Satanás conduce a los creyentes al pecado haciéndoles ver que los que tratan de santificarse sufren mucha oposición y dificultades. Les dice que mientras los pecadores gozan de la “buena vida”, los que dan la espalda al pecado solo experimentan tristezas y problemas. Satanás les insiste en que por ser justos y santos tendrán problemas. El susurro del enemigo es que es mejor vivir en una forma que no les ocasione tantos conflictos y que los pecadores no sufren como los piadosos.

¿Cómo deben reaccionar, y qué deben pensar los creyentes cuando Satanás les inquieta con estas ideas?

  1. Deben recordar que todos los problemas que los hijos de Dios tienen serán usados para su bien. Dios nunca envía aflicciones a Su pueblo sin un buen propósito, aunque en el momento no sea posible verlo. En seguida mencionaré algunos de los efectos que vienen a los piadosos como consecuencia de la aflicción: Aprenden la maldad del pecado; el sufrimiento les hace dar la espalda al pecado; el sufrimiento les hace tener cuidado del pecado en el futuro. El niño que se ha quemado teme al fuego y las aflicciones nos ayudan a mortificar el pecado. Las aflicciones son también el crisol donde Dios purifica las impurezas de Su pueblo; porque Dios disciplina, corrige y enseña a los creyentes para su bien, a fin de que participen de su santidad (Heb. 12:10–11). Aunque la disciplina divina sea al momento dolorosa, produce la piedad y trae muchas bendiciones a los creyentes. Dios está entrenando a su pueblo: Haciendo que estén en una buena y saludable condición espiritual, el sufrimiento es una parte de este entrenamiento. El sufrimiento les hace humildes y sensibles a la enseñanza del Espíritu Santo. El sufrimiento les hace acercarse a Dios y orar en una forma más intensa y sincera. El salmo 119:67 dice: “Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba, más ahora guardo tu palabra.” También el sufrimiento fortalece a los creyentes. Crecen más fuertes en su amor a Dios y hacia su pueblo; crecen más fuertes en fe, esperanza y gozo.
  2. Los creyentes deben recordar lo que es más importante: que sus problemas no pueden cambiar el hecho de que Dios les ama. Las aflicciones pueden resultar en sufrimientos del cuerpo y la mente y aún perder la vida; pero no los pueden separar del amor de Dios.
  3. Los creyentes deben recordar que sus problemas son en realidad pasajeros y de corta duración. En el Salmo 30:5 el salmista dice: “Por un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida. Por la noche durará el lloro, en la mañana vendrá la alegría.” En realidad hay muy corto tiempo entre el conocer de la gracia de Dios en la tierra y el gozarse de la gloria de Dios en el cielo. “Porque aún un poquito y el que ha de venir vendrá y no tardará.” Este breve tiempo de sufrimiento terminará pronto y los creyentes estarán con Cristo para siempre; pues este tiempo de tormenta es el preludio de la calma eterna.
  4. Los creyentes deben recordar que los problemas que les acontecen provienen del gran amor que Dios tiene para ellos. El Señor Jesús dijo en Apocalipsis 3:19: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo.” Dios está preparando a los creyentes para el cielo, y a veces está preparación resulta dolorosa. Sin embargo, el hecho de que Dios está procurando que estén preparados para el cielo, es prueba de que les ama grandemente.
  5. Los creyentes deben medir las aflicciones por su resultado espiritual y no por el dolor que ocasionan. Es necesario que veamos el propósito de Dios en nuestros sufrimientos. José sufrió en Egipto y fue encarcelado injustamente; no obstante el propósito de Dios fue que por medio de José se salvara su familia. Del mismo modo, David fue rodeado de enemigos y estuvo en peligro constante al principio de su carrera; sin embargo, llegó a ser rey y fue honrado por su pueblo. En ambos casos fue el sufrimiento lo que condujo al cumplimiento del propósito de Dios. Esto nos enseña que los creyentes deben juzgar sus sufrimientos no por el dolor que producen; sino por sus resultados espirituales.
  6. El propósito de Dios en las aflicciones nunca es para dañar o desesperar a los creyentes. Dios no quiere quebrantarlos o arruinarlos con la tristeza. Dios quiere probarlos y fortalecerlos, su pensamiento nunca es destruirlos. Moisés les recordaba a los israelitas de este punto en Deuteronomio 8:2: “Te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos.” “Para probarte”, ese fue el propósito de Dios, no para quebrantar o destruir.
  7. Los creyentes siempre deben recordar que las tristezas y las miserias que acompañan al pecado siempre son más grandes y pesadas que la tristeza que a veces acompaña a la santidad y a la piedad. La tristeza que el pecado acarrea no tiene nada bueno del todo. No tiene ninguna esperanza ni ningún buen propósito. En Isaías 57:19-21 dice: “Pero los impíos son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo. No hay paz dijo mi Dios para los impíos.” La tristeza que viene del pecado solo conduce a lo que es temible y terrible, es decir, al enojo Justo y Santo de Dios y Su ira.[1]

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Acerca del autor,

watson1Tomás Brooks (1608-1680), fue de los mas conocidos puritanos ingleses. Educado en Cambridge bajo la tutela de otros conocidos teólogos puritanos como Thomas Hooker, John Cotton y Thomas Shepard. En su época fue mas conocido como predicador que como teólogo, tanto así que fue llamado a predicar al Parlamento ingles en 1648. C.H. Spurgeon escribió de el, “Brooks puede remover estrellas con ambas manos, a través de una vista de halcón en fe e imaginación”. Entre sus obras mas conocidos tenemos; “Remedios Preciosos contra las Artimañas del Diablo”, “La llave secreta al cielo”. ‘El cielo en la tierra: Un tratado sobre la seguridad cristiana”, entre otros. Su tratado “Remedios Preciosos” es uno de los mejores libros jamas escritos sobre la naturaleza del pecado, la tentación y el arrepentimiento.

[1] Tomás Brooks, Remedios preciosos: contra las artimañas del diablo, trans. Omar Ibáñez Negrete y Thomas R. Montgomery (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 2001), 23–25.