Cristo y Evangelio

La Salvación no se pierde, R.C. Sproul

Cuando Dios lleva a cabo nuestro nuevo nacimiento espiritual, Él no permite que nada extinga esa vida. Más bien, el Señor preserva y mantiene con vida a aquellos a quienes vivifica, para que éstos puedan un día alcanzar la meta para la cual los regeneró. Esa es la razón por la que Pablo nos dice “que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús” (Filipenses 1:6).

En nuestra exploración de la doctrina de la regeneración, o del nuevo nacimiento espiritual, hasta ahora hemos visto que la regeneración es necesaria, que es misteriosa, que es solo el comienzo, que es soberana, y que es inmediata. En este capítulo, quiero explorar un aspecto de la regeneración que a menudo pasamos por alto, un aspecto que para muchos es un punto de confusión. Se trata de la verdad de que la regeneración es permanente. Si de nosotros dependiera, encontraríamos todos los medios posibles para perder nuestra regeneración. Pero Dios no permitirá que eso ocurra; Él nos llevará a la plenitud de nuestra redención.

“¿QUIÉN DICEN USTEDES QUE SOY YO?”

Quizá la persona del Nuevo Testamento que mejor simboliza la permanencia de la regeneración sea el apóstol Pedro. Pero a Pedro no siempre se le llamó Pedro; él era Simón hijo de Jonás hasta que Jesús le cambió el nombre. ¿Cuál fue la ocasión para otorgarle este nuevo nombre?

Durante el ministerio terrenal de Jesús, los discípulos pasaron una gran cantidad de tiempo con Él. Ellos pudieron observar sus actividades. Ellos lo vieron sanar a los enfermos (Lucas 8:40–48). Lo vieron calmar la tempestad (Lucas 7:22–25). Lo vieron caminar sobre el agua (Mateo 14:22–32). Lo vieron convertir el agua en vino (Juan 2:1–12). Lo vieron resucitar a los muertos (Lucas 7:11). Ellos escucharon su enseñanza (Mateo 5–7). En suma, ellos tuvieron la oportunidad de ver a Jesús en un nivel de intimidad que las multitudes no disfrutaron.

En una ocasión en particular, en Cesarea de Filipo, Jesús se retiró de entre la muchedumbre y pasó tiempo con su círculo íntimo de amigos y discípulos (Mateo 16:13–20). Durante ese tiempo, Jesús les dijo algo como esto: “¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Qué rumores están circulando? ¿Se han vuelto populares? ¿Cuál es la opinión pública sobre mi ministerio en este momento?” Uno por uno, sus discípulos respondieron la pregunta: “Bueno, Jesús, algunos dicen que tú eres Elías, algunos dicen que eres Juan el Bautista, y algunos dicen que eres un profeta”. Jesús dijo: “Suena interesante. Pero ustedes tienen una visión íntima de quién soy yo y lo que he estado haciendo. ¿Qué opinan ustedes? ¿Quién dicen ustedes que soy yo? ¿Qué piensan ustedes?” Simón actuó de vocero de los doce y contestó la pregunta con esta afirmación: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (v. 16).

Esa fue una profunda y audaz declaración de labios de un judío. Un judío del siglo I que ha estado observando a Jesús lo mira y dice: “Tú eres el Mesías”. La palabra “Cristo” proviene de la palabra griega Christos, que traduce el hebreo mashiyach(“mesías”). Pedro en realidad estaba diciendo: “Tú eres Aquel por el que nosotros los judíos hemos estado soñando, orando y esperando durante siglos. Tú eres Aquel que fue prometido a Abraham, a David, a Jeremías. Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.

PEDRO LA ROCA

Cuando Jesús oyó esa declaración de Pedro, pronunció una bendición. Él miró a su discípulo y le dijo: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (v. 17). En otras palabras: “Simón, tú no llegaste a esta conclusión sin ayuda, solo a través de tu propia capacidad intelectual. Para ver lo que ves, para entender lo que has entendido, se requiere asistencia divina. Dios te ha revelado un misterio. Él te ha hecho claro lo que otros se están perdiendo todos los días. Eres bienaventurado al ver lo que ves”. Es crucial que nunca olvidemos que el nuevo nacimiento nos lo ha concedido el Espíritu de Dios. Jamás debiéramos olvidar quién ha hecho estas cosas por nosotros y cuán bendecidos somos por haber experimentado el segundo nacimiento, ese toque de la mano de Dios. Al igual que Pedro, hemos recibido el toque sanador de Dios para que veamos lo que otros no ven.

Luego Jesús se volvió a su discípulo y le dijo: “Yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia” (v. 18a). Mucho se ha debatido acerca de qué quiso decir Jesús con esa declaración. Algunos creen que Jesús estaba diciendo que iba a edificar su iglesia sobre el propio Pedro, y en consecuencia este discípulo llegó a tener la primacía en la Iglesia Católica Romana. Otros ven esta declaración como una señal de que Jesús iba a edificar su iglesia sobre esta confesión de fe, de manera que cualquiera que profesa que Jesús es el Cristo es incorporado a su iglesia. En otras palabras, una persona debe abrir su boca y decir “tú eres el Cristo”. Es como si Jesús estuviese diciendo: “Pedro, tú eres la roca, el que ha hecho esta primera confesión, y ahí es donde comenzaremos. Vamos a comenzar a edificar aquí y ahora mismo. Desde este punto edificaré mi iglesia”.

SACUDIDO COMO TRIGO

Por supuesto, como vemos más adelante en el registro del Evangelio, Pedro no siempre se comportó como una roca. No me extrañaría si Jesús le hubiera dicho: “Tú eres una rebanada de pan que se desmigaja”, o “tú eres pan comido”, o “tú eres un malvavisco”. Es cierto, hubo ocasiones en que Pedro se mantuvo firme, pero en un momento de prueba, falló miserablemente.

Según el relato de Lucas de la noche de la traición de Jesús, mientras disfrutaba de su celebración final de la Pascua, que también fue la primera celebración de la Cena del Señor, dijo: “Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas; y así como mi Padre me ha otorgado un reino, yo os otorgo que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino; y os sentaréis en tronos juzgando a las doce tribus de Israel” (Lucas 22:28–30). Jesús les dijo a sus amigos: “Ustedes han sido leales conmigo y yo seré leal con ustedes. Yo voy a disponer que ustedes se sienten en tronos de juicio”.

Pero entonces Jesús se volvió hacia Pedro y le dijo: “Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti para que tu fe no falle; y tú, una vez que hayas regresado, fortalece a tus hermanos” (vv. 31–32). ¿Qué estaba diciendo Jesús? “Simón, tú crees que eres una roca, pero Satanás te busca. Él quiere sacudirte. Él quiere tenerte como una marioneta en sus manos. Él quiere jugar contigo. Él quiere usarte como un medio para atraparme. Recién dije que todos aquí han sido leales conmigo, pero tú, Simón, me vas a traicionar”. Sin embargo, junto con las malas noticias, Jesús le ofreció a Pedro esta maravillosa seguridad: “Pero yo he rogado por ti para que tu fe no falte”.

¿Cómo respondió Pedro a esta asombrosa advertencia? Él dijo: “Señor, estoy dispuesto a ir contigo tanto a la cárcel como a la muerte” (v. 33). Cuando yo recién vine a ser cristiano, un grupo de hombres en mi universidad se reunía todos los miércoles en la noche para un estudio bíblico y para cantar himnos junto a un piano. Yo aprendí muchos himnos cristianos por primera vez en aquellas noches, y uno de esos himnos era “A donde Él me guíe”. Recuerdo que cantaba esas palabras con todo el gusto de un recién convertido: “Le seguiré a donde Él me guíe; iré con Él, con Él hasta el final”. Cuando ahora escucho esa canción me siento culpable, porque quiero ser cuidadoso antes de decir que haré cualquier cosa o iré a cualquier lugar. En nuestro entusiasmo juvenil, hacemos todo tipo de alardes sobre nuestro compromiso y nuestra lealtad que solo el tiempo y la constancia pueden verificar. Lamentablemente, a medida que pasan los años de nuestra peregrinación, aprendemos cuán propensos somos al fracaso.

Pedro era como yo en mi entusiasmo juvenil. Él estaba diciendo: “Jesús, tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Yo te seguiré a donde tú me guíes. Voy a ir a la cárcel contigo si es necesario. Te seguiré hasta la misma muerte”. Pedro todavía no había aprendido lo vulnerable que era.

NEGACIÓN Y TRAICIÓN

Pedro hizo su audaz declaración de lealtad en el Aposento Alto la noche del jueves, el día anterior al Viernes Santo. ¿Dónde estuvo Pedro más tarde esa noche? En cuanto llegaron los soldados para arrestar a Jesús, Pedro huyó. Se puso a merodear fuera de la casa del sumo sacerdote mientras los oficiales judíos estaban dentro juzgando a Jesús, e intentaba conseguir alguna información acerca de lo que pasaba y saber del destino de su Maestro. Entonces llegó una sirvienta –no el sargento, ni el capitán de la guardia– y le dijo: “Este estaba con Jesús el nazareno” (Mt. 26:71), pero Pedro lo negó bajo juramento. Finalmente, uno dijo: “Seguro que tú también eres uno de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre” (v. 73). ¿Dijo solo “no” Pedro? No exactamente. La Biblia dice que lo negó con maldiciones. Empezó a maldecir como un marinero, enfatizando que no conocía a Jesús, todo porque estaba aterrorizado por esas sirvientas y transeúntes. ¿Qué sucedió? “La Roca” fue sacudida como trigo. Llegó el momento de la prueba y Pedro falló.

Más temprano aquella noche, durante la Cena del Señor, Jesús había dicho: “En verdad os digo que uno de vosotros me entregará” (Mateo 26:21). Los discípulos alrededor de la mesa, mirando a Jesús consternados, dijeron uno tras otro: “¿Acaso soy yo, Señor?” (v. 22). Entonces llegaron al tesorero. Judas dijo: ¿acaso soy yo, Rabí? Y El le dijo: Tú lo has dicho” (v. 25). Juan añade que Jesús le dijo: “Lo que vas a hacer, hazlo pronto”, y entonces Judas salió en medio de la noche (Juan 13:27, 30).

De este modo, Jesús despachó a Judas a su traición. La Escritura dice que Judas ya había acordado entregar a Jesús en manos de sus enemigos a cambio de treinta monedas de plata (Mateo 26:14–16; Marcos 14:10–11; Lucas 22:3–6). Después que lo hizo, Judas se ahorcó. Murió en completa desgracia, sin sus treinta piezas de plata, y con el legado que ha hecho de su nombre un símbolo de traición y deslealtad para toda la historia humana.

¿Cuál fue la diferencia entre estos dos hombres? La respuesta se encuentra en la oración sacerdotal de Jesús: “Cuando estaba con ellos, los guardaba en tu nombre, el nombre que me diste; y los guardé y ninguno se perdió, excepto el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliera” (Juan 17:12). En palabras simples, Judas nunca nació de nuevo, pero Pedro era un hijo de Dios regenerado y, por lo tanto, el poder de Dios lo guardó. La regeneración de Pedro fue permanente. Aun cuando Pedro cayó violenta, drástica, y profundamente, su caída no fue ni total ni definitiva.

Pedro fue guardado por Aquel que lo había vivificado al principio. El Espíritu Santo no solo es el agente causal de la regeneración, sino que, según las Escrituras, Él es la “garantía de nuestra herencia” (Efesios 1:14). A veces nosotros hablamos de “dinero en garantía”, que es algo así como un pago adelantado. En la transacción de algún bien inmueble, la parte que compra desembolsa dinero en garantía, lo cual demuestra que es un comprador serio que pretende completar la transacción. Asimismo, cuando Dios regenera a alguien mediante el Espíritu, Él le da el Espíritu para que esté de forma permanente con esa persona. La presencia del Espíritu es una “garantía” de que Dios al final le va a dar a esa persona todo lo que viene con la regeneración. Aunque de vez en cuando las personas no completan sus transacciones, a pesar del dinero en garantía, Dios siempre hace lo que dice que va a hacer. Él cumple con el contrato. Él cumple el acuerdo. Él nunca defrauda. Él nunca falla en un pago. Cuando Dios el Espíritu Santo te vivifica, puedes estar seguro de que tu salvación es permanente.

CELEBRA EL NUEVO NACIMIENTO

Por eso celebramos lo que significa nacer de nuevo. No hay mayor regalo que un ser humano pueda recibir. No hay un tesoro más valioso que un ser humano pueda poseer. Si no puedes decir con certeza que has nacido del Espíritu, te ruego que recuerdes la enseñanza de Jesús de que a menos que una persona nazca del Espíritu no puede ver el reino de Dios o entrar en él (Juan 3:3–5). A menos que nazcas de nuevo, te perderás el reino de Dios. Pero si naces de nuevo, conocerás la dulzura y la misericordia de Dios. Conocerás el poder de una vida nueva. Serás una nueva criatura, una nueva creación que nada puede destruir. “… ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:38–39).

Tomado de: R. C. Sproul, ¿Qué significa nacer de nuevo?, trans. Elvis Castro, vol. 6, La Serie Preguntas Cruciales (Poiema Lectura Redimida; Reformation Trust, 2017), 55–64.

Mas artículos del autor aqui.

Mas artículos de la serie aquí.

Acerca del autor:

r-c-sproul

Robert Charles Sproul (1939-2017). Westminster College, Pennsylvania (BA), Pittsburgh-Xenia Theological Seminary (M.Div.), Free University of Amsterdam (PhD), Whitefield Theological Seminary (PhD). Ha sido profesor de teologia en diversos seminarios en los Estados Unidos. Es un conocido teólogo y pastor americano, autor de muchos libros. Es fundador y director de “Ministerios Ligonier”, y conduce un programa de radio diario llamado ‘Renovando tu mente’. Sproul ha servido como pastor en la Iglesia de Saint Andrews en Florida (US). Actualmente trabaja con la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos (PCA), y ha sido miembro también de la ‘Alianza de Evangélicos Confesantes’ (Alliance of Confessing Evangelicals). Es autor de mas de 100 libros, de los cuales estan disponibles en español; “Las Grandes Doctrinas de la Biblia” (1996); “Como estudiar e interpretar la Biblia”(1996); “Escogidos por Dios” (2002); “La Santidad de Dios” (1998); entre muchos otros.

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