Quisiéramos presentar en las próximas semanas, una selección de artículos sobre algunos de los teólogos y personajes más importantes en la historia de la Iglesia Cristiana. Los artículos son básicamente una selección de lo escrito por una variedad de historiadores y teólogos disponible en español. Aunque en algunas ocasiones la información puede repetirse en algunos puntos, e incluso contradecirse de un historiador a otros, como es de esperance, es, sin embargo, útil ver diferentes y complementarias perspectivas sobre el tema. Asimismo, en algunas ocasiones incluiremos algunos extractos de artículos complementarios sobre el tema. Esperamos sea de ayuda y sirva como una introducción a un tema de vital importancia para la Iglesia: Su historia. Quisiéramos presentar hoy a quien fue, junto con Herman Bavinck, el mas grande teólogo moderno, “El León de Princeton” como era conocido en su tiempo, Benjamin Breckinridge Warfield, mas conocido solamente como B.B. Warfield.

Al comienzos del siglo XX, una era donde los teólogos Liberales y Barthianos dominaban por completo la escena teológica y hacían añicos la autoridad de las Escrituras unos pocos se levantaron a defender la Ortodoxia con el mismo calibre intelectual que estos. Debemos recordar que en los últimos 150 años, tanto Warfield como Bavinck se levantaron como los defensores de la Ortodoxia Cristiana. Es verdaderamente una pena grande que ninguna de las obras de estos titanes, tanto por su intelecto como por su piedad, este traducida al español, pero por otro lado, las obras de los principales teólogos liberales y barthianos si lo estén. Una vez mas es una muestra de lo mucho que aun falta por hacer en nuestro continente.

Miguel A. De La Torre. “Benjamin Breckinridge Warfield”, ed. por Justo L. González and Carlos F. Cardoza-Orlandi, Diccionario Ilustrado de Intérpretes de La Fe(Terrassa, Barcelona: Editorial Clie, 2004), 472–473.

Benjamin Breckinridge Warfield,(1851–1921). Presbiteriano que continuó la tradición del fundamentalismo presbiteriano de Princeton, sostenido anteriormente por Charles Hodge y A. A. Hodge. Defensor por tanto del calvinismo ortodoxo que él llamó «religión evangélica». Warfield ayudó a formular la doctrina de la infalibilidad bíblica, que fue el modo en que la Iglesia Presbiteriana definió la autoridad de las Sagradas Escrituras. También abogó por una forma diluida de predestinación que él llamaba «congruismo», y según la cual la obra de Dios coincide con la voluntad del individuo, de modo que el individuo decide libremente aquello a lo que Dios le ha destinado. Sus pensamientos e ideas dominaron la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana entre 1892 y 1910.

 A. Noll, “WARFIELD, BENJAMIN BRECKINRIDGE,” ed. Sinclair B. Ferguson, David F. Wright, and J. I. Packer, trans. Hiram Duffer, Nuevo Diccionario de Teología(El Paso, TX: Casa Bautista de Publicaciones, 2005), 1027–1030.

BENJAMIN BRECKINRIDGE WARFIELD,(1851–1921), fue el último gran teólogo de los presbiterianos conservadores en el Seminario Teológico de Princeton, Nueva Jersey. Su actividad como teólogo coincidió con la época en que las opiniones de la crítica alta sobre la Escritura y los conceptos de la evolución de la religión estaba reemplazando las convicciones evangélicas en la mayoría de las principales instituciones de enseñanza superior de Estados Unidos. Warfield se distinguió como defensor erudito del calvinismo agustiniano, el cristianismo sobrenatural y la inspiración de la Biblia. Algunas de sus opiniones, especialmente sobre la Inerrancia bíblica (ver Infalibilidad), siguen desempeñando un papel importante entre los evangélicos al final del siglo XX.

Warfield nació dentro de una familia rica de Virginia y recibió su primera educación privadamente. Ingresó a Princeton College en 1868, año en que James McCosh, el último de los proponentes principales de la filosofía escocesa del Sentido Común, inició su servicio como presidente. Warfield estudió después en el Seminario de Princeton en donde llegó a estar bajo la influencia del anciano Charles Hodge. Warfield había perseguido intereses científicos ávidamente antes de decidir que se prepararía para el ministerio, y continuó siendo un apasionado lector aficionado de literatura científica a lo largo de toda su vida. Quizá por esta razón, tuvo menos dificultad que muchos de sus contemporáneos evangélicos para hacer las paces con los aspectos científicos de la evolución de Carlos Darwin (ver Creación). También puede haber recibido ayuda en este sentido del ejemplo de McCosh, quien era tanto un calvinista franco como un evolucionista teísta decidido.

Después de graduarse del seminario en 1876, Warfield se casó, viajó por Europa, sirvió en un breve pastorado en Baltimore, y luego fue llamado para enseñar NT en un seminario presbiteriano en Allegheny, Pennsylvania. En 1887 sucedió a Archibald Alexander Hodge (1823–86) como profesor de didáctica y teología polémica en Princeton. (Ahora Westminster Theological Seminary)

A diferencia de varios otros teólogos de Princeton, Warfield no era un eclesiástico activo en la iglesia. Sus intereses eran casi totalmente intelectuales y teológicos. Su personalidad reservada, y quizás los largos años de cuidados para su esposa inválida, contribuyeron a lo que su hermano llamaba “una cierta austeridad intelectual” (Ehelbert Warfield, “Boceto biográfico” en Works[Obras] I, p. viii). Durante sus años en Princeton, Warfield escribió un número increíble de ensayos, reseñas, panfletos y monografías tanto para eruditos como para laicos. (También publicó himnos y poesía con regularidad.) Su erudición era detallada y precisa. Se esforzó para proporcionar resúmenes exactos de sus contrarios, pero pudo ser severo en señalar sus errores. A pesar de que probablemente tenía el intelecto más agudo de los teólogos de Princeton Antiguo, la naturaleza de la época, especialmente con la creciente diversificación de la vida académica, dio a su obra una calidad algo más fragmentada que la de su más grande precursor, Charles Hodge. La contribución principal de Warfield se encuentra en tres áreas: la Biblia, el calvinismo y la naturaleza de la experiencia religiosa.

Cuando los puntos de vista de la Escritura sostenidos por la crítica alta ganaron popularidad en Estados Unidos, Warfield se unió a otros conservadores para definir más exactamente la inspiración divina y la veracidad de la Escritura.

En 1881 publicó con A. A. Hodge un famoso ensayo sobre “Inspiración” que presentaba su postura. Esta obra sostenía que a través de los siglos la Biblia ha recibido las demostraciones más convincentes de su origen divino. La creencia histórica de la iglesia de que tanto la letra como el espíritu de la Escritura vinieron de Dios todavía era una postura válida. En este artículo, como en otros varios ensayos importantes, Warfield investigó concienzudamente los testimonios que la Escritura da de sí misma. Su conclusión fue que cuando hablaba la Biblia, hablaba Dios. Este ensayo de 1881 puso algo de más énfasis en las “pruebas” de la Escritura de lo que Charles Hodge generalmente había hecho, y subrayó más el hecho de que la inspiración de la Escritura (y su consiguiente ausencia del error) se aplicaban, estrictamente consideradas, sólo a los autógrafos originales del texto. Pero en lo general Warfield solamente reafirmaba, en respuesta a la crítica contemporánea, la clase de confianza en la Escritura que una vez había sido común tanto en los círculos católicos como en los protestantes. En más de 100 escritos adicionales sobre la Escritura, Warfield llamó la atención repetidamente al testimonio de la Biblia acerca de su propia autoridad. También afirmó que términos como “inerrabilidad” no implicaban un proceso mecánico de inspiración. Warfield sostenía más bien que la inspiración bíblica involucraba un proceso de concursusen que las acciones humanas y la obra del Espíritu Santo coincidían. Esto significaba que el estudio histórico de la Biblia era apropiado, con tal de que dicho estudio no presupusiera un origen exclusivamente humano para la Escritura.

Las convicciones de Warfield acerca de la Biblia tuvieron amplia aceptación en su propio tiempo y se ha continuado estudiándolas seriamente en el tiempo actual. No es tan bien conocida su adhesión a la teología de la Reforma. Cuando a finales del siglo los presbiterianos estadounidenses debatían si reformarían la Confesión de Westminster, Warfield respondió con una serie de estudios cuidadosos sobre el significado de ese documento. Su propia opinión nunca titubeó: los reformadores de los siglos XVI y XVII habían provisto guías sólidas para la iglesia. Intentar alterarlas a favor de criterios modernos de mejoramiento humano o de inmanencia divina sería fatal. Warfield escribió varias monografías cuidadosas sobre la Confesión, muchos estudios penetrantes del pensamiento calvinista y varios tratados académicos sobre personajes de la iglesia primitiva (especialmente de Agustín). Todos testificaban de su convicción de que los principios teológicos de estos primeros tiempos eran totalmente suficientes para el presente. En 1904 hizo un resumen de la esencia de estos ejercicios históricos: “El calvinismo no es más que la religión en su pureza. Por lo tanto tenemos solamente que concebir de la religión en su pureza, y eso es el calvinismo” (Selected Shorter Writings [Selección de escritos breves], I, p. 389).

Las convicciones de Warfield acerca de la experiencia religiosa eran el producto de su elevada opinión de la Escritura y su ferviente calvinismo. Veía dos adversarios principales para la ortodoxia de su tiempo: el modernismo, que exaltaba el espíritu de la época sobre la Escritura y sobre las tradiciones confesionales, y la religiosidad popular que trataba a Jesús como una fuerza motivacional meramente emocional y al Espíritu Santo como una propiedad privada para manipulación personal. En contra de la primera tendencia, Warfield trató de rebatir los esfuerzos de basar la religión en el optimismo de la evolución o el sentido romántico del yo y la experiencia religiosa. En contra del último escribió folletos desaprobando la superficialidad del fundamentalismo moderno, y muchas obras acicateando las pretensiones del “perfeccionismo” en círculos metodistas.

En todos estos esfuerzos Warfield sostuvo la objetividad de la obra de Dios: Dios había dado su palabra objetivamente en la Escritura, y había dado la iglesia objetivamente como un medio para ofrecer la gracia a través de la predicación, la oración, y los sacramentos. Aquellos que dependían de la subjetividad interior, ya fuera a la derecha o la izquierda, para encontrar lo que Dios había ofrecido objetivamente, se estaban engañando así como despreciando la obra de Dios.

Warfield está clasificado con sus contemporáneos, los holandeses Herman Bavinck y Abraham Kuyper, y el escocés James Orr, como los más grandes teólogos calvinistas conservadores modernos. Sus obras no son populares en la comunidad teológica en general, ni tampoco se les toma muy en serio entre los evangélicos, exceptuando cuando se refieren a las Escrituras. Sin embargo, siguen siendo una fuente de depósito para aquellos que, con Warfield, veneran la obra de Dios en la Escritura y en la historia de la iglesia y quienes valoran un cuidadoso esfuerzo intelectual aplicado a la comprensión de esa obra.

Bibliografía importante sobre Warfield.

The Works of Benjamin B. Warfield, 10 tomos (Nueva York, 1927–32); reimpr.Grand Rapids, MI, 1981); Selected Shorter Writings of Benjamin B. Warfield, ed. J. E. Meeter, 2 tomos (Phillispsburg, NJ, 1970, 1973); J. E. Meeter y R. Nicole, A Bibliography of Benjamin Breckinridge Warfield1851–1921(Nutley, NJ, 1974); J. H. Gerstner, “Warfield’s Case for Biblical Inerrancy”, en God’s Inerrant Word, ed. J. Warwick Montgomery (Minneapolis, MN, 1974). W. A. Hoffecker, “Benjamin B. Warfield”, en Reformed Theology in America, ed. D. F. Wells (Grand Rapids, MI, 1985); T. F. Torrance, reseña de la obra de Warfield, Inspiration and Authority of the Bible, SJT7 (1954), pp. 104–08.

 A. Noll, “PRINCETON, TEOLOGIA DE,” ed. Sinclair B. Ferguson, David F. Wright, and J. I. Packer, trans. Hiram Duffer, Nuevo Diccionario de Teología(El Paso, TX: Casa Bautista de Publicaciones, 2005), 759–761.

La Teología de Princeton.

La Teología de Princeton fue una expresión importante del calvinismo conservador o Teologia Reformada en los Estados Unidos durante el siglo XIX y principios de XX. Debió su fuerza a la extraordinaria serie de teólogos que enseñaron en el seminario presbiteriano en Princeton, New Jersey y a la importancia de esa institución dentro de la denominación y dentro del país en general. Los tres teólogos más importantes de Princeton fueron Archibald Alexander (1772–1851), profesor fundador de la escuela, Charles Hodge, quien enseñó a más de 3.000 estudiantes durante más de cincuenta años como profesor de Princeton, y Benjamin Breckinridge Warfield (1851–1921), quien apoyó las posiciones del Princeton antiguo durante un período en que la influencia evangélica menguaba. A estos tres se les unió una multitud de otras figuras importantes, incluyendo al hijo de Hodge, Archibald Alexander Hodge (1823–86), dos hijos de Alexander, James Waddel (1804–59) y Joseph Addison (1809–60), y el erudito y apologista del Nuevo Testamento, J. Gresham Machen.

Los teólogos de Princeton sostuvieron el confesionalismo reformado, defendieron conceptos elevados de la inspiración y la autoridad bíblicas, organizaron su pensamiento con la ayuda de la filosofía escocesa del Sentido Común, y tuvieron un lugar sorprendentemente importante para el papel del Espíritu Santo en la experiencia religiosa. Los teólogos del Princeton antiguo fueron guardianes celosos de los conceptos calvinistas de la preeminencia divina en la salvación, la unidad tanto de la raza en la culpa de Adán como de los elegidos en la obra de Cristo y la incapacidad moral de los humanos separados de la gracia de Dios. Sostuvieron estas posiciones en contra del romanticismo y el racionalismo del continente, en contra de formas domésticas de subjetividad, en contra de los excesos del entusiasmo del movimiento renovador, en contra de todas las variedades del liberalismo teológico y en contra del perfeccionismo metodista evangélico. Una de las posiciones reformadas que la escuela sostuvo con más ahínco fue la infalibilidad de la Biblia. Este era un tema central en la apologética de Alexander, era una base esencial de la Systematic Theology(Teología sistemática) de Charles Hodge y de las polémicas que sostenía en la Princeton Review(Revista de Princeton) y proporcionó a Warfield la posición que defendió en innumerables ensayos hacia fines del siglo XIX. La monografía bien conocida sobre “Inspiración” por Warfield y A. A. Hodge en 1881 recapituló la posición de Princeton: la creencia histórica de la iglesia en la infalibilidad verbal de la Biblia debe sostenerse debido tanto a las pruebas externas del carácter divino de la Escritura como al testimonio de la Biblia acerca de sí misma.

Los principios de la filosofía escocesa del Sentido Común proporcionaron pautas para los teólogos de Princeton en su organización del material bíblico y su enfoque a la teología. En esto reflejaron la enseñanza de dos presidentes del Princeton College que nacieron en Escocia, John Witherspoon (1723–94) y James McCosh (1811–94), cuyas obras influyeron directa o indirectamente a todos los teólogos principales de Princeton.

En el seminario de Princeton, la filosofía escocesa no fue tanto una guía sobre las convicciones acerca de los poderes naturales del “sentido moral” como lo fue entre los calvinistas de Nueva Inglaterra. Más bien proporcionó una confianza en la ciencia empírica y sencillos procedimientos inductivos por medio de los cuales se podía trazar un curso teológico. Las primeras páginas de la Systematic Theologyde Charles Hodge proporcionan la ilustración más clara de estos compromisos de procedimiento. Pero aun cuando los de Princeton adoptaron las normas científicas de la filosofía escocesa, siempre retuvieron un lugar importante para las influencias distintivamente espirituales. Los teólogos principales de Princeton eran predicadores poderosos. Aunque desconfiaban del movimiento de renovación no restringido, trabajaron a favor de la renovación en la iglesia. Charles Hodge, especialmente, en sus comentarios y en algunas de sus polémicas, podía escribir de manera tan conmovedora como cualquiera de sus contemporáneos acerca de la obra interior del Espíritu Santo.

Los teólogos de Princeton incorporaron sus creencias en instituciones poderosas. El mismo seminario preparó a más ministros que ninguna otra institución semejante durante el siglo XIX. La Princeton Reviewy las revistas que le sucedieron fueron órganos poderosos, no sólo entre los presbiterianos del norte, sino en otras denominaciones. Y la escuela constituyó una fuerza que había que tomar en cuenta dentro de la denominación, tanto cuando sus posiciones dominaron segmentos significativos de la iglesia como cuando sus conceptos representaron una posición minoritaria.

Los críticos de los teólogos de Princeton los acusan de racionalismo escolástico y de un biblicismo mecánico. Aunque estas afirmaciones no son del todo infundadas, la realidad más grande es que los teólogos del Princeton antiguo fueron representantes fieles del calvinismo histórico, quienes adaptaron su posición confesional con energía frente a las necesidades y las oportunidades de la experiencia norteamericana.

Bibliografía sobre la Escuela de Princeton. 

Charles Hodge, “Retrospect of the History of the Princeton Review”, Biblical Repertory and Princeton Review. Index Volume, no. 1 (1870), pp. 1–39; A. W. Hoffecker,Piety and the Princeton Theologians: Archibald Alexander, Charles Hodge, and Benjamin Warfield(Phillipsburg, NJ, 1981); T. M. Lindsay, “The Doctrine of Scripture: The Reformers and the Princeton School”, The Expositor, Quinta Serie, tomo 1, ed. W. Robertson Nicoll (Londres, 1895), pp. 278–93; M. A. Noll (ed.), The Princeton Theology 1812–1921: Scripture, Science, and Theological Method from Archibald Alexander to Benjamin Warfield(Grand Rapids, MI, 1983); J. C. Vander Stelt, Philosophy and Scripture: A Study in Old Princeton and Westminster Theology(Marlton, NJ, 1978); J. D. Woodbridge y R. Balmer, “The Princetonians and biblical Authority”, en Scripture and Truth, eds. Woodbridge y D. A. Carson (Gran Rapids, MI, 1983).

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