05-Post-Reforma (Inglesa) s. XVII

William Perkins y el hogar cristiano, por Stephen Yuille

Este articulo ha sido tomado del libro: J. Stephen Yuille, “Un Hogar Espiritual y Puritano: William Perkins y la correcta administración de un hogar cristiano”, en Topicos en Teologia Pastoral. Vol. 2, ed. Jaime D. Caballero (Lima, Peru: Teologia para Vivir, 2020), 47-78. Puede descargar la version en pdf del capitulo aqui.


UN HOGAR ESPIRITUAL Y PURITANO: WILLIAM PERKINS Y LA CORRECTA ADMINISTRACIÓN DE UN HOGAR CRISTIANO

J. Stephen Yuille

Bosquejo: Un hogar cristiano y puritano: William Perkins y la correcta administración de un hogar cristiano[1]

  1. Introducción.
  2. Perkins apela a las Escrituras como la única regla para el orden correcto de un hogar cristiano. 
  3. Perkins aborda los desafíos familiares con sensibilidad pastoral y claridad teológica. 
  4. Perkins expone una visión bíblica de la familia, basada e el relato de la creación. 
  5. Perkins afirma que el principio de “una sola carne” es la característica que define la relación entre marido y mujer. 
  6. Perkins enfatiza la importancia de cultivar una relación matrimonial íntima. 
  7. Perkins construye un hogar espiritual, marcado por responsabilidades mutuas, roles distintivos y propósitos en común. 
  8. Perkins apunta a la promoción de la piedad a través de la familia – la unidad básica de la sociedad. 

1. Introducción

El historiador Christopher Hill escribió por primera vez acerca de la “espiritualización” del hogar puritano en el año 1964.[2]Siendo marxista, estaba principalmente interesado en demostrar cómo un hogar así servía como el criadero para el individualismo económico y, por lo tanto, para el surgimiento de los valores y prácticas capitalistas. Ya sea que se emplee o no la fraseología exacta de Hill, otros han planteado diferentes teorías en cuanto a la importancia histórica y sociológica del hogar espiritual. 

       Levin Schücking, el erudito alemán de la literatura inglesa, lo veía como el catalizador para el desarrollo de la familia conyugal más unida, debido a su desaprobación del celibato y a su celebración de la intimidad.[3] Tal como se podía predecir, la historiadora feminista Lyndal Roper denunció al hogar espiritual como responsable de reforzar las estructuras patriarcales represivas y de someter a los niños a un adoctrinamiento dañino.[4] Más recientemente, la historiadora de la iglesia Alexandra Walsham reconsideró el hogar espiritual, teorizando que a veces funcionaba como un apoyo para el establecimiento político y eclesiástico, y otras veces como un ímpetu para la resistencia clandestina a la autoridad.[5]

Sin menospreciar la utilidad de estos y otros estudios, los voy a esquivar para considerar el significado contemporáneo del hogar espiritual puritano. Para lograr esto, me voy a centrar en el entendimiento de William Perkins acerca de la “oeconomía cristiana” —“la doctrina del orden correcto de una familia”.[6] Expone sus ideas en un tratado escrito a principios de la década de 1590. Se titula “Oeconomy, or Household Government: A Short Survey of the Right Manner of Erecting and Ordering a Family, According to the Scriptures” (Oeconomía, o Gobierno del hogar: Un breve estudio sobre la manera correcta de formar y ordenar una familia, según las Escrituras).[7] A finales del siglo XVI, existió una considerable cantidad de literatura sobre el manejo del hogar.[8]

Entonces, ¿por qué merece el tratado de Perkins nuestra atención?[9] Para empezar, su membresía en “la trinidad de los ortodoxos” (junto con Juan Calvino y Teodoro Beza) es una buena razón para considerar sus puntos de vista sobre cualquier tema.[10] Además, su prestigio como “el padre del puritanismo”[11] apunta a su papel formativo en un movimiento que profundamente dio forma al cristianismo en el Occidente. Como observa el historiador William Haller: “No existieron libros más frecuentemente encontrados en las estanterías de las generaciones sucesivas de predicadores, y el nombre de ningún predicador se repite con mayor frecuencia en la literatura puritana posterior” que el de William Perkins.[12]

Todo eso para decir: La amplia popularidad de Perkins hace que sus puntos de vista sobre el “orden correcto” de una familia sean dignos de nuestra consideración.[13] Quiero hacer siete observaciones que son fundamentales para la visión de Perkins con respecto a la familia y de interés específico para nosotros.

2. Perkins apela a las Escrituras como la única regla para el orden correcto de una familia

A lo largo de sus escritos, Perkins defiende lo que él describe como la “certeza infalible” de las Escrituras —queriendo decir que “el testimonio de las Escrituras es el testimonio de Dios mismo”.[14] Debido a que la Escritura es la Palabra de Dios, Perkins la ve como el medio por el cual Dios se revela a sí mismo e imparte gracia a Su pueblo. Eso implica necesariamente que la Escritura está únicamente en el centro de la vida del cristiano. No es de sorprender que Perkins adoptara la Escritura como el principio de todo su pensamiento y el centro de todas sus enseñanzas. Esto lo lleva a la conclusión de que “la única regla para ordenar la familia es la Palabra escrita de Dios”.[15]

       Perkins se torna a la Palabra escrita, en diferentes textos, que puedan arrojar luz sobre la voluntad de Dios para la familia.[16]Vive en el mundo de los patriarcas, de los reyes de Israel y de los santos del Nuevo Testamento, recogiendo ejemplos tanto para ser rechazados como para ser imitados. En resumen, el orden correcto de la familia de Perkins es el resultado de su teología bíblica. 

La historiadora Margo Todd ha desafiado toda noción del hogar espiritual puritano que surge de la teología protestante,[17]argumentando que la exaltación del matrimonio, la creación de la iglesia familiar, el ascenso de la educación religiosa, el ejercicio de los deberes disciplinarios, y el reconocimiento de la igualdad espiritual emergieron de las “ideas clásicas transmitidas a los puritanos por el humanismo”.[18] Concluye: “La teoría social no es tan dependiente de la postura teológica como han pensado los historiadores del puritanismo. El humanismo cristiano —y no el calvinismo inglés— sentó las bases del hogar espiritualizado”.[19]

Pero Todd no considera cómo los mismos puritanos ven a los escritores clásicos. Perkins, por ejemplo, comenta: 

Los antiguos escritores tendrán sus dichos y testimonios bien examinados, y serán recibidos en la medida en que estén de acuerdo con la regla de nuestra fe, y con los escritos de los profetas y apóstoles.[20]

Además, Todd no explica las diferencias fundamentales entre los puritanos y estos escritores. En la fundación del hogar espiritual de Perkins no hay la promoción de la “mentalidad cívica” tal como la articula cualquiera de los autores clásicos, sino la promoción de la piedad. 

Los códigos domésticos del Nuevo Testamento (NT, de aquí en adelante) y las máximas de los filósofos morales no son dos caras de la misma moneda. El NT provee un nuevo poder para llevar a cabo los mandamientos de Dios: la gracia de Dios. El NT presenta un nuevo propósito para llevar a cabo los mandamientos de Dios: la gloria de Dios. Y el NT provee un nuevo patrón para llevar a cabo el mandato de Dios: el Hijo de Dios. Además, existe una clara antítesis entre el concepto aristotélico y el concepto cristiano de la virtud. El primero es externo mientras que el segundo es interno. En otras palabras, la virtud cristiana nace de un amor que brota de un corazón transformado. Para Perkins, la intención del corazón es la esencia de la virtud. Esto significa que las obras de los no-regenerados pueden ser buenas en su forma material, pero aún así pecaminosas porque provienen de un corazón corrupto. Por lo tanto, de manera inevitable los afectos del individuo deben ser cambiados. Esta es la meta del hogar espiritual y está muy lejos del hombre virtuoso de Aristóteles.[21]

Sin lugar a dudas, Perkins cree que la Escritura por sí misma establece los parámetros para todas las discusiones concernientes a la familia. Necesitamos escuchar eso hoy. Así como las artes y las ciencias tienen axiomas fundamentales, así también la teología, y para Perkins lo siguiente es de suma importancia: la Escritura canónica es la Palabra de Dios.[22] Si se pierde este axioma para el estudio de la teología, todos los demás caen. En relación con esto, es importante notar que Perkins no es un relativista —alguien que asume que no se puede saber la intención original de los autores bíblicos. 

Tampoco es un racionalista —uno que reduce la fe cristiana a verdades que puede derivar de la naturaleza. Y Perkins no es un encarnacionalista —alguien que cree que la Escritura viene envuelta en un lenguaje y cultura humana, resultando en una mezcla de la verdad de Dios y de un mito cultural. Perkins es un biblista, que funciona con la premisa de que la tarea del teólogo es simplemente exponer lo que el Espíritu Santo ha revelado en las Escrituras. Esta convicción gobierna su enfoque de la correcta “formación y orden” de la familia.

3. Perkins aborda los desafíos familiares con sensibilidad pastoral y claridad teológica

Cuando la gente acudía a Perkins en busca de consejo, descubrían el corazón de un pastor. Todo indica que era un hábil consejero espiritual que sobresalió al adaptar la sabiduría de la Escritura a todo asunto concebible. Esto lo hizo extremadamente popular, especialmente debido al hecho de que los protestantes ingleses tenían muy poca literatura que ofrecía algún discernimiento sobre cómo tratar los problemas de la vida diaria. La escritura y la enseñanza de Perkins llenaron este enorme vacío. Su consejo pastoral abordó las innumerables luchas que los cristianos experimentan mientras viven en un mundo caído.

En el contexto específico de la familia, Perkins trata una multitud de cuestiones prácticas. Por ejemplo, explica la diferencia entre las etapas de “compromiso” y de “consumación” en un acuerdo matrimonial.[23] Destaca las “señales esenciales” que indican que una persona es “apta” para el matrimonio.[24] En relación con esto, dedica varias páginas a trazar “la justa y lícita distancia de sangre” que es necesaria para que la gente se case. También se ocupa de cuestiones de compatibilidad. ¿Existe “paridad o igualdad” en términos de edad, condición y reputación?[25] Perkins también explica en detalle los papeles distintivos de los padres y los hijos en la realización de un acuerdo matrimonial.[26]

Además de estas cuestiones prácticas, Perkins habla de una serie de “casos” específicos —situaciones desconcertantes, muchas de las cuales sin lugar a dudas enfrentó como pastor. ¿Qué pasa si una mujer joven no está dispuesta a casarse con un hombre con el cual estaba comprometida cuando era niña? ¿Qué sucede si un joven entra en un compromiso en una condición “furiosa y frenética” y luego cambia de opinión?[27] ¿Qué ocurre si los padres de una joven arreglan que se case con un incrédulo? ¿Qué sucede si el futuro cónyuge de una persona queda incapacitado?[28] ¿Cómo debe manejar un cónyuge una ausencia prolongada que es “perjudicial” para el matrimonio?[29] ¿Cuándo está permitido disolver un matrimonio?[30] ¿Qué debes hacer si tu cónyuge te abandona?[31] ¿Qué debes hacer si tu cónyuge te amenaza?[32] ¿Qué debes hacer si tu cónyuge requiere algo “intolerable” de ti?[33] ¿Qué debes hacer si tu cónyuge es infiel?[34]

En todo esto, Perkins demuestra una gran sabiduría bíblica, especialmente cuando aplica la Escritura a personas quebrantadas en relaciones rotas. Este realismo es un elemento que falta en muchos de los sermones fúnebres y en los relatos biográficos de la época, en los que se tiende a embellecer la dicha doméstica ignorando al mismo tiempo los aspectos más complejos de la vida familiar. Esto es probablemente el resultado de una intención apologética. Pero Perkins proporciona un chequeo de la realidad muy necesario, uno que haríamos bien en tener en cuenta. Tendemos a idolatrar el pasado, sumergiéndonos en el idealismo romántico, pero nunca hubo un tiempo idílico en el pasado cuando las familias han estado libres de las devastaciones del comportamiento humano pecaminoso. Y nunca hay soluciones fáciles para los desafíos matrimoniales y parentales. Ahí está la cruz. 

La única esperanza para los hogares, matrimonios y relaciones rotos es el Cristo quebrantado y exaltado. “Así como el amor mutuo une a un hombre con otro, así la verdadera fe nos hace uno con Cristo”, escribe Perkins.[35] Esto es paradigmático para Perkins. Por medio de esta unión, “Cristo, con todos Sus beneficios, se hace nuestro”.[36] Esto significa que disfrutamos de un nuevo estatus legal e identidad en Él; además, disfrutamos de comunión con Él en Sus nombres, títulos, justicia, santidad, muerte y resurrección. Este es el punto de partida necesario para abordar los muchos desafíos que acechan a la familia.

4. Perkins expone una visión bíblica de la familia, basada en el relato de la creación

Al estudiar Génesis 1 y 2, Perkins hace cinco observaciones sobre la relación matrimonial.[37] (1) “Fue ordenada por Dios en el paraíso, por encima y antes de todos los demás estados de vida, en la inocencia de Adán antes de la caída”.[38] (2) “Se instituyó tras una consulta muy seria y solemne entre las tres personas de la Santísima Trinidad”. (3) “La manera de esta unión fue excelente, porque Dios unió de inmediato a nuestros primeros padres, Adán y Eva”. (4) “Dios dio una gran bendición al estado matrimonial”. (5) “El matrimonio fue hecho y establecido por Dios mismo para ser la fuente y el seminario de todo tipo de vida en la comunidad y en la iglesia”.

Por lo tanto, para Perkins el relato de la creación es fundamental para una visión bíblica del matrimonio (y de la familia). Para la presente discusión, su segunda observación es particularmente relevante: una vez más, el matrimonio “se instituyó tras una consulta muy seria y solemne entre las tres personas de la Santísima Trinidad”.  Es decir, la narración de la creación enfatiza el hecho de que el trino Dios hizo a Adán y Eva a Su imagen y semejanza, y luego les ordenó que fueran fructíferos. 

La inferencia es que el trino Dios quiso que esta familia reflejara la relación dentro de la Trinidad, y que fuera el contexto en el cual nosotros disfrutamos de la clase de relación disfrutada dentro de la Trinidad. Por eso la expresión “y serán una sola carne” es tan crucial. Destaca una experiencia de “diversidad en la unidad” que es exclusiva del ámbito del matrimonio. Basándose en esto, la quinta observación de Perkins se vuelve instructiva: “El matrimonio fue hecho y establecido por Dios mismo para ser la fuente y el seminario de todo tipo de vida en la comunidad y en la iglesia”.

Muchas de las discusiones sobre el matrimonio no logran dirigir nuestra atención hacia esta realidad, y por lo tanto terminan presentando una visión restringida de la familia. Debemos tener el punto de partida correcto. La recuperación de nuestra identidad como los que llevan la imagen de Dios conlleva la restauración de la familia a su carácter original; este es el corazón de la visión cristiana de la familia. Nos mantiene alejados de diversos peligros. Nos impide, por ejemplo, de convertir los roles y las responsabilidades en la “clave” para un matrimonio (y una familia) feliz. 

También evita que hagamos de las técnicas y metodologías la “clave” para un matrimonio (y una familia) feliz. Perkins enfatiza la importancia de estos aspectos, pero nunca se separa de la narrativa de la creación. Cuando las prescripciones detalladas para la obediencia se vuelven centrales, la gracia siempre se ve amenazada. Esto es cierto en el caso del hogar. Cuando las reglas se vuelven centrales, el resultado es la intolerancia y la inflexibilidad, por lo cual el orden correcto de una familia se convierte en algo mecánico en lugar de relacional.

5. Perkins afirma que el principio de “una sola carne” es la característica que define la relación entre marido y mujer

Según Perkins: “El matrimonio es la unión lícita de las dos personas casadas; es decir, de un hombre y una mujer en una sola carne”.[39] También explica los deberes de los que están así unidos. El primero es la “cohabitación”: la “convivencia tranquila y confortable en un mismo lugar para el mejor cumplimiento de los deberes mutuos”.[40] El segundo es la “comunión”: la comunicación mutua de “sus personas y bienes” entre sí, “para su mutua ayuda, necesidad y consuelo”.[41] Perkins añade: “Este deber consiste principalmente en la realización de una benevolencia especial entre sí, y eso no por cortesía, sino por la debida deuda […]. La debida benevolencia debe manifestarse con un afecto singular y total el uno hacia el otro; y esto principalmente en tres maneras” — disfrutando el uno del otro,[42] apreciándose el uno al otro[43] y regocijándose el uno en el otro.[44]

El significado del principio de “una sola carne” es evidente a lo largo del tratado de Perkins. Un esposo debe amar a su esposa como a sí mismo, considerando el estado de su esposa como el suyo propio.[45] George Swinnock pone un énfasis tremendo en la responsabilidad del marido de amar a su esposa, declarando: 

Ellos son un cuerpo, una carne y, por lo tanto, deben tener solo un alma, un espíritu; tienen una cama, una mesa, una casa y, por lo tanto, deben ser uno en el corazón. El amor entre Cristo y Su esposa, que es tan ferviente que ella se enferma de amor por Él, y Él murió por amor a ella (Cnt. 2:4; Jn. 15:13), es presentado en el amor entre marido y mujer, para mostrar cuán grande es, o al menos debería ser, este amor. [46]

También debe estimar a su esposa “teniendo en cuenta que ella es su compañera”.[47] En este contexto, Perkins da un ejemplo práctico del principio de “una sola carne” en acción. Pregunta: “¿Puede el marido corregir a su mujer?” Habiendo rechazado tal noción como contraria a las Escrituras, reafirma: “No puede castigarla ni con azotes ni con golpes. La razón es clara: las esposas son compañeras de sus maridos, y los dos son una sola carne. Y nadie aborrecerá, y mucho menos golpeará su propia carne, sino que ‘la sustenta y la cuida’ (Ef. 5:29)”.[48]

       De la misma manera, Swinnock escribe: “Si las Escrituras no te permiten ser áspero con tu esposa, tampoco te permiten golpearla […]”. Sócrates podía decir: “Golpear a su mujer es un sacrilegio tan grande para un hombre como profanar las cosas más sagradas del mundo”.[49] Para William Gouge, el marido que golpea a su mujer es “peor que la víbora venenosa” —una “bestia” más que un “hombre”.[50] Perkins afirma que tal “comunión de esposos” es “un tipo vivo de Cristo y de Su Iglesia” y “una figura de la unión que hay entre Él y los fieles”.[51]

La apreciación de esta verdad es crucial. Una de las principales presiones para el matrimonio en nuestros días es la cosmovisión epicúrea, que en última instancia no supone ninguna realidad fuera del orden natural. La fidelidad en el matrimonio, entonces, es simplemente el resultado de factores personales y económicos. Además, el matrimonio es simplemente una conveniencia provisional que se disuelve cuando una de las partes decide que ya no le es de su interés.

En marcado contraste, el concepto de matrimonio basado en el principio de “una sola carne” lo libera de su caricatura moderna como una trampa, una tarea o una carga. Libera el matrimonio de la conveniencia o inconveniencia egoísta en que se ha convertido, y eleva el matrimonio a la esfera de lo divino. Y distingue el matrimonio como uno de los llamados más sagrados que el mundo ha conocido.

6. Perkins enfatiza la importancia de cultivar una relación matrimonial íntima

En su tercera observación sobre la institución del matrimonio, Perkins afirma: “La manera de esta unión fue excelente, porque Dios unió de inmediato a nuestros primeros padres, Adán y Eva”. Según Perkins, esta unión fue emocional, espiritual y física. Por esta razón, denuncia a los que prohíben el matrimonio y consideran la “debida benevolencia” como pecado. 

       La visión del celibato como un medio para la espiritualidad se incorporó a la iglesia en una fecha temprana. A partir del siglo II, muchos permitieron que las filosofías dualistas influyeran en sus creencias con respecto a la sexualidad (p. ej., el gnosticismo y el maniqueísmo). Sostenían que el deseo contamina toda actividad sexual. Para muchos, esto implicaba que la virginidad era superior al matrimonio (p. ej., Cipriano).[52] Para algunos, implicaba que los segundos matrimonios eran inaceptables (p.ej., Tertuliano).[53] Estas convicciones incluso contribuyeron en parte a la emulación de la Virgen María (p.ej., Ireneo).[54]

       Sin duda, el pensador más influyente del período fue Agustín, quien argumenta que la sexualidad prácticamente paraliza todo el poder del pensamiento deliberado.[55] Como señala Henry Chadwick, para Agustín:

En la naturaleza humana como lo es ahora, el impulso sexual es el síntoma o expresión supremo de la condición irracional, incontrolable y obsesiva de la psique humana en su condición caída.[56]

Desde esta premisa, la Iglesia Medieval reconoció dos razones para el matrimonio: la procreación de los hijos y la prevención de la fornicación. Estas nociones permanecieron prominentes dentro de la iglesia hasta que los reformadores se apartaron de la tradición aceptada añadiendo una tercera razón para el matrimonio: la sociedad mutua. Heinrich Bullinger, por ejemplo, insistió en que “el santo matrimonio fue instituido […] en el paraíso y el jardín del placer […] antes de la caída del hombre […] por Dios mismo, sin duda para el gran consuelo y la ayuda del hombre”.[57]

       Perkins critica a aquellos “eruditos escolásticos” que enseñan que “el acercamiento secreto entre marido y mujer no puede estar exento de pecado”.[58] También critica a la Iglesia de Roma por prohibir el matrimonio a “ciertas parejas” porque “creen que este acercamiento secreto entre marido y mujer es una inmundicia”.[59] Perkins hace mención específica de Siricio (334-399): 

Aquel sucio papa de Roma, que determinó que el matrimonio era la impureza de la carne, y para ello abusó de las palabras del apóstol (Ro. 8:8), afirmando que los que están en la carne, es decir, en estado de matrimonio, ‘no pueden agradar a Dios’.[60]

En contraste con la tradición medieval, Perkins afirma cuatro “propósitos” del matrimonio.[61] (1) “La procreación de hijos, para la multiplicación y continuación de la simiente y la posteridad del hombre sobre la tierra”. (2) “La protección de una simiente santa, por medio de la cual la iglesia de Dios puede ser guardada santa y casta, y que siempre puede haber una compañía santa de hombres que puedan adorar y servir a Dios en la iglesia de edad en edad”. (3) “Para que después de la caída de la humanidad, pueda ser un medio soberano para evitar la fornicación y, en consecuencia, para someter y apagar los deseos ardientes de la carne”.[62] (4) “Para que las parejas casadas puedan cumplir mejor y más cómodamente los deberes de su llamado”. 

En su trato de este tema, Perkins no demuestra antipatía hacia el cuerpo. Daniel Doriani argumenta que los puritanos nunca se liberaron realmente de las tendencias dualistas de sus antepasados. Escribe: 

Los puritanos […] “formularon tantas advertencias y restricciones que sus protestas sobre lo bueno y la pureza de la sexualidad perdieron su fuerza”. Ellos sostienen que el matrimonio y el sexo son puros, que Dios requiere que las parejas comuniquen sus cuerpos entre sí, y que las relaciones sexuales tienen productos beneficiosos.

Sin embargo, Doriani cree que no se libran de “la idea Católica Griega y Romana de que el deseo mancha el acto procreativo y lo hace vergonzoso”.[63] Por lo tanto, su “vaga incomodidad con la pasión y placer desciende del dualismo Griego y Católico con su menosprecio y antipatía hacia el cuerpo. A los hermanos piadosos les resultaba muy difícil romper completamente con esa tradición, incluso a lo largo de varias generaciones.”[64]  

       Sin lugar a duda hay algo de verdad en la conclusión de Doriani; sin embargo, es difícil hablar categóricamente en nombre de todos los puritanos., por ejemplo, Swinnock afirma que “el matrimonio y la santidad no son incompatibles”, señalando que el matrimonio es una “institución divina”, establecida en “el estado de inocencia del hombre”.[65] “Así, pues, Swinnock escribe: 

Cuán abominable es llamar impuro lo que Dios ha limpiado, o hacer de un Dios santo el autor de una ordenanza pecaminosa […]. No hay duda de que los doctores papistas que lo denominan inmundicia y contaminación no consideran que fue ordenado antes de la caída y corrupción del hombre.[66]

Gouge comparte estos sentimientos, alentando abiertamente la “debida benevolencia”.[67] Dice: 

Así como el hombre debe estar satisfecho en todo momento con su esposa y aun cautivado por su amor, así también la mujer debe estar satisfecha en todo momento con su marido y aun cautivada por su amor. 

Nuevamente: 

Esta debida benevolencia […] es uno de los actos más apropiados y esenciales del matrimonio […], debe ser realizado con buena voluntad y deleite, de buena gana, pronta y alegremente.[68]

Los buenos dones de Dios (incluyendo la relación conyugal) son expresiones de Su bondad y, por lo tanto, están diseñados para que los disfrutemos. Los buenos dones de Dios deben ser recibidos con acción de gracias (1 Ti. 4:3-4). Debido al pecado, podemos fácilmente abusar de la comida, la bebida, la recreación, el sueño, la sexualidad, etc. 

       La acción de gracias previene tal abuso. Utilizamos los dones de Dios de manera sagrada: reconocemos que provienen de Dios. Los usamos sobriamente: no hacemos un ídolo de los deleites terrenales. Los usamos prudentemente: no los hacemos más importantes que el alma. El hecho de que Dios creara a Adán y Eva, declarara que no debían estar solos y los uniera (todo antes de la caída), es suficiente evidencia de que el matrimonio es bueno.[69] Perkins no era un asceta. No tenía ningún problema con los deleites “naturales”. “Podemos usar estos dones de Dios —dice él— no solo con moderación, y por mera necesidad […], sino también libre y abundantemente, para el deleite y placer cristiano. Porque esta es la libertad que Dios ha otorgado a todos los creyentes”.[70] El camino a la santidad, por lo tanto, no se encuentra en abstenerse de los buenos dones de Dios, sino en disfrutarlos, haciendo eco de las palabras de Pablo: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.” (1 Co. 10:31).

       No se trata de los placeres naturales. Son buenos porque Dios los ha ordenado. El problema es el abuso, en el cual buscamos satisfacción en estas cosas separados de Dios. Cuando el temor de Dios “neutraliza” y “modera” nuestros afectos, el resultado es la moderación en el uso de los placeres naturales. Hablando de los puritanos en general, Frye observa que “su temor era a un amor inmoderado, cuya propia violencia le impedía mantener la estabilidad necesaria para la relación matrimonial, y cuya intensidad de apego era probable que se quemara y muriera”. Él añade: 

La humanidad del hombre […] consistía en vivir según el plan divino, en su expresión existencial de la voluntad de Dios más que de su propia voluntad. Asignar importancia prioritaria, ante Dios, a cualquier cosa que era debajo Dios, era idolatría.[71]

Sobre esta base, los puritanos consideran que el deseo es idolatría. Frye dice: 

Así, las advertencias puritanas no se referían a ningún pecado involucrado en el amor físico en sí mismo […]. Se temían dos cosas: el deseo como fundamento sexual inestable para el matrimonio en este mundo, y el deseo como preventivo idólatra de la felicidad en el mundo venidero.[72]

De su análisis de la literatura primaria, Leites concluye: 

Este amor sensual no es simplemente permitido, dada la existencia de una relación más elevada, más santa, ‘espiritual’ entre el hombre y la esposa, ni tampoco es permitido solamente para promover los otros propósitos del matrimonio. Se requiere como un elemento constitutivo e intrínseco de un buen matrimonio. Este afecto y deleite sensual debe continuar incesantemente, con toda la intensidad del deseo juvenil a lo largo de toda la vida matrimonial.[73]

En todo esto, Perkins se opone fuertemente a una espiritualidad incorpórea. La separación ontológica fundamental de la realidad en la cosmovisión gnóstica/platónica/neoplatónica, es entre espíritu y materia. La realidad consiste en un reino material (imperfecto, irreal y variable) y un reino espiritual (perfecto, real e inmutable).

       En Phaedrus, Platón explica cómo podemos hacer contacto con el reino espiritual.[74] En pocas palabras, la mente (la razón humana) no tiene lugar en el reino espiritual. Toda experiencia está entre el espíritu humano y el reino espiritual. El reino material (el mundo de las particularidades) es irracional, porque el conocimiento se basa en el sentido y la razón. Tampoco podemos confiar. 

       Sobre esta base, Plotino (207-270), filósofo romano del siglo III y padre del neoplatonismo, hace hincapié en el papel de la contemplación en la unión del espíritu humano con lo divino. Para él, el camino al conocimiento divino es “separarse a sí mismo de su cuerpo y dejar muy encarecidamente a un lado el sistema del sentido con sus deseos e impulsos y toda esa futilidad”.[75]Una vez más: 

El Todo-Trascendente no tiene nombre. Podemos decir lo que no es, mientras que guardamos silencio sobre lo que es. Aquellos que están divinamente poseídos e inspirados tienen al menos el conocimiento de que tienen algo más grande dentro de ellos, aunque no pueden decir lo que es”.[76]

Plotino enseña que hay un principio último —el Uno. Es el principio detrás de absolutamente todo. No posee ninguna propiedad. Es imposible saber todo acerca del Uno a través de la razón. Por lo tanto, debemos convertirnos en uno con él a través de la experiencia mística.

La contemplación era un principio unificador en el cosmos de Orígenes: […] Detrás de esto estaba la idea platónica del parentesco del alma con lo divino: era este parentesco que hacía posible la contemplación y que se realizaba en la contemplación […]. Las almas no fueron creadas, ni para Platón ni para Orígenes: eran preexistentes e inmortales. La distinción ontológica más fundamental en tal mundo era entre lo espiritual y lo material. El alma pertenecía al primer reino en contraste con su cuerpo que era material: el alma pertenecía al reino divino y espiritual y solo estaba atrapada en el reino material por su asociación con el cuerpo.[77]

El hombre vive en ambos reinos. Su cuerpo reside en el reino material: se relaciona con él a través de sus sentidos; evalúa su percepción de los sentidos usando su razón. Su espíritu reside en el reino espiritual: se relaciona con el mundo espiritual a través de su espíritu —y no con sus sentidos o su razón. 

       La muerte marca la liberación del espíritu (literalmente, el escape) del reino material. Hasta que eso suceda, la meta del hombre es morar en el reino espiritual al no enfatizar el reino material. Y así, en la cosmovisión gnóstica/platónica/neoplatónica, hay una jerarquía definida de lo menor (lo material) a lo mayor (lo espiritual). El Concilio de Nicea (325) confirmó la doctrina de la creación ex nihilo (de la nada). Esta posición suponía un gran abismo ontológico entre Dios y la humanidad. Perkins se encuentra en esta tradición, rechazando el dualismo espíritu-materia de la realidad y afirmando la distinción absoluta entre el Creador infinito y la criatura finita. Esto significa que no hay parentesco ontológico entre Dios y la humanidad. Este fue un correctivo muy necesario a la espiritualidad derivada de Orígenes tan prevalente dentro de la Iglesia Católica Romana. 

       El ideal monástico era que la naturaleza pecaminosa debía ser sometida dentro del ambiente aislado de un monasterio con un régimen bien ordenado para el alma y el cuerpo. En marcado contraste, Perkins cree que la piedad abarca toda la vida; es decir, todo es espiritual. Además, él cree que hay una mejor escuela para la piedad que el aislamiento monástico —a saber, la familia, donde vemos nuestra pecaminosidad y aprendemos cómo crecer en la semejanza de Cristo.[78]

7. Perkins construye un hogar espiritual, marcado por responsabilidades mutuas, roles distintivos y propósitos en común

Perkins define un hogar como “una sociedad natural y sencilla de ciertas personas, que tienen una relación mutua entre sí, bajo el gobierno privado de uno”.[79] Hay dos componentes cruciales en esta definición. 

Primero, el hogar consiste en una “sociedad de ciertas personas”. Perkins distingue esta “sociedad” en tres “parejas”. Perkins añade: “Una pareja es aquella en la que dos personas que mantienen relaciones mutuas entre sí se combinan como si fueran una sola. Y de estos dos el uno es siempre más alto, y lleva gobierno, el otro es más bajo, y rinde sujeción”.[80] Como observa Edmund Morgan, para los puritanos “el orden de la sociedad consistía en ciertas relaciones duales, la mayoría de ellas originadas en acuerdos entre las personas relacionadas y todas ellas dispuestas en un patrón de autoridad y sujeción”.[81]

La primera es marido y mujer. El esposo, siendo cabeza de su esposa, debe amarla y honrarla.[82] Sus principales responsabilidades incluyen dirigir la adoración familiar, asegurar la asistencia a la adoración pública, proveer para su familia y mantener el orden dentro de su hogar. La esposa, por su parte, “debe someterse a su marido”.[83] Sus responsabilidades incluyen asesorar a su esposo y mantener su casa.

Muchos argumentan que el someterse implica necesariamente una baja visión de las mujeres. No hay duda de que algunos puritanos ven a las mujeres como intrínsecamente inferiores; sin embargo, esta actitud es difícil de detectar en Perkins, para quien la sujeción no es un indicador de valor. Él cree que hay papeles ordenados por Dios en la relación matrimonial. Para el marido, esto significa que debe amar a su esposa como Cristo ama a la iglesia. Para la esposa, esto significa que debe someterse a su marido como la iglesia se somete a Cristo. 

Las perspectivas de Swinnock sobre este tema son útiles: 

Aunque el filósofo nos dice que la mujer es solo “la desviación de la naturaleza”, y muchos la desprecian como personas sin valor, la Escritura, la palabra de verdad, las dignifica como consistentes en las mismas partes esenciales, y capaces de las mismas perfecciones celestiales, juntamente con los hombres. ¡Cuánto las elogia Dios cuando son santas! Y de todo lo que cualquier hombre puede decir, la mujer, después de la naturaleza humana de Cristo, tiene el lugar más grande de toda criatura en el cielo.[84]

Del mismo modo, Gouge escribe: 

Pero si el hombre y la mujer se comparan entre sí, encontraremos una igualdad cercana […]. Ambos son hechos a la misma imagen, redimidos por el mismo precio, partícipes de la misma gracia, y herederos juntos de la misma herencia. Pregunta: ¿Cuál es entonces la preferencia de la clase masculina? ¿Cuál es la excelencia del marido? Respuesta: Solo en lo exterior y momentáneamente. En lo exterior, en las cosas de este mundo solamente, porque en Cristo Jesús ambos son uno. Momentáneo, solo por el tiempo de esta vida; porque en la resurrección no se casan, ni se dan en casamiento, sino que son como los ángeles de Dios en el cielo; entonces cesa toda sujeción de las esposas a los esposos.[85]

La segunda pareja es padre e hijo. Los padres tienen dos deberes principales. En primer lugar, son responsables de “la crianza” de sus hijos, asegurándose “de que puedan vivir, y que puedan vivir bien”.[86] Esto se aplica a su bienestar físico y —lo que es más importante— a su bienestar espiritual.[87] Los padres deben “sembrar las semillas de la piedad y de la religión en el corazón del niño, tan pronto como tengan uso de la razón y de la comprensión; y a medida que crece en los años, hay que cuidar de que crezca en conocimiento y gracia”. Juntos, esposo y esposa ejercen autoridad sobre sus hijos al criarlos de acuerdo a los principios de la Palabra de Dios. En cuanto a los hijos, deben “rendir” obediencia y “recompensar” a sus padres apoyándolos cuando sean mayores.[88]

La tercera pareja en el hogar es el amo y el sirviente. Con el término sirvientes, Perkins se refiere a empleados tales como empleados domésticos, aprendices, obreros y dependientes. Perkins deja claro que hay “dos tipos” de sirvientes: (1) se contrata a un “siervo libre” por un salario para completar un determinado servicio; y (2) un “siervo no libre” (“comúnmente llamado esclavo”) que se compra por dinero.[89] Perkins lucha largamente por la legitimidad de la esclavitud, concluyendo: 

El poder y el derecho de tener esclavos, en aquellos países donde está establecido por leyes positivas, puede ser de buena conciencia, si se usa con moderación, en donde se observan estas advertencias. 

  1. Que el amo no tiene el poder de la vida y la muerte sobre su siervo. 
  2. Que no se le conceda la libertad de usar a su siervo a su voluntad y placer en todas las cosas. 
  3. Que el poder no se extienda a la orden de cosas que van en contra de la piedad y la justicia. 
  4. Que los amos no se tomen la libertad de separar a sus siervos casados, los unos de los otros, o a los que son padres de sus hijos: considerando que Dios mismo ha hecho estas sociedades, y ha unido a estas personas, y por lo tanto el hombre no puede separarlas. 
  5. Que los amos no se tomen la libertad de poner a sus siervos en manos de amos impíos e incrédulos: porque esa es una libertad severa y cruel. 
  6. Que no los aten a la esclavitud perpetua y nunca los hacen libres.
  7. Que la servidumbre no sea procurada y retenida por la fuerza, porque es un crimen más grave privar a un hombre de su libertad que de sus riquezas.[90]

Este último punto es particularmente significativo. Para Perkins, la esclavitud es una práctica voluntaria, que es “contra la ley de la naturaleza” antes de la caída, pero no “contra la ley de la naturaleza” después de la caída.[91] Y añade: 

La servidumbre no procede de la naturaleza, sino que tiene su origen en las leyes de las naciones, y es consecuencia de la caída. Porque todos los hombres por naturaleza son iguales e indiferentemente libres, ni más ni menos que los demás. [Por esta razón], donde se ha abolido este tipo de servidumbre, no debe volver a ser recibida o albergada entre los cristianos, sobre todo teniendo en cuenta que es un curso mucho más suave y moderado tener sirvientes contratados.[92]

Baxter es muy fuerte en su condena de la práctica: 

Ir como piratas y atrapar a los pobres negros o gente de otra tierra, que nunca perdieron la vida o la libertad, y hacerlos esclavos, y venderlos, es uno de los peores tipos de robo en el mundo; aquellas personas deben ser consideradas enemigos comunes de la humanidad; y aquellos que los compran y los usan como bestias para su propia comodidad, traicionando, destruyendo o descuidando sus almas, son más aptos para ser llamados demonios encarnados que cristianos.[93]

En circunstancias normales, estos vivían como miembros de la familia de su empleador. El amo debe asignar el trabajo de acuerdo con la fuerza del siervo. Adicionalmente, él debe recompensar a su siervo (1) dándole el debido sustento mientras está empleado; (2) pagándole un salario justo al final de su servicio; y (3) cuidándolo si se enferma durante su tiempo de trabajo.[94] Por otra parte, un siervo “debe conducirse fiel y diligentemente en los asuntos de su amo, y servirle, como para Cristo”.[95]

El paradigma de las “tres parejas” de Perkins se desarrolló con base en Efesios 5:22-6:9 y Colosenses 3:18-4:1. En el primer texto, Pablo precede sus comentarios con una exhortación general: “Sométanse unos a otros en el temor de Cristo” (v. 21 NBLH).[96] Luego lo aplica a las tres relaciones del hogar. Se dirige a las esposas antes que a sus maridos y les dice que se sometan a ellos. Se dirige a los niños antes que a sus padres y les dice que deben obedecerlos. Se dirige a los sirvientes antes que a sus amos y les dice que deben obedecerlos. El éxito de estas relaciones depende del cumplimiento de la primera instrucción: “Sométanse unos a otros en el temor de Cristo”.

El segundo elemento de la definición de un hogar según Perkins es que las tres parejas anteriormente mencionadas se relacionan entre sí “bajo el gobierno privado de uno”. De estas tres parejas, dice Perkins, “surgen dos personas de naturaleza y condición mixta o compuesta, comúnmente llamadas el señor y la señora del hogar”.[97] El señor de la familia tiene “el lugar de un marido, un padre, un amo en su casa”. Toda la casa descansa en sus manos por la ordenanza de Dios. Sus responsabilidades son las siguientes:

(1) Llevar la carga mayor, y ser el agente principal, y promover la adoración de Dios dentro de su familia. 

(2) Llevar a su familia a la iglesia o a la congregación en el día de reposo, velar que se comporten religiosamente allí, y después de que los ejercicios públicos terminen, y la congregación es despedida, tomar en cuenta lo que han oído, a fin de que se beneficien del conocimiento y de la obediencia. 

(3) Proveer para su familia comida, bebida y ropa, y que puedan vivir una vida tranquila y apacible. 

(4) Mantener el orden y ejercer la disciplina en su casa. 

(5) Darles albergue a los extranjeros, y no de la familia, si son cristianos y creyentes.[98]

En cuanto a la señora de la familia, presta asistencia al señor del hogar en el gobierno de la familia. “Ella es la asociada, no solo en el cargo y en la autoridad, sino también en el consejo y la asesoría”.[99]

La cabeza de familia ejerce el liderazgo bajo el cual su esposa desempeña sus funciones, al igual que sus hijos y sirvientes.[100]Tal perspectiva de la familia no está exenta de detractores, pero es importante apreciar la visión completa de Perkins. 

La autoridad nunca es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un fin. Existe para que la vida pueda florecer. Tal autoridad funciona dentro del principio de “una sola carne”, lo que significa que se basa en la entrega de uno mismo, no en el servicio a sí mismo. Tal autoridad funciona dentro de los parámetros de la Palabra de Dios; por lo tanto, nunca es arbitraria. Es más, dicha autoridad funciona en el contexto de la reciprocidad —actuar juntos, decidir juntos, trabajar juntos, vivir juntos, etc. Su objetivo final es promover relaciones familiares en las que el amor se expresa desinteresadamente. En opinión de Perkins, cuando los miembros de la familia cumplen sus funciones y responsabilidades dentro de ese marco, el hogar se convierte en “una especie de paraíso en la tierra”.[101]

8. Perkins apunta a la promoción de la piedad a través de la familia —la unidad básica de la sociedad

La Reforma Inglesa fue un proceso prolongado, en el cual el país se movió en múltiples ocasiones entre el Catolicismo y el Protestantismo conforme los monarcas iban y venían. En un lapso de veinte años, la religión de la nación cambió cuatro veces. Pero el reinado de Isabel trajo estabilidad y proporcionó el clima tan necesario para que los reformadores ingleses solidificaran la posición de la iglesia. Perkins jugó un papel fundamental en esto, y sus obras se convirtieron en la polémica estándar contra Roma.

Por más que se haya progresado notablemente en la reforma de la enseñanza medieval a la luz de la Escritura, Perkins se preocupó por la condición espiritual dentro de la Iglesia de Inglaterra y del país en su conjunto. Estaba convencido de que el pueblo seguía sufriendo los efectos negativos del dogma Católico Romano de la fe implícita. Es decir, la mayoría de la gente todavía asumía que mientras aceptaran “algunos puntos necesarios de la religión” eran buenos cristianos. En un día (no muy diferente al nuestro) en el que el mero asentimiento era considerado como fe, la profesión vacía era aceptada como conversión y la formalidad muerta era aceptada como piedad, Perkins estaba particularmente agobiado por la prevalencia de la “civilidad” dentro de la iglesia profesante. “Si miramos el estado general de nuestro pueblo —dice él— veremos que la religión es profesada, pero no obedecida: Es más, la obediencia es considerada como precisión y, por ende, reprochada”.[102] Como explica R. C. Lovelace: 

El problema al que se enfrentan los puritanos cuando miran a su sociedad en decadencia y a su iglesia tibia no es simplemente desplazar a los fieles del lodazal del pecado mortal o venial, sino despertar radicalmente a los que son cristianos profesantes, pero que no son cristianos verdaderos, que están atrapados en una trampa de seguridad carnal.[103]

Los servicios del Libro de Oración, las homilías y los catecismos introdujeron la enseñanza protestante al pueblo; sin embargo, estas cosas no los llevaron a una devoción más profunda. La persona promedio se contentaba con el mínimo requerido de la observancia religiosa.

En su lucha por la reforma, Perkins consideraba que el hogar era fundamental. Por lo tanto, miró por supuesto hacia la cabeza del hogar como el instrumento designado por Dios para efectuar el cambio religioso. Este gobernador debe asegurarse de que los miembros de su hogar se dediquen a la adoración de Dios, y se empleen “en algunos negocios honestos y provechosos, para mantener el estado temporal y la vida del todo”.[104] Perkins escribe: 

Los gobernadores de las familias deben enseñar a sus hijos, a sus siervos y a todo su hogar la doctrina de la verdadera religión, para que puedan conocer al verdadero Dios, y andar en todos sus caminos haciendo justicia y juicio […]. Pero mientras descuidan su deber, persuadiéndose falsamente de que no les corresponde en absoluto instruir a otros, es la causa de la ignorancia tanto en las ciudades como en las familias.[105]

En la cosmovisión de Perkins, la familia es la unidad básica de la sociedad, proporcionando el patrón para comunidades más grandes: pueblo, iglesia y comunidad. La manera de reformar la iglesia, transformar la ciudad y alterar el curso de la comunidad, por lo tanto, es espiritualizar el hogar.[106]

Esta es una observación oportuna. A medida que el experimento de la Ilustración (y todas sus ramificaciones morales, legales y políticas) finalmente ascienda en el Occidente, y que la cosmovisión cristiana sea cada vez más marginada (si no totalmente denigrada), ¿cómo se relacionarán los creyentes con la sociedad en general? En la opinión de Perkins, el hogar espiritual es el medio más eficaz para alterar el curso de la sociedad, porque es (en sus palabras) “establecido por Dios mismo para ser la fuente y el seminario de todos los demás tipos y clases de vida en la comunidad”.

Notas:


           [1] Este capítulo ha sido adaptado de: J. Stephen Yuille, “Un hogar espiritual y puritano: William Perkins y el ‘orden correcto’ de una familia”, Puritan Reformed Journal 8, no. 2 (2016): 158–179.  Usado con permiso escrito de los editores. 

           [2] Christopher Hill, Society and Puritanism in Pre-Revolutionary England (1964; rpt., London: Panther Books, 1969), 429-66.

           [3] Levin Schücking, The Puritan Family: A Social Study from Literary Sources (London: Routledge & Kegan Paul, 1969). Para una tesis similar, véase Edmund Morgan, The Puritan Family: Religion and Domestic Relations in Seventeenth-Century New England (New York: Harper & Row, 1956).  

           [4] Lyndal Roper, The Holy Household: Women and Morals in Reformation Augsburg (Oxford: Clarendon Press, 1991).

           [5] Alexandra Walsham, “Holy Families: The Spiritualization of the Early Modern Household Revisited”, en Religion and the Household (Rochester: Boydell Press, 2014), 122-160.

           [6] William Perkins, Oeconomy, or Household Government, A Short Survey of the Right Manner of Erecting and Ordering a Family, According to the Scriptures, en The Works of William Perkins (London: 1631), 3.669. La definición de Perkins de “oeconomía” se deriva de Proverbios 24:3: “Con sabiduría se edificará la casa, y con prudencia se afirmará”. 

           [7] Es probable que Perkins produjera este tratado a principios de la década de 1590 —un detalle interesante, dado que se casó con Timothye Cradock en 1595. ¿Acaso le dio su inminente unión el ímpetu necesario para producir un manual sobre el matrimonio?

           [8] A modo de ejemplo, véase Richard Greenham, A Godly Exhortation and Faithful Admonition to Virtuous Parents and Modern Matrons (London: 1584); Henry Smith, A Preparative to Marriage, (London: 1591); y John Dod y Robert Cleaver, A Godly Form of Household Government (London: 1598).

           [9] En palabras de Ian Breward, lo que hace a Perkins “tan importante es que a finales del siglo XVI sus escritos habían comenzado a desplazar a los de Calvino, Beza y Bullinger”. Breward da dos razones para este interés en Perkins: (1) “una capacidad para aclarar y exponer cuestiones teológicas complejas que despertaron el respeto de otros eruditos”; y (2) “un don para relacionar la enseñanza teológica aparentemente abstrusa a las aspiraciones espirituales de los cristianos comunes”. “The Significance of William Perkins”, Journal of Religious History 4 (1966): 113, 116.

           [10] John Eusden, Puritans, Lawyers, and Politics (New Haven: Yale University Press, 1958), 11; Paul Seaver, The Puritan Lectureships: The Politics of Religious Dissent, 1560-1662 (Palo Alto: Stanford University Press, 1970), 114; Christopher Hill, God’s Englishman: Oliver Cromwell and the English Revolution(New York: Harper & Row, 1970), 38; J. I. Packer, Anglican to Remember—William Perkins: Puritan Popularizer, St. Antholin’s Lectureship Charity Lecture (1996), 1.

           [11] Richard Muller, “William Perkins and the Protestant Exegetical Tradition: Interpretation, Style, and Method”, en William Perkins, Commentary on Hebrews 11, eds. John H. Augustine (New York: Pilgrim Press, 1991), 72.

           [12] William Haller, The Rise of Puritanism (New York: Harper Torchbooks, 1957), 65. Para más información sobre la vida y el ministerio de Perkins, véase W. B. Patterson, William Perkins and the Making of a Protestant England (Oxford: Oxford University Press, 2014); y Joel R. Beeke y J. Stephen Yuille, William Perkins (Welwyn Garden City, UK: EP Books, 2015).

           [13] A propósito, creo que Perkins no aprobaría mi enfoque. Se habría sentido claramente incómodo con la noción de la “pura teología” —la idea de que alguien pudiera estudiar teología como una disciplina académica sin preocuparse por su aplicación situacional. Esto es válido para los puritanos en general. Como señala Martyn Lloyd-Jones: “No hay nada que deploren más que una mera visión académica, intelectual y teórica de la verdad”. The Puritans: Their Origins and Successors (Edimburgo: Banner of Truth, 2002), 55.

           [14] William Perkins, A Godly and Learned Exposition Upon Christ’s Sermon on the Mount, en The Works of William Perkins (London: 1631), 3.219-26.

           [15] Perkins, Oeconomy, 3.669.

           [16] El tratado de Perkins está saturado de referencias e inferencias de las Escrituras. Como era de esperar, se dirige repetidamente a Génesis 1-2, Proverbios 31, 1 Corintios 7, Efesios 5-6, Colosenses 3-4, 1 Timoteo 3-4 y 1 Pedro 3.

           [17] Margo Todd, “Humanists, Puritans, and the Spiritualized Household”, Church History 49 (1980): 18. Kathleen Davies también cuestiona la sugerencia de que el puritanismo representa “una visión muy diferente y más elevada de la vida familiar que la presentada en la pre-Reforma o en los primeros puntos de vista protestantes sobre el matrimonio”. “The sacred condition of equality—how original were Puritan doctrines of marriage?” Social History 2 (1977): 563. Para el punto de vista opuesto, véase Roland Frye, “The Teachings of Classical Puritanism on Conyugal Love”, Studies in the Renaissance 2 (1955): 149-55. 

           [18] Todd, “Humanists, Puritans, and the Spiritualized Household”, 22. Estas opiniones, insiste Todd, eran comunes tanto para los puritanos como para los católicos y los anglicanos, hasta que los dos últimos grupos rechazaron la tradición humanista. El Catolicismo Romano deseaba una “conformidad parroquial” y, por lo tanto, “veía la práctica de la educación religiosa y la disciplina en el hogar como una amenaza para la autoridad espiritual de la jerarquía al reemplazarla por la posición sacerdotal de los padres”.  Por esta razón, el Concilio de Trento condenó la enseñanza de los padres como enseñanza no autorizada (31-32).  En cuanto al Anglicanismo, deseaba “uniformidad doctrinal y litúrgica”, por lo que William Laud intentó “sustituir la autonomía espiritual de las familias por una religión conformista dominada clericalmente” (33).  Esta desviación de la tradición humanista dejó al Puritanismo por sí solo, lo que explica el concepto erróneo de la “teoría del hogar puritano”.

           [19] Todd, “Humanists, Puritans, and the Spiritualized Household”, 34.

           [20] William Perkins, The Forged Catholicism, or Universality of the Romish Religion, en The Works of William Perkins (London: 1631), 2.487.

           [21] La evaluación de Juan Calvino es útil: “Esta es la principal diferencia entre el evangelio y la filosofía. Aunque los filósofos hablan sobre el tema de la moral con espléndida y loable habilidad, todo el adorno que brilla en sus preceptos no es más que una hermosa superestructura sin fundamento, porque al omitir los principios, proponen una doctrina mutilada, como un cuerpo sin cabeza”. The Epistle of Paul the Apostle to the Romans and to the Thessalonians, trans. Ross MacKenzie (Grand Rapids: Eerdmans, 1973), 262. 

           [22] William Perkins, A Reformed Catholic; or, A declaration showing how near we may come to the present Church of Rome in sundry points of religion, and wherein we must forever depart from them, en The Works of William Perkins (London: 1608), 1.573-76.

           [23] Perkins, Oeconomy, 3.672.

           [24] Perkins, Oeconomy, 3.673-78.

           [25] Perkins, Oeconomy, 3.680.

           [26] Perkins, Oeconomy, 3.681-82.

           [27] Perkins, Oeconomy, 3.682.

           [28] Perkins, Oeconomy, 3.683.

           [29] Perkins, Oeconomy, 3.683.

           [30] Perkins, Oeconomy, 3.683-84.

           [31] Perkins, Oeconomy, 3.687.

           [32] Perkins, Oeconomy, 3.688.

           [33] Perkins, Oeconomy, 3.688.

           [34] Perkins, Oeconomy, 3.690.

           [35] Perkins, Christ’s Sermon in the Mount, 3:256. R. Tudur Jones demuestra que, desde Perkins hasta Juan Bunyan, los puritanos enfatizan la “unión con Cristo”. Lo encuentra presente en el protestantismo temprano; p.ej., Juan Calvino, quien insistió en que no hay beneficio a menos que el Espíritu Santo nos injerte en Cristo. “Union with Christ: The Existential Nerve of Puritan Piety”, Tyndale Bulletin 41 (1990): 186-208.

           [36] William Perkins, A Golden Chain: or, the Description of Theology, containing the order of the causes of salvation and damnation, en The Works of William Perkins (London: 1608), 1.83.

           [37] Perkins, Oeconomy, 3.671. Perkins reconoce que el “don de continencia” es en muchos aspectos mejor que el matrimonio, “pero no simplemente, sino por accidente, con respecto a las diversas calamidades que vinieron al mundo por el pecado”. Véase 1 Corintios 7:25-35.

           [38] “El matrimonio por sí mismo —escribe Perkins— es algo indiferente, y el reino de Dios no está más presente en él que en las comidas y bebidas; y sin embargo es un estado en sí mismo mucho más excelente que las condiciones de la vida de soltero”. Oeconomy, 3.671. Él añade: “Si la humanidad hubiera continuado en la rectitud y la integridad que tenía en la creación, el estado de vida soltera no habría tenido valor ni estimación entre los hombres, ni habría tenido lugar en el mundo sin un gran menosprecio de la ordenanza y de las bendiciones de Dios”.

           [39] Perkins, Oeconomy, 3.670. Perkins cita Génesis 2:21, Mateo 19:6 y Efesios 5:31.

           [40] Perkins, Oeconomy, 3.686.

           [41] Perkins, Oeconomy, 3.689.

           [42] Perkins, Oeconomy, 3.689. Para Perkins, el “lecho matrimonial” es esa “sociedad solitaria y secreta” que existe solamente entre marido y mujer. El “uso correcto y legítimo” del lecho matrimonial “es un deber esencial del matrimonio”.

           [43] Perkins, Oeconomy, 3.691. “Este cariño —escribe Perkins— es el desempeño de cualquier deber que tiende a preservar las vidas de uno de otro. Por lo tanto, son libres de comunicar sus bienes, sus consejos, sus trabajos, a sí mismos, para su propio bien y el de los suyos”.

           [44] Perkins, Oeconomy, 3.691. Según Perkins, el marido y la mujer se regocijan el uno en el otro por una “declaración mutua de las señales y muestras de amor y gentileza”.

           [45] Perkins, Oeconomy, 3.691.

           [46] Véase Efesios 5:33. George Swinnock, The Works of George Swinnock, ed. J. Nichol (London: 1868; rpt. Edimburgo: Banner of Truth, 1992), 1.472. Y añade: “La palabra προσκολληϑε΄ναι en griego significa también: se unirá a su mujer (Mt. 19:5) se adherirá a su mujer, lo cual significa una unión tan cercana que nada puede interponerse, y tan firme que nada puede disolverla” (1.473). Con esto en mente, exhorta a los esposos: “Y en su amor recréate siempre” (Pr. 5:19). Nuevamente: “Vosotros erráis en vuestro amor […]. Por lo tanto, cariñosamente deséenla y deléitense en ella de modo que los demás piensan que tú la amas” (1.492). No hay nada malo con el fuerte “deseo” y el “deleite.” Como señala Edmund Leites: “El cumplimiento externo de los deberes del matrimonio no era suficiente; también deben existir las intenciones y sentimientos adecuados hacia su cónyuge”. “The Duty to Desire: Love, Friendship, and Sexuality in Some Puritan Theories of Marriage,” Journal of Social History 15 (1982): 383. 

           [47] Perkins, Oeconomy, 3.691. 

           [48] Perkins, Oeconomy, 3.692.

           [49] George Swinnock, Works, 1.491.

           [50] William Gouge, Of Domesticall Duties: Eight Treatises (London: 1622), 389-90.

           [51] Perkins, Oeconomy, 3.690. Véase Efesios 5:23. Para más información sobre esto, véase J. Stephen Yuille, The Inner Sanctum of Puritan Piety: John Flavel’s Doctrine of Mystical Union with Christ (Grand Rapids: Reformation Heritage Books, 2007), 25-32.

           [52] Cyprian, Treatises Attributed to Cyprian, en The Ante-Nicene Fathers [Grand Rapids: Eerdmans, 1951], 5.589).

           [53] Tertuliano, On Monogamy, en Ante-Nicene Fathers, 3.59-72).

           [54] Ireneo, Irenaeus Against Heresies, en Ante-Nicene Fathers, 1.547; y Gregorio, Four Homilies, en Ante-Nicene Fathers, 6.62–63).

           [55] Véase City of God, A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church, ed. P. Schaff (New York: Random House, 1948), 2.14.16-21.

           [56] Henry Chadwick, “The Ascetic Ideal in the History of the Church,” en Monks, Hermits and the Ascetic Tradition: Vol. 22, ed. W. J. Sheils (Oxford: Basil Blackwell, 1985), 19.

           [57] Heinrich Bullinger, The Christen State of Matrimonye, trans. M. Coverdale (1541; rpt., Amsterdam: Theatrum Orbis Terrarum, 1974), i.

           [58] Perkins, Oeconomy, 3.671.

           [59] Perkins, Oeconomy, 3.689. Véase también 3.671.

           [60] Perkins, Oeconomy, 3.689. Swinnock hace la misma observación, afirmando: “Jerónimo, a quien siguió el Papa Siricio, en su apasionado amor a la virginidad, manchó su exposición de Romanos 8:8. Los que están en la carne, a saber, qui inserviunt officio conjugali, es decir —según él— los que están casados, no pueden agradar a Dios; cuando el hombre agradó a Dios al tomar una esposa, antes de que él desagradara a Dios al escuchar a su esposa. Dios nunca hubiera dicho: ‘No es bueno que el hombre esté solo’, si hubiera sido malo para él tener una compañera así” (Works, 1.467).

           [61] Perkins, Oeconomy, 3.671.

           [62] Perkins deja claro que el tercer “propósito” solo existe desde “la caída de la humanidad”. En otras palabras, la necesidad de evitar la fornicación solo existe, porque existe el pecado. Para una visión general de los puntos de vista puritanos sobre la sexualidad, véase Daniel Doriani, “The Puritans, Sex, and Pleasure,” Westminster Theological Journal 53 (1991): 125-43; y Roland Frye, “The Teachings of Classical Puritanism,” 149-55. Para la acusación común de hipocresía puritana, véase Lyle Koehler, A Search for Power (Urbana, Illinois: University of Illinois Press, 1980), 10; y Lawrence Stone, The Family, Sex and Marriage in England, 1500-1800 (New York: Harper & Row, 1977), 499, 523. Para el punto de vista opuesto, véase Leland Ryken, Worldly Saints: The Puritans as They Really Were (Grand Rapids: Zondervan, 1986), 43-45.

           [63] Daniel Doriani, “The Puritans, Sex, and Pleasure,” 133.

           [64] Daniel Doriani, “The Puritans, Sex, and Pleasure,” 142.

           [65] Swinnock, Works, 1.465.

           [66] Swinnock, Works, 1.466-67.

           [67] Gouge, Domesticall Duties, 365-66

           [68] Gouge, Domesticall Duties, 217, 222.

           [69] La Palabra de Dios es la “garantía de que pueden hacer esta acción lícitamente”, mientras que la oración es el medio de buscar la bendición de Dios sobre la unión entre marido y mujer. Perkins destaca tres peticiones de oración: que pueda (1) producir “una simiente bendita”, (2) preservar “el cuerpo en pureza para que sea un templo apropiado en el cual el Espíritu Santo pueda habitar”, y (3) servir como “un tipo viviente de Cristo y de Su iglesia” (Oeconomy, 3.689).

           [70] William Perkins, The Whole Treatise of the Cases of Conscience, Distinguished into Three Books, en The Works of William Perkins (London: 1632), 3.321. Véase también 3.342.

           [71] Roland Frye, “The Teachings of Classical Puritanism,” 156, 158.

           [72] Roland Frye, “The Teachings of Classical Puritanism,” 158.

           [73] Leites, “The Duty to Desire”, 388.

           [74] Platon, The Dialogues of Plato, trans. por B. Jowett (New York: Random House, 1937), 1.248-55.

           [75] Plotino, The Essence of Plotinus, trans. por S. Mackenna (New York: Oxford University Press, 1948), 5.3.161.

           [76] Ibid., 162.

           [77] Andrew Louth, The Origins of the Christian Mystical Tradition from Plato to Denys (Oxford: Clarendon Press, 1981), 76-77.

           [78] Martín Lutero describió la vida familiar como “la escuela del carácter”. Como se cita en Roland Bainton, Here I Stand (Nashville: Abingdon, 1951), 234ff.

           [79] Perkins, Oeconomy, 3.669. La definición de la familia de Swinnock refleja casi palabra por palabra la de Perkins: “Una sociedad natural y sencilla de ciertas personas, que tienen una relación mutua entre sí, bajo el gobierno privado de una cabeza o principal” (Works, 1.329–330). También cree que esta “sociedad” se compone de tres relaciones principales: padres e hijos, esposos y esposas, amos y siervos. 

[80] Perkins, Oeconomy, 3.670.

[81] Edmund Morgan, The Puritan Family, 28. Para un tratamiento de las relaciones familiares en la era puritana, véase Helen Berry y Elizabeth Foyster, eds., The Family in Early Modern England (Cambridge: Cambridge University Press, 2007), 1-17.

           [82] Perkins, Oeconomy, 3.691. Para Swinnock sobre los deberes de un esposo, véase Works, 1.489-500. Para Gouge, véase Domesticall Duties, 349-426. En estos escritores posteriores hay un mayor énfasis en las reglas.

           [83] Perkins, Oeconomy, 3.692. Para Swinnock sobre los deberes de una esposa, véase Works, 1.504-11. 

           [84] Swinnock, Works, 1.504.

           [85] Gouge Domesticall Duties, 423.

           [86] Perkins, Oeconomy, 3.693. Para Swinnock acerca de los padres, véase Works, 1.395-416. Para Gouge, véase Domesticall Duties, 497-588.

           [87] Perkins, Oeconomy, 3.693.

           [88] Perkins, Oeconomy, 3.695. Para Swinnock acerca de los niños, véase Works, 1.438-59. Para Baxter, véase Christian Directory, 454-457. Para Gouge, véase Domesticall Duties, 427-96.

           [89] Perkins, Oeconomy, 3.697.

           [90] Perkins, Oeconomy, 3.698.

           [91] Perkins, Oeconomy, 3.698.

           [92] Perkins, Oeconomy, 3.698.

           [93] Richard Baxter, A Christian Directory, en The Practical Works of Richard Baxter (London: George Virtue, 1846; rpt., Morgan: Soli Deo Gloria, 2000), 1.462.

           [94] Perkins, Oeconomy, 3.696-97. Para Swinnock acerca de los amos, véase Works, 2.5-24. Para Baxter, véase Christian Directory, 460-63. Para Gouge, véase Domesticall Duties, 646–93.

           [95] Perkins, Oeconomy, 3.697. Para Swinnock acerca de los sirvientes, véase Works, 2.34-37. Para Baxter, véase Christian Directory 458-60. Para Gouge, véase Domesticall Duties, 589-645.

           [96] Véase Efesios 5:21.

           [97] Perkins, Oeconomy, 3.698.

           [98] Perkins, Oeconomy, 3.698-700.

           [99] Perkins, Oeconomy, 3.700.

           [100] No es difícil ver con qué rapidez el principio de gobierno y obediencia puede llegar a ser determinante en una relación matrimonial, especialmente si se separa del principio de “una sola carne”. Asimismo, es relativamente fácil inferir (intencionalmente o no) la superioridad masculina intrínseca a partir de algunas de las observaciones de Perkins.

           [101] Perkins, Oeconomy, 3.670.

           [102] Perkins, Christ’s Sermon in the Mount, 3.261. 

           [103] R. C. Lovelace, “The Anatomy of Puritan Piety: English Puritan Devotional Literature, 1600–1640,” en Christian Spirituality III, eds. L. Dupré y D. E. Saliers (New York: Crossroad Publishing, 1989), 303.

           [104] Perkins, Oeconomy, 3.669-70. Perkins proporciona una breve descripción de la adoración familiar, centrándose en la instrucción bíblica y la oración tanto en la mañana como en la tarde. Para ejemplos de obras devocionales familiares, véase Edward Dering, Godly Private Prayers, for householders to meditate upon, and to say in their families, 1578; John Parker, A True Pattern of Piety, meet for all Christian householders to look upon, for the better education of their families, 1592; Richard Jones, A Brief and Necessary Catechism, for the benefit of all householders, their children and families, 1583.

           [105] William Perkins, An Exposition of the Symbol or Creed of the Apostles, According to the Tenor of the Scripture and the Consent of Orthodox Fathers of the Church, en The Works of William Perkins (London: 1608), 1.173.

           [106] Swinnock está de acuerdo: “La manera de hacer parroquias piadosas, países piadosos y reinos piadosos, es hacer familias piadosas”. Works, 1.330.

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