Cuando Jesús entró en Jerusalén, la gente extendió sus mantos en el camino ante él y le aclamaron como el rey que venía en nombre de la casa de David. En aquella época y cultura, ese tipo de desfile era algo normal: un rey entraba de manera pública en una ciudad cabalgando, y las multitudes lo vitoreaban. No obstante, Jesús se apartó de lo establecido a propósito e hizo algo muy diferente. En lugar de ir sobre un caballo de guerra fuerte, como el que hubiese utilizado un rey, montó sobre un pollino o burro pequeño. De este modo, Jesús mostraba que era Aquel del que Zacarías había profetizado, el gran Mesías que había de venir:

Zacarías 9.9 ¡Regocíjate sobremanera, hija de Sion! ¡Da voces de júbilo, hija de Jerusalén! Tu Rey viene a ti, Justo y dotado de salvación, Humilde, montado en un asno, En un pollino, hijo de asna.

Jesús: ¿Cordero o León?

Esta extraña yuxtaposición demuestra que Jesús era Rey, pero que no encajaba en la categoría de monarquía tal y como la entendemos. Unió la majestad con la mansedumbre. En 1738, Jonathan Edwards escribió uno de los mejores sermones que se han predicado nunca y se titula “La Excelencia de Cristo”. Una de las visiones de Juan que de verdad atrajo el interés de Edwards aparece en Apocalipsis 5:5–6a: “Entonces uno de los ancianos me dijo: “No llores; mira, el León de la tribu de Judá, la Raíz de David, ha vencido para abrir el libro y sus siete sellos.” Miré, y vi entre el trono (con los cuatro seres vivientes) y los ancianos, a un Cordero, de pie, como inmolado.” A Juan se le dice que busque a un león, pero lo que encuentra en medio del trono es un cordero. Edwards escribe:

El león destaca por la fuerza y la majestad de su apariencia y su voz. El cordero destaca por su mansedumbre y paciencia […] es sacrificado para conseguir comida […] y […] ropa. Pero vemos que Cristo, en este pasaje, se compara con ambos, ya que en Él las excelencias de ambos se encuentran de forma maravillosa […]. En Jesucristo vemos […] una unión de excelencias muy diferentes, excelencias que parecen incompatibles y por eso es increíble encontrarlas en el mismo sujeto […].[1]

Edwards continúa con una lista detallada de todas las maneras en las que Jesús combina los rasgos de carácter que consideraríamos incompatibles. En Jesús encontramos la majestad infinita junto a una humildad total, la justicia perfecta justo a una gracia sin límites, la soberanía absoluta junto a una sumisión total, una clara suficiencia junto a una plena confianza en Dios y una total dependencia de Dios.

Pero en Jesús esta mezcla de características opuestas no lleva a una crisis mental y emocional. La personalidad de Jesús es un todo completo, hermoso. Observa cómo este Rey poderoso, montado sobre un pequeño burro, entra en Jerusalén y se enfrenta a lo que allí se encuentra.

La limpieza del templo.

Cuando Jesús llegó a Jerusalén, entró en el templo, y las cosas se complicaron un poco. Marcos narra:

Jesús entró en Jerusalén y fue al templo. Después de observarlo todo, como ya era tarde, salió para Betania con los doce. Al día siguiente […] llegaron, pues, a Jerusalén. Jesús entró en el templo y comenzó a echar de allí a los que compraban y vendían. Volcó las mesas de los que cambiaban dinero y los puestos de los que vendían palomas, y no permitía que nadie atravesara el templo llevando mercancías. También les enseñaba con estas palabras: «¿No está escrito: “Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones?” Pero vosotros la habéis convertido en “cueva de ladrones”.» Los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley lo oyeron y comenzaron a buscar la manera de matarlo, pues le temían, ya que toda la gente se maravillaba de sus enseñanzas. (Marcos 11:11–12, 15–18)

Marcos menciona que Jesús “entró en el templo”. ¿Por qué es esto importante? Cuando entrabas por la puerta del templo, la primera zona a la que llegabas era el patio de los gentiles, la ethne o “naciones”. Esta era la única parte a la que las personas no judías podían entrar. Era la zona más grande del templo y tenías que pasar por allí para llegar al resto. Todas las actividades comerciales tenían lugar allí. ¡Y vaya si había actividad! Cuando Jesús entró, lo primero que debió ver fue una gran multitud de personas comprando y vendiendo animales en docenas de puestos y cambiando monedas en las mesas de los cambistas. Miles de personas peregrinaban a Jerusalén y traían y compraban animales para los sacrificios. El antiguo historiador Josefo nos dice que un año, durante la semana de la Pascua, se compraron, vendieron y sacrificaron 255.000 corderos en los atrios del templo.[2] Piensa en todo el gentío, el ruido y la confusión que hay en nuestros centros de transacciones, y eso que no hay ganado. Y este era el lugar donde se suponía que los gentiles podían encontrar a Dios a través de la reflexión y la oración.

La reacción de Jesús a todo esto es comenzar a volcar todo el mobiliario. Imagina a los líderes corriendo hacia él llenos de pánico: “¿Qué está pasando? ¿Por qué estás haciendo esto?” Entonces Jesús cita al profeta Isaías como respuesta: “Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones”, es decir, para los gentiles. Se nos dice que su declaración asombró a los que la escucharon. ¿Por qué? La creencia popular era que cuando apareciese el Mesías, expulsaría a los extranjeros del templo. En lugar de eso, Jesús está despejando el templo en favor de los gentiles; actúa como su defensor.[3] Es fácil que lo que hizo Jesús guste en una sociedad multicultural como la nuestra. Sin embargo, lo que hizo era aún más subversivo. Jesús estaba desafiando el sistema de sacrificios y diciendo que los gentiles, los paganos y gentiles inmundos podían acudir a Dios ahora de manera directa en oración. Esto era increíble porque el pueblo conocía la historia del tabernáculo y del templo.

El templo y el huerto del Edén.

La historia del templo se remonta hasta el Huerto del Edén. Este huerto primigenio era un santuario; era el lugar donde moraba la presencia de Dios. Era un paraíso, ya que la muerte, la deformidad, el mal y la imperfección no pueden coexistir con la presencia de Dios. En la presencia de Dios hay shalom, prosperidad absoluta, plenitud, gozo y felicidad. Pero cuando los primeros seres humanos decidieron basar sus vidas en otras cosas en lugar de basarlas en Dios, cuando permitieron que esas cosas se convirtieran en la fuerte de su sentido, aquel paraíso pasó a ser un paraíso perdido. Cuando Adán y Eva fueron expulsados del santuario de Dios, se dieron la vuelta y vieron “una espada ardiente que se movía por todos lados” (Génesis 3:24). Nadie podría pasar por esa espada encendida que bloqueaba el camino de vuelta a la presencia de Dios. Dar la espalda a Dios ha tenido consecuencias desastrosas. Basar nuestras vidas en otras cosas, como el poder, el estatus, los elogios, la familia, la raza o nacionalidad es lo que causa conflictos, guerras, violencia, pobreza, enfermedad y muerte. Nos hemos pisoteado los unos a los otros, hemos maltratado esta tierra. Eso significa que no es suficiente decir: “Lo siento… Y ahora que he pedido perdón, ¿ya puedo volver a la presencia de Dios?” Si has sido víctima de un crimen atroz, si has sufrido violencia y el autor del crimen (o incluso el juez) dice: “Lo siento. ¿No podemos olvidar lo que pasó?”; dirías: “No, ¡eso sería injusto!”. Tu respuesta no necesariamente sería un reflejo de amargura o deseos de venganza. Si se ha cometido una injusticia contra ti, sabes que pedir perdón no es suficiente. Hace falta algo más, alguien tiene que pagar el precio para arreglar lo que ha quedado dañado.

La espada encendida es la espada de justicia eterna, y se va a cobrar el pago exacto. Nadie puede regresar a la presencia de Dios a no ser que pase bajo la espada, a no ser que pague por el mal cometido. ¿Pero quién podría sobrevivir a la espada? Nadie. Y si nadie puede, entonces, ¿cómo podremos volver a la presencia de Dios?

La solución al conflicto entre Dios y el hombre: El Tabernáculo y el Templo.

Estas preguntas seguían vigentes a pesar de que Dios había establecido una solución provisional para el pueblo elegido, los israelitas: primero a través del tabernáculo y después a través del templo.[4] En medio del templo se situaba el lugar santísimo. Era un sitio pequeño, cubierto con una gruesa cortina para proteger a la gente de la shekhiná, la presencia de Dios. Recuerda que estar en la presencia directa de Dios era mortal para los seres humanos. Solo una vez al año, durante el Yom Kipur, el Día de la Expiación, el sumo sacerdote podía entrar si había llevado a cabo un sacrificio de sangre. ¿Por qué? Porque no había manera de regresar a la presencia de Dios si no era pasando bajo la espada. Aún así, el sacrificio de sangre era solo un símbolo imperfecto de la verdadera obra de expiación que tendría lugar más adelante. Además, no nos incluía al resto, aquellos que no formamos parte del pueblo judío. El tabernáculo, el templo y todo el sistema de sacrificios, la única solución para el problema de la espada y el único acceso – aunque limitado – a la presencia de Dios, solo era para los israelitas. Así que cuando Jesús cita a Isaías para insinuar que los gentiles podían acceder a la presencia de Dios, la gente está perpleja.

No obstante, los profetas continuaban prometiendo que algún día la gloria de Dios cubriría la tierra como las aguas cubren el mar, en otras palabras, que toda la tierra se convertiría en el lugar santísimo. Toda la tierra estaría, de nuevo, llena de la gloria y la presencia de Dios. Y la gente de todas las naciones, razas, contextos y clases sociales podrían disfrutar de esa presencia.

 Pero ¿Quién podría pasar por la espada?

La respuesta siempre había estado en el libro de Isaías aunque la mayoría de la gente no la había visto. Isaías 53:8 dice acerca del Mesías: “Será cortado de la tierra de los vivientes”. Y en el Apocalipsis, cuando Juan mira hacia el trono, donde se encuentra el poder supremo del universo, ¿por qué ve a un cordero inmolado? Porque la muerte de Jesucristo, el Cordero de Dios, es el triunfo real más grande de la historia del universo. Cuando Jesús pasó por la espada, la espada partió su cuerpo, pero ella también se partió. Esto es lo que un autor ha llamado “la muerte de la Muerte en la muerte de Cristo”.[5] Jesús asumió la espada por ti y por mí. Es por eso que en el momento en el que Jesús murió, la cortina que ocultaba el lugar santísimo se rasgó de arriba abajo (Marcos 15:38). No solo se rompió; quedó obsoleta y ahora todos tenemos acceso a la presencia de Dios. La espada ardiente ya tuvo a su víctima, la cortina se partió y el camino de regreso al paraíso se reabrió de forma permanente.

Puede que la gente se sorprendiera ante aquella muestra de enfado justo y controlado, ante aquella autoridad con la que Jesús volcó las mesas en el templo. Pero lo que más sorprendió fue que anuló el sistema de sacrificios del templo y abrió para todos el camino a la presencia de Dios.

Despejando el templo

En realidad, Jesús visitó el templo dos veces. Hizo una visita breve cuando llegó a Jerusalén, después pasó la noche en Betania con sus discípulos, a varios kilómetros fuera de la ciudad. Al día siguiente, regresó a Jerusalén para visitar el templo de nuevo (es entonces cuando volcó las mesas) y en el camino a la ciudad, Marcos cuenta la siguiente historia:

Al día siguiente, cuando salían de Betania, Jesús tuvo hambre. Viendo a lo lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si hallaba algún fruto. Cuando llegó a ella solo encontró hojas, porque no era tiempo de higos. «¡Nadie vuelva jamás a comer fruto de ti!», le dijo a la higuera. Y lo oyeron sus discípulos. (Marcos 11:12–14)

Debo decir que, a primer vista, esta historia da una mala imagen de Jesús. Muchas personas se enfadan al ver cómo trata Jesús a la higuera. ¿Maldecir sin más a un árbol porque no tiene fruto fuera de temporada? Parece una reacción vanidosa y cruel. Pero observemos este episodio con cuidado. Porque no es ningún estallido de mal genio.

Las higueras de Medio Oriente tenían dos tipos de fruto. Cuando las hojas salían en la primera, antes del tiempo de los higos, las ramas daban unos brotes pequeños, que eran abundantes y se podían comer. Los viajeros solían recogerlos y comerlos cuando estaban de viaje. Si encontrabas una higuera que había comenzado a echar hoja, pero no tenía ninguno de esos deliciosos brotes, sabías que algo iba mal. Puede que desde lejos todo pareciese ir bien, porque las hojas habían salido, pero si no tenía ningún brote quería decir que tenía alguna enfermedad o incluso que se estaba muriendo por dentro. Crecimiento sin fruto es una señal de deterioro. Lo único que hace Jesús es afirmar que eso es lo que está ocurriendo. Recuerda que este episodio tiene lugar entre su primera llegada al templo y su regreso al día siguiente. Jesús aprovecha la oportunidad para dar una lección gráfica a sus discípulos, una lección que no van a olvidar, una parábola sobre la religiosidad vacía.

¿En que consiste la limpieza del templo?

Así que, ¿en qué consiste la lección? Jesús ve que la higuera no está realizando el trabajo que le ha sido encomendado. Ese árbol es una metáfora perfecta de Israel, o de cualquiera que diga pertenecer al pueblo de Dios, pero que no da fruto para Él. Jesús se dirigía a un lugar en el que todos estaban ocupados con cuestiones religiosas, como en la mayoría de iglesias: tareas, comités, ruido, gente entrando y saliendo, muchas transacciones. Sin embargo, estas ocupaciones no tenían nada de espiritual. Nadie estaba orando. Podemos llevar a cabo un gran número de actividades que parecen ser evidencia de una fe real, pero que pueden seguir creciendo aunque nuestro corazón no haya cambiado. Está claro que podemos estar muy involucrados en las actividades de la iglesia aunque no se haya producido un cambio real en nuestro corazón y aunque no estemos sirviendo por amor a las personas.

Ese mismo día, Jesús limpiaría el templo de todas esas actividades infructíferas. Utilizaría la lección de la higuera que había dado a sus discípulos en privado y la convertiría en un espectáculo público misericordioso y necesario. Jesús está diciendo que quiere algo más que gente ocupada; quiere una transformación de carácter que solo experimentamos cuando nos damos cuenta de que hemos sido rescatados. Al final del sermón de Jonathan Edwards sobre el carácter paradójico de Jesús, dice que estas mismas características radicalmente opuestas que nunca se dan en la misma persona se reproducirán en ti porque estás en la presencia de Jesucristo. No solo te estás convirtiendo en una persona más agradable, más disciplinada o más moral. La vida y el carácter de Jesús, el rey que entra en Jerusalén montado en un burro y después irrumpe en el templo y se atreve a decir “Esta es mi casa”, están siendo formados en ti. Te estás convirtiendo en una persona más completa, aquella para la que fuiste diseñado. La persona para la que fuiste rescatado.

Conclusión.

En toda esta situación, hay una ironía final. Jesús, quien reúne estos rasgos de carácter radicalmente opuestos de una forma totalmente equilibrada, pide una respuesta radical de cada uno de nosotros. No nos deja otra salida. Este hombre que abre las puertas de su reino a todo el mundo y después advierte a los más devotos de sus seguidores que su permanencia en el reino corre peligro si no dan frutos, ha reducido las opciones posibles. Este hombre, que de camino a resucitar a una niña da de su poder cuando alguien de entre la multitud le toca, es un hombre del que no te atreves a apartar la mirada. (Y todavía no hemos sido testigos de la bajeza a que le llevará su limitación o la altura a la que le llevará su poder).

Él es la calma y la tormenta, es la víctima y el que empuña la espada ardiente, y tienes que aceptarle o rechazarle teniendo en cuenta tanto unas características como las otras. O le matas, o lo coronas. Lo único que no puedes hacer es decir: “¡Qué tipo más interesante!” Los maestros de la ley que empezaron a conspirar para matar a Jesús al final del episodio en el templo probablemente están muy equivocados; pero su reacción tiene sentido. Lo que no puedes hacer es intentar mantener a Jesús en los márgenes de tu vida. No se va a quedar ahí. Entrégate a Él, centra toda tu vida en Él, y deja que su poder forme el carácter de Jesús en ti.

Tomado de: Timothy Keller, La Cruz del Rey: La historia del mundo en la vida de Jesús, trans. Ruth Cook, 1a Edición. (Barcelona: Andamio; GBU Conecta, 2013), 195–205.

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 Sobre el autor:
223894Timothy J. Keller (1950-), es un pastor, teologo y autor estadounidense. BA. Bucknell University, M. Div. Gordon-Conwell Theological Seminary, D. Min. Westminster Theological Seminary (PA). Keller fue profesor por en Westminster Theological Seminary (PA), donde enseñaba eclesiologia y plantaciones de Iglesias. Keller es uno de los teólogos mas influyentes en el cristianamos en la actualidad tanto en Estados Unidos como Europa. Entre sus temas de interés e investigación estan: Apologética, Religion versus evangelio, Ministerio Urbano, Justicia Social y Política, Idolatría versus Adoración, entre otros. Keller es pastor de la Iglesia Presbiteriana del Redentor en Nueva York, (USA). Entre sus numerosos libros se encuentran: “La Cruz del Rey”, “La Razon del Matrimonio”, “Iglesia Centrada”, ” Justicia Generosa”, entre muchos otros disponibles en español.

Notas: 

[1] “The Excellency of Jesus Christ” [“La Excelencia de Jesucristo”] en The Sermons of Jonathan Edwards: A Reader [Los sermones de Jonathan Edwards: Un lector], ed. W. H. Kimnach, K. P. Minkema, D. A. Sweeney, (New Haven: Yale, 1999) p. 163.

[2] La referencia a Josefo aparece en The Gospel According to Mark [El Evangelio según Marcos], de James Edwards, p. 341.

[3] Edwards explica que la opinión popular, de forma conveniente, pasó por alto las referencias del Antiguo Testamento en el que el templo era un lugar para que las naciones viniesen y adorasen. Véase The Gospel According to Mark, p. 343.

[4] El tabernáculo era el precursor del templo. Era un santuario transportable que se utilizó durante el tiempo en que Israel deambuló por el desierto.

[5] John Owen, The Death of Death in the Death of Christ [Vida por su muerte]. Se pueden encontrar versiones impresas de esta obra del siglo XVII y también se puede consultar el libro completo en Internet. El breve ensayo más moderno de J. I. Packer, “Introduction to the Death of Death in the Death of Christ”, [“Introducción a la muerte de la Muerte en la muerte de Cristo”], también es una obra muy importante.