04-Reforma s. XVI

¿Era Lutero un racista?, por Carl Trueman

Este articulo ha sido tomado de: Carl R. Trueman, “Historias y Falacias: Problemas que se presentan al momento de escribir la historia” (Lima, Peru: Teología para Vivir, 2021), 165-177. El propósito de este volumen es enseñar al estudiante a pensar y analizar eventos del presente y del pasado, a través de una serie de ejemplos problemas de naturaleza histórica. Este es un típico caso de estudio de los muchos que contiene el libro.

¿Era Lutero un racista?

Si el primer ejemplo que vimos es un ejemplo de anacronismo en cuanto a la abstracción de los textos del contexto, este segundo ejemplo es un ejemplo de cómo las categorías posteriores de pensamiento o moralidad pueden imponerse a épocas anteriores de manera que distorsionan nuestra comprensión del período o de la persona estudiada. Muchas veces se trata de una cuestión un tanto delicada: ya hemos señalado en el capítulo 1 que es perfectamente aceptable que un historiador se comprometa políticamente, tenga compromisos morales, etc. De hecho, no es razonable esperar que un historiador sea de otra manera. 

       Sin embargo, una cosa es tener compromisos morales; y otra cosa es permitir que esos compromisos distorsionen fundamentalmente nuestra comprensión de por qué determinados individuos o grupos creían y actuaban como lo hacían en el pasado. Esto puede hacerse de varias maneras, quizá la más evidente sea la imposición de categorías que habrían sido completamente incomprensibles en un momento anterior.

Por supuesto, para el posmodernista radical, para el que la narración de la historia tiene que ver con las luchas de poder en el presente y no con lo que ocurrió en el pasado, esto no es un problema. La feminista radical no tiene ningún problema en destacar el machismo de antaño, simplemente porque su agenda es debatir los problemas de las mujeres en el presente, incluso si lo que ella llama “machismo” no se entendía como tal en ese momento histórico particular. 

El marxista puede detectar fácilmente la opresión de clases porque ese es el marco a priori e idealista que aporta, aunque la idea de clases, tal y como la concibe un marxista, no sea en realidad fácil de definir cuando se trata de sociedades antiguas. Y, antes de dar gracias al Señor por no ser como los demás hombres malos, pensemos en la esclavitud: ¿a cuántos de nosotros nos parece odiosa la esclavitud, y por tanto nos cuesta explicar el compromiso con ella que encontramos en figuras por lo demás liberales, como Jefferson? ¿No es difícil escribir sobre Jefferson y no sentir la necesidad de condenarlo por su actitud hacia los esclavos y su relación con Sally Hemings? ¿Cómo podríamos, o deberíamos escribir hoy sobre este tema?

Un buen ejemplo de la difícil naturaleza de esta tarea histórica es la cuestión de Martín Lutero y los judíos. De hecho, si hay algo que todo el mundo, sea o no religioso, cree sobre Lutero, es que odiaba a los judíos y que fue parcialmente responsable de la corriente de antisemitismo alemán que culminó en el Holocausto. En 1543, Lutero escribió un tratado infame, Sobre los judíos y sus mentiras, en el que lanzó un ataque fulminante contra los judíos, y este libro ha llegado a empañar su reputación de una manera que casi nada de lo que escribió – con la posible excepción de sus ataques a los campesinos en 1525 – ha hecho.

¿Existe una conexión entre Lutero y el Holocausto?

El primer gran problema con Lutero y los judíos desde un punto de vista histórico es simplemente éste: el Holocausto. El hecho de que Lutero fuera alemán y que escribiera de forma tan extrema sobre los judíos y lo que debía hacerse con ellos, incluido el asesinato sistemático de los mismos, parece pedir a gritos la comparación con la brutalidad de los nazis. Tomemos, por ejemplo, los siguientes pasajes de la obra:

Primero, debemos prender fuego a sus sinagogas o escuelas y enterrar y cubrir con tierra todo lo que no se queme, para que ningún hombre vuelva a ver una piedra o ceniza de ellas… Segundo, aconsejo también que sus casas sean arrasadas y destruidas… Tercero, aconsejo que se les quiten todos sus libros de oraciones y escritos del Talmud, en los que se enseñan tales idolatrías, mentiras, maldiciones y blasfemias… Cuarto, aconsejo que se prohíba a sus rabinos enseñar en lo sucesivo, so pena de perder la vida y cortar las extremidades… Quinto, aconsejo que se suprima completamente el salvoconducto en las carreteras para los judíos.4

Dada la extremidad de estas declaraciones y el hecho de que estas sugerencias parecen adumbrar algunas de las cosas que el Tercer Reich hizo a los judíos, algunos han llegado a sugerir una conexión causal entre Lutero y las atrocidades hacia los judíos de las décadas de 1930 y 1940.5

           Por lo tanto, la tentación para los historiadores que abordan el tema de Lutero en esta cuestión es hacer una de estas dos cosas: o bien establecer una conexión simplista directa entre él y el Holocausto, o bien hacer todo lo posible para eximirlo de culpa. En cualquiera de los dos casos, el enfoque histórico de Lutero está siendo impulsado por cuestiones relacionadas con un evento posterior, el Holocausto, y el potencial de distorsión histórica es sumamente profundo.

Para abordar esta cuestión, debemos hacer una serie de cosas: 

a. Dejar de lado eventos futuros para centrarse en el evento histórico. 

En primer lugar, por muy difícil que sea, debemos dejar de lado el Holocausto como cuestión al abordar el tema. Esto no quiere decir que debamos dejar de tener fuertes opiniones sobre lo que sucedió en Alemania entre 1933 y 1945, o sobre quienes han escrito con odio sobre los judíos; pero sí quiere decir que no debemos permitir que estas cosas se conviertan en factores en nuestro análisis inicial de los escritos de Lutero sobre el tema. 

El Holocausto puede ser parte de nuestro contexto actual, pero no es parte del contexto sincrónico ni diacrónico de la obra original de Lutero; el Holocausto no tuvo ningún impacto en su acción histórica en este momento. En segundo lugar, así como dejamos de lado esas preocupaciones posteriores, también debemos establecer cuáles eran las convenciones de la época de Lutero para hablar de los judíos. Una vez que conozcamos el trasfondo en el que trabajaba Lutero, podremos ver en qué sentido sus escritos eran típicos o atípicos de su época.

Este segundo punto se divide en dos partes relacionadas. En primer lugar, hay que ver qué tipo de escritos eran típicos en la época: ¿Era común ser antijudío? ¿Qué tipo de cosas decían los escritores antijudíos? ¿Existen diversas críticas a los judíos que se repiten en las obras del siglo XVI? Esto nos permitirá evaluar cuan excepcionales fueron los sentimientos y argumentos de Lutero y, por lo tanto, discernir cuál fue su contribución distintiva a la historia de la polémica antijudía, si es que la hubo. Como se señaló anteriormente, en la historia son las cosas excepcionales, no las ordinarias, las que requieren explicación. Sin embargo, solamente se puede discernir lo excepcional únicamente una vez que se sabe qué es lo “ordinario” en un contexto determinado.

b. Determinar las categorías a usar para el análisis histórico. 

En segundo lugar, también debemos establecer qué tipo de categorías se utilizaban para pensar en los judíos. Está muy claro, por ejemplo, que las acciones de los nazis con respecto a los judíos se enmarcaban en categorías raciales, y que las diferencias entre los judíos y los demás se veían, por tanto, en términos biológicos y raciales. Incluso si esas categorías se basaban en última instancia en la pseudociencia, eso no hace que la categoría racial sea menos significativa para entender la mentalidad y las intenciones de la Alemania nazi. Pero, ¿es cierto que Lutero y sus contemporáneos utilizaban categorías raciales, o veían la cuestión de los judíos en términos de otros factores?

Si nos detenemos a reflexionar un momento en este punto, ya podemos ver la dirección que tomará nuestro análisis. Al abordar el tema de esta manera, evitamos hacer del Holocausto y de la Alemania nazi los criterios dominantes para evaluar las acciones de Lutero; en cambio, determinamos desde el principio de nuestra investigación entender por qué Lutero escribió lo que escribió sobre los judíos en el momento en que lo hizo. En otras palabras, buscamos explicar su acción en términos históricos y no hacer de nuestros criterios morales una parte fundamental de nuestro método histórico.

En cuanto al primer punto, la escritura contemporánea sobre los judíos, incluso una mirada superficial a la literatura sobre el judaísmo en el siglo XVI revela que la polémica antijudía no fue inventada por Lutero, sino que tenía un pedigrí bien establecido y de larga data, que se remonta a la Edad Media y más allá. De hecho, los ataques literarios contra los judíos y el judaísmo se remontan a finales del siglo I y principios del II, cuando las dos religiones, el cristianismo y el judaísmo, se separaron. 

El relato de finales del siglo II, El martirio de Policarpo, por ejemplo, contiene copiosas referencias a la participación de los judíos en la ejecución pública de Policarpo. Más tarde, Ambrosio, obispo de Milán del siglo IV, defendió al soldado Kynegius, que había llevado a cabo una campaña de quema de sinagogas en Oriente. En cuanto a la Edad Media, los judíos habían sido violentamente perseguidos en Europa durante varios siglos antes de que Lutero entrara en escena. Por ejemplo, fueron expulsados de Inglaterra en 1290 por Eduardo I. Éste fue sólo uno de los ejemplos más extremos de persecución judicial y ciertamente no fue el único. Peor aún fueron los acontecimientos en España en 1391, cuando hasta un tercio de la población judía fue masacrada y un tercio convertida por la fuerza al cristianismo. Ser judío en la cristiandad europea era muy difícil y peligroso.

Comparando a Lutero con sus contemporáneos 

Por supuesto, estas cosas no ocurren en el vacío, y podemos ver en la literatura desde el siglo XII que las escabrosas historias de atrocidades judías contra los cristianos eran una parte común de la cultura europea. El llamado “libelo de sangre” era especialmente popular y estaba muy extendido. Se trataba de la afirmación de que los judíos secuestraban a niños cristianos y los ofrecían en sacrificios rituales, y son claramente parte de una cultura que trataba a los judíos con profunda sospecha y temor. En estos contextos, historias como la del libelo de sangre podían servir para exacerbar el odio y llevar a la persecución, como la que ocurrió en Lincoln, Inglaterra en 1255, cuando un niño pequeño fue secuestrado y asesinado, y un judío llamado Copin confesó que era práctica de los judíos secuestrar y crucificar a un niño cada año. Estos relatos se convirtieron en parte habitual de la cultura antijudía de la Europa medieval.

Además de todo este trasfondo inequívocamente antijudío, el examen de algunas acciones que, a primera vista, podrían parecer indicar la existencia de una fuerte contracultura projudía en el siglo XVI, resultan ser, si se examinan más de cerca, muy diferentes de lo que originalmente se habían considerado. El llamado asunto Reuchlin es un ejemplo de ello. En 1509, un judío converso, Johannes Pfefferkorn, argumentó que toda la literatura judía extrabíblica debía ser destruida, y se opuso a ello uno de los principales eruditos humanistas de su época, Johannes Reuchlin. Podría ser tentador ver esto como una batalla directa entre alguien que en el lenguaje moderno actual sería descrito como un judío que se odia a sí mismo (Pfefferkorn), y un filosemita (Reuchlin). Pero, ¿es realmente así? 

Pfefferkorn ya había argumentado en contra de la noción de libelo de sangre y, por lo tanto, había tratado de defender a los judíos de las típicas formas de calumnia y posterior persecución que tan a menudo tenían que soportar. En realidad, como ha demostrado el historiador Heiko Oberman, la posición de Pfefferkorn es mucho más complicada que simplemente una cuestión de un judío que se odia a sí mismo contra un erudito que ama a los judíos: La intención de Pfefferkorn al querer que se destruyera la literatura judía parece haber sido la de evitar que se difundiera lo que él consideraba una falsa interpretación bíblica judía. Reuchlin, cualesquiera que fueran sus motivaciones académicas privadas, ciertamente argumentó públicamente que la preservación de esta literatura permitía que la gente viera lo retorcidos que eran los judíos, lo que no es un caso obvio de filosemitismo.6

Dada la naturaleza generalizada de la literatura y el sentimiento antijudío de la Edad Media tardía, el hecho de que Lutero escribiera contra los judíos empieza a parecer menos un hecho excepcional y más típico de su época. El antijudaísmo en la cristiandad europea occidental era la norma en la época de Lutero y, por lo tanto, Sobre los judíos y sus mentiras se inscribe en una tradición establecida y dominante de escritos cristianos sobre los judíos. De hecho, dado que incluso Lutero hace uso del libelo de sangre, podemos ver claramente lo convencional que es la obra. Por ejemplo:

He leído y oído muchas historias sobre los judíos que concuerdan con este juicio de Cristo, a saber, cómo han envenenado pozos, hecho asesinatos, secuestrado niños, como se ha relatado antes.7

Lutero se posiciona aquí conscientemente dentro de una tradición establecida de escritos antijudíos en los que se basa.

A la luz de esto, podríamos decidir detenernos en este punto y decir, bueno de acuerdo, está claro que Lutero realmente aporta poco o nada que sea original a los escritos sobre los judíos en el siglo XVI; incluso él indica la naturaleza convencional de sus afirmaciones en su tiempo. Sin embargo, como dije antes, sólo una vez que se ha establecido lo que es normal, rutinario y convencional, se puede discernir lo que es inusual e inesperado; y, como sucede, Lutero escribió un extraño e inusual tratado sobre los judíos, sólo que no es el que la mayoría de la gente conoce.

¿Qué es lo realmente extraordinario o inusual en Lutero?

Lo realmente inusual de los escritos de Lutero sobre los judíos no es el violento estallido de odio contra ellos en 1543, sino su obra anterior de 1523, Que Jesús nació judío, que es sorprendentemente positiva sobre los judíos.Esto plantea la interesante cuestión de por qué Lutero cambió de opinión sobre los judíos, cuya respuesta es en realidad muy pertinente para todo el tema de Lutero y los judíos, pero que ni siquiera podría abordarse adecuadamente a menos que uno se dé cuenta de que fue el tratado de 1523, y no el de 1543, el que fue sumamente excepcional según los estándares convencionales de la época.

Antes de abordar la cuestión de por qué Lutero pudo escribir positivamente sobre los judíos en una etapa anterior de su carrera, debemos dedicar unos momentos a reflexionar sobre la pregunta: ¿por qué se odiaba tanto a los judíos? Podemos ayudarnos en esto trazando contrastes entre la época de la Reforma y el régimen nazi en el siglo XX. La respuesta en Alemania durante el Tercer Reich es muy sencilla: Los judíos son una raza inferior y deben ser exterminados como alimañas. Esto queda muy claro en las Leyes de Nuremberg de 1935. Estas leyes restringían la ciudadanía alemana a “un nacional de sangre alemana o afín”, definían a los judíos como no de sangre alemana y prohibían todos los matrimonios entre judíos y nacionales alemanes y todas las relaciones sexuales extramatrimoniales entre judíos y alemanes.9 Así pues, los conceptos que subyacen a la propia base legal de lo que entonces tuvo lugar, y que culminó en los campos de exterminio, eran biológicos y no religiosos. Un judío que se convertía al cristianismo seguía siendo judío, porque la conversión no le proporcionaba el tipo de sangre pertinente.

Una comparación entre Lutero y el Tercer Reich

La base conceptual del antisemitismo nazi es, pues, racial, basada en la biología. Ahora bien, el hecho de que la biología subyacente a la ideología nazi sea espuria puede ser importante para refutar el nazismo, pero no lo es para entender cómo pensaba y actuaba el Tercer Reich. Después de todo, debería ser obvio que una creencia no tiene por qué ser verdadera para influir en los motivos y las intenciones de la gente, para dar forma al comportamiento social o a la política, y para proporcionar una explicación de la acción.

Por ejemplo, puedo estar absolutamente convencido de que puedo volar a la luna por mis propios medios y, bajo esta ilusión, saltar desde lo alto del Empire State Building. Mi creencia no me llevará a la luna, pero tampoco el conocimiento de las leyes de la gravedad permitirá a los demás entender mi intención al saltar, aunque sí les permitirá evaluarme como un completo loco.

Aquí es donde el mundo de Lutero y el mundo del Tercer Reich son tan diferentes. Para Lutero, el problema de los judíos es fundamentalmente religioso, como lo fue para todas las sociedades europeas occidentales durante la Edad Media tardía. Lutero no tenía un concepto propio de raza como el que tenemos hoy. Su mundo era el de las categorías religiosas, no las biológicas o pseudobiológicas. Para él, el problema era, pues, de compromiso ideológico, relacionado con la cuestión de la asimilación social. 

Para decirlo sin rodeos: ¿cómo puede una sociedad en la que el Estado y la Iglesia son esencialmente dos caras de la misma moneda asimilar a quienes, por su propia definición, no son miembros de esta última? La respuesta es sencilla: o bien no los asimila y los persigue, o bien intenta convertirlos (ya sea por persuasión o por la fuerza) y hacerlos así parte de la iglesia. Una vez convertidos, el problema cesa porque es una cuestión de convicción religiosa, no de raza. Un judío que se convierte en cristiano es fácil de encajar en una sociedad en la que todos los buenos miembros están bautizados y respetan a la iglesia.

Esto, de hecho, nos permite explicar lo que ya he señalado como lo más desconcertante del enfoque de Lutero hacia los judíos: su dramático cambio de opinión. La razón de la actitud suave y algo excepcional hacia los judíos en el tratado de 1523 es religiosa. Lutero cree que la Reforma se establecerá del todo por delante; y, como muchos cristianos antes y después, piensa que está viviendo el final de los tiempos, donde el regreso de Cristo será anunciado por una conversión masiva de los judíos. De hecho, no cabe duda de que Lutero deseaba ver a los judíos convertidos al cristianismo porque estaba absolutamente convencido de que vivía en el final de los tiempos, cuando la conversión escatológica de los judíos era algo inminente. Así, casi al final del tratado de 1523 se expresa de la siguiente manera:

Si los judíos se ofenden porque confesamos que nuestro Jesús es un hombre y, sin embargo, un Dios verdadero, abordaremos esa objeción con fuerza desde las Escrituras a su debido tiempo. Pero esto es demasiado duro para empezar. Que primero sean amamantados con leche, y que empiecen por reconocer a este hombre Jesús como el verdadero Mesías; después que beban vino, y aprendan también que es verdadero Dios. Porque han sido desviados tanto tiempo y tan lejos que hay que tratarlos con delicadeza, como personas que han sido adoctrinadas con demasiada fuerza para creer que Dios no puede ser hombre. Por lo tanto, yo pediría y aconsejaría que se tratara suavemente con ellos y se les instruyera a partir de las Escrituras; entonces algunos de ellos podrían venir a nuestro lado. En lugar de esto, sólo tratamos de conducirlos por la fuerza, calumniándolos, acusándolos de tener sangre cristiana en las manos si no apestan, y no sé qué otras tonterías. Mientras los tratemos así como perros, ¿cómo podemos esperar obrar algún bien entre ellos? Además, cuando les prohibimos trabajar y hacer negocios y tener cualquier tipo de comunión humana con nosotros, obligándolos así a la usura, ¿cómo se supone que eso les hará algún bien?10

El propósito del tratado es apologético y evangelizador, abogando por un comportamiento que sirva para llevar a los judíos al redil cristiano. Sin embargo, cuando Lutero escribe su polémica contra los judíos en 1543, está claro para él que la esperada conversión masiva no tendrá lugar, al menos durante su vida, y por lo tanto vuelve al lenguaje más típico de provocar a los judíos, aunque en una forma extrema, incluso para los exigentes estándares de la época. Me parece que ésta es una explicación plausible del cambio.

Teniendo en cuenta todo esto, ¿cómo abordamos entonces la conexión entre Lutero y el Holocausto? En primer lugar, está claro que cualquier conexión causal directa es inadecuada: cuatro siglos separan ambas cosas, y también está claro que Lutero no fue ni mucho menos el único que articuló el sentimiento antijudío a finales de la Edad Media. Lutero no fue ni el fundador ni el único ejemplo del sentimiento antijudío en su época y generación.

En segundo lugar, debemos comprender que utilizar el Holocausto como un marco a través del cual leer los escritos de Lutero sobre los judíos es anacrónico en al menos dos niveles. Se corre el riesgo de ver a Lutero como una figura excepcional, tanto en términos de escritura como de influencia, y no se ve que las categorías de pensamiento con las que Lutero ve el tema (religioso) no son aquellas con las que, digamos, Hitler pensaba sobre el tema (racial).

Conclusión

Todo esto no quiere decir que el historiador de hoy tenga que aprobar lo que dijo Lutero o excusarlo. Pero sí exige que el historiador entienda el significado de la acción histórica de Lutero en términos de las categorías y cuestiones de su propia época, y no de las de mediados del siglo XX. ¿Significa esto que no debemos ver ninguna relación entre Lutero y el Holocausto? Claro que no, en absoluto. Pero esa pregunta debe responderse teniendo en cuenta todo lo que se ha dicho hasta ahora. De hecho, yo sugeriría dos formas posibles de abordar la cuestión, ninguna de las cuales es vulnerable al tipo de falacia anacrónica esbozada anteriormente.

En primer lugar, podríamos examinar las pruebas históricas para ver si los escritos de Lutero sobre los judíos forman parte de una tradición continua de escritos antijudíos en la cultura europea que se remonta a la Edad Media y llega hasta el Holocausto. Ciertamente, el uso de cosas como el libelo de sangre y la persistencia de esos mitos a lo largo de los siglos sugeriría que ese podría ser un estudio muy fructífero, y que no excluiría el reconocimiento claro de las categorías cambiantes que utiliza la literatura antijudía. Este tipo de estudio no requiere que planteemos conexiones causales ingenuas entre el siglo XVI y el XX, ni que neguemos las diferencias significativas entre ambas épocas; pero sí nos permite comprender cómo se expresaba el sentimiento antijudío, cómo funcionaba dentro de la sociedad europea durante un período prolongado de tiempo, y cómo encajan en esta narrativa tanto Lutero como el Holocausto.

En segundo lugar, podríamos estudiar la recepción de los escritos de Lutero en los escritos antisemitas posteriores y cómo su libro fue realmente utilizado por quienes participaron en la construcción ideológica y la defensa de las políticas del Tercer Reich. De este modo, en realidad no estamos analizando lo que Lutero dijo, sino cómo fue utilizado por los antisemitas posteriores. De hecho, su condición de germanoparlante y de odiador de los judíos aumentó inevitablemente su utilidad para los nazis. Lo que no debemos hacer, sin embargo, es confundir esta recepción posterior de Lutero en los escritos y la propaganda nazi con su intención original, que es efectivamente lo que hizo William Shirer. Hacerlo sería volver a caer en el anacronismo.11

NOTAS


                     4 Martin Luther, “On the Jews and Their Lies” en Christian in Society IV (ed. Franklin Sherman; vol. 47 of Luther’s Works, ed. Jaroslav Pelikan and Helmut T. Lehmann; Philadelphia: Fortress, 1971), 268–70.

                     5 Véase William L. Shirer, The Rise and Fall of the Third Reich (Londres: Secker and Warburg, 1960), 91.

                     6 Véase Heiko A. Oberman, The Roots of Anti-Semitism in the Age of Renaissance and Reformation (Filadelfia: Fortress Press, 1984).

                     7 Martin Luther, “On the Jews and Their Lies,” 47:277; cf. 217, 264, 267.

                     8 Véase, por ejemplo, el párrafo final de la obra: “Si realmente queremos ayudarlos, debemos guiarnos en nuestro trato con ellos no por la ley papal sino por la ley del amor cristiano. Debemos recibirlos cordialmente, y permitirles comerciar y trabajar con nosotros, para que tengan ocasión y oportunidad de asociarse con nosotros, escuchar nuestra enseñanza cristiana y ser testigos de nuestra vida cristiana. Si algunos de ellos se muestran obstinados, ¿qué importa? Después de todo, nosotros mismos tampoco somos todos buenos cristianos”. Martin Luther, “That Jesus Was Born a Jew” in Christian in Society II (ed. Walther I. Brandt; vol. 45 of Luther’s Works, ed. Jaroslav Pelikan and Helmut T. Lehmann; Philadelphia: Fortress, 1962), 229.

                     9 Martin Gilbert, The Holocaust: A History of the Jews of Europe during the Second World War (Nueva York: Holt, 1985), 47-48.

                     10 Martin Luther, “That Jesus Was Born a Jew,” 45:229.

                     11 Lutero sigue siendo una fuente útil para los antisemitas: véase http://www.biblebelievers.org.au/luther.htm/ , donde se cita Sobre los judíos y sus mentiras en un sitio web que en otro lugar se refiere a Auschwitz como un “’hotel de diez estrellas’ … ‘donde se enviaba a los judíos para su propia protección’,http://biblebelievers.org.au/nl506.htm (consultado el 27 de octubre de 2008).

Mas artículos del autor, ver aquí.

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Acerca del autor:

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Carl R. Trueman es profesor de la Escuela de Artes y Humanidades Calderwood en Grove City College, Pensilvania, y miembro principal del Instituto Fe y Libertad. Obtuvo su MA en la Universidad de Cambridge (Inglaterra) en 1988, y su PhD en la Universidad de Aberdeen (Escocia) en 1991. Ha escrito mas de una docena de libros, mundialmente reconocido en el ambiente académico. Su especialidad es en estudios de la Reforma. Entre sus libros se encuentran “Lutero en la vida cristiana: Cruz y Libertad” (en ingles); “La Reforma: Ayer, Hoy y Mañana” (en ingles); “John Owen: Católico Reformado, Hombre del Renacimiento” (en ingles), entre otros. Carl Trueman es considerado uno de los mas reputados historiadores a nivel mundial.

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