Una palmada en las nalgas suele acompañar la llegada de un bebé a este mundo. La respuesta del niño es prorrumpir en una protesta estridente. ¿Por qué llora el bebé? ¿Es el llanto una respuesta al dolor? ¿O al miedo? ¿O acaso llora de rabia? Posiblemente el llanto sea provocado por todos estos factores. Nuestra entrada a este mundo está marcada por ruido y furia. Esta protesta inicial es considerada por algunos como la expresión no solo del significado del nacimiento sino del significado de la vida en su totalidad.

Macbeth murmuraba:

La vida no es más que una sombra que pasa, un histrión que se ensobérbese y se impacienta el tiempo que le toca estar en el tablado, y de quien luego nada se sabe: es un cuento que dice un idiota, lleno de miedo y de arrebato, pero falto de toda significación1.

No tener ningún significado es ser completamente insignificante. Ser insignificante es no tener ningún sentido. Y no tener ningún sentido es no tener ningún valor.

¿Quién soy yo?

El sentido de mi vida y el de la de todos está vinculado a las preguntas ¿Quiénes somos? y ¿Qué somos? Es una cuestión de identidad. Mi identidad está en última instancia vinculada a mi relación con Dios. No puedo entender quién o qué soy si no entiendo quién o qué es Dios.

Existe una dependencia mutua entre nuestro conocimiento de nosotros mismos y nuestro conocimiento de Dios. Tan pronto como adquiero conocimiento de mí con yo, tomo conciencia de que no soy Dios; soy una criatura. Tengo una fecha de nacimiento, un instante en que mi vida comenzó sobre esta tierra. Mi punto de partida tallado en mi lápida no será la eternidad. No puedo saber cuál ha de ser la fecha final sobre mi lápida, pero la primera fecha fue 1939.

Mi sentido de criatura hace que mi pensamiento se vuelque hacia el pasado, o “hacia arriba”, a mi Creador. No puedo contemplar a Dios ni a ninguna otra cosa externa a mí mismo hasta no tomar conciencia de mí. Sin embargo, no puedo entender todo mi significado hasta que no me entienda en relación con Dios. En última instancia, entonces, la antropología, el estudio del hombre, es una subdivisión de la teología, el estudio de Dios.

Hechos 17.28 “Porque en El vivimos, nos movemos y existimos, así como algunos de los poetas de ustedes han dicho: ‘Porque también nosotros somos linaje Suyo.’

La crisis de la humanidad moderna la encontramos en la ruptura entre la antropología y la teología, entre el estudio de los seres humanos y el estudio de Dios. Cuando nuestra historia es narrada en forma aislada o divorciada de la historia de Dios, entonces sí se convierte en falta “de toda significación”. Si nos consideramos sin referencia a Dios, nos convertimos en “una pasión inútil” como lo afirmó el filósofo Jean-Paul Sartre.

Cual es el propósito de nuestra vida?

¿En qué consiste “una pasión inútil”? Una pasión es un sentimiento intenso. La vida humana está signada por sentimientos intensos. Entre ellos hay pasiones tales como el amor, el odio, el temor, la culpa, la ambición, la lujuria, la envidia, los celos, y muchísimos más. Como criaturas tenemos sentimientos muy profundos sobre nuestras vidas. La pregunta nos angustia: ¿Acaso todos estos sentimientos son inútiles? ¿Acaso todo nuestro esfuerzo y nuestro amor es un simple ejercicio en la futilidad, una excursión de vanidad?

Génesis 1.27 Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.

Está en juego el significado de nuestras vidas. Nos estamos jugando nuestra dignidad. Si se considera a los seres humanos aislados, no relacionados con Dios, entonces permanecen solos e insignificantes. Si no somos criaturas hechas por Dios y relacionadas con Dios, entonces somos un mero accidente cósmico. Nuestro origen es insignificante y nuestro destino es igualmente insignificante. Si surgimos del barro por accidente y hemos de desintegrarnos en el vacío o en el abismo de la nada, entonces estamos viviendo nuestras vidas entre los dos polos del más absoluto sin sentido. Somos ceros a la izquierda, desnudos de dignidad o de valor.

El dotar temporalmente de dignidad a un ser humano que se encuentra entre los polos de un origen sin sentido y un destino sin sentido, es acceder meramente a los caprichos de un sentimiento. Nos ilusionamos con nuestro propio engaño.

Conclusión.

Nuestro origen y nuestro destino están unidos a Dios. El único significado final que podemos tener debe ser teológico. Esta misma pregunta que nos hacemos ya fue formulada por el salmista:

Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra (Salmo 8:3–5).

Haber sido creados por Dios es estar relacionados con Dios. Esta relación ineludible nos brinda la seguridad de que no somos ruido o sentimientos inútiles. En la creación recibimos una corona de gloria. Una corona de gloria es una tiara de dignidad. Con Dios, tenemos dignidad; sin Dios, no somos nada.

Resumen

  1. No podemos conocer a Dios sin antes tomar conciencia de nosotros mismos.
  2. No nos podemos conocer a nosotros mismos con precisión si no conocemos antes a Dios. El conocimiento de uno mismo nos conduce al conocimiento de Dios, el cual a su vez nos brinda un entendimiento más elevado y más completo de nosotros mismos.
  3. Los seres humanos en relación con Dios: Un origen con un propósito + Un destino con un propósito = Una vida con sentido.
  4. Los seres humanos sin relación con Dios: Un origen sin sentido + Un destino sin sentido = Una vida sin sentido.[1]

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1 William Shakespeare, Obras completas, trad. M. J. Barroso Bonzón, 5ta. edición, (Madrid), Acto 5, Escena 5.

 Acerca del autor:

r-c-sproulRobert Charles Sproul (1939-). Westminster College, Pennsylvania (BA), Pittsburgh-Xenia Theological Seminary (M.Div.), Free University of Amsterdam (PhD), Whitefield Theological Seminary (PhD). Ha sido profesor de teologia en diversos seminarios en los Estados Unidos. Es un conocido teólogo y pastor americano, autor de muchos libros. Es fundador y director de “Ministerios Ligonier”, y conduce un programa de radio diario llamado ‘Renovando tu mente’. Sproul ha servido como pastor en la Iglesia de Saint Andrews en Florida (US). Actualmente trabaja con la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos (PCA), y ha sido miembro también de la ‘Alianza de Evangélicos Confesantes’ (Alliance of Confessing Evangelicals). Es autor de mas de 100 libros, de los cuales estan disponibles en español; “Las Grandes Doctrinas de la Biblia” (1996); “Como estudiar e interpretar la Biblia” (1996); “Escogidos por Dios” (2002); “La Santidad de Dios” (1998); entre muchos otros.

Tomado de: R.C. Sproul, Las grandes doctrinas de la Biblia (Miami, FL: Editorial Unilit, 1996), 139–141.