A los teólogos les agradaría pensar que sus volúmenes se van abriendo paso hasta las masas y les dan forma a los mensajes y la oración de los cristianos. Sin embargo, muchas veces lo que sucede es que las tendencias teológicas surgen más como respuesta a la vida real de las iglesias y a los conceptos y experiencias de los fieles.

El Espíritu Santo en la Era Patrística

Mucho antes de los Concilios de Nicea y de Constantinopla, los fieles eran bautizados, oraban y vivían como trinitarios. El conocimiento del Padre en Cristo y por medio del Espíritu era en primer lugar una realidad que experimentaban, aunque revelada por Dios en la historia y conservada en las Escrituras canónicas, lo cual elevaba las personas de Cristo y del Espíritu Santo como iguales y plenamente divinas junto con el Padre.6La teología posterior fue un intento por batallar con el drama (lo que Dios había hecho en la historia) y las doctrinas (la interpretación divina de esos acontecimientos), así como la doxología y el discipulado que se revelan en las Escrituras.7Ejemplo clásico de esto dentro de la Iglesia postapostólica es el tratado Sobre el Espíritu Santo, escrito por Basilio Magno. Hilario de Poitiers y Agustín de Hipona contribuyeron con ricas reflexiones sobre el Espíritu como el amor personal y el don del Padre y del Hijo.

En los siglos posteriores, sobre todo en el occidente, se daba con frecuencia el caso de que la obra del Espíritu se esfumaba de la vista, hasta el punto de que la extensión de su obra era transferida al control eclesiástico. El teólogo católico Yves Congar señala que, en lugar de ser vistos como medios de la actividad del Espíritu, los sacramentos eran considerados con frecuencia como eficientes de manera intrínseca y por ellos mismos, lo cual hacía que el Espíritu resultara algo irrelevante. El papa, los santos y la Virgen María también se podían convertir en «sustitutos del Espíritu Santo».8Como reacción a esto, surgieron diversos movimientos espiritualistas que ponían al Espíritu en oposición a la Iglesia y a su ministerio de la palabra y de los sacramentos. Así se desarrolló una brecha entre una institución jerárquica llena de abusos y unas personas carismáticas que buscaban una experiencia con Dios directa y personal por medio de visiones, milagros y éxtasis, incluso sin contar con el ministerio ordinario de la Iglesia.

No es exagerar el que digamos junto con B. B. Warfield que la Reforma constituyó un importante redescubrimiento del Espíritu Santo. Mientras que la teología medieval insistía en la gracia como una sustancia creada que era infundida en el alma para ayudarla a ascender, los reformadores proclamaban que el Espíritu increado es el don que une a los pecadores con Cristo y todos sus beneficios. A pesar de las vehementes críticas de Lutero contra los «entusiastas», su Catecismo Menor afirma: «Creo que por mi propia razón o mis fuerzas, yo no puedo creer en Jesucristo, mi Señor, ni acudir a él; pero el Espíritu Santo me ha llamado por el Evangelio, iluminado con sus dones, santificado y guardado en la fe verdadera».9

El Espiritu Santo en la Reforma

Es ampliamente reconocido que entre los reformadores magistrales, Juan Calvino contribuyó de manera especial con las reflexiones pneumatológicas más ricas. De los reformadores, según observa el teólogo Veli-Matti Kärkkäinen, la teología de Calvino era la que estaba más llena de pneumatología, aunque él fue tan crítico como Lutero con respecto al «entusiasmo» que separa al Espíritu de la Palabra.10El teólogo católico romano Brian Gaybba llega incluso a afirmar que «con Calvino hubo un redescubrimiento, al menos en el occidente, de una idea bíblica virtualmente olvidada desde los tiempos de la patrística. Es la idea del Espíritu de Dios en acción».11El gran humanista Desiderio Erasmo le escribió una carta despectiva a Guillaume Farel, anciano colega de Calvino, reprochándole a Génova lo siguiente: Los refugiados franceses tienen estas cinco palabras continuamente en los labios: Evangelio, Palabra de Dios, Fe, Cristo, Espíritu Santo».12 No obstante, Calvino no estaba solo en este aspecto, cuando recordamos los nombres de otros líderes de la Reforma: no solo los más conocidos, como Bucero, Vermigli, Cranmer, Knox, Jan Łaski y Beza, sino también mujeres escritoras como Juana de Albret, reina de Navarra, y Olympia Fulvia Morata. Sin pérdida alguna de la centralidad de Cristo, las confesiones y los catecismos reformados les daban un lugar prominente a la persona y la obra del Espíritu. De hecho, en la primera respuesta del Catecismo de Heidelberg aparece una mención del Espíritu Santo.

Involucrando tanto las Escrituras como las fuentes patrísticas y medievales, la era de lo que se suele llamar ortodoxia reformada abrió de nuevo panoramas grandiosos sobre el Espíritu en las formas litúrgicas y devocionales, junto con otras exploraciones más eruditas. Los extensos tratados de John Owen sobre el Espíritu Santo solo son ejemplos de la enorme influencia de escritores puritanos como William Perkins, Richard Sibbes y Thomas Goodwin. Nos vienen a la mente escoceses como Gillespie y Rutherford, y también contemporáneos suyos en el continente europeo, como el checo Jan Komenský (Juan Comenio), Boecio, Witsius, Wilhelmus à Brakel, Pierre du Moulin y Jean Taffin, por nombrar unos pocos. La influencia de fuentes como estas, así como La obra del Espíritu Santo, de Abraham Kuyper, se irá haciendo evidente a lo largo de todo este estudio. Cuanto olvido del Espíritu Santo pueda ser evidente en el protestantismo en general, y en los círculos reformados en particular, debe formar parte de un olvido de los ricos tesoros de nuestro propio pasado.

El Espíritu Santo, el Pentecostalismo y el Ecumenismo Moderno

De la misma manera que la Reforma habría quedado limitada a debates universitarios de no haber sido por la oleada de interés popular, el interés generalizado en el Espíritu hoy ha sido guiado de manera significativa por los movimientos pentecostales y carismáticos a lo largo del siglo pasado. No creo exagerar si sugiero que unos grupos que eran considerados como sectas en años anteriores son ahora la corriente principal del crecimiento explosivo del cristianismo en la mayor parte del mundo. Mientras que el pentecostal era visto típicamente por el protestantismo establecido como una tradición ajena a ellos y con sus raíces mayormente en una forma extrema del movimiento wesleyano de avivamiento, el movimiento carismático se propagó en las iglesias católicas romanas y protestantes. Cualquiera que sea la forma en que juzguemos este impacto, quedan muy pocas dudas de que estos movimientos han influido en la fe y la práctica del cristianismo mundial, e incluso las han alterado de diversas formas.

Conclusion.

Una nueva generación de teólogos pentecostales refleja un complicado compromiso con el movimiento ecuménico, evitando las tendencias más antintelectuales del pasado. Es posible que más significativo sea aún el número de eruditos católicos romanos y ortodoxos, así como luteranos, anglicanos, presbiterianos y reformados, y bautistas, que son identificados como «teólogos de la renovación del Espiritu». Por ejemplo, el teólogo metodista D. Lyle Dabney animó a un número de figuras no pentecostales, como el teólogo bautista Clark Pinnock, a pensar el darle primacía al Espíritu entre todos los centros de atención de la teología sistemática.13Por otra parte, muchos que no se identifican a sí mismos con estos nombres, muestran de todas formas este interés generalizado que hay hoy en el Espíritu Santo.

Y, sin embargo, como sucede con el avivamiento del interés en la Trinidad, la renovación del interés en el Espíritu no siempre trae claridad o coherencia con respecto a las enseñanzas cristianas históricas. No debemos dar por sentado que el Espíritu que tiene en mente la gente es el Espíritu identificado en las Escrituras. No obstante, una vez que los teólogos comienzan a hablar de nuevo acerca de Jesús como Dios encarnado, es inevitable que surja en ellos el interés por la Trinidad y, tarde o temprano, por la persona y la obra del Espíritu Santo. Este fue precisamente el curso de desarrollo en la teología antigua que llevó a la formulación del Credo Niceno–Costantinopolitano.

Adaptado de: Michael Horton, “Introduccion”, en Redescubrir El Espíritu Santo: La Presencia Perfeccionadora de Dios En La Creación, La Redención Y La Vida Diaria(Grand Rapids, MI: Vida, 2017).

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Sobre el autor:

Michael Horton (1964-) 

Michael-Horton_1B.A. Biola University,M.A. Westminster Seminary California, Ph.D. Oxford University,Ph.D. Yale University. 

Michael Horton es uno de los mas importantes teólogos evangélicos de la actualidad. Es profesor de teología sistemática en Westminster Seminary California, y desde 1998 ha trabajado como el editor principal de Modern Reformationy de The White Horse Inn.Ha escrito muchos libros entre los que se tienen: Covenant & Salvation: Union with Christ(2007), Christless Christianity: The Alternative Gospel of the American Church(2008), People and Place: A Covenant Ecclesiology(2008; 2009 Christianity Today Book Award in Theology/Ethics), Too Good to be True: Finding Hope in a World of Hype(2009), God of Promise: Introducing Covenant Theology (2009), The Gospel-Driven Life: Being Good News People in a Bad News World(2009), The Christian Faith: A Systematic Theology for Pilgrims on the Way(2011), Pilgrim Theology: Core Doctrine for Christian Disciples(2011), For Calvinism, with Maurice England (2011), The Gospel Commission(2012),Calvin on the Christian Life: Glorifying and Enjoying God Forever, Theologians on the Christian Life, 2014, Justification (2 Vols), New Studies in Dogmatics, (2018),entre muchos otros.

Notas:

6Gordon Fee aclara este punto de una manera provechosa en God’s Empowering Presence: The Holy Spirit in the Letters of Paul(Peabody, MA: Hendrickson, 1994).

7Me refiero aquí a las coordinadas que menciono enThe Christian Faith: A Systematic Theology for Pilgrims on the Way(Grand Rapids: Zondervan, 2011), pp. 13–15.

8Yves Congar, I Believe in the Holy Spirit, (Nueva York: Crossroad Herder, 1997), 1:160–66.

9Theodore G. Tappert, ed., «The Small Catechism (1529)», en The Book of Concord(Filadelfia: Fortress, 1959), p. 329.

10Veli-Matti Kärkkäinen, Pneumatology: The Holy Spirit in Ecumenical, International, and Contextual Perspective(Grand Rapids: Baker Academic, 2002), p. 46.

11Brian Gaybba, The Spirit of Love: Theology of the Holy Spirit(Londres: Geoffrey Chapman, 1987), p. 100. Con Matthew Levering, Engaging the Doctrine of the Holy Spirit(Grand Rapids: Eerdmans, 2016), 321n43, de quien descubrí esta referencia, me parece que Gaybba exagera este concepto. No obstante, la riqueza de las reflexiones pneumatológicas de Calvino se manifiesta a lo largo de todas sus reflexiones teológicas y sus comentarios exegéticos de una manera que no era típica en los tratados procedentes de fines del medioevo

12Citado por Emile G. Leonard, The Reformation, vol. 1 of A History of Protestantism, ed. H. H. Rowley, 2 vols. (Londres: Thomas Nelson and Sons, 1965), p. 306.

13D. Lyle Dabney, «Why Should the Last Be First? The Priority of Pneumatology in Recent Theological Discussion», en Advents of the Spirit: An Introduction to the Current Study of Pneumatology, eds. Bradford E. Hinze y D. Lyle Dabney (Milwaukee: Marquette University Press, 2001), pp. 240–61. Agradezco el argumento de Dabney sobre la necesidad de que todo centro de atención deba estar enriquecido por la reflexión pneumatológica, y de hecho, decidí defender esta posición y presentarla en este libro. Sin embargo, una pneumatología sólida debe ser labor de la teología trinitaria, puesto que el Espíritu y su obra son inseparables del Padre y del Hijo. Por consiguiente, solo a base de reconocer la relación del Espíritu con las otras personas, tanto en las procesiones como en las misiones (de aquí, a lo largo y ancho de todos los sitios teológicos), nuestra pneumatología seguirá siendo bíblica y atada a la economía, en lugar de constituir un criterio separado, que es más susceptible de especulación.