Que aprendemos de Israel para nosotros hoy?

El apóstol Pedro describe a los seguidores de Jesucristo como «un pueblo escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios» (1 Pe 2:9). Luego él dice que aunque los discípulos de Jesús han llegado a ser el pueblo de Dios, ellos (¡nosotros!) no siempre fueron tal pueblo (2:10). Hemos seguido los caminos que otros han establecido. Esta es una clara indicación de por qué es tan importante para nosotros conocer, aquí y ahora, el relato del antiguo pueblo de Dios, Israel! No estamos solos delante de Dios en el tiempo y en el espacio, sino que estamos dentro de una historia y tradición; somos parte de un relato mayor que está en marcha.

Pedro no inventó esas maravillosas frases que usa para describir a los cristianos, sino que fueron usadas previamente en el Antiguo Testamento para describir al mismo pueblo cuyos orígenes hemos estado siguiendo (Ex 19:3–6). Tomará el resto de la narración el explicar completamente cómo su relato puede ser también nuestro relato, pero aquí hay un rápido adelanto:

  • Dios llama a Israel a ser modelo de lo que Él desea para la humanidad entera;
  • Los israelitas no pueden vivir de acuerdo al llamado de Dios debido a su pecado;
  • Jesús toma la misión de Israel, no solamente modelando la clase de vida que debía caracterizar al pueblo de Dios, sino también expiando el pecado que siempre estaba entre nosotros y Dios, por medio de su muerte y resurrección;
  • Jesús reúne una nueva comunidad que al final será verdaderamente el pueblo de Dios, porque su pecado es perdonado por medio de su sacrificio y sus vidas son llenas con su propio Espíritu.

Como somos diferentes a Israel?

Aquí, es donde nosotros entramos. Aunque somos muy diferentes del antiguo pueblo de Israel, es el mismo Dios el que nos llama. Debido a que compartimos el mismo llamado, el mismo propósito y la misma misión, la vida del antiguo Israel nos enseña, nos alerta, nos inspira y nos ayuda a vivir como el pueblo de Dios y a comprender sus caminos. Esta conexión entre el antiguo y el moderno pueblo de Dios, que abarca enormes distancias en el espacio y el tiempo, está implícita aún en las primeras historias bíblicas. Abraham fue llamado a tener una relación muy especial y personal con Dios y a disfrutar de la bendición de Dios en su propia vida, pero Dios también pretendía que estas bendiciones fluyeran a través de Abraham a otros que vendrían después. El propósito de Dios es restaurar la creación entera, no solo salvar un poquito de entre la destrucción de la rebelión humana.

De esta manera, Abraham y sus descendientes llegan a ser, por fe, aquellos a través de los cuales las bendiciones de Dios fluyen hacia la historia humana. Cada uno tiene una diferente experiencia de fe, Abraham lucha con creer, Isaac acepta con mansedumbre los preceptos de su padre, el independiente e ingenioso Jacob debe aprender a no depender de sus propios recursos, pero en cada caso es su confianza y creencia en las promesas de Dios lo que les lleva a una relación con Él y los llama a ser un canal de bendición para las naciones.

Como somos similares a Israel?

En el recordatorio de Génesis y en Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, llamado el Pentateuco, se puede ver la vida de toda una nación, un pueblo llamado a demostrar lo que Dios quiere para toda la humanidad. Israel es llamado a ser una nación cuya vida es tan atractiva que las otras naciones serán conducidas a ellos y luego hacia el único y verdadero Dios. Ellos son redimidos de la esclavitud por la intervención directa de Dios, unido a su amoroso Padre por medio de un pacto y favorecidos con la misma presencia de Dios en medio de ellos.

Aquellos de nosotros que seguimos a Jesús vemos más continuidad que rareza, entre las experiencias del antiguo Israel y las nuestras. También hemos sido redimidos, rescatados no de la esclavitud egipcia, sino de la esclavitud del pecado. Nosotros, también hemos entrado en un pacto con Dios, no el pacto del Sinaí que fue mediado por Moisés sino lo que Jesús llamó «el nuevo pacto en [su] sangre» (1 Co 11:25). En vez de un tabernáculo y una columna de nube para recordarnos la presencia de Dios en nuestras vidas, tenemos la presencia viva del Espíritu Santo con y entre nosotros. Si nosotros, que hemos llegado tan tarde al relato bíblico debemos comprender nuestro propio lugar en el plan de Dios para el mundo; si de hecho, debemos ser «un pueblo escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios», necesitamos entender con precisión este lenguaje de redención, de pacto y de presencia, y el manual para tal lenguaje es el Pentateuco.

Conclusión.

La incredulidad y la desobediencia del pueblo de Dios, descrita en Números traen el juicio de Dios y sirven como alerta al pueblo de Dios de la actualidad, a confiar y a obedecer (Heb 3:8–19). Deuteronomio tiene mucho que enseñarnos acerca de la vida en el pacto con Dios. Esta parte del relato nos muestra a Dios formando un pueblo, y ahora, nosotros somos parte de ese pueblo. Aun cuando el relato continúa, vemos que ellos fallan en su llamado. Solamente la obra de Jesús al conquistar el pecado que ha impregnado la vida de Israel, puede formar un pueblo fiel a este llamado. El relato de Israel nos enseña y nos advierte. ¿Cómo llevará a cabo la iglesia su llamado?

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Acerca del autor:

dr-craig-bartholomewCraig G. Bartholomew (1961-) (PhD, Universidad de Bristol; MA Antiguo Testamento, Universidad de Potchefstroom; MA Universidad de Oxford). Actualmente radica en Canada, donde es profesor de Filosofía, Religión y Teología en la Universidad Redeemer. Ministro ordenado en la Iglesia de Inglaterra, es filosofo y teologo Biblico. Ha escrito numerosos comentarios y libros, entre los que se tienen: “Cristo y Consumismo: Un análisis critico del espíritu de nuestro tiempo”; “Leyendo Eclesiastés: Teoría de Exegesis y Hermenéutica del Antiguo Testamento”, “Una Introducción a la Hermenéutica Biblica: Una guía comprensiva para escuchar a Dios en la Escritura”, “El drama de la Escritura: Encontrando nuestro lugar en la Historia Biblica”, entre muchos otros.

Adaptado de: Craig G. Bartholomew y Michael W. Goheen, The Drama of Scripture: Finding Our Place in the Biblical Story, Second Edition. (Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2014), 62-77.