No tengo nada en contra de la Escuela Dominical, pero quizá no haya una practica mas olvidada en la actualidad que la de la adoración familiar. Esta estaba en el centro de la Reforma. En el medievo, los cristianos piadosos celebraban la misa diariamente. Sin embargo, con la venida de la Reforma, la piedad que tenia lugar en la Iglesia ahora se llevo al hogar. A menudo padres se preguntan: ¿Por qué mi hijo se aparto del Señor en la adultez si lo llevaba todos los domingos a la Escuela Dominical? A lo cual a menudo pregunto: ¿Cómo cabeza de familia, lideraba el culto de adoración familiar en su hogar? No existe una promesa de parte del Señor de bendecir a los hijos si los padres los llevaban a la Escuela Dominical, sino mas bien si lo practicaban en el hogar. Es realmente una medida de cuan “profesional” se han convertido nuestras iglesias abundan los libros y cursos sobre Escuela Dominical, pero casi no existen libros o cursos en los que se enseñe a los padres de familia a liderar sus hogares en el culto familiar. ¿Hasta que punto el cristianismo actual esta tan divorciado de las practicas bíblicas? Estas palabras escritas hace cerca de 200 años por James Waddel Alexander, y adaptadas y resumidas al español tienen mas valor que nunca para nuestro contexto Latinoamericano actual.

Dios les bendiga.

Daniel Caballero.

Diez Razones para que el padre de familia lidere la adoracion familiar.

  1. La piedad del padre es de vital importancia para la piedad de la familia.

No hay ningún miembro de la familia cuya piedad individual sea de tanta importancia para el resto como lo es la del padre o cabeza de familia. Donde el cabeza de familia es un hombre de fe, de afecto, y de celo, que consagra todo su trabajo y vida a Cristo, es muy inusual encontrar su hogar desordenado. Uno de los medios principales para que el cabeza de familia crezca en gracia es este: El ejercicio diario del culto familiar con los miembros. Es mas importante para él que para los demás. Es él el que lo preside y lo dirige, el que selecciona y pronuncia la Palabra preciosa, y el que conduce la súplica, la confesión y la alabanza común. Para él, es igual a un acto de devoción personal adicional en el día; pero es más. Es un acto de devoción en el que vienen a su mente particularmente su afecto y deber hacia su casa; y en el cual se pone en el lugar de todos los que más estima en la tierra y defiende la causa de ellos. Nadie se extraña entonces de que pongamos la oración en familia entre los medios más importantes para reavivar y conservar la piedad de aquel que la conduce.

  1. La piedad del padre inevitablemente moldeara a sus hijos.

Las familias que no practican la adoración en el hogar se encuentran en un punto bajo en las cosas espirituales. Las familias en las que se practica de manera fría, perezosa, descuidada, o apresurada, son poco bendecidas por la adoración en familia y cualquier otro medio de gracia. Las familias en las que se adora a Dios, cada mañana y tarde, por todos los miembros de la casa en un culto solemne y afectuoso son bendecidas con el aumento de la piedad y la felicidad. Cada individuo es bendecido. Cada uno recibe una porción del alimento celestial.

La mitad de los defectos y transgresiones en nuestros días surgen por la falta de reflexión. Aquí el valor de reflexionar diariamente como familia. Incluso el hijo o criado más descuidado o impío debe verse forzado de vez en cuando a hablar un poco con conciencia, y a meditar un poco con juicio, cuando el padre canoso inclinado ante Dios, con voz temblorosa se vuelca en súplica y oración. ¡Qué influencia tan poderosa habría si diez mil familias cristianas en la tierra tuviesen una mayor conciencia de la importancia de las cosas divinas! ¡Y cuán especial, tierna e instructiva debe ser esta misma influencia en aquellos miembros del hogar, que adoran a Dios en espíritu, y que con frecuencia se secan las lágrimas al levantarse de sus rodillas, y miran alrededor al marido, al padre, a la madre, al hermano, a la hermana, al hijo – todos recordados en la misma oración, todos cubiertos por la misma nube de incienso de la intercesión! Quizás alguien puede decir:

“Numerosas veces he sentido la influencia de la adoración familiar en mi alma. Cuando aún era niño, ningún medio de gracia, público o privado, despertaba tanto mi atención, como cuando se oraba por los niños diariamente. En la juventud rebelde, nunca sentí tan fuertemente la convicción de mi pecado, como cuando mi honorable padre suplicaba a Dios encarecidamente por nuestra salvación. Cuando finalmente en la infinita misericordia empecé a abrir mi oído a la enseñanza, ninguna oración me llegó tanto al corazón, o expresó tan bien mis sentimientos más profundos, como los que pronunciaba mi honorable padre.”

  1. El cuidado espiritual de la familia esta primariamente asignado al padre.

El mantenimiento de la religión doméstica en cada casa está primordialmente confiado al cabeza de familia, quienquiera que sea. Si éste está incapacitado para el cargo por una mente no creyente o una vida impía, esta consideración debería asustarle y horrorizarle; y la presento afectuosamente a cualquier lector que pueda sentirse culpable de esta imputación. Hay casos en los que la gracia divina ha dotado a alguno de la familia aunque no sea el padre, sencillamente para delegar en él la ejecución de este deber. La madre enviudada, o la hermana mayor, o el tutor legal, pueden colocarse en el lugar del padre.

  1. El padre en la familia intercede como un sacerdote por su familia.

Ningún hombre puede abordar el deber de dirigir a su familia en un acto de devoción sin reflexionar solemnemente sobre el lugar que ocupa respecto a ella. El es su cabeza. Lo es por constitución divina e inalterable. Estas son funciones y prerrogativas de las que no puede desvincularse. Hay algo más que la mera prioridad por edad, conocimiento, o sustancia. El es el padre y el señor. Ninguno de sus actos ni nada en su carácter puede fallar en su beber de dejar una marca en aquellos que le rodean. Será capaz de sentirlo cuando los reúna a su alrededor para orar a Dios. Y cuanto más devotamente se entregue a ello, más lo sentirá. Aunque en la tierra todo sacerdocio, en su sentido verdadero, ha sido suprimido y absorbido en las funciones del gran Sumo Sacerdote, todavía hay algo muy parecido a una intervención sacerdotal en el culto del padre cristiano. Va a ir delante del pequeño rebaño al ofrecer un sacrificio espiritual de oración y adoración. Así se dice con respecto a Cristo: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre” (Heb. 13:15).

Puede que el cabeza de familia sea un hombre pobre e iletrado, que inclina su polvorienta cabeza en medio de un grupo de hijos e hijas, aun así, es más sublimemente honrado que un rey que no ora. Su cabeza está rodeada con la “corona de honra”, que se encuentra “en el camino de justicia” (Prov. 16:31). El padre, que año tras año preside en la sagrada asamblea doméstica, se somete a una influencia que es incalculablemente fuerte en su propio carácter paternal.

  1. Es en la adoración familia donde el padre de familia cumple con su rol de guía y ejemplo.

¿Dónde es más probable que un padre perciba el sentido de su responsabilidad, que donde reúne a su familia para adorar? Es cierto en todo momento que está obligado a cuidar de sus almas; pero en el momento de la adoración en familia va a ser donde más sienta que esto es así. Se encuentra con su familia en un contexto religioso y alzan la vista a él en búsqueda de consejos. De entre todos estos no hay ni uno solo por el que no tendrá que dar cuentas en el tribunal de Cristo. ¡La mujer de su juventud! ¿A quién irá en busca de cuidado espiritual si no a él? ¡Y cuán antinatural es la relación familiar cuando se renuncia a esta responsabilidad y esta relación se invierte! ¡Los niños! Si llegan a ser salvos, será probablemente en cierta medida como consecuencia de sus esfuerzos. El personal doméstico, los aprendices, y las visitas están bajo su cuidado durante un corto o largo periodo. El pastor doméstico sin duda gritará, sobre todo durante la ejecución de estos deberes, “¿Quién es apto para estas cosas?” Si su conciencia se mantiene despierta mediante su relación personal con Dios, jamás emprenderá la adoración en familia sin unos sentimientos que impliquen esta misma responsabilidad; y tales sentimientos inevitablemente dejarán huella en el carácter paternal.

Si cada padre pudiera sentirse como la fuente terrenal (designada por Dios) de influencia religiosa en su hogar, le acompañará un bien indescriptible. ¿No es esto verdad? ¿Y hay algún otro medio de hacerle sentir certeza que pueda compararse a la institución de la adoración en familia? Ha asumido su legítimo puesto como instructor, guía, y ejemplo en devoción, aunque sea un hombre callado o tímido, su boca está abierta.

  1. Es en la adoración familiar donde el padre de familia debe guiar la oración, alabanza e instrucción de las Escrituras.

La hora de oración y de alabanza doméstica es también la hora de instrucción en las Escrituras. El padre de familia ha abierto la palabra de Dios en presencia de su pequeño rebaño familiar. De esta manera admite ser su maestro y su pastor. Quizás es un hombre corriente, que vive de su trabajo, no acostumbrado a las escuelas o bibliotecas, y como Moisés, “tardo en el habla y torpe de lengua” (Exo. 4:10). No obstante, se encuentra al lado del pozo abierto de sabiduría, y como el mismo Moisés, puede sacar agua y dar de beber al rebaño (Exo. 2:19). En ese momento, se sienta “en la cátedra de Moisés”, ya no “ocupa lugar de simple oyente” (1 Cor. 14:16). Esto es esperanzador y muy noble. Como la madre amante se regocija en ser la fuente de nutrición para el bebé que se agarra a su pecho, así el padre cristiano se deleita en transmitir, aunque sólo sea mediante la lectura reverente, “la leche espiritual no adulterada” (1 Ped. 2:2). Lo considera bueno para su propia alma; se regocija en el medio designado para trasmitirlo a su descendencia. El más humilde cabeza de familia bien puede sentirse exaltado reconociendo esa relación con aquellos que están bajo su cuidado.

  1. El ejemplo del padre es una bendición o maldición para la familia.

El ejemplo del padre es considerado como de suma importancia. No debemos esperar que el arroyo se eleve más alto que la fuente. El cabeza de familia cristiano se sentirá obligado a decir, “Guío a mi familia en oraciones solemnes a Dios – ¡qué clase de hombre debo ser! ¡Cuán sabio, santo y ejemplar!” Sin duda esto se ha debido en numerosas ocasiones al efecto que la adoración en familia ha tenido sobre el padre. ¿Como sabemos que los hombres mundanos y los cristianos inconsistentes tienen dificultades para llevar a cabo este deber? Porque saben que hay discrepancias entre su vida y devoción, de la misma manera los cristianos humildes son llevados por la misma comparación a ser más prudentes y a poner en orden sus hábitos de tal manera que edifiquen a sus subordinados.

Nunca hay demasiados motivos para llevar una vida santa, ni demasiados salvaguardas para ser un ejemplo paternal. Establece la adoración a Dios en cualquier hogar, y erigirás alrededor una nueva barrera contra la irrupción del mundo, de la carne, y del diablo.

  1. El padre de familia debe implorar por su esposa e hijos en el culto familiar.

El cabeza del hogar en la adoración en familia actúa como el intercesor de su hogar. El gran Intercesor está arriba, pero las “rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias” (1 Tim. 2:1) deben hacerse abajo; y, ¿por quién, si no es por parte del padre a favor de su familia? Pensar en esto debe provocar reflexiones solemnes. El padre, que con sinceridad, se acerca diariamente a implorar bendiciones por su esposa, hijos, y personal doméstico, considerará qué es lo que estos necesitan. Esto será una motivación apremiante para que indague acerca de sus necesidades, tentaciones, debilidades, errores, y transgresiones. El ojo de un padre genuino será ágil; su corazón será sensible en estos puntos; y la hora del culto familiar tendrá presente estas preocupaciones. Por tal motivo, como ya hemos visto, el piadoso Job, después de los festejos de sus hijos, “enviaba y los santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones. De esta manera hacía todos los días” (Job 1:5). Cualquiera que hubiera sido el efecto en los hijos, el efecto en Job mismo fue, sin duda, un despertar de la mente en cuanto a su responsabilidad parental. Y tal es el efecto de la adoración en familia en el cabeza de un hogar.

  1. El marido necesita el apoyo de la esposa, así como el ser amorosamente recordado de sus responsabilidades por ella.

El respeto, la paciencia, el amor, que las Escrituras ordenan a la parte más débil y más dependiente en la alianza conyugal, y que son la corona y la gloria del matrimonio cristiano, jamás son puestas en acción tanto como cuando aquellos que se han prometido fe el uno al otro hace años se acercan diariamente al lugar de oración y alzan un corazón unido a los pies de la misericordia infinita. Como la cabeza de cada hombre es Cristo, así el hombre es la cabeza de la mujer (1 Cor. 11:3). Su puesto de responsabilidad también lo es en lo espiritual. Raramente lo sentirá con tanta sensatez como cuando junto a su compañera cae a los pies del trono de gracia.

  1. La piedad del padre de familia esta directamente ligada a al ejecución de su rol como líder del culto familiar.

No hay nadie cuya alma este tan directamente influenciada por el ejercicio de la adoración doméstica que el padre en la familia. Si el cabeza de familia es tibio o mundano, transmitirá el frío a toda la casa y toda la casa será tibia o mundana. Y si ocurre una feliz excepción, y alguno otro miembro le supera en fidelidad, esto ocurrirá a pesar de su mal ejemplo. Aquel, que por sus enseñanzas y vida, debe proporcionar un estímulo perpetuo a los más jóvenes, sentirá en caso de tal irresponsabilidad, que estos acabarán buscando consejo en otro lugar, incluso si no van por ahí lamentándose por su negligencia.

Conclusión.

El padre de una familia está bajo una influencia sana, cuando es llevado cada día a tomar un puesto de observación, y decir a su propio corazón, “Por este medio, además de todos los otros, estoy ejerciendo una influencia definitiva, buena o mala, sobre todos los que me rodean. No puedo omitir este servicio innecesariamente; y quizás no puedo omitirlo en cualquier medida sin que dañe para mi familia. No puedo leer la Palabra, no puedo cantar, no puedo orar sin dejar alguna huella en la mente tierna. ¡Con cuanta solemnidad, con cuanto cariño, con cuanta fe, debo abordar este mandato! ¡Con cuánto temor reverente y preparación! Mi conducta como padre en esta adoración puede salvar o puede matar espiritualmente a mi familia.

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Tomado de Pensamientos sobre la Adoración en Familia, reimpreso por Soli Deo Gloria.[1]

 Sobre el autor:

James-W.-Alexander-Website-Thumbnail-7-28-2015James Waddel Alexander (1804-1859), fue el hijo del famoso pastor y teólogo norteamericano Archibald Alexander, primer profesor del Princeton Theological Seminary (Westminster Theological Seminary (PA) en la actualidad), quien ejerció una profunda influencia en su hijo. James nació en Virginia, USA, y realizo sus estudios teológicos en Princeton Theological Seminary. En 1830 se caso con Elizabeth Cabell, y tuvieron siete hijos. En 1826 fue nombrado pastor en la Iglesia Presbiteriana en Charlotte, Virginia, aunque sirvió en diferentes lugares, se mantuvo activo en el pastorado hasta el dia de su muerte. Fue nombrado profesor de Historia y Gobierno Eclesiástico en Princeton Theological Seminary en 1849. Murió de disentería en 1859 a la de edad de 55 años. James Alexander publico varios libros en ingles, ‘Un regalo para el afligido’ (1835), ‘Pensamientos sobre la Adoración Familiar’ (1847), ‘Sermones sobre los Sacramentos’ (1854), ‘El avivamiento y sus lecciones’ (1859), ‘Pensamientos sobre Predicación’ (1862), entre otros.

[1] J. W. Alexander, «– Apendice 3 –: EL PADRE Y LA ADORACIÓN EN FAMILIA», en La Adoración en Familia: Redescubriendo el Tesoro Perdido de la Adoración en Familia, trans. Elena Bourdois Rivero (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 2012), 39–44.