La teología cristiana enseña la gracia preveniente, que significa que el hombre, antes que busque a Dios, Dios está buscándole. Antes que el hombre pueda pensar bien acerca de Dios, debe haber en él una iluminación interior. Esta puede ser imperfecta, sin embargo, el hecho existe y es la causa de todos los anhelos, búsquedas y oraciones subsiguientes.

1. La iniciativa siempre es de Dios. Buscamos a Dios porque Él ha puesto en nosotros deseos de dar con Él. “Nadie puede venir a mí —dijo el Señor Jesús— si mi padre celestial no le trajere.” Y es esa atracción de Dios lo que nos quita toda huella de mérito por haber acudido a Él. El impulso de salir en busca de Dios procede del propio Dios; y el resultado de dicho impulso es que sigamos ardorosamente en pos de él. Mientras le sigamos, estamos en sus manos. “Tu diestra me ha sostenido” Salmos 63:8 V.M.

2. El hombre debe buscar a Dios. En este sostén divino, y seguimiento humano no hay contradicción alguna, porque como dice Von Hugel, Dios es siempre previo. Pero en la práctica (cuando el hombre responde a la obra de Dios) el hombre debe salir en busca de Dios. Debe haber de nuestra parte una respuesta recíproca a la atracción de Dios, si queremos disfrutar de esta experiencia. Este es un profundo llamado a lo profundo: “Como el siervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo vendré, y compareceré delante de Dios?” Salmo 42:1-2.

3. Errores recurrentes sobre esta verdad. La doctrina de la justificación por la fe ha caído en nuestros días en mala compañía; pues muchos la han interpretado en manera tal que ha formado una barrera entre el hombre y el conocimiento de Dios. Todo el procedimiento de la conversión religiosa ha llegado a ser una cosa mecánica y sin espíritu. La fe, según dicen, puede llegarse a ejercer sin que tenga nada que ver con los actos de la vida, y sin turbar para nada al yo adámico. Se puede “recibir” a Cristo sin entregarle el alma ni amarlo. El alma es salvada, pero no llega a sentir hambre y sed de Dios. Los que sostienen tal doctrina reconocen que el alma es capaz de contentarse con muy poco.

El hombre de ciencia moderno ha perdido a Dios entre las maravillas de su mundo. Nosotros los cristianos corremos peligro de perder a Dios entre las maravillas de su Palabra. Casi hemos olvidado que Dios es Persona, y que, por tanto, puede cultivarse su amistad como la de cualquier persona. Es propio de la persona conocer a otras personas, pero no se puede conocer a una a través de un solo encuentro. Solo al cabo de prolongado trato y compañerismo se logra en pleno conocimiento.

4. Cultivando la búsqueda de Dios.

Toda relación humana se origina en el trato personal de unos con otros. A veces comienza con un encuentro casual, pero con el trato continuo dicho encuentro fugaz se convierte en la más íntima amistad. La religión, siempre que sea genuina, es la respuesta que dan las personas creadas al Creador.

Dios es persona, y en las profundidades de su poderosa naturaleza piensa, desea, goza, siente, ama y sufre, como cualquier persona; y para darse a conocer a nosotros se nos presenta como una persona. Se comunica con nosotros por medio de nuestra mente, nuestra voluntad y nuestras emociones. El intercambio continuo y constante de amor y pensamiento entre Dios y el alma creyente, es el corazón palpitante de la religión del Nuevo Testamento.

Conocemos esta relación personal entre Dios y el alma por medio de la conciencia que tenemos de ello. Se trata de algo personal, que no nos llega por conducto de un grupo de creyentes, sino que cada persona, individualmente, sabe lo que es. El conjunto se entera de ello por medio de las personas que lo forman. Y la persona es bien conciente de ello, porque es imposible que el alma no se entere de ello. Entra en la esfera del conocimiento, de modo que el hombre “sabe” lo que es encontrarse con Dios, como sabe de cualquier otra cosa que le ocurre.

Usted y yo somos en pequeño (sin pecados) lo que Dios es en grande. Habiendo sido hechos a Su imagen, tenemos la facultad de conocerle. Cuando estamos en el pecado, carecemos de ese poder, pero cuando el Espíritu nos da vida en la regeneración, todo nuestro ser siente el parentesco con Dios, y gozoso se apresura a reconocerlo. Este es el nacimiento celestial sin el cual no podemos ver el reino de Dios; pero la regeneración es solo el principio. Es el momento cuando comenzamos la búsqueda de las inescrutables riquezas de la Divinidad; y es ahí donde comenzamos; pero nadie puede decir dónde nos detendremos, pues las misteriosas profundidades de Dios, Trino y Único, no tienen fin. Mar sin límites, ¿quién podrá sondearte? Tu propia eternidad ha de rodearte, ¡Divina Majestad!

El haber hallado a Dios, y seguir buscándole, es una de aquellas paradojas del amor, que miran despreciativamente algunos ministros que se satisfacen con poco; pero que no satisfacen a los buenos hijos de Dios de corazón ardiente. San Bernardo se refirió a esta santa paradoja en un sonoro cuarteto que comprenderán fácilmente aquellos que rinden culto a Dios con sincero corazón:

Gustamos de ti, santo y vivo pan y ansiamos seguir comiendo aún más; Bebemos de ti, puro manantial, Sin querer dejar de beber jamás.

5. Conclusión.

Acerquémonos a los santos hombres y mujeres del pasado, y no tardaremos en sentir el calor de su ansia de Dios. Gemían por él, oraban implorando su presencia, y le buscaban día y noche, en tiempo y fuera de tiempo. Y cuando lo hallaban, les era tanto más grato el encuentro cuanto había sido el ansia con que lo habían buscado. Moisés se valió de que ya conocía a Dios para pedir conocerle más: “Ahora pues, si he hallado gracia en tus ojos, ruégote que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos” (Éxodo 33:13). Y después se atrevió a hacer una solicitud aún más atrevida: “Te ruego que me muestres tu gloria” (vs. 18). A Dios le agradó este despliegue de ardor, y al día siguiente le dijo a Moisés que subiera al monte, y allá le hizo ver toda su gloria.

La vida de David fue un torrente de deseos espirituales. En sus salmos abundan los clamores del que busca y las exclamaciones del que encuentra. Pablo afirma que el más grande deseo de su corazón era hallar a Cristo: “y ciertamente aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo” (Filipenses 3:8).[1]

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Acerca del autor:

awtozer_avatar_1391007099Aiden Wilson Tozer (1897 – 1963), fue un pastor, autor y predicador, nacido en Estados Unidos. Tozer, nació en una condición de extrema pobreza, lo cual le impidió realizar cualquier tipo de estudios formales. Nunca tuvo la oportunidad de ir ni a la secundaria ni a la Universidad. Sin embargo, a través de una disciplinada lectura intensa en su hogar, pudo aprender aquello que no le fue dado de manera formal. Fue pastor durante mas de 44 años, trabajando con la “Alianza Cristiana y Misionera”, y promoviendo el trabajo de la misma alrededor del mundo. Sus libros se encuentran llenos de pasión por Jesucristo, celo por su Iglesia y amor por otros. Vivo una vida simple y sin lujos, aun cuando era “famoso”, solo usaba el bus. Sabia que su recompensa aun estaba por venir. Es autor de mas de 60 libros, entre los cuales se encuentran: “La Búsqueda de Dios”, “Como ser lleno del Espíritu Santo”, “Los Atributos de Dios”, “La Vida del Crucificado”, entre muchos otros. En su tumba se lee brevemente, “A.W. Tozer – Hombre de Dios”.

[1] A. W. Tozer, La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional, trans. Dardo Bruchez (Camp Hill, PA: Christian Publications, 1977), 11–15.