Tal y como pudimos notar previamente la práctica del diezmo empieza con la historia bíblica del encuentro entre el patriarca Abraham y Melquisedec (un sacerdote), el primero le otorga al segundo una ofrenda del 10 % del botín, ganancia de una batalla (Génesis 14:18–20)[1]. Posteriormente a este pasaje en Génesis, los otros libros de la ley rescatan esta práctica y la toman como ejemplar. Así la práctica del diezmo fue incorporada en la ley de Moisés (Levítico 27:30–33)[2], con el propósito de mantener a quienes no producían riqueza como la tribu de Leví, los sacerdotes, y a los más desposeídos o pobres de la nación.

¿Quiénes diezmaban, y para qué?

De esta práctica, podríamos decir en términos modernos, que solo aquellos que poseían los medios de producción en una sociedad, como los ricos eran los que diezmaban. Pues los que diezmaban eran los que podían producir riqueza. A los pobres no se les requería diezmar. En aquel entonces, en el Antiguo Testamento, el templo era no solo el lugar religioso, sino también político, económico, y social, pues servía como centro de distribución y ayuda social. Hoy las iglesias no cumplen tales funciones, por tanto, comparar el templo con la iglesia de hoy no tiene lógica, pues son dos instituciones con funciones muy diferentes.

Había un diezmo cada tres años que se entregaba al templo para beneficiar a los extranjeros, huérfanos, y viudas, aquellos más desposeídos de la producción de riqueza (Deuteronomio. 14:28, 29; 26:12–15).[3] Así que podríamos concluir que el diezmo lo daban los ricos para aquellos que no poseían bien alguno de producción. Otro diezmo se consumía en el templo como en un banquete por quienes lo traían y lo comían junto a los levitas y los más pobres. Es decir, el diezmo, junto a otras ofrendas, se utilizaba como una manera de redistribuir la riqueza de una nación y para mantener el templo. El diezmo era obligatorio, la ofrenda voluntaria.

¿Funcionaron alguna vez los diezmos?

Durante los reinados de Israel y Judá, los profetas criticaron la codicia y la injusticia social, como en el caso de Amós y Malaquías entre otros, frente a una forma cruda de un precapitalismo que explotaba a los pobres (Isaías 5:8–10)[4] y a los ministros religiosos de la época (Malaquías 3:6)[5], y Dios mismo los acusa de robo, lo que parece demostrar que durante el periodo de los reyes el diezmo no se practicaba. Desde otra perspectiva, al aparecer los reyes de Israel, y cuando fueron invadidos Israel y Judá, aparecen los impuestos. Estos impuestos empiezan a hacer difícil la instauración del templo y a competir con la redistribución de la riqueza.

¿Hay en el Nuevo Testamento alguna evidencia de la práctica de los diezmos?

Tres evidencias demuestran que la práctica del diezmo en el Nuevo Testamento no existía.

  1. Primero: al estar Palestina bajo el dominio romano, nadie podía diezmar, pues Roma explotaba toda la riqueza que se producía.
  2. Segundo: el Nuevo Testamento se escribe en un contexto posterior a la destrucción del templo de Jerusalén. Es decir, no había templo para los cristianos ni para los judíos, pues su importancia había desaparecido literalmente.
  3. Tercero: en las historias que se refieren al tiempo del segundo templo, el Evangelio de Mateo presenta a Jesús pagando el impuesto al templo sin diezmar (Mateo 17:24–27).[6] Aunque sí hay evidencia de que se motiva a ofrendar [ofrendar y diezmar son dos cosas diferentes] generosamente en ciertas situaciones (2 Corintios 8:7–15: 9:6)[7], como a los hermanos en la pobreza, o a los líderes religiosos necesitados. Por tanto, la práctica del diezmo no era necesaria pues no había templo.

¿Y por qué continuó la práctica del diezmo nuevamente?

A través de la historia de la iglesia cristiana la implementación del diezmo fue esporádica, hasta finales del siglo xix donde tomaría más fuerza. Durante la época medieval, el arzobispo Cesáreo de Arlés, alrededor del año 470, es quien genera la primera formulación del diezmo eclesiástico, explicando en su doctrina que era la obligación de cada cristiano pagar el 10 % de sus ingresos, que debería ser distribuido en su totalidad entre los pobres. Su idea no fue completamente aceptada, hasta que en el Concilio de Macon, en 585, los obispos galos impusieron la práctica del diezmo en sus diócesis. Tristemente, el diezmo iría a parar a las arcas de la iglesia, y solo un pequeño porcentaje para los pobres. Pero esto fue así hasta que el emperador Carlomagno, en 779, hizo el pago de diezmos obligatorio como impuesto secular; esa fue la época en que la Iglesia se enriqueció grandemente, y la ayuda a los pobres y el fortalecimiento de hospitales se vieron mejorados. Y fue Teodoro de Canterbury en Inglaterra (ca. 602) exige a los religiosos y religiosas que les den el diezmo a los pobres, mientras que el laicado debería dar solamente a la Iglesia.

¿El Diezmo y las misiones norteamericanas a Latinoamérica?

De esta manera, pasarían siglos en los que el diezmo se institucionalizaría para fines nobles, pero terminaría enriqueciendo al clero y a los más poderosos. En otras ocasiones, durante el siglo xix, algunas iglesias en ee. uu. impusieron sus propios impuestos y arrendaron las bancas más cercanas al pulpito para las familias adineradas. De esta manera, estas familias ricas se aseguraban tener los mejores asientos, sin importar lo tarde que llegaran al templo. Sin embargo, la contribución voluntaria reinaría como la opción más común para muchas iglesias. No sería hasta antes, y aún más después de la guerra civil norteamericana que los líderes cristianos empezarían a producir material impreso (e. g., los tratados y libros de American Tract Society) que ofrecía ideas para mejorar el financiamiento de las iglesias. Entre esta producción popular de material impreso, el diezmo tomaría popularidad nuevamente, pues una de sus principales funciones sería apoyar las misiones en el mundo. Estas perspectivas influenciarían a aquellos misioneros que a finales del siglo xix vendrían a trasplantar sus iglesias a América Latina.

De ahí la lucha ideológica por apoyar la «ley de beneficencia» de 1 Corintios 16:1-2[8], y el diezmo que debería ser utilizado para sufragar los gastos de la iglesia. Así, para finales del siglo xix en ee. uu., el ritual de la «recaudación de diezmos y ofrendas» se agregaría al culto dominical, y se implementaría para quedarse. Durante este tiempo las ideas de Malaquías 3:8[9] se convertirían en las infames coercitivas frases que motivaban a diezmar, que aparecían en cartas que se enviaban a las familias: «robarle a Dios», «traigan el diezmo,» «derramo sobre Uds. bendición». Por fin, el siglo xx traería los medios de difusión masiva (i. e., radio, tv, internet) y la exposición de los mensajes religiosos en estos medios empezaría a competir con los de la iglesia local, y algunos de estos medios empezarían a solicitar dinero ―y hasta diezmos― para seguir funcionando.

¿Qué podemos concluir?

Si en su iglesia, de forma directa o indirecta, le hacen sentir culpable si no paga el diezmo, o le dicen que es obligatorio diezmar, su iglesia podría estar practicando una estafa. El diezmo era una práctica obligatoria en el Antiguo Testamento, no así en el Nuevo Testamento. Cristo, y su cuerpo, la Iglesia, son ahora el nuevo templo. Este templo no requiere de diezmos. Los creyentes deben dar ofrendas generosas y voluntarias, pero no se les puede exigir diezmar como algo obligatorio.

Pero digamos que, si su iglesia le exige el diezmo, pues quiere utilizar esta práctica para contextualizarla en nuestro siglo xxi―algo que podría ser debatible―, si fuera así, entonces:

  • Si la tercera parte de los diezmos recaudados no se distribuyen entre los más necesitados tanto fuera como dentro de la congregación, su iglesia le está robando a usted y a Dios. Debemos ser fieles a las Escrituras si queremos contextualizarlas. Referirnos a las exhortaciones de los profetas (e. g., Malaquías), sin considerar los libros del Pentateuco, los históricos, y los de sabiduría, es pecar por ser selectivos.
  • En el Antiguo Testamento, los pobres, al no tener tierra para producir (hoy aplicaríamos el concepto hacia aquellos que no tienen una fuente de ingresos fija), no diezmaban: más bien les ayudaba el templo. Los más vulnerables en nuestra sociedad son aquellos que no disponen de lo necesario para cubrir sus necesidades. Si en su iglesia le hacen sentir, directa o indirectamente, que usted debe diezmar aunque se encuentre sin trabajo, o no gana lo suficiente para cubrir sus necesidades, su iglesia está cometiendo una injusticia (un pecado), pues su iglesia en vez de ayudarle le está empobreciendo más.
  • Si los pastores de su iglesia, en vez de recibir un salario del cual toda la iglesia debe tener conocimiento en detalle― más bien se llevan el diezmo u ofrendas en dinero efectivo como pago a sus servicios, sus pastores le están robando a Dios y al Gobierno. En nuestra sociedad capitalista todo pastor debe gozar de un salario, pero debe pagar sus impuestos y otros aportes de ley. La congregación debe colocar a personas de buen testimonio que administren las finanzas de la iglesia, y ni el pastor ni ningún miembro de su familia debe pagarse a sí mismo ni controlar los diezmos u ofrendas. Eran los levitas (en plural), no un levita en particular, quienes administraban los diezmos y las ofrendas en el Antiguo Testamento.
  • Ahora, si alguna iglesia, o algún medio de difusión masiva—como los canales de televisión, las emisoras de radio, o la prensa escrita— solicitan diezmos, primicias, u ofrendas a cambio de una bendición particular, están incurriendo en una estafa. Nadie puede asegurarle a nadie una bendición de Dios, ni mucho menos a cambio de dinero.

En el Antiguo Testamento, el diezmo y las ofrendas los daba el pueblo de Dios no para recibir milagros o para ser prósperos, los daban para mantener el templo y su personal. Si el pueblo era desobediente al no dar sus diezmos y ofrendas, los que sufrían eran los levitas, los sacerdotes y los más vulnerables de la sociedad. Recordemos lo anteriormente dicho sobre el pacto. Por tal injusticia, o pecado de no dar, Dios castigaba a todo el pueblo, no solo a unos cuantos. Si eran justos al dar, Dios bendecía a todo el pueblo, no a unos cuantos. Además Dios es soberano, y a su tiempo proveerá de buenas dádivas a los fieles de su pueblo, y no se necesita dinero para ello.

Nuevamente, recordemos que el diezmo (además de las múltiples ofrendas) se donaba al templo para el cuidado de la infraestructura y su personal, que no poseía tierras ni herencias, y para los más necesitados (viudas, huérfanos, extranjeros, etc.). Si su iglesia local no cumple el rol de los antiguos templos en la distribución según los principios del diezmo, usted no está en la obligación de diezmar, y aun menos si usted no produce riqueza alguna.

Articulo adaptado de: Osías Segura Guzmán, Riquezas, templos, apóstoles y superapóstoles: Respondiendo desde una mayordomía cristiana (Viladecavalls, Barcelona: Editorial CLIE, 2012), 223-228.

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Sobre el autor:

perfil-osias-seguraOsías Segura Guzmán. Nacido en Costa Rica, migro a los Estados Unidos. Es casado y tiene un hijo. BA, Sociologia, Universidad de Costa Rica. (DMin, ThM, MDiv.) Asbury Theological Seminary (US). Actualmente es profesor asociado de Fuller Theological Seminary y Consultor Educativo para la Oficina Central de la Iglesia Metodista de Costa Rica. Ha sido tambien pastor Asociado de la College Place First Presbyterian Church, College Place, WA, USA y Pastor Interino de Jóvenes en la First Christian Church (Disciples of Christ) Frankfort, KY. Entre los libros que ha escrito se encuentran: “Riquezas, templos, apóstoles y superapóstoles: Respondiendo desde una mayordomía cristiana.” (2012), etc.

Notas:

[1] Génesis 14.18–20 Y Melquisedec, rey de Salem (Jerusalén, Ciudad de Paz), sacó pan y vino; él era sacerdote del Dios Altísimo. El lo bendijo, diciendo: “Bendito sea Abram del Dios Altísimo, Creador (Dueño) del cielo y de la tierra; Y bendito sea el Dios Altísimo Que entregó a tus enemigos en tu mano.” Y Abram le dio el diezmo de todo.

[2] Levítico 27.30–33 ‘Así pues, todo el diezmo de la tierra, de la semilla de la tierra o del fruto del árbol, es del Señor; es cosa consagrada al Señor. ‘Y si un hombre quiere redimir parte de su diezmo, le añadirá la quinta parte. ‘Todo diezmo del ganado o del rebaño, o sea, de todo lo que pasa debajo del cayado, la décima cabeza será cosa consagrada al Señor. ‘No debe considerar si es bueno o malo, tampoco lo cambiará; si lo cambia, tanto el animal como su sustituto serán sagrados. No podrán ser redimidos.’ ”

[3] Deuteronomio 14.28–29 “Al fin de cada tercer año, sacarás todo el diezmo de tus productos de aquel año y lo depositarás en tus ciudades. “Y vendrá el Levita, que no tiene parte ni herencia contigo, también el extranjero, el huérfano y la viuda que habitan en tus ciudades, y comerán y se saciarán, para que el Señor tu Dios te bendiga en toda obra que tu mano haga. Deuteronomio 26.12–15 “Cuando acabes de separar todo el diezmo de tus frutos en el tercer año, el año del diezmo, entonces se lo darás al Levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda, para que puedan comer en tus ciudades y sean saciados. “Entonces dirás delante del Señor tu Dios: ‘He sacado de mi casa la porción consagrada y también la he dado al Levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda conforme a todos Tus mandamientos que Tú me has mandado. No he violado ni olvidado ninguno de Tus mandamientos. ‘No he comido de ella estando de luto, ni he tomado de ella mientras estaba inmundo, ni he ofrecido de ella a los muertos. He escuchado la voz del Señor mi Dios; he hecho conforme a todo lo que Tú me has mandado. ‘Mira desde Tu morada santa, desde el cielo, y bendice a Tu pueblo Israel y a la tierra que nos has dado, una tierra que mana leche y miel, como juraste a nuestros padres.’

[4] Isaías 5.8–10 ¡Ay de los que juntan casa con casa, Y añaden campo a campo Hasta que no queda sitio alguno, Para así habitar ustedes solos en medio de la tierra! A mis oídos el Señor de los ejércitos ha jurado: “Ciertamente muchas casas serán desoladas, Grandes y hermosas, pero sin moradores. Porque cuatro hectáreas (2 acres)de viña producirán sólo 22 litros de vino, Y 220 litros de semilla producirán sólo 22 litros de grano.”

[5] Malaquías 3.6 “Porque Yo, el Señor, no cambio; por eso ustedes, oh hijos de Jacob, no han sido consumidos.

[6] Mateo 17.24–27 Cuando llegaron a Capernaúm, se acercaron a Pedro los que cobraban las dos dracmas (salario de dos días) del impuesto del templo y dijeron: “¿No paga su maestro el impuesto del templo?” “Sí,” contestó Pedro. Y cuando él llegó a casa, Jesús se le anticipó, diciendo: “¿Qué te parece, Simón? ¿De quiénes cobran tributos o impuestos los reyes de la tierra, de sus hijos o de los extraños?” “De los extraños,” respondió Pedro. “Entonces los hijos están exentos,” le dijo Jesús. “Sin embargo, para que no los escandalicemos, ve al mar, echa el anzuelo, y toma el primer pez que salga; y cuando le abras la boca hallarás un siclo (salario de cuatro días); tómalo y dáselo por ti y por Mí.”

[7] 2 Corintios 8.7–15 Pero así como ustedes abundan en todo: en fe, en palabra, en conocimiento, en toda solicitud, y en el amor que hemos inspirado en ustedes, vean que también abunden en esta obra de gracia. No digo esto como un mandamiento, sino para probar, por la solicitud de otros, también la sinceridad del amor de ustedes. Porque conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, sin embargo por amor a ustedes se hizo pobre, para que por medio de Su pobreza ustedes llegaran a ser ricos. Doy mi opinión en este asunto, porque esto les conviene a ustedes, que fueron los primeros en comenzar hace un año no sólo a hacer esto, sino también a desear hacerlo. Ahora pues, acaben también de hacerlo; para que como hubo la buena voluntad para desearlo, así también la haya para llevarlo a cabo según lo que tengan. Porque si hay buena voluntad, se acepta según lo que se tiene, no según lo que no se tiene. Esto no es para holgura de otros y para aflicción de ustedes, sino para que haya igualdad. En el momento actual la abundancia de ustedes suple la necesidad de ellos, para que también la abundancia de ellos supla la necesidad de ustedes, de modo que haya igualdad. Como está escrito: “El que recogió mucho, no tuvo demasiado; y el que recogió poco, no tuvo escasez.” 2 Corintios 9.6 Pero esto digo: el que siembra escasamente, escasamente también segará; y el que siembra abundantemente (con bendiciones), abundantemente (con bendiciones) también segará.

[8] 1 Corintios 16.1–2 Ahora bien, en cuanto a la ofrenda para los santos, hagan ustedes también como instruí a las iglesias de Galacia. Que el primer día de la semana, cada uno de ustedes aparte y guarde según haya prosperado, para que cuando yo vaya no se recojan entonces ofrendas.

[9] Malaquías 3.8 “¿Robará el hombre a Dios? Pues ustedes Me están robando. Pero dicen: ‘¿En qué Te hemos robado?’ En los diezmos y en las ofrendas.