08-La Era Moderna (s. XIX)

¡Cuida de tu alma! Por Charles Spurgeon

Cualquier trabajador sabe lo necesario que es mantener sus herramientas en buen uso, porque «si se embotare el hierro, y su filo no fuere amolado, hay que añadir entonces más fuerza». Si el carpintero pierde el filo de su azuela, sabe que se requerirá un mayor desgaste de sus energías para que no salga mal el trabajo. Miguel Ángel, aquel escogido de las bellas artes, era tan consciente de la importancia de sus utensilios, que siempre fabricaba él mismo, con sus manos, sus propios pinceles, y ello es para nosotros una ilustración del Dios de gracia que forma para sí, con especial cuidado, a todo ministro verdadero. Es verdad que el Señor, al igual que Quintín Matsys en la historia de la cerradura para los pozos en Amberes1, puede trabajar con los instrumentos más deficientes —como cuando utiliza ocasionalmente una predicación muy simple para la conversión de alguien— y hasta puede obrar sin agente alguno: como cuando salva a los hombres sin predicadores, aplicando la Palabra directamente por su Santo Espíritu. Pero no podemos considerar los actos completamente soberanos de Dios como una regla para nuestras acciones. él puede, en su independencia absoluta, hacer lo que mejor le parezca, pero nosotros debemos actuar como nos dictan sus disposiciones más sencillas. Y uno de los hechos que están bastante claros es que, por lo general, el Señor adapta los medios a los fines; de donde sacamos la simple lección de que probablemente obtendremos mejores resultados si estamos en la mejor condición espiritual. O dicho de otro modo: por lo general haremos mejor la obra de nuestro Señor si nuestros dones y virtudes funcionan como deben, y peor si los mismos están averiados. Esta es una verdad práctica para guiarnos. Cuando el Señor hace excepciones, las mismas no sirven más que para confirmar la regla.

Pastor, tu mismo eres la herramienta que debes cuidar

En cierto sentido, nosotros somos nuestras propias herramientas y, por tanto, debemos mantenernos en buen uso. Si quiero predicar el evangelio, no puedo utilizar más que mi propia voz: de manera que debo ejercitar mis aptitudes vocales. Solo me es posible pensar con mi propia mente, y sentir con el único corazón que tengo; por tanto, debo educar mis facultades intelectuales y emocionales. Únicamente puedo llorar y angustiarme por la salvación de las almas con mi propia naturaleza renovada; de modo que debo velar por mantener la ternura que había en Cristo Jesús. De nada me valdría llenar mi biblioteca, organizar sociedades o hacer planes si descuido el cultivarme a mí mismo; ya que los libros, los organismos y los sistemas son solo remotamente los instrumentos de mi santa vocación. La maquinaria más próxima para llevar a cabo mi servicio sagrado la constituyen mi propio espíritu, mi alma y mi cuerpo; mis facultades espirituales y mi vida interior son mi hacha de guerra y mis armas para la batalla. Escribiendo a un amigo y colega en el ministerio que estaba viajando con el propósito de perfeccionar su manejo de la lengua alemana, M’Cheyne utilizó un lenguaje idéntico al nuestro, y le dijo:

Ya sé que te aplicarás mucho al alemán, pero no te olvides de cultivar el hombre interior —quiero decir, el corazón—. ¡Con cuánta diligencia mantiene su sable limpio y afilado el oficial de caballería, y quita con el mayor esmero cualquier mancha del mismo! Recuerda que eres la espada de Dios, su instrumento, y confío que un vaso escogido y dedicado a él para llevar su Nombre. El éxito dependerá, en buena medida, de la pureza y perfección del instrumento. Dios no bendice tanto los grandes talentos como la semejanza con Jesús, y un ministro santo es un arma terrible en sus manos.

Si la propia persona del pregonero del evangelio está espiritualmente averiada, ello supone una grave calamidad tanto para él mismo como para su trabajo. Y a pesar de ello, hermanos, ¡con cuánta facilidad se produce un mal así!, ¡y con cuánta vigilancia debemos guardarnos del mismo!

Un pequeño tornillo puede traer abajo todo un tren de carga

Cierto día, viajando en el expreso desde Perth hacia Edimburgo, nos detuvimos de repente, porque un pequeñísimo tornillo de uno de los motores —toda locomotora de ferrocarril consta prácticamente de dos motores— se había roto; y cuando empezamos a movernos de nuevo, tuvimos que avanzar lentamente con una biela en lugar de dos. Solo se había roto un pequeño tornillo; si hubiera estado bien, el tren habría corrido velozmente por sus raíles, pero la ausencia de esa insignificante pieza de hierro descompuso toda la maquinaria. Se dice que las moscas que había dentro de los engrasadores de las ruedas de un vagón, detuvieron un tren en una de las vías férreas de Estados Unidos. La analogía es perfecta: un hombre apto en todos los demás aspectos para ser útil, puede verse sumamente impedido —o hasta inutilizado por completo— a causa de un pequeño defecto. Un resultado así es tanto más lamentable si está asociado con el evangelio: el cual es idóneo, en el sentido más alto, para obtener los resultados más grandiosos. ¡Qué terrible es que el bálsamo curativo pierda su eficacia por culpa del desatinado que lo aplica. 

Todos ustedes conocen los efectos perniciosos que a menudo produce en el agua el discurrir por tuberías de plomo; pues, de igual manera, el evangelio puede desvirtuarse hasta hacerse dañino para sus oyentes al fluir a través de hombres que no están espiritualmente sanos. Es de temer que la doctrina calvinista se convierta en la enseñanza más perversa cuando la exponen hombres de vidas impías y la exhiben como si se tratara de una capa para ocultar el libertinaje. Y, por otra parte, el arminianismo, con su amplio ofrecimiento de gracia, puede causar el más grave daño a las almas de los hombres si el tono del predicador lleva a sus oyentes a creer que puedenarrepentirse cuando gusten y que, por tanto, ninguna urgencia envuelve el mensaje del evangelio. Además, cuando un predicador es pobre en gracia, cualquier bien duradero que pudiera resultar de su ministerio, será por lo general débil y completamente desproporcionado con respecto a lo que podría haberse esperado. A la mucha siembra seguirá una siega escasa, y el interés que produzcan los talentos resultará despreciablemente pequeño. En dos o tres batallas de las que se perdieron en la pasada guerra americana, se ha dicho que el resultado dependió de la mala calidad de la pólvora suministrada al Ejército por algunos comerciantes «chapuceros», de manera que una andanada de cañonazos no producía el efecto debido. Y lo mismo puede pasarnos a nosotros; podemos errar el blanco, no alcanzar el objetivo y malgastar nuestro tiempo si no poseemos una verdadera fuerza vital en nuestro interior, o no la tenemos en tal medida que Dios pueda bendecirnos de un modo consistente. ¡Cuidado con ser predicadores «chapuceros»!

Una de nuestras preocupaciones iniciales debiera consistir en ser nosotros mismos hombres salvos

El que un maestro del evangelio deba ser en primer lugar participante del mismo es una sencilla verdad, pero a la vez constituye una regla de la mayor importancia. Nosotros no estamos entre quienes aceptan la sucesión apostólica de hombres jóvenes simplemente porque ellos la asuman; si su experiencia en la facultad ha sido más bien alegre que espiritual, si sus honores han estado relacionados con los ejercicios atléticos antes que con trabajos para Cristo, nosotros demandamos pruebas de un género distinto al que ellos pueden presentarnos. Ninguna cantidad de honorarios pagados a sabios doctores, ni ninguna cantidad de conocimiento recibida a cambio, nos parecen evidencias de un llamado de lo alto. Se necesita la piedad genuina y verdadera como requisito principal e indispensable; cualquiera que sea el «llamamiento» que un hombre pretenda tener, si no ha sido llamado a la santidad, ciertamente no ha sido llamado al ministerio.

«Arréglate primero tú, y después adorna a tu hermano», dicen los rabinos. «La mano que pretende limpiar otra —expresa Gregorio—, no debe estar sucia». Si tu sal no tiene sabor, ¿cómo podrás sazonar a los demás? (cf.Lc. 14:34). La conversión es condición sine qua nonen un ministro. Si eres un aspirante a nuestros púlpitos, «debes nacer de nuevo» (cf.Jn. 3:3). La posesión de este primer requisito ningún hombre puede darlo por sentado, ya que hay muchas probabilidades de que nos equivoquemos con respecto a si somos convertidos o no. El «hacer firme vuestra vocación y elección» (2 P. 1:10) no es un juego de niños. El mundo está lleno de falsificaciones, y plagado de quienes satisfacen el engreimiento carnal y se reúnen en torno a los ministros como buitres alrededor de un animal muerto. Nuestros propios corazones son engañosos (cf.Jer. 17:9), de modo que la verdad no se halla en la superficie de los mismos sino que debe sacarse del pozo más profundo. Debemos examinarnos a nosotros mismos ansiosamente y con minuciosidad, para que, de ninguna manera, después de haber predicado a otros nosotros mismos seamos eliminados (cf.1 Co. 9:27).

Predicador, ¿eres verdaderamente salvo? ¿Anhelas vivir en Santidad? 

¡Qué terrible es ser predicador del evangelio y, sin embargo, no estar convertido! Que cada hombre aquí presente susurre a lo más profundo de su alma: «¡Qué espantoso será para míel no conocer el poder de la verdad que me dispongo a proclamar!». Un ministerio falto de conversión implica las relaciones más antinaturales. Un pastor que carece de gracia es como un hombre ciego al que nombraran para una cátedra de Óptica, que filosofara sobre la luz y la visión, que disertara e hiciera distinguir a los demás las hermosas sombras y las delicadas mezclas de los colores del prisma, mientras que él mismo permanece en la más absoluta oscuridad. Es como un mudo elevado a la cátedra de Música, ¡un sordo con soltura en sinfonías y armonías! Es un topo que pretendiera educar aguiluchos, un molusco marino elegido para presidir a los ángeles… A tales relaciones uno podría aplicarles las metáforas más absurdas y grotescas, salvo porque el tema es demasiado solemne. Resulta espantosa la posición en que se coloca un hombre que ha emprendido una tarea para la cual es total y absolutamente inadecuado, aunque esa ineptitud no le exima de las responsabilidades, ya que él mismo las ha contraído deliberadamente. Cualesquiera que sean sus dones naturales o sus facultades mentales, estará totalmente incapacitado para el trabajo espiritual si él mismo no posee esa clase de vida; y es su obligación cesar en el oficio ministerial hasta que haya recibido el requisito principal y más sencillo de los que para ello se requieren.

zAdaptado de: C. H. Spurgeon, “Discurso 1: La Vigilancia que el ministro debe tener de si mismo”, en Discursos a mis estudiantes, ed. Bonifacio Lozano García, trans. Juan Sánchez Araujo (Ciudad Real, España; North Bergen, NJ: Editorial Peregrino; Publicaciones Aquila, 2013), 21–26.

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Acerca del autor:

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C.H. Spurgeon (1834-1892)

C.H. Spurgeon (1834-1892), fue un predicador bautista ingles, conocido como “El Príncipe de los Predicadores”. Sin duda el predicador ingles mas conocido en el siglo XIX, el cual aun después de muerto sigue hablando a través de sus escritos. Sus escritos y sermones tienen una única mezcla de ser ricos teológicamente, cristo céntricos, evangelisticos y al mismo tiempo prácticos. Spurgeon nunca sigue estudios teológicos formales, comenzó su primer pastorado a tiempo completo en congregación mas importante en ese tiempo ‘New Park Street Chapel’ a los 19 años. Sin embargo su pasión por la lectura era iniguable. Entre los libros mas importantes tenemos, “La chequera del banco de la fe”, “El ganador de almas”, “Discurso a mis estudiantes”, “El Tesoro de David”, entre muchos otros.

1Se dice que a Quintín Matsys le quitaron sus compañeros de trabajo toda su herramienta, no dejándole más que su lima y su martillo, y con solo esos dos instrumentos construyó su famosa cerradura para los pozos. (N. T.).


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