen, quiero ampliar nuestra visión sobre la obra del Espíritu.

Conclusión.

El Padre es la fuente del Hijo y del Espíritu, y de todo lo bueno que hay en la creación y la redención. Cristo es el personaje protagonista del drama bíblico, el Alfa y la Omega, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, desde la creación hasta la consumación. «Todo ha sido creado por medio de él y para él» (Colosenses 1.16; cf. Juan 1.3, 10; 1 Corintios 8.6; Hebreos 1.2). Y sin embargo, el Espíritu es presentado también en el segundo versículo de la Biblia, desempeñando su propio papel distintivo en la creación. No podemos hablar siquiera de la persona y la obra de Cristo separadas del papel del Espíritu en su encarnación, ministerio y milagros, obediencia, muerte y resurrección. La obra del Espíritu no se puede presentar por vez primera bajo «la aplicación de la redención». Toda doctrina auténticamente bíblica sobre la creación, la providencia, la persona y la obra de Cristo, las Escrituras, la predicación, los sacramentos, la Iglesia y la escatología, debe incluir un sólido recuento de la actuación del Espíritu.

Adaptado de: Michael Horton, “Introduccion”, en Redescubrir El Espíritu Santo: La Presencia Perfeccionadora de Dios En La Creación, La Redención Y La Vida Diaria(Grand Rapids, MI: Vida, 2017).

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Sobre el autor:

Michael Horton (1964-) 

Michael-Horton_1B.A. Biola University,M.A. Westminster Seminary California, Ph.D. Oxford University,Ph.D. Yale University. 

Michael Horton es uno de los mas importantes teólogos evangélicos de la actualidad. Es profesor de teología sistemática en Westminster Seminary California, y desde 1998 ha trabajado como el editor principal de Modern Reformationy de The White Horse Inn.Ha escrito muchos libros entre los que se tienen: Covenant & Salvation: Union with Christ(2007), Christless Christianity: The Alternative Gospel of the American Church(2008), People and Place: A Covenant Ecclesiology(2008; 2009 Christianity Today Book Award in Theology/Ethics), Too Good to be True: Finding Hope in a World of Hype(2009), God of Promise: Introducing Covenant Theology (2009), The Gospel-Driven Life: Being Good News People in a Bad News World(2009), The Christian Faith: A Systematic Theology for Pilgrims on the Way(2011), Pilgrim Theology: Core Doctrine for Christian Disciples(2011), For Calvinism, with Maurice England (2011), The Gospel Commission(2012),Calvin on the Christian Life: Glorifying and Enjoying God Forever, Theologians on the Christian Life, 2014, Justification (2 Vols), New Studies in Dogmatics, (2018),entre muchos otros.

Notas:

1John Owen, Communion with the Triune God, ed. Kelly M. Kapic y Justin Taylor (Wheaton, IL: Crossway, 2007), p. 95.

2Veli-Matti Kärkkäinen, Holy Spirit and Salvation: The Sources of Christian Theology, ed. Veli-Matti Kärkkäinen (Louisville: Westminster John Knox, 2010), p. xi.

3Frank D. Macchia, Baptized in the Spirit: A Global Pentecostal Theology(Grand Rapids: Zondervan, 2006), p. 18.

4Citado por Veli-Matti Kärkkäinen, The Holy Spirit: A Guide to Christian Theology(Louisville: Westminster John Knox, 2004), de Killian McDonnell, “The Determinative Doctrine of the Holy Spirit», Theology Today39.2 (1982): p. 142.

5Abraham Kuyper, The Work of the Holy Spirit, trad. al inglés, Henri De Vries (Nueva York: Funk & Wagnalls, 1900; reimp., Grand Rapids: Eerdmans, 1979), p. xii.

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