Si un centenar de predicadores pudieran ponerse de acuerdo sobre el consejo que se les da de otros ministros, probablemente valdría la pena sopesar su sabiduría sobre el tema. Esto es justo lo que la Asamblea de Westminster ofreció en un “subdirectorio” sobre la predicación dentro del Directorio Mayor de Adoración del cuerpo. Es allí donde la reunión explicó que quien espera predicar necesita ser un erudito, un adorador, un orador, un apologista, un pastor y un siervo.

  1. Un Erudito

Incluso antes de presentarse a un púlpito, el predicador es llamado a ser un erudito. Volviendo a referir a los lectores al Directorio de Ordenación, la asamblea explicó que, “de acuerdo con las Reglas de Ordenación” un ministro debe “en buena medida” estar “dotado para una tarea de tal peso“. Él debe tener “destreza en los idiomas originales y en las artes y las ciencias como ayudas que sirven al estudio teológico (Divinidad)“. Él debe tener “conocimiento en el cuerpo entero de la Teología, pero sobre todo en las Sagradas Escrituras“. Debe ser capaz de comprender y resumir las Escrituras, analizar y dividir los textos, asegurar que las verdades que expone estén “contenidas o basadas en ese texto” que predica, e “insistir sobre todo en aquellas doctrinas que se han proyectado principalmente” en el pasaje que aborda. No obstante, debe ser el tipo de estudioso cuya enseñanza se “expresa en términos claros” porque es un erudito cuyo trabajo es para el beneficio de otros y no solo para él mismo o para sus colegas.

  1. Un Adorador

En los párrafos que enfatizan más claramente las habilidades académicas de un predicador, la asamblea también destacó que debe ser un adorador. De hecho, inmediatamente después de enfatizar que un predicador debe ser un estudioso de la verdad y un experto en la Biblia, el directorio afirma que el predicador debe tener “sus sentidos y corazones ejercitados en ellos por encima del tipo común de creyentes.” Él debe confiar en “la iluminación del Espíritu de Dios y en los demás dones para edificación.” Al “leer y estudiar la Palabra” y buscar a Dios “por medio de la oración y con un corazón humilde“, el predicador siempre debe estar “resuelto a admitir y recibir cualquier verdad a la que todavía no haya llegado, siempre y cuando Dios se lo haga saber a él.” Los miembros de la Asamblea consideraron la preparación para la predicación como un acto de piedad, una experiencia santificadora de adoración personal. Y, por tal motivo, “debe hacer uso” y “mejorar” en sus “preparaciones privadas, antes de entregar en público,” lo que ha estudiado. Es decir, debe ser “persuadido en su propio corazón de que todo lo que él enseña es la verdad de Cristo” y “de manera ferviente tanto en privado como en público, encomendando sus labores para la bendición de Dios, y de manera vigilante observarse a sí mismo y al rebaño del cual Jehová lo hizo obispo“.

  1. Un Orador

Los predicadores no son simples profesionales, pagados para estudiar temas y preparar sermones. No obstante, deben ser oradores, hombres capaces de construir y entregar ponencias que se hallan bien ordenadas y persuasivas. La asamblea pretendía que los sermones tuvieran introducciones, argumentos bien ordenados e ilustraciones que suscitan “deleite espiritual“. El directorio le ordenaba exhortar y disuadir; explicar e insistir. La propensión de la etiqueta “orador” es que podría sugerir que la predicación no es más que un tipo de retórica. Esto la asamblea rechazaría. El subdirectorio insiste en que los predicadores se comuniquen de una manera “que los más sencillos puedan entender, entregando la verdad no con palabras persuasiva de sabiduría humana, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que no se haga vana la cruz de Cristo.” Los “gestos, la voz y las expresiones” del predicador debían ser apropiados para su ministerio. El predicador debe abstenerse “también de un uso improductivo de idiomas desconocidos, frases extravagantes y cadencias de sonidos y palabras, citando con prudencia las frases de escritores eclesiásticos o de otras personas, antiguos o modernos, por muy distinguidos que sean“. No era la elegancia lo que buscaba la asamblea. Si bien sabían que la predicación sería “una tarea de gran dificultad … que requiere mucha prudencia, celo y meditación,” lo que la asamblea realmente quería era hombres que pudieran predicar de tal manera que “los auditores pudieran sentir que la palabra de Dios es viva y poderosa,” y consiguieran “discernir los pensamientos y las intenciones del corazón.” Y “si alguna persona incrédula o ignorante estuviera presente, pudiera hacer que los secretos de su corazón sean manifiestos, y pudiera darle gloria a Dios.

  1. Un Apologista

El directorio también insiste en que un predicador debe estar informado y responder al error; en que existe una dimensión de apologética en su trabajo. No hay ninguna suposición por parte del directorio de que las personas que van a adorar creerán lo que digan los predicadores. Es por eso que el sermón debe aprovechar los “lugares de las Escrituras, que confirman la doctrina“, ya que estos lugares “son más bastante claros y pertinentes para muchos“. El predicador debe ofrecer “Argumentos o Razones” que sean “sólidos y, en la medida de lo posible, convincentes.” Además, “si alguna duda patente parece brotar de las Escrituras, del razonamiento o el prejuicio de los oyentes, es muy necesario eliminarla, reconciliando las aparentes diferencias, respondiendo a las razones, y descubriendo y quitando las causas que ocasionan los prejuicios y errores.” Por supuesto, hay predicadores que han hecho de su afición refutar herejías, por lo que la asamblea también agregó, conscientemente, que “no es apropiado retener a los oyentes planteando o contestando objeciones malvadas o vanos, que no tienen fin, ya que proponer y responder a estas entorpece más que promover edificación.” O para decirlo de otra manera, “Al refutar las falsas doctrinas, él no debe resucitar antiguas herejías de la tumba, ni mencionar opiniones blasfemas innecesariamente. Pero si el pueblo está en peligro de caer en un error, él debe refutarlo contundentemente, y esforzarse por satisfacer sus juicios y conciencias contra todas las objeciones.”

  1. Un Pastor

Como era de esperar, la asamblea le habla a los predicadores de tal manera que les recuerda que, tanto en sus motivaciones como en sus cuestiones, el predicador es un pastor. El predicador debe dirigirse a las personas de tal manera que perciban su “afectos amorosos” y su “celo piadoso y fuerte afán, para hacerles bien.” Él debe caminar “ante su rebaño como un ejemplo para ellos en ello … de manera vigilante observarse a sí mismo y al rebaño del cual el Señor lo hizo obispo.” Y él debe estar atento tanto de sus debilidades como de su pecaminosidad. Sus sermones no deben ser demasiado complicados. Él “no debe cargar la memoria de los oyentes al comienzo con demasiadas secciones de división, ni perturbar sus mentes con oscuros términos técnicos/teológicos (Art).” Su preocupación es para con sus almas. En su predicación él “hará lo máximo para la edificación de los oyentes.” Un buen predicador no solo los llama a sus deberes, sino que los ayuda a ver cómo llegar allí. Él debe señalar la miseria y el peligro del pecado, para ofrecer consuelo contra las tentaciones, “problemas y terrores.” Él debe responder a las objeciones posibles que los corazones conflictivos planteen en contra de su predicación. A través de “su morada y convivencia con su rebaño” seleccionará los mejores usos y aplicaciones de textos y doctrinas “como las que más pueden atraer sus almas a Cristo, la fuente de luz de santidad y consuelo.

  1. Un Siervo

Sobre todo, el predicador es un siervo o “ministro“. Y si bien la predicación es “una de las mejores y más excelentes labores,” sigue siendo un trabajo. El predicador es un “obrero,” alguien que espera no avergonzarse en la evaluación de su trabajo por parte de su Maestro. Él es un ministro de Cristo, pero también es un siervo del pueblo de Dios. Debe trabajar arduamente para asegurarse de que su sermón no sea una “carga” para la memoria de los oyentes, o un problema para sus mentes, y debe tener en cuenta su edificación y beneficio. Él debe ofrecer un servicio de eliminación de dudas, “quitando las causas que ocasionan prejuicios y errores“, o cualquier otra cosa que pueda obstaculizar el progreso de su congregación. Como siervo, no debe “descansar” con aplicaciones sencillas, sino que debe dar algo que sea realmente útil, incluso si “le resulta una tarea de gran dificultad para él mismo.”

Conclusion.

El predicador como siervo es el motivo principal del subdirectorio para el predicador, y termina con un llamamiento conmovedor al trabajo fiel: “el Siervo de Cristo, cualquiera que sea su método, debe realizar todo su ministerio … con diligencia, no haciendo la obra del Señor negligentemente.” Él debe servir en beneficio del “más sencillo” de sus oyentes. Haciéndose eco de las parábolas de Jesús sobre los trabajadores, la asamblea le dice al predicador que siempre “considere el honor de Cristo” y “la conversión, edificación y salvación del pueblo, no para su propia provecho o gloria: no reservándose nada para promover esos santos fines.” Como siervo debe ser sabio, serio y amoroso, “para que la gente vea que todo viene de su celo piadoso y fuerte deseo, de hacerles bien“. Al final, él debe encomendar “sus labores a la bendición de Dios … para que así la doctrina de la verdad se conserve sin corrupción, y muchas almas sean convertidas y edificadas, y él mismo reciba muchos consuelos de sus labores incluso en esta vida y luego la corona de gloria sea guardada para él en el mundo por venir.”

Este artículo es un extracto y adaptación del libro próximo de Chad Van Dixhoorn, Los embajadores de Dios: La Asamblea de Westminster y la reforma del púlpito inglés, 1643-1653. Las notas al pie, las referencias y las discusiones más completas de este tema se encuentran allí.

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Acerca del autor:

vd2Chad Van Dixhoorn (PhD, Universidad de Cambridge; MDiv, ThM, Westminster Theological Seminary). Actualmente enseña teología en ‘Reformed Theological Seminary’ (US), y es profesor visitante en la Universidad de East Anglia (Inglaterra). Es reconocido mundialmente por su investigacion sobre la historia y teologia de la Asamblea de Westminster y Puritanismo Ingles. En el 2013 fue elegido miembro de la ‘Royal Historical Society’ (Sociedad Real de Historiadores) en reconocimiento  a sus cinco volumenes publicados en la Asamblea de Westminster por Oxford University Press. Es casado, y tiene cinco hijos, ha servido como pastor en Cambridge y Viena. Entre sus libros se encuentran; “Confesando la Fe: Una guia de lectura a la Confesion de Fe de Westminster”, “Las actas y ensayos de la Asamblea de Westminster 1643-1653. 5 Volumenes”, entre otros.

Fuente:

Traducido por Elioth Fonseca. Publicado en Noviembre del 2016, originalmente en: http://www.reformation21.org/articles/gods-ambassadors-advice-for-preachers.php .