Contemporaneo

Una teología de la muerte, por Owen Strachan

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Una teología de la muerte,

Este articulo ha sido adaptado de: Owen Strachan, “Reembelleciendo a la Humanidad: Una teologia del Ser Humano” (Lima, Peru: Teologia para Vivir, 2020), 288-294. Para mas detalles del libro ver aqui.

La muerte llega a todos los hijos de Adán, y no tenemos poder para detenerla en nosotros mismos. La respuesta humana natural a la muerte es el miedo. La muerte no es sumisa, después de todo. Nadie puede dominarla. Nadie puede mirarla. Nadie tiene idea de cuándo llegará. La muerte es un misterio, una figura encubierta y fuera de la vista, y el hombre natural siente el terror —con razón— en su presencia. La Escritura nos muestra que la muerte es, en efecto, la puerta de entrada a las cosas terribles, porque cuando morimos fuera de la gracia de Dios, vamos al infierno, donde experimentamos la justicia divina por la eternidad. No es de extrañar que el hombre natural se ocupe de las diversiones, las tareas y el ocio. Somos seres contingentes; vivimos bajo el control metronómico del tiempo; ciertamente moriremos.

El enfoque cristiano de la muerte difiere notablemente de uno secular, no creyente. Ya hemos visto que el pecado de Adán trae una cosecha de muerte, dolor y sufrimiento a sus compañeros pecadores. Creada para la inmortalidad, la humanidad ahora puede vivir solo un corto período de tiempo en la tierra. La respuesta cristiana a la muerte comienza así con el encuentro con nuestro destino de frente. El cristianismo no elude la verdad ni se escapa de las garras de la realidad. Afirma la verdad y abraza la realidad. 

Somos los más aptos para el realismo sobre el funcionamiento de este mundo, porque seguimos al Dios que habla lo que es real y cuya creación refuerza Su enseñanza.[1] En Eclesiastés, hay “tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado” (3:2). En un fragmento de frase, este sabio libro mira a través de un telescopio a nuestros días. En un momento, celebramos la alegría de un niño que entra en el hogar; en otro, damos nuestro último aliento. Estamos plantados en la tierra por Dios; seremos desarraigados de la tierra por Dios. El cristiano lamenta la muerte; no celebramos su presencia en este mundo. Odiamos la muerte, nos oponemos a ella y tratamos de evitarla. Pero también sabemos que el camino que recorremos como seres humanos nos lleva a un destino para todos nosotros. Todos moriremos. Antes de lo que sabemos, será nuestro momento.

Pero esto es solo la primera parte de una doctrina propiamente bíblica de la muerte. La segunda parte requiere que levantemos nuestros ojos a las colinas y reflexionemos de nuevo sobre la verdad de que Jesús volvió a la vida tres días después de Su crucifixión. Jesús triunfó sobre la tumba. En 1 Corintios 15, el apóstol Pablo expone la resurrección de Jesús, identificándola como la clave de la esperanza y la seguridad para los creyentes. Para los incrédulos, la resurrección no significa nada. Pero para los creyentes, la resurrección de Cristo representa la respuesta de Dios al peligro de Adán.[2] Aunque la muerte aún no ha muerto, Cristo fue resucitado a la vida por Dios (1 Co. 15). Esto hace toda la diferencia para nosotros. 

Si Cristo todavía estuviera en la tumba, entonces no tendríamos esperanza, y “somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres” (1 Co. 15:19). Pero Jesús resucitó. La muerte es vencida.[3] Esto era necesario.[4] El último enemigo no perdurará más allá del fin de la era. La resurrección de Jesús no significa que necesariamente escaparemos de la muerte, como Él no lo hizo. Hasta que Cristo regrese, todos debemos sufrir la gran consecuencia de la caída. Pero sabemos que la resurrección de Cristo no es solo una historia sobre Jesús, sino la trayectoria de nuestros destinos como cristianos. Lo que le pasó a Jesús nos pasará a nosotros. Iremos a Dios inmediatamente después de nuestras muertes, así como el ladrón en la cruz apareció ese día con Cristo en la gloria (cf. Lc. 23:43). En el último día, el día que viene en “un momento”, en un abrir y cerrar de ojos, Jesús volverá a la tierra. Entonces, “seremos transformados”, nos dice Pablo. “Porque es necesario que este cuerpo corruptible se vista de incorruptibilidad, y que este cuerpo mortal se vista de inmortalidad” (1 Co. 15:52-53). En ese día, el pueblo de Dios vociferará como una sola voz:

Sorbida es la muerte en victoria.

¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? 

¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (15:54–55)

La realidad de la resurrección significa que no debemos temer a la muerte. El creyente ha visto cómo el Padre resucitó a Cristo. Nosotros, que tenemos la unión con Cristo, la identificación indisoluble lograda a través del poder de la cruz y el sello del Espíritu, también resucitaremos. Morimos con Cristo; vivimos con Cristo; resucitaremos con Cristo; reinaremos con Cristo para siempre.[5] Este es el poder de Dios en nosotros. Los cristianos confesamos libremente que no nos encontramos lo suficientemente fuertes, lo suficientemente aptos, lo suficientemente dotados para vencer los desafíos diarios por nuestra cuenta, y mucho menos enfrentar al último enemigo. Somos verdaderamente aquellos que conocen sus debilidades, y que con gusto claman a Dios por ayuda. En Su infinita gracia, Dios nos concede todo lo que necesitamos. Su regalo para nosotros es Su Hijo, Jesucristo. Nuestra vida está en Cristo. Nuestra muerte está en Cristo. Nuestra esperanza está en Cristo. Nuestra victoria está en Cristo.

Jesús ha destruido al enemigo que nos mantuvo cautivos todos estos años. Jesús es el héroe, el aplastador de cabezas que ha triunfado en el conflicto cósmico entre la descendencia de Eva y la descendencia de la serpiente (cf. Gn. 3:15; Ro. 16:20). Jesús salió de las puertas de la ciudad. Lo hizo con un propósito: conquistar a Satanás y terminar con su reinado mortal. Así dice el autor de Hebreos: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (He. 2:14-15). He aquí el héroe que la Biblia ha aguardado durante mucho tiempo. Aquí está el heredero del trono de David, el rey guerrero que no necesita “hombres poderosos” para protegerlo (cf. 2 S. 23:8-39). Aquí está el buen pastor que vigila la noche y no permitirá que ningún lobo hunda sus colmillos en Sus ovejas compradas con sangre (cf. Jn. 10:11). Jesús de Nazaret ha venido a dar muerte a Satanás y muerte a la muerte.[6]

Satanás, según nos muestra Hebreos, tiene influencia sobre los hijos de los hombres. Tiene el poder de la muerte sobre los impenitentes, y así no conocen la libertad durante sus días terrenales, sino la “esclavitud”, la servidumbre al miedo ininterrumpido e incontrolable (cf. He. 2:15). Para todos los que están fuera de Cristo, la esclavitud se apodera de la persona humana desde el comienzo de sus días, y nunca suelta su agarre estrangulador. Pero Cristo ha estropeado el poder del pecado, que financia el poder de la muerte.[7] Cuando nos alejamos de nuestra impiedad y probamos la gracia de Dios, instantáneamente obtenemos la vida eterna. Aun así, moriremos, pero el diablo no tiene poder sobre nosotros. Todavía nos enfrentamos a la tentación, pero el poder de Satanás es estropeado para el creyente. El cristiano está libre de la tiranía de Satanás. 

Somos librados del infierno, de la esclavitud del pecado, de una conciencia atormentada. Todo esto es por Cristo. Toda la obra de salvación es obra de Cristo. Jesús es el guerrero y salvador que tanto hemos buscado.[8] Él, el gran David, se ha enfrentado al diablo, el gran Goliat. Él, el gran Moisés, ha triunfado sobre Satanás, el faraón más cruel. Ha guiado a Su pueblo a través de las aguas del juicio, pero no reteniéndolas. Dejó que se estrellaran contra Él, y enterró nuestro pecado en las profundidades de ese mar. Jesús es el guerrero y rey que reinó desde la cruz, que salió del campamento y luchó contra su enemigo, y que ha rescatado y liberado y redimido a todos los que confían en Él.[9]

Este reinado ha comenzado. Cristo hizo todo lo que el Padre le llamó a hacer en Su encarnación. Pero el reinado de Dios, realizado en todo el mundo, aún no ha alcanzado su total cumplimiento. Así que el autor de Hebreos puede decir que Cristo vino para “destruir” la obra de Satanás (cf. He. 2:14), pero el apóstol Pablo puede mirar hacia adelante para total terminación del plan de Dios de aplastar la cabeza. Al final de su carta a los romanos, el punto en el que Pablo suele enviar saludos y compartir detalles, introduce esto: “Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies” (Ro. 16:20).[10] Podemos decir, leyendo la Biblia como un libro unificado, que Satanás ya está aplastado —pues la cruz ha vencido su poder— y será aplastado finalmente en los días venideros (cf. Ap. 19). Dios no olvidó Su promesa a la serpiente. El Señor tiene una amplia memoria. Envió a Su Hijo para destruir las obras del diablo, y enviará a Su Hijo una vez más para acabar con Satanás.

Sobre el autor:

Owen Strachan es Profesor Asociado de Teología Cristiana en el MBTS en Kansas City, Missouri. Es el Director del Centro de Teología Pública en MBTS y autor de “Reembelleciendo a la Humanidad: Una Teología del ser humano”, entre muchos otros. Strachan es uno de los principales pensadores en temas de ética y apologética en la actualidad. 


[1] Véase “A Ministry of Reality: Theology in the Indicative Mood” in Kevin J. Vanhoozer and Owen Strachan, The Pastor as Public Theologian: Reclaiming a Lost Vision (Grand Rapids: Baker Academic, 2015), 108–12. 

[2] Thiselton maneja bien las dimensiones corporativas e individuales de este pasaje más amplio: “El argumento de que la humanidad está, simplemente como un hecho que no tiene explicación, atada a las solidaridades, vulnerabilidades y consecuencias de la vida y el destino de Adán encuentra su paralelo salvífico en la seguridad evangélica de que la nueva humanidad está atada a las solidaridades, la obra expiatoria y la victoria de la resurrección y la promesa de Cristo como el ‘último’ (es decir, escatológico) Adán (véase 15:45)”. Thiselton, The First Epistle to the Corinthians, 1225 (see chap. 4, n. 61). 

[3] “En Isaías 25:8 se dice que Dios destruirá la muerte —la muerte que vino por la mano del asirio. En la visión del Profeta, la liberación de la muerte está limitada por las necesidades de su propia época. La visión del Apóstol es mucho más amplia. Sabe que toda la muerte será destruida ahora que Cristo ha vencido a la muerte resucitando. La condena pronunciada sobre Adán (cf. Gn. 3:19) es eliminada; y el resultado (εἰς) es la victoria, el triunfo absoluto y eterno. La muerte es aniquilada, y Dios es todo en todos. Este pensamiento hace que el Apóstol estalle en un canto de triunfo de la muerte que es una adaptación libre de otra declaración profética”. Archibald Robertson y Alfred Plummer, A Critical and Exegetical Commentary on the First Epistle of St. Paul to the Corinthians, 2nd ed., The International Critical Commentary (New York: Charles Scribner’s Sons, 1911), 378. 

[4] “La muerte para Pablo es un poder que proyecta su sombra ominosa sobre todos nosotros y debe ser no solo eliminada sino también derrotada”. Ciampa y Rosner, The First Letter to the Corinthians, 833 (see chap. 4, no. 64). 

[5] Como señala P. S. Johnston, ya que la muerte es destruida, “la resurrección de Cristo es, por lo tanto, el prototipo de la experiencia cristiana”. New Dictionary of Biblical Theology (see intro. n. 2), s.v. “death and resurrection.” 

[6] La obra clásica que articula esta verdad es John Owen, The Death of Death in the Death of Christ (1648; Carlisle, PA: Banner of Truth, 1999).

[7] Sobre la conexión entre la humillación y la libertad de la esclavitud, véase Paul Ellingworth, The Epistle to the Hebrews, The New International Greek Testament Commentary (Grand Rapids: Eerdmans, 1993), 174. 

[8] Véase a Phillip Bethancourt, Christ the Warrior King: A Biblical, Historical, and Theological Analysis of the Divine Warrior Theme in Christology (PhD diss., Southern Baptist Theological Seminary, 2011), https://digital.library.sbts.edu/handle/10392/3732 . 

[9] El emparejamiento de la expiación penal sustitutiva con Christus Victor está bíblicamente justificado, incluso cuando postulamos que el primero es el logro central de la obra de Cristo, y hace posible la victoria sobre las fuerzas de la oscuridad. Sobre este punto véase Treat, The Crucified King, 247–51 (see chap. 5, n. 28). 

[10] Pablo tiene en mente tanto la victoria sobre Satanás en un sentido escatológico como la derrota de los falsos maestros que enfrentaron los cristianos romanos. Véase Schreiner, Romans, 820 (see chap. 1, n. 49). 

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