Hace unas semanas el ministerio ‘Teología para Vivir’, en colaboración con la Iglesia ‘La Capilla de la Roca’, comenzaron una serie de sermones expositivos en 1 Juan. Cada sermón está acompañado de una exposición de la Palabra en video, el bosquejo y contenido del sermón preparado por el expositor, así como un comentario adicional de acuerdo al pasaje en cuestión. La finalidad de esto es poder ayudar y motivar a los predicadores a predicar expositivamente de las Escrituras. El comentario que se presenta a continuación, esperamos que sirva como un complemento al sermón y el bosquejo, a fin de facilitar aún más a los predicadores la preparación de sus sermones expositivos.

Prologo a 1 Juan: La Palabra De Vida. 1 Juan :1–4

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Prologo a 1 Juan: La Palabra De Vida. 1 Juan :1–4

  1. Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verboa de vida
  2. (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó);
  3. lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo.
  4. Estas cosas os escribimos, para que vuestrob gozo sea cumplido.

 Comentario:

Verso 1: Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida

Este escrito comienza sin ninguno de los rasgos característicos de una carta, como los que encontramos en 2 Juan y 3 Juan. Como la conclusión tampoco tiene las características de una carta,1 debemos concluir que este escrito no es tanto una carta, sino más bien un sermón o discurso escrito. No obstante, la estrecha relación que es evidente entre el escritor y sus lectores, y la referencia ocasional a una situación específica (2:19) muestran que el autor estaba escribiendo para beneficio de un grupo o grupos particulares, de manera que el escrito es, en efecto, una carta. El autor no se nombra a sí mismo ni a sus lectores. Naturalmente su identidad les sería conocida a ellos, y debemos dar por sentado que era la misma persona que escribió 2 y 3 Juan.

Su mensaje comienza en una manera elevada y difícil. En el griego original los primeros tres versículos y medio forman una larga oración compuesta. La Versión Popular la ha dividido en oraciones más cortas para facilitar la comprensión. En una oración normal el orden básico es «sujeto—verbo—objeto». Aquí, en cambio, para dar mayor énfasis, el escritor ha colocado el objeto primero y nos mantiene en suspenso con respecto al sujeto y al verbo. Peor aún, el objeto consiste en una cadena de proposiciones relativas paralelas, uno de cuyos elementos es desarrollado en mayor detalle en un paréntesis (v. 2).2 Como resultado de estas complicaciones el escritor repite lo esencial del versículo 1 en el versículo 3 antes de llegar al verbo principal: «anunciamos». Con el fin de simplificar esta complicada construcción, la vp ha insertado el verbo «escribimos» en el versículo 1, de manera que no se le deja al lector en un suspenso muy largo; otras traducciones modernas también tratan de salvar esta dificultad de distintas maneras.3

El resultado—que es importante—es que el énfasis inicial cae en la naturaleza del objeto de la proclamación, en lugar de en el acto de proclamarlo. El propósito del escritor es recordar a sus lectores el carácter del mensaje cristiano antes que llamar la atención al acto mismo de predicarlo. ¿Cuál es, entonces, este objeto? Es «lo que era desde el principio». Si los lectores estaban familiarizados con el Evangelio de Juan y con el libro de Génesis,4 es muy posible que reconocieran el eco de Juan 1:1, que a su vez es un eco de Génesis 1:1. Si así fue, ellos identificarían «lo que era desde el principio» con «la Palabra» o «el Verbo» que estaba con Dios en el principio.5 Sin embargo, el escritor no emplea el término «la Palabra» (o «el Verbo») en este momento preciso (aunque lo hace al final del versículo), y deja así abierta la cuestión de qué era «lo que era desde el principio».6 Pasa enseguida a describirlo como algo que él y otros han «oído».7 Esto confirma que lo que tiene en mente es «la Palabra» o «el Verbo», e indica que lo que había estado con Dios desde el principio ahora ha entrado en la esfera de la experiencia humana. El mensaje de Dios ha llegado a los hombres para que puedan oírlo.

Hasta aquí el objeto directo de la acción podría simplemente ser una palabra o un mensaje. Pero ahora el escritor añade: «hemos visto con nuestros ojos». Es un mensaje visible, y la especificación «con nuestros ojos» no deja dudas de que se trata de un «ver» en el sentido literal. Y el escritor pone énfasis en la idea diciendo que «han contemplado»8 y «han palpado» con sus manos.9 Estas descripciones de algo percibido por los sentidos significa que el autor no puede estar pensando sólo en un mensaje oído. Debe estar pensando en la aparición de «la Palabra» o «el Verbo», descrito en Juan 1:1–18, que se hizo carne en Jesucristo.

Pero, ¿por qué lo dice en una forma tan ambigua? El autor tiene en mente dos cosas que, sin embargo, son una sola. Por un lado, tiene en mente el mensaje cristiano que es el objeto de la proclamación y es escuchado por los hombres; él mismo lo está proclamando a sus lectores para que ellos puedan gozar de las bendiciones que les son dadas a quienes lo reciben (v. 3). Jesús mismo predicó este mensaje. Por otro lado, Jesús mismo puede ser descrito como el Verbo. El mensaje toma forma concreta en él. Podemos enviarle un mensaje a una joven diciéndole que la amamos; pero también podemos enviarle un costoso anillo que ella reconocerá inmediatamente como un mensaje concreto de amor. Jesús es tanto el predicador del mensaje de Dios como el mensaje mismo. Pablo podía decir: «Predicamos a Cristo» (1 Co. 1:23; cf. 2 Co. 4:5), mostrando que el mensaje y la persona son en última instancia idénticos. En forma parecida, el escritor a los Hebreos puede relatar cómo «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo» (He. 1:1s.). Nuestro escritor desea hacer hincapié en que el mensaje cristiano es idéntico a Jesús; tomó forma personal en una persona que podía ser oída, vista, y aun tocada.10

En este punto podríamos esperar encontrar el verbo que gobierna el objeto directo que se ha especificado en el v. 1; pero antes el autor inserta una frase calificativa, que luego desarrolla en el paréntesis del v. 2. Lo que describe es «tocante al Verbo de vida».11 «Vida» es el término más general para designar la experiencia espiritual que es el objeto de la aspiración religiosa y es concedida por Dios a los hombres. El autor cree que el hombre común puede poseer vida física pero carecer de vida espiritual; desde el punto de vista espiritual está muerto (3:14; Jn. 5:24). No obstante, Jesús es la fuente de vida espiritual; aquellos que creen en él pasan por una experiencia espiritual comparable al nacimiento físico, y así obtienen el don de la vida (Jn. 3:16, 36; cf. 3–8). A menudo se califica a esta vida como «eterna» (v. 2), pero este adjetivo simplemente destaca una característica que es inherente al concepto mismo. Es lógico pensar que la vida espiritual a la cual Dios introduce a los creyentes será de la misma calidad y duración eternas que la de Dios mismo (Lc. 20:36).

La «Palabra de Vida» puede significar el mensaje que transmite esta vida a los hombres o que les anuncia ese mensaje (Hch. 5:20; Fil. 2:16). La frase entonces sería una descripción del mensaje cristiano predicado por el escritor y sus colegas. Pero si volvemos la mirada a Juan 1:4, encontramos que «En él [sc. la Palabra o Verbo] estaba la vida», y en Juan 11:25; 14:6 Jesús dice que él es la vida. Por lo tanto, bien puede ser que lo que se expresa es que Jesús mismo es la Palabra, fuente y sustancia de la vida eterna.12 Probablemente la fraseología es deliberadamente ambigua, aunque quizás el escritor tenga más en mente el mensaje cristiano.13

Verso 2: (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó).

  Aunque el mensaje cristiano es el medio de traer la vida eterna, para el escritor era de importancia suprema el poner en claro más allá de toda duda que la vida que el mensaje testifica fue revelada por Dios en la persona histórica de Jesús. Es por eso que incluye este paréntesis un tanto forzado que interrumpe el fluir de su pensamiento. Esto mismo llama la atención a su importancia: la vida que Dios da a los hombres fue revelada en Jesús. En efecto, es equivalente a Jesús, de tal manera que el autor podía decir que realmente la había visto. Debido a esto, está calificado para testificar de ella, i.e., para dar testimonio personal de lo que él mismo ha visto y experimentado en realidad.14 Su proclamación consiste, pues, en un acto de testimonio. Pero su énfasis no está en el acto de proclamar sino en la realidad histórica de la cual da testimonio. Es la vida eterna, dice, que estaba con el Padre y luego se nos manifestó. El lenguaje que se emplea aquí es el mismo empleado con respecto a la Palabra personal que estaba con Dios en el principio (Jn. 1:2). La manifestación personal de la vida eterna en la persona histórica de Jesús era de importancia crucial tanto para el escritor como para sus lectores.

 Verso 3: lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo.

Concluye el paréntesis y el autor retoma su sentencia con una recapitulación del versículo 1: «Lo que hemos visto y oído.» Ahora por fin llega al verbo principal de la oración15 y les dice a sus lectores que comparte también con ellos su mensaje, para que ellos igualmente tengan comunión con él. Pero, añade, él y sus colegas gozan de comunión con el Padre y su Hijo, Jesucristo. Sin duda la consecuencia es que sus lectores también participarán en esta comunión con el Padre y el Hijo como resultado de su comunión con él.

«Comunión» es la traducción de una palabra griega que literalmente significa «tener en común». Se puede decir que dos o más personas tienen comunión la una con la otra cuando tienen algo en común. Jacobo y Juan compartían con Simón la actividad de la pesca (Lc. 5:10). Pablo y Tito participaban en una fe común (Tit. 1:4; Jud. 3). Los creyentes participan de la gracia de Dios (Fil. 1:7), de los bienes espirituales en general (Ro. 15:27), con Jesucristo (1 Co. 1:9). Como resultado, la comunión tiene dos aspectos: el elemento de participación en algún don o servicio cristiano, y el elemento de unión con otros creyentes como resultado del goce de algún privilegio espiritual o participación común en alguna actividad cristiana.16 En este versículo el escritor claramente quiere dar a conocer su mensaje a sus lectores para que al aceptarlo se conviertan en sus participantes y continúen siéndolo. De esta manera compartirán ese amor cristiano que une a aquellos que tienen una fe común en Jesucristo. Pero17 la comunión de que goza el autor incluye al Padre y al Hijo. Aquí el pensamiento de unión con Dios ocupa el lugar supremo, y el pensamiento de participación en algún objeto común ha menguado hasta el punto de desaparecer.18

Verso 4: Estas cosas os escribimos, para que vuestrob gozo sea cumplido.

El versículo 3 expresa el propósito del autor al presentar el mensaje cristiano. Ahora añade una razón subsidiaria. El escribe estas cosas—i. e. la carta—con el fin de que el gozo que él tiene19 sea completo.20 El tiene el corazón de un pastor que no puede sentirse completamente feliz mientras aquéllos por quienes se siente responsable no experimentan las plenas bendiciones del evangelio.

Nuestra exposición del prólogo de la epístola ha dejado sin respuesta algunos interrogantes. Sobre todo, no hemos visto por qué el escritor se expresa en esta forma particular a sus lectores. A primera vista, se dirige a ellos como si no fueran cristianos; desea que oigan su mensaje para que puedan participar en la comunión cristiana con él. Sin embargo, más adelante, es evidente que está escribiendo a cristianos: «Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna» (5:13). Su interés más bien es que ellos no se desvíen de su fe cristiana y que tengan la seguridad de que son realmente cristianos. Por tanto, es probable que el autor se haya sentido preocupado con respecto a su estado espiritual. Algunos de los miembros de la iglesia la habían abandonado, dando muestras de que realmente nunca habían pertenecido a ella. Tal vez el autor temía que hubiera otros en la iglesia que realmente no creyeran, o que algunos miembros de la iglesia fueran conducidos por sus opositores a aceptar un mensaje falso que los apartaría de una comunión genuina con Dios. Podríamos entender en el versículo 3 que el autor expresa su comprensión del mensaje cristiano para que sus lectores sepan cuál es su posición y consecuentemente vean si pueden tener comunión con él sobre la base de una aceptación común del mismo mensaje. El estaba seguro de que su mensaje era el verdadero y de que solamente aceptándolo se podía tener verdadera comunión en la iglesia, una comunión que llevara a Dios y al hombre a una unión espiritual. Según esta interpretación, el versículo 3 no está necesariamente prescribiendo la condición para entrar en esa comunión, sino más bien la condición para continuar en la comunión.21

En el prólogo ya se evidencia la naturaleza de la comprensión que el autor tenía del mensaje cristiano, pero se ve con mayor claridad más adelante. Dice que él y sus colegas tenían comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. En una u otra forma, los opositores del autor sostenían que era posible tener vida y comunión con Dios sin que Jesús cumpliera un papel significativo. Era una forma de religión sin Cristo. El autor da una doble respuesta: hace hincapié en que la comunión cristiana es con el Padre y con el Hijo, y, más adelante en la epístola pone muy en claro que nadie puede gozar de una relación con Dios sin una relación con Jesús (2:23). Al mismo tiempo subraya que la vida eterna sólo se encuentra en Jesús. Incorpora la vida de Dios, que estaba con Dios al principio, y es en él que Dios ha revelado su vida. El contenido del mensaje cristiano es Jesús, la Palabra de vida.

Lo que el autor más subraya, sin embargo, es que ciertas personas pueden dar testimonio de estos hechos porque han tenido una experiencia personal con Jesús. Ellos lo oyeron y vieron, hasta lo tocaron, y vieron en él la encarnación de la vida divina. El autor se identifica con otros que compartieron su experiencia personal. Emplea la forma de expresión «nosotros» para incluirse él mismo y a otros que habían conocido a Jesús personalmente y que por lo tanto estaban capacitados para testificar a otros e introducirlos en el círculo de comunión cristiana. No cabe duda de que el autor sostiene haber sido testigo presencial del ministerio terrenal de Jesús.

Sin embargo, esta interpretación ha sido cuestionada. En 4:14 el autor dice: «Nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo.» Aquí parece probable que el «nosotros» se refiere a los cristianos en general, como en el versículo 13. ¿No sucederá lo mismo aquí en 1:1–3? Más importante es el hecho de que para muchos eruditos es improbable que 1 Juan haya sido escrito por un testigo presencial del ministerio de Jesús. Si es así, hay que encontrar otra explicación. Una posibilidad es que el autor se refiera al hecho total de la venida de Jesús y la toma de conciencia de su importancia en la iglesia: el objeto de testimonio es la experiencia de la iglesia de la salvación en Jesús. Otra posibilidad es que el escritor esté asociándose él mismo y a otros cristianos posteriores con la experiencia de los testigos presenciales, y afirmando que la experiencia de ellos es algo en que participa toda la iglesia. El paralelo citado a menudo es el del espectador que regresa a su hogar después de ver un partido de fútbol y dice «Ganamos», aunque realmente lo que quiere decir es: «Mi equipo ganó». Los judíos compartían esta manera de ver las cosas: en la fiesta de la pascua todo judío debía hacer de cuenta que él mismo habría tomado parte personalmente en el éxodo de Egipto.22

Ninguna de estas explicaciones es convincente.23 La estructura del pasaje es diferente a la de 4:13, 14, y el grupo denotado por el «nosotros» aquí se diferencia de los lectores cristianos de la carta. Esto excluye la segunda explicación. La primera también es improbable, ya que la referencia a «palpar» solamente puede indicar un contacto personal con el Jesús histórico y no puede considerarse como conocimiento del mensaje cristiano. El autor se expresa aquí como miembro del grupo de testigos presenciales del ministerio de Jesús, y su aseveración debe ser genuina. Si hubiera sido falsa, sus lectores lo hubieran sabido, y su mensaje no hubiera tenido fuerza.

Conclusión:

El prólogo de Juan resalta dos peligros que todavía enfrenta la iglesia. Uno es el dar por sentado que la comunión cristiana es posible sobre una base distinta de la acción común de creer en Cristo. Algunos llegan al extremo de decir que la unidad cristiana significa que cristianos de diversas convicciones se unen en comunión; dicen que es fácil tener unidad cristiana con los que piensan igual, pero que la prueba de la verdadera unidad está en la voluntad de unirnos con quienes no estamos de acuerdo. En cierto sentido esto es verdad: cuando se trata de asuntos no substanciales de la fe, es fácil evitar la unidad cristiana con gente que tiene una manera de hacer las cosas o una cultura general distinta a la nuestra, y necesitamos derribar esas barreras. Pero no es verdad que pueda haber comunión entre personas que no estén de acuerdo en las afirmaciones centrales de la fe. No puede haber comunión entre denominaciones que difieren en su comprensión del camino de salvación, y no puede haber unidad entre aquellos que aceptan y aquellos que no aceptan a Jesucristo—crucificado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación—como Salvador. En tales casos no hay base común. El segundo peligro es el dar por sentado que es posible tener una verdadera relación con Dios y rechazar a Jesucristo como el camino, la verdad y la vida. Como esta epístola pone en claro más adelante, el Padre solamente puede ser conocido por medio del Hijo. No hay «otro nombre».

Adaptado de: I. Howard Marshall, Las Cartas de Juan (Buenos Aires; Grand Rapids, MI: Nueva Creación; William B. Eerdmans Publishing Company, 1991), 95–103.

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Sobre el autor:

Howard Marshall (1934-2015), D.D. (Ashbury University); BA (Cambridge University); MA; BD; PhD (University of Aberdeen),ministro metodista Escoces, es considerado uno de los eruditos del Nuevo Testamento más importantes del siglo XX. Fue profesor emérito de Nuevo Testamento y Exegesis de la Universidad de Aberdeen en Escocia. Marshall también ocupo la catedra principal de la Asociación para la Investigación Bíblica y Teológica Tyndale, así también fue el presidente de la Sociedad Británica del Nuevo Testamento, entre otros muchos. Marshall tuvo un largo y fructífero matrimonio con Joyce, de quien tuvo cuatro hijos. Joyce fue con el Señor en 1996. Entre sus numerosas publicaciones tenemos; ‘Lucas: Historiador y Teólogo’(1989); ‘Los orígenes de la Cristología del Nuevo Testamento’ (1990), ‘Hechos’, (1980), ‘Jesús el Salvador: Estudios en la Teología del Nuevo Testamento’ (1990); ‘Un Comentario Crítico Exegético a las Epístolas Pastorales’, (1999); ‘Concordancia al Texto Griego del Nuevo Testamento’, (2002); ‘Mas allá de la Biblia: Pasando de la Escritura a la Teología’, (2004); ‘Teología del Nuevo Testamento: Muchos Testigos, un solo Evangelio’ (1994); ‘Perspectivas sobre la Expiación’ (2007), etc.

Notas:

a Literalmente en griego la Palabra o el Discurso.

b Los mejores MSS tienen nuestro.

1 Ver, sin embargo, F. O. Francis, «The Form and Function of the Opening and Closing Paragraphs of James and 1 John», ZNW 61, 1970, 110–126, quien hace notar que las cartas antiguas podían terminar sin una conclusión formal.

2 No es convincente la afirmación de Francis de que el paréntesis no es realmente un paréntesis sino una parte de una doble formulación del tema de la epístola.

3 La VP dice: «Les escribimos a ustedes acerca de aquello que ya existía desde el principio, de lo que hemos oído y de lo que hemos visto con nuestros propios ojos. Porque lo hemos visto y lo hemos tocado con nuestras manos. Se trata de la Palabra de vida. Esta vida se manifestó, y nosotros la vimos y hemos dado testimonio de ella; y les anunciamos a ustedes esta vida eterna, la cual estaba con el Padre y se nos ha manifestado. Les anunciamos, pues, lo que hemos visto y oído, para que ustedes estén unidos con nosotros, como nosotros estamos unidos con Dios el Padre y con su Hijo Jesucristo.» En contraste, la RVR da estrictamente una traducción literal que expresa bien la estructura gramatical del original griego.

4 Estas dos posibilidades son muy probables. A pesar de carecer de alusiones directas al Antiguo Testamento, la epístola funciona con categorías de pensamiento judías, y es probable que el escritor compartiera éstas con sus lectores. El prólogo del Evangelio es probablemente un escrito anterior al que estamos estudiando.

5 Algunos eruditos han pensado que la frase ap’ arjēs significa: «desde el principio de la dispensación cristiana» (cf. 2:7, 24; 3:11; H. H. Wendt, «Der ‘Anfang’ am Beginn des I Johannesbriefes», ZNW 21, 1922, 38–42). H. Conzelmann, «Was von Anfang war», en Theologie als Schriftauslegung, Munich, 1974, 207–214 (originalmente en W. Eltester [ed.], Neutestamentliche Studien für R. Bultmann, Berlin, 1954, 194–201), afirma con razón que se refiere al principio absoluto. Ya que no se menciona la creación (en contraste con Jn. 1:3) y la frase difiere de la de Juan 1:1 (en arjē), la referencia es a la eternidad pasada antes que al comienzo de la creación (Schnackenburg, 101; cf. 2:13s.; G. Delling, TDNT I, 481s).

6 El autor emplea aquí el neutro, aunque la palabra griega logos es masculina. En otros lugares también emplea el neutro cuando se esperaría una forma masculina (5:4s.; cf. Jn. 3:6; 4:22; 6:37, 39; 17:2, 10; BD 1381). Aquí el uso del neutro sugiere la idea de que el escritor tiene en mente el mensaje cristiano que se encarnó en Jesús; por tanto ha empleado deliberadamente esta forma más general de expresión.

7 El escritor emplea el tiempo perfecto que expresa una acción realizada en el pasado con consecuencias posteriores; cf. el uso frecuente en el Nuevo Testamento de gegraptai con citas del Antiguo Testamento para decir «Está escrito (y todavía es válido)». El objeto directo de «hemos oído» es todavía deliberadamente vago; el escritor tiene en mente el oir a Jesús, que incluye oir lo que él dijo.

8 No es claro si hay un diferente matiz en el uso de theaomai junto con horaō. Westcott, 6, piensa que el verbo denota «contemplar calmada, intensa y continuamente», mientras que Brooke, 4, dice que es «contemplar inteligentemente para poder así captar el significado y la importancia de lo que entra en el campo de nuestra visión.» La segunda opinión es demasiado sutil e ignora el hecho de que le sigue otro verbo de simple percepción sensorial. Schnackenburg, 101s., sostiene que se usa este verbo por razones de ritmo y variedad literaria en la construcción de dos frases rítmicamente paralelas. El cambio del tiempo al aoristo en los verbos de la segunda frase no es significativo.

9 En Juan 20:24–29 se encuentra una referencia al acto de tocar a Jesús, y el mismo verbo, psēlafizō aparece en Lc. 24:39, nuevamente en el contexto de demostrar la realidad de la resurrección. La referencia aquí, sin embargo, es más amplia, y quizás sea un punto de la polémica contra los docetas, que negaban la encarnación física real del Hijo de Dios (cf. Ignacio, Esmirna 2s.).

10 Se ha debatido mucho si en este pasaje Juan tiene en mente en primer término el mensaje del evangelio o la Palabra personal de Dios (ver, por ejemplo, la discusión entre J. E. Weir y K. Grayston en ExpT 86, 1974–1975, 118–120 y 279). Respecto a la primera opinión ver Dodd, 1–6; Bruce, 35; y respecto a la segunda ver Schnackenburg, 102; Haas, 29. La discusión está plagada de confusión por el hecho de que los comentaristas no han distinguido claramente entre (a) el antecedente de las proposiciones adjetivas, y (b) la frase ho logos tēs zōēs. No es claro si ambas son una misma cosa. Aunque en nuestra opinión las oraciones relativas se refieren indiscutiblemente a la manifestación concreta de la Palabra en una persona que podía ser vista, oída, y tocada, es posible que «la palabra de vida» signifique «el mensaje respecto a la vida». El asunto se complica por la confusa sintaxis en este punto. Ver la nota siguiente.

11 La sintaxis de la frase peri tou logou tēs zōēs es incierta, (a) Puede tomarse estrechamente relacionada con las proposiciones relativas precedentes: lo que el autor oyó, vio y tocó con respecto a la palabra de vida, eso es lo que proclama. Por ejemplo, Dodd, 3, quien sugiere que la frase indica el tema del anuncio, mientras que las oraciones adjetivas enuncian el contenido del mismo (en forma semejante, Bultmann, 8 n. 5). (b) La mayoría de los comentaristas consideran la frase como un resumen de las proposiciones adjetivas, resumen que constituye un segundo objeto directo del verbo «anunciamos» (respectos apaggellō peri ver Lc. 7:18; 13:1; Jn. 16:25). Si es así, entonces «esta frase define la esfera a la que pertenece lo que hemos oído, visto y tocado» (Houlden, 50; cf. Schnackenburg, 102s.; Haas, 21, 29). Como comenta Houlden, la diferencia entre las dos construcciones no es muy grande. La primera parece mucho más natural.

12 La RVR indica su aceptación de esta interpretación por el uso de la mayúscula en la palabra «Verbo». En forma similar. Schnackenburg, 102; Bultmann, 8 n. 5; Haas, 23s.

13 Así Westcott, 6s.; Brooke, 5; Stott, 64, 73s.; Bruce, 36s.; Houlden, 50–52. De Jonge, 37–39, enfatiza la dificultad de llegar a una conclusión.

14 Ver H. Strathmann, TDNT IV, 497–499.

15 El verbo apaggellō se ha usado ya en el versículo 2, de manera que el versículo 3 resulta un anticlímax.

16 Ver H. Seesemann, Der Begriff KOINONIA im Neuen Testament, Giessen, 1933; F. Hauck, TDNT III, 797–809.

17 El empleo de kai … de ayuda a desarrollar e intensificar el pensamiento. Moule, 165, traduce: «Sí, y.… » Cf. 3 Jn. 12.

18 Es posible que el pensamiento sea la participación de los creyentes en el Padrey el Hijo, pero el estrecho paralelismo con la proposición anterior lo hace improbable. Respecto a la idea de la unión entre los creyentes y Dios en Juan, ver especialmente Bruce, 39s.

b Los mejores MSS tienen nuestro.

19 Hay variantes textuales aquí. En lugar de hēmeis (S A* B P Ψ 33 z copsa ms) la mayoría de las autoridades tienen hymin, que los críticos generalmente consideran una corrección. Las autoridades están divididas entre «nuestro gozo» (hēmōn, S B L Ψ 049 z copsa al) y «vuestro gozo» (hymōn). Como las dos palabras se pronunciaban en forma casi idéntica, era fácil la confusión. La mayoría de los críticos juzgan que se trata del propio gozo pastoral del autor, y que los escribas no se dieron cuenta de eso y/o fueron influidos por Jn. 16:24. J. H. Dobson, «Emphatic Personal Pronouns in the NT», Bible Translator 22, 1971, 58–60, defiende la lectura «vuestro», pero su razonamiento no es demasiado convincente.

20 Plēroō da la idea de plenitud, mientras que teleioō da la idea de llegar a un fin. Cf. 2 Jn. 12; Jn. 15:11; 16:24.

21 El uso de ejēte, de acción continua, y no de sjēte, de acción puntual («obtener») puede ser significativo.

22 Ver las citas del Mishnah Pesahim 10.5b; Amós 2:10s.; Josué 24:7; Tácito, Agricola, 45, en Bultmann, 10.

23 Hay una discusión detallada en Schnackenburg, 94–100. Respecto a las posibilidades rechazadas aquí ver Bultmann, 10s., que piensa que la referencia es a los contemporáneos «escatológicos» de Jesús, y Dodd, 9–16, que emplea la idea de la solidaridad de la iglesia con los testigos presenciales. Wengst, 65 y n. 149, sostiene que el «nosotros» es un recurso seudónimo para sugerir la identificación con el autor de Juan, quien también se refiere a sí mismo como «nosotros» en su prólogo.

[1] I. Howard Marshall, Las Cartas de Juan (Buenos Aires; Grand Rapids, MI: Nueva Creación; William B. Eerdmans Publishing Company, 1991), 95–103.