Efesios 2.19–22 Así pues, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino que son conciudadanos de los santos y son de la familia de Dios.  Están edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular, en quien todo el edificio, bien ajustado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor. En Cristo también ustedes son juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.

La Iglesia (en griego, ekklesía, que significa “asamblea”) existe en Jesucristo, por Jesucristo y gracias a Jesucristo. Por eso es una realidad distintiva del Nuevo Testamento. Sin embargo, al mismo tiempo constituye una continuación de Israel, la simiente de Abraham, el pueblo del pacto con Dios de los tiempos del Antiguo Testamento, por medio de una nueva fase de la historia redentora. Las diferencias entre la Iglesia e Israel se hallan enraizadas en la novedad del pacto por medio del cual Dios y su pueblo están unidos entre sí. El nuevo pacto bajo el cual vive la Iglesia (1 Corintios 11:25; Hebreos 8:7–13) es una nueva forma de la relación por medio de la cual Dios le dice a una comunidad escogida: “Os tomaré por mi pueblo, y seré vuestro Dios” (Éxodo 6:7; Jeremías 31:33). Tanto la continuidad como la discontinuidad entre Israel y la Iglesia reflejan este cambio en la forma del pacto, que tuvo lugar al venir Cristo.

1 Corintios 11.25 De la misma manera tomó también la copa después de haber cenado, diciendo: “Esta copa es el nuevo pacto en Mi sangre; hagan esto cuantas veces la beban en memoria de Mí.”

¿Cuáles son las características de la Iglesia en el Nuevo Pacto?

Los nuevos rasgos del nuevo pacto son los siguientes:

  1. En primer lugar, la mediación de Jesús, el Dios-hombre crucificado, resucitado y reinante supera a los sacerdotes, los sacrificios y el santuario del Antiguo Testamento (Hebreos 1–10); en Él, los creyentes encuentran ahora su identidad como simiente de Abraham y pueblo de Dios (gálatas 3:29; 1 Pedro 2:4–10).
  2. En segundo lugar, el exclusivismo tanto sobre cada cristiano, como sobre la Iglesia, de manera que la comunión con Cristo (1 Juan 1:3), el ministerio que procede de Cristo (Juan 12:32; 14:18; Efesios 2:17) y el anticipo del cielo (2 Corintios 1:22; Efesios 1:14) se convierten en realidades dentro de la experiencia de la Iglesia. La incredulidad de la mayoría de los del pacto antiguo (Deuteronomio 7:6; Salmo 147:19–20) es reemplazado por la inclusión en Cristo de creyentes de todas las naciones en igualdad de términos (Efesios 2–3; Apocalipsis 5:9–10).
  3. En tercer lugar, el Espíritu es derramo sobre gentiles y judíos (Romanos 9–11), esto condujo a una situación descrita por Pablo como que Dios estaba desgajando las ramas naturales de su olivo (la comunidad histórica del pacto) y reemplazándolas con ramas del olivo silvestre (Romanos 11:17–24). El carácter predominantemente gentil que tiene la Iglesia no se debe a los términos del nuevo pacto, sino al hecho de que los judíos los rechazaran, y Pablo enseñó que esto sería revocado algún día (Romanos 11:15, 23–31).

Romanos 11.30–32 Pues así como ustedes en otro tiempo fueron desobedientes a Dios, pero ahora se les ha mostrado misericordia por razón de la desobediencia de ellos,  así también ahora éstos han sido desobedientes, para que por la misericordia mostrada a ustedes, también a ellos ahora les sea mostrada misericordia.  Porque Dios ha encerrado a todos en desobediencia para mostrar misericordia a todos.

¿Cómo define el Nuevo Testamento a la Iglesia?

El Nuevo Testamento define a la Iglesia en función del cumplimiento de las esperanzas y las pautas del Antiguo Testamento por medio de una relación con las tres Personas de la Trinidad divina, producida por el ministerio mediador de Jesucristo. La Iglesia es vista como la familia y el rebaño de Dios (Efesios 2:18; 3:15; 4:6; Juan 10:16; 1 Pedro 5:2–4), su Israel (Gálatas 6:16); el Cuerpo y la Esposa de Cristo (Efesios 1:22–23; 5:25–28; Apocalipsis 19:7; 21:2, 9–27); y el templo del Espíritu Santo (1 Corintios 3:16; cf. Efesios 2:19–22) Los que forman la Iglesia son llamados los “elegidos” (escogidos), los “santos” (consagrados, apartados para Dios) y los “hermanos” (hijos adoptivos de Dios).

En esencia, la Iglesia es, era y siempre será una sola comunidad de adoración, reunida de manera permanente en el santuario verdadero que es la Jerusalén celestial (gálatas 4:26; Hebreos 12:22–24), el lugar de la presencia de Dios. Aquí adoran continuamente todos los que están vivos en Cristo, los que tienen vida física con los que ya no la tienen (es decir, la Iglesia militante y la Iglesia triunfante). En cambio, en el mundo, esta Iglesia única se presenta bajo la forma de congregaciones locales, cada una de ellas llamada a realizar el papel de constituir un microcosmos (una muestra representativa en pequeña escala) de la Iglesia en su conjunto. Esto explica cómo es posible que para Pablo la Iglesia universal sea el cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:12–26; Efesios 1:22–23; 3:6; 4:4), y también lo sea la congregación local (1 Corintios 12:27).

Se acostumbra a caracterizar a la Iglesia en la tierra como “una” (porque en realidad lo es en Cristo, como lo indica Efesios 4:3–6, a pesar del gran número de iglesias locales y agrupaciones en denominaciones), “santa” (porque está consagrada a Dios en sentido corporativo, como lo está cada cristiano individualmente, Efesios 2:21), “católica” (porque es mundial en su extensión, y trata de mantener la plenitud de la fe) y “apostólica” (porque se halla fundada sobre las enseñanzas de los apóstoles, Efesios 2:20). Se pueden ilustrar estas cuatro características a partir de Efesios 2:19–22.

¿Cómo se diferencia la Iglesia visible de la Iglesia invisible?

Debemos hacer una distinción entre la Iglesia tal como la vemos los humanos, y tal como sólo Dios la puede ver. Ésta es la distinción histórica entre la “Iglesia visible” y la “Iglesia invisible”. Invisible no significa que no podamos ver señal alguna de su presencia, sino que no podemos saber (como lo sabe Dios, que lee en los corazones, 2 Timoteo 2:19) cuáles de los que son miembros bautizados y profesos de la Iglesia como institución organizada han sido regenerados internamente, y de esta forma pertenecen a la Iglesia como comunión espiritual de pecadores que aman a su Salvador. Jesús enseñó que en la Iglesia organizada siempre habría quienes se considerarían cristianos y pasarían por cristianos, e incluso algunos de ellos llegarían a ser ministros, pero que no estarían renovados en su corazón, y por tanto, serían descubiertos y rechazados en el Juicio (Mateo 7:15–27; 13:24–30, 36–43, 47–50; 25:1–46). La distinción entre “visible” e “invisible” es hecha para tener esto presente. No se trata de que haya dos Iglesias, sino de que es normal que la comunidad visible contenga cristianos de imitación de los cuales Dios sabe que no lo son en realidad (y que si quisieran, lo podrían saber también ellos mismos: 2 Corintios 13:5).

El Nuevo Testamento da por supuesto que todos los cristianos van a compartir la vida de una iglesia local, reuniéndose con ella para adorar (Hebreos 10:25), aceptando su enseñanza y disciplina (Mateo 18:15–20; Gálatas 6:1) y compartiendo su labor de testimonio. Los cristianos desobedecen a Dios y se empobrecen a sí mismos cuando se niegan a unirse con otros creyentes, existiendo una congregación local a la cual ellos pueden pertenecer.

Hebreos 10.25 “No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca.”

Conclusión.

Dios no prescribe la realización del culto cristiano de una manera tan detallada como en los tiempos del Antiguo Testamento, pero el Nuevo Testamento indica con claridad que los ingredientes básicos de la adoración corporativa cristiana son la alabanza (“salmos, himnos y cánticos espirituales”, Efesios 5:19), la oración y la predicación, con la distribución periódica de la Santa Cena (Hechos 20:7–11). Es evidente que el canto de alabanzas a Dios era algo importante en la Iglesia apostólica, como lo ha sido desde entonces en todos los movimientos de poder espiritual: Pablo y Bernabé, además de orar (en voz alta), cantaban himnos en la prisión de Filipos (Hechos 16:25), y el Nuevo Testamento contiene una serie de pasajes que parecen ser fragmentos de himnos (Efesios 5:14; Filipenses 2:6–11; 1 Timoteo 3:16 y otros), al mismo tiempo que los “cánticos nuevos” del Apocalipsis son numerosos y exuberantes hasta el éxtasis (Apocalipsis 4:8, 11; 5:9–10, 12–13; 7:10, 12; 11:15, 17–18; 12:10–12; 15:3–4; 19:1–8; 21:3–4). Toda iglesia local, dondequiera que se encuentre, que esté espiritualmente viva, sin duda alguna se tomará muy en serio su canto, su oración y su predicación, y los protegerá con gran celo a los tres.

Por J.I. Packer.

Tomado de: J. I. Packer, Teologı́a Concisa: Una Guı́a a Las Creencias Del Cristianismo Histórico (Miami, FL: Editorial Unilit, 1998), 206–210.

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Acerca del autor:

pic_full_packer_jiJames Innell Packer, J.I. Packer(1926-), es un teologo ingles, perteneciente a la Iglesia Anglicana. Ha servido como profesor de Teologia en ‘Regent College’ en Canada. Es considerado como uno de los Teologos de mayor influencia en el siglo XX, y quizá de todos los tiempos. Realizo estudios en la Universidad de Oxford (MA, PhD). Fue profesor de Griego en el Seminario anglicano ‘Oak Hill’ en Londres, antes de ser profesor en ‘Regents’. Ha escrito decenas de libros entre los cuales se cuenta: “Una búsqueda de la piedad: La vision puritana de la vida cristiana”, “Conociendo a Dios”, “La vida en el Espíritu”, “Afirmado el credo de los Apóstoles”, entre muchos otros.