En su reforma del ministerio de púlpito de Inglaterra, los miembros de la asamblea acordaron las líneas generales de  un bosquejo de predicadores y la predicación. Este estudio final resume los siete puntos de una visión puritana prevaleciente para el púlpito según lo articulado por la Asamblea de Westminster y sus miembros.

1. Los Embajadores de Dios: predicadores ordenados.

La primera marca de un púlpito puritano es que sea ocupado por un hombre, ordenado para el ministerio del evangelio, por la iglesia de Cristo. George Gillespie (1613-1648) tenía la ordenación a la vista cuando recordó una pregunta sumativa hecha por el Apóstol Pablo: “Como predicaran si no fueren enviados”?  De ello él deducía que los predicadores reciben un llamado especial y una posición especial. No todas las ovejas son pastores. No todos los ciudadanos son embajadores. Gillespie estaba respondiendo a sus contemporáneos quienes pensaban que no había “llamados sagrados, o separación solemne de hombres para el ministerio”, un punto de vista que él encontró impracticable y anti bíblico. El describe el caos si todos fueran predicadores y retorna a la palabra del Apóstol Pablo: algunos son separados; solo ellos son ‘enviados’. Esta es la esencia de la doctrina de la ordenación.

2. Predicadores Entrenados.

Los ministros necesitaban ser ordenados y también necesitaban ser entrenados. John Lightfoot (1602-1675) sostenía que el estudio era necesario para todo aquel que iba a ser predicador ya que fue necesario aún para los Apóstoles.  Ellos se dedicaban a escuchar,  al estudio, la conferencia y la meditación’, y estuvieron con Cristo mismo por un año completo antes de ser enviados a predicar.

Algunos ‘menosprecian el aprendizaje y el estudio’. Pero Thomas Goodwin (1600-1680) nota que a Timoteo se le dio el mandato de estudiar. Goodwin sostenía que unicamente la predicación improvisada, sin estudio, es en realidad contraria a las Escrituras.  El también comenta (en forma perspectiva) que aquellos que discuten en contra del estudio todavía confían mucho en lo que ellos han oído y discutido.  Nadie viene al púlpito con una página en blanco.

Pero esto no significaba que este aprendizaje debe ser siempre mostrado en el púlpito.  En un prolongado intercambio en la Asamblea de Westminster algunos hombres argumentaban en contra de citar a los autores o utilizar frases extranjeras en el púlpito. John Arrowsmith (1602-1659) era uno de los que estaba en desacuerdo.  Las muestras de aprendizaje son permisibles  y él no podía resistir citar a Agustín (en Latín) para demostrar que ésta no es una nueva opinión en la iglesia.

3. Predicadores piadosos.

Los predicadores necesitaban ser ordenados y entrenados, pero ellos también necesitaban ser ‘piadosos’,  una palabra que resume mucho de lo que se dice con respecto a los ancianos en 1 de Timoteo y Tito. En realidad, a la Asamblea de Westminster  se le dio la responsabilidad de encargarse de la remoción de ministros escandalosos de los púlpitos y poner en ellos a ministros educados y piadosos.

Inicialmente el Parlamento requería de la Asamblea para examinar a los candidatos por su aprendizaje y devoción. En la primavera de 1646, el parlamento cambio de parecer respecto a la devoción y solicitó a la Asamblea examinar a los predicadores únicamente por su aprendizaje.

La Asamblea recogió el cambio en la redacción inmediatamente y resolvió no aprobar a ningún ministro hasta que el problema fuera resuelto. Después de algunos días  de deliberación ellos enviaron  al Dr. Peter Smith (1586-1653) solo, a un comité del Parlamento para presionar el caso de la Asamblea. La Asamblea había elegido a su hombre sabiamente porque ganó su caso y continuó interrogando a los predicadores acerca de su doctrina y de su vida. La Palabra de Dios no deja lugar para hacer concesiones sobre la piedad.

4. La Palabra de Dios.

La cuarta postura de un ministerio de púlpito puritano se encuentra frecuentemente en las exhortaciones a los oyentes de sermones, y no simplemente a los predicadores. Los ministros necesitaban ser ordenados, instruidos y piadosos porque (citando a Gillespie nuevamente) los oyentes iban a ‘recibir la palabra de las bocas de ministros, como palabra de Dios’. De acuerdo con Wiliam Gouge (1575-1653), este es el mensaje de Hebreos 13, que dice,  ‘Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios’.  Podría ‘correctamente ser el sonido de la voz de un hombre, sin embargo, lo que los verdaderos Ministros de Dios en ejercicio de su función ministerial predican, es la Palabra de Dios’.

Jeremiah Burroughs (bap. 1601?, d.1646) demostró con una línea de Isaías 66 – ‘y que tiemble a Mi Palabra’ ‘para cultivar un poquito de reverencia entre sus oidores. Un hombre o mujer temerosos de Dios, dice él,  no viene ‘a escuchar la Palabra en una forma ordinaria, únicamente para pasar el tiempo, o para escuchar lo que un hombre pudiera decir’. Más bien, la Palabra, ‘ya sea leída o predicada’, es esperada  ‘con toda reverencia’.  Tal persona examina la predicación pero ‘no se atreve a poner objeciones contra ella’.

Burroughs  pone al  Rey Eglon de Moab como un ejemplo a seguirse por los santos, por supuesto, no, en sus formas de  ‘paganismo’, ni  en su inoportuna y repugnante muerte, sino como uno que se levantó para recibir a Ehud como un embajador con ‘un mensaje de Dios’. Burroughs, luego, ahonda un poco más, preguntando a sus oidores si sus ‘corazones… se inflaman contra’ la predicación, preguntándoles  que es lo que realmente piensan acerca de la predicación, y señalando la ironía de aquellos que piensan  que han escapado del mundo pero todavía muestran el peor orgullo al rebelarse contra la Palabra de Dios.

Por debajo de esta discusión de irreverencia y orgullo esta la suposición, obvia para Burroughs, que la predicación fiel de la Palabra de Dios es la Palabra de Dios. Debido a que la predicación es la Palabra de Dios, la irreverencia y el orgullo son escandalosos.

5. Los Medios externos y Ordinarios de la Gracia: La Predicación.

Si la predicación de la Palabra de Dios es la Palabra de Dios, entonces cual es su lugar en la vida cristiana y en la adoración?  Como era de esperar, los teólogos responden que la predicación es el medio común de gracia para los cristianos, lo cual es mi quinto punto. Anthony Burgess (d.1664) afirma que el ministerio fiel de la Palabra es ‘la forma común y segura para la conversión de los hombres de su malos caminos’.

El afirma esto con más fuerza en su exposición de 1 Cor.3: El Ministerio es el único medio común que Dios ha señalado, sea para los comienzos como para el aumento de la gracia’. Después de todo, ‘se dice que la fe viene por el oír’, y su propio texto informa a los Corintios que Pablo y Apolos eran los ‘ministros por quienes ellos creyeron’.

En 1649, William Greenhill (1507/8-1671) dedicó un prefacio a una porción de su comentario sobre Ezequiel para defender la prioridad de la predicación, porque ‘donde la Palabra de Dios no es expuesta, predicada y aplicada’ la gente ‘perece’.

¿Pero es este siempre el caso? Que si la gente no se está beneficiando de los sermones? Alexander Henderson (c.1583-1646) una vez admitió en un sermón, ‘Conozco a muchos de ustedes que han dicho, cuando salieron de la predicación… que sus almas no han sido mejoradas en nada por la misma’. Quizás la gente era un poquito más cándida en esos días! Una pregunta que muchos puritanos harían cuando surgía el problema fue hecha a los predicadores: ¿Estaban ellos predicando a Cristo?

6. La Predicación Cristo Céntrica.

Cuando Greenhill leyó acerca de la práctica de Ezequiel de proclamar todo lo que el Señor le había enseñado, él pudo ver sin dificultad un imperativo para los ministros: ellos deben predicar solamente y predicar todo lo que ellos aprenden en la escuela de Cristo.

Haciendo eco de sentimientos similares, Obadiah Sedgwick (1599-1600-1658) afirma que no es sino trabajo perdido si se fundamenta cualquier cosa aparte de Cristo’. Los ministros ‘deben predicar mucho a Cristo’. Nuevamente, ‘sus labores en la predicación, se reducirán a poco, quizás a nada, si no es Cristo, o algo referente a Cristo, sobre lo cual ustedes tan laboriosamente insisten en predicar’.

Goodwin presenta la idea  de que los predicadores ‘ añadirían más belleza a sus propios pies’ si ellos predicaran más del evangelio y menos de ‘las verdades de menor relevancia’. Estos sentimientos son tan comunes en los escritos de los teólogos que yo considero la predicación Cristo céntrica como la sexta de las siete marcas de un ministerio de púlpito puritano.

Como Arrowsmith escribe, los verdaderos ministros ‘establecen a Cristo en sus ministerios;  ellos mismos están contentos  de pararse ante la multitud y levantar a Cristo sobre sus hombros,  contentos de no verse a sí mismo, para que Cristo se exaltado’.

7. ‘El obrar del Espíritu’

La última pero no menos importante marca de un ministerio de pulpito puritano es una dependencia en el Espíritu Santo. Al debatir sobre la predicación los puritanos siempre estaban listos a admitir que predicar no parecía ser un medio sensato para hacer avanzar el evangelio. Aún en el siglo diecisiete, predicar era ‘muy despreciable para la razón humana’.

Pero el así llamado ‘problema’ con la predicación es en sí mismo la respuesta. Dios deliberadamente eligió un medio humilde que amplificaría su propia grandeza y el obrar del Espíritu Santo. Burgess se remonta a la descripción en 1 de Corintios 3 donde Pablo les recuerda a sus lectores que el predicador puede sembrar y regar, pero es Dios quien da el crecimiento. Al igual que en la administración de los sacramentos, la predicación no es automáticamente efectiva. La palabra, sea visible o audible necesita ser recibida por la fe dada por el Espíritu. Y entonces, aunque los predicadores son descritos como colaboradores de Dios, Burgess nos recuerda  que un ministro puede ser fiel pero no tener éxito ya que ‘el éxito es obra de Dios, no el deber de los Ministros’.

Samuel Rutherford (c.1600-1661) dice casi lo mismo, y su aplicación va más allá de la predicación. El nos recuerda que los beneficios de todo lo que hacemos descansa en ‘el obrar del Espíritu’.  Y a medida que reflexionamos sobre nuestros pecados y fracasos como predicadores, recordemos el poder del Espíritu Santo y la gracia de Dios a través de Cristo Jesús  ‘no simplemente para el bien de nuestros oidores, sino también para el bien de nosotros mismos.

Este artículo es un extracto y adaptación del próximo libro de Chad Van Dixhoor, Embajadores de Dios: La Asamblea de Westminster y la reforma del púlpito Inglés, 1643-1653. (God’s Ambassadors: The Westminster Assembly and the reform of the English pulpit, 1643-1653)

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Acerca del autor:

vd2Chad Van Dixhoorn (PhD, Universidad de Cambridge; MDiv, ThM, Westminster Theological Seminary). Actualmente enseña teología en ‘Reformed Theological Seminary’ (US), y es profesor visitante en la Universidad de East Anglia (Inglaterra). Es reconocido mundialmente por su investigacion sobre la historia y teologia de la Asamblea de Westminster y Puritanismo Ingles. En el 2013 fue elegido miembro de la ‘Royal Historical Society’ (Sociedad Real de Historiadores) en reconocimiento  a sus cinco volumenes publicados en la Asamblea de Westminster por Oxford University Press. Es casado, y tiene cinco hijos, ha servido como pastor en Cambridge y Viena. Entre sus libros se encuentran; “Confesando la Fe: Una guia de lectura a la Confesion de Fe de Westminster”, “Las actas y ensayos de la Asamblea de Westminster 1643-1653. 5 Volumenes”, entre otros.

Fuente:

(Fuente:  http://www.reformation21.org/articles/seven-marks-of-a-puritan-pulpit-minisry.php – Publicado primero en ingles el Febrero 2017. Traducido por Maria Romero.)