Hace unas semanas el ministerio ‘Teología para Vivir’, en colaboración con la Iglesia ‘La Capilla de la Roca’, comenzaron una serie de sermones expositivos en 1 Juan. Cada sermón está acompañado de una exposición de la Palabra en video, el bosquejo y contenido del sermón preparado por el expositor, así como un comentario adicional de acuerdo al pasaje en cuestión. La finalidad de esto es poder ayudar y motivar a los predicadores a predicar expositivamente de las Escrituras. El comentario que se presenta a continuación, esperamos que sirva como un complemento al sermón y el bosquejo, a fin de facilitar aún más a los predicadores la preparación de sus sermones expositivos.

Nuestro abogado y defensor Jesucristo: 1 Juan 2:1-2

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Nuestro abogado y defensor Jesucristo: 1 Juan 2:1-2

1 Juan 2:1–2

Verso 1. Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Y si alguien peca, tenemos Abogado (Intercesor) para con el Padre, a Jesucristo el Justo.

 

Verso 2. El mismo es la propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

Comentario.

Verso 1. Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Y si alguien peca, tenemos Abogado (Intercesor) para con el Padre, a Jesucristo el Justo.

En este punto hay una breve pausa en el pensamiento, indicada por el «hijitos míos» dirigido por el autor a sus lectores.19 En los versículos anteriores ha tenido muy presentes a sus opositores, y ha citado la clase de afirmaciones que hacen, por las cuales otros miembros de la iglesia podrían ser desviados. Ahora dirige su atención más específicamente a los miembros de la iglesia y les hace una exhortación. El que haya escogido la palabra «hijitos» indica la cariñosa preocupación que tiene por ellos. Cuando los describe como hijos de Dios, emplea otra palabra griega (3:1).20 Es interesante notar que, aunque Jesús ordenó a sus discípulos no llamarse «padre» unos a otros (Mt. 23:9), a menudo se compara la relación del pastor con su congregación con la de un padre con sus hijos, y los pastores no tenían reparos en dirigirse a sus congregaciones como «hijos» (e.g., 1 Co. 4:14, 17; Gá. 4:19; 1 Ti. 1:2; Flm. 10; 3 Jn. 4).

En los versículos anteriores Juan había hecho hincapié en el hecho de que los cristianos no estaban libres del pecado. Era posible que sus lectores interpretaran esto21 como una licencia para pecar. Si una de las características de los cristianos era el pecado, y se podía conseguir el perdón gratuitamente, los lectores bien podían reaccionar como aquellos que decían: «¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?» (Ro. 6:1). Juan, por tanto, tenía que poner muy en claro que lo que él buscaba era que los cristianos no pecaran. El pecado no confesado era incompatible con la comunión con Dios. El propósito de Juan, por tanto, era que sus lectores reconocieran su pecado y lo confesaran, y también que se esforzaran por vivir sin pecado. Es fácil vivir sin pecado si uno niega que sus actos son realmente pecaminosos. Juan desea que sus lectores se den cuenta del hecho de que el pecado lo penetra todo … y que, sin embargo, vivan sin pecar.

Luego de insertar esta nota casi parentética, regresa por tercera vez al tema del perdón. Existe un remedio para aquellos que pecan y lo confiesan, y consiste en el hecho de que «tenemos a uno que habla ante el Padre en defensa nuestra.» Así parafrasea la NIV la palabra griega que generalmente se traduce como «abogado». La palabra castellana se basa en el latín advocatus, que a su vez corresponde al griego paraklētos, y significa literalmente «uno llamado al lado (para ayudar)». En este contexto, indudablemente significa un «abogado» o «defensor», en un contexto legal. Significa una persona que intercede en favor de otro. Hay buena evidencia de que éste era uno de los significados de la palabra griega, y era común en el Antiguo Testamento y en el trasfondo judío del Nuevo Testamento. Pablo también habla de Jesús como el que está a la diestra de Dios e intercede por nosotros (Ro. 8:34). Esta es la idea que se encuentra aquí. No tenemos nada que argumentar ante Dios para ganar el perdón por nuestros pecados, pero Jesucristo actúa como nuestro abogado y presenta su defensa en favor nuestro.22 Se lo describe como justo. A Juan le gusta emplear este adjetivo con respecto a Jesús, especialmente cuando piensa en Jesús como un ejemplo que deben seguir los cristianos (2:29; 3:7). También Pedro describe a Jesús en esta forma cuando contrasta la inocencia de Jesús con la maldad de los que lo mataron (Hch. 3:14; cf. 7:52), pero sobre todo se refería a Jesús como el Justo que murió por los injustos, para llevarnos a Dios (1 P. 3:18).23 Esta es la idea que se encuentra aquí. Jesucristo no solamente no tiene pecados propios por los cuales deba sufrir, sino que tiene la capacidad de interceder por otros, por cuanto no ha sido contaminado por el pecado. Puede, por así decirlo, presentar su propia justicia ante Dios y pedirle que perdone a los pecadores en base a su acto justo.24

Verso 2. El mismo es la propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.  

Pero ¿cuál es precisamente el fundamento sobre el cual el abogado basa su caso? Juan pasa a elucidar el pensamiento describiendo a Jesús como «la propiciación» (hilasmos) por nuestros pecados. El único otro lugar del Nuevo Testamento donde se encuentra esta palabra es 4:10,25 y ha dado lugar a considerable debate, por no decir controversia. Cuando la palabra aparece fuera de la Biblia, transmite la idea de una ofrenda presentada por el hombre con el fin de aplacar la ira de un dios a quien ha ofendido. Era un medio de hacer cambiar al dios de una actitud de ira a una actitud favorable dándole algo para compensar por la ofensa que había sufrido. En la versión griega del Antiguo Testamento, sin embargo, el significado es debatible. Westcott y Dodd afirman que, mientras en el griego secular el objeto de la acción del verbo correspondiente es el dios ofendido, en el Antiguo Testamento el objeto es la ofensa misma, y de allí concluyen que «el concepto de la Escritura … no es el de apaciguar a alguien que está airado y que tiene un sentimiento personal contra el ofensor, sino el de cambiar el carácter de aquello que ocasiona desde fuera una necesaria separación y coloca un obstáculo inevitable a la comunión.»26 Esta opinión fue fortalecida al hacer notar que Dios mismo puede ser el que provee el sacrificio. La conclusión era que en las fuentes seculares la palabra significa «propiciación», i.e., un medio para aplacar a una persona ofendida, pero en la Biblia significa «expiación», i.e., un medio para neutralizar el pecado y anularlo. Como ninguna de estas palabras es de uso común hoy día, algunas versiones modernas ofrecen una paráfrasis. La Versión Ecuménica combina las dos ideas al traducir «sacrificio de purificación», ya que el «sacrificio» es algo que se ofrece a Dios y la «purificación» es algo que se hace debido al pecado. La Versión Popular dice: «Jesucristo se ofreció para que nuestros pecados sean perdonados»; mientras que la Biblia para Latinoamérica traduce: «El es la víctima por nuestros pecados».

La interpretación de la evidencia de Westcott y Dodd ha sido fuertemente cuestionada por L. Morris y D. Hill.27 Estos dos eruditos han demostrado que a menudo en el Antiguo Testamento está presente la idea de aplacar la ira de Dios cuando se usa el grupo de palabras en cuestión, y concluyen que lo mismo es verdad en el Nuevo Testamento. El sentido del pasaje en 1 Juan, entonces, sería que Jesús propicia a Dios con respecto a nuestros pecados.28 No cabe duda de que éste es el significado. En el versículo anterior Jesús actúa ante Dios como nuestro abogado. La imagen que continúa en este versículo es la de Jesús abogando por la causa de los pecadores culpables ante un juez a quien se le pide el perdón de una culpa que ellos reconocen. No se le está pidiendo que los declare inocentes, i.e., que diga que no hay evidencia de que hayan pecado, sino más bien que les conceda el perdón por el pecado que reconocen. Para que se conceda el perdón, se realiza una acción con respecto a los pecados que tiene el efecto de volver a Dios en favor del pecador. Si deseamos, podemos decir que los pecados son cancelados por dicha acción. Esto significa que una acción tiene el doble efecto de expiar el pecado y así propiciar a Dios. Estos dos aspectos son inseparables, y una buena traducción tratará de transmitir los dos.29

El sacrificio propiciatorio, naturalmente, es la muerte de Jesús. Esto es evidente por el hecho de que en la afirmación paralela de 1:7 es la sangre de Jesús la que nos limpia de todo pecado. La sangre es una metáfora de la muerte sacrificial.

Se deben notar dos puntos importantes. El primero es que Jesús es tanto el abogado como el sacrificio propiciatorio. Lo que ruega por los pecadores es lo que él mismo ha hecho a su favor. Esto es lo que lo hace para ellos un abogado justo. El segundo punto es que los términos de abogado y sacrificio parecen colocar a Jesús en contraste con Dios como si Dios tuviera que ser persuadido por un tercero de que nos perdone. Una debilidad inherente a la imagen que se emplea aquí es que corre el peligro de presentar a Dios como un juez reacio, a quien el abogado tiene que arrancar el perdón para los pecadores. Pero ésta sería una conclusión falsa. Ya en 1:9 Juan ha hecho hincapié en que Dios es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y en 4:9s. une su poderosa voz al coro del Nuevo Testamento que declara que fue Dios el Padre quien dio a Jesús su Hijo para que fuera el sacrificio propiciatorio por nuestros pecados. Es Dios mismo quien provee el medio de nuestro perdón y paga el costo. El término «abogado», en última instancia es inadecuado para expresar la paradoja del Dios ofendido que perdona por sí mismo nuestras ofensas dando a su propio Hijo para que sea nuestro Salvador.

Pero no es esto lo único de lo cual debemos admirarnos.30 En una de las típicas ideas que agrega, Juan añade que la eficacia de este sacrificio no se limita a los pecados del grupo particular de sus lectores, sino que alcanza a toda la humanidad.31 La provisión universal implica que todos los hombres la necesitan. No hay camino a la comunión con Dios excepto por el perdón de nuestros pecados por medio del sacrificio de Jesús. Al mismo tiempo, Juan descarta la idea de que la muerte de Jesús sea de eficacia limitada: la posibilidad del perdón es cósmica y universal. Como suele suceder, Carlos Wesley captó la idea admirablemente cuando escribió:

Sufrió para al mundo redimir; Propiciación por todos realizó; Por los que no vendrán a él El precio de su vida dio.32

La enseñanza de Juan en esta sección se levanta contra los errores de la iglesia de hoy que reflejan los del siglo i. Uno de estos errores es la idea de que los actos pecaminosos no nos privan del acceso a Dios. Los hombres modernos tratan el pecado con ligereza, y en la medida en que creen en Dios, tienen la convicción de que él es bastante tolerante con nuestras flaquezas y faltas. No se toma con la suficiente seriedad el mensaje de que Dios es luz. Probablemente pocas personas negarán que las acciones deliberada y claramente malas son incompatibles con la religión verdadera. Lo que niegan es que alguno de sus propios actos caiga en esa categoría. Hay un rechazo a medir las acciones por las normas de Dios. El otro error es la pretensión de no tener pecado. Sea lo que fuere que se diga posteriormente en esta epístola, aquí Juan se muestra muy firme contra cualquier pretensión de perfección que puedan tener los cristianos. Ninguno de nosotros está libre de pecado; ninguno de nosotros puede pretender que no necesita la limpieza ofrecida por Jesús a los pecadores.[1]

Adaptado de: I. Howard Marshall, Las Cartas de Juan (Buenos Aires; Grand Rapids, MI: Nueva Creación; William B. Eerdmans Publishing Company, 1991), 111-116.

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Sobre el autor:
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Howard Marshall (1934-2015),D.D. (Ashbury University); BA (Cambridge University); MA; BD; PhD (University of Aberdeen),ministro metodista Escoces, es considerado uno de los eruditos del Nuevo Testamento más importantes del siglo XX. Fue profesor emérito de Nuevo Testamento y Exegesis de la Universidad de Aberdeen en Escocia. Marshall también ocupo la catedra principal de la Asociación para la Investigación Bíblica y Teológica Tyndale, así también fue el presidente de la Sociedad Británica del Nuevo Testamento, entre otros muchos. Marshall tuvo un largo y fructífero matrimonio con Joyce, de quien tuvo cuatro hijos. Joyce fue con el Señor en 1996. Entre sus numerosas publicaciones tenemos; ‘Lucas: Historiador y Teólogo’(1989); ‘Los orígenes de la Cristología del Nuevo Testamento’ (1990), ‘Hechos’, (1980), ‘Jesús el Salvador: Estudios en la Teología del Nuevo Testamento’ (1990); ‘Un Comentario Crítico Exegético a las Epístolas Pastorales’, (1999); ‘Concordancia al Texto Griego del Nuevo Testamento’, (2002); ‘Mas allá de la Biblia: Pasando de la Escritura a la Teología’, (2004); ‘Teología del Nuevo Testamento: Muchos Testigos, un solo Evangelio’ (1994); ‘Perspectivas sobre la Expiación’ (2007), etc.

Notas:

19 Las versiones castellanas traducen bien el griego teknion, literalmente «niñito», una forma diminutiva que expresa afecto.

20 Respecto a teknion, ver 2:12, 28; 3:7, 18; 4:4; 5:21. Juan usa también paidion (2:14, 18) en el mismo sentido.

21 Tauta se refiere a lo que acaba de escribir, pero el autor puede estar pensando en la epístola en su totalidad; cf. 5:13.

NIV New International Version

22 El significado de paraklētos en Juan 14–16 puede ser diferente del de este pasaje. No es necesario tratarlo aquí. Ver J. Behm, TDNT V, 800–814; R. E. Brown, The Gospel according to John, Nueva York, 1967, y Londres, 1971, II, 1135–1144; O. Betz, Der Paraklet, Leiden, 1963.

23 J. Jeremias, TDNT V, 707, sostiene que lo que aquí tenemos es un título mesiánico tradicional que se remonta a Isaías 53:11; cf. Enoc 38.2; 53.6

24 Posiblemente el pensamiento sea que su defensa no se basa en una vana pretensión.

25 Se emplean otras palabras de la misma raíz: hilaskomai en Lc. 18:13 y He. 2:17; hilastērion en Ro. 3:25 y He. 9:5; y hileōs en Mt. 16:22 y He. 8:12.

26 Westcott, 85–87; C. H. Dodd, «Hilaskomai, its cognates, derivatives and synonyms in the Septuagint», JTS 32, 1931, 352–360; reimpreso en The Bible and the Greeks, Londres, 1935, 82–95.

27 Ver L. Morris, The Apostolic Preaching of the Cross, London, 19653, caps. 5 y 6; D. Hill, Greek Words and Hebrew Meanings, Cambridge, 1967, cap. 2. Ver además R. R. Nicole, «C. H. Dodd and the Doctrine of Propitiation», Westminster Theological Journal 17, 1954–1955, 117–157; ídem, «‘Hilaskesthai’ Revisited», EQ 49, 1977, 173–177; N. H. Young, «C. H. Dodd, ‘Hilaskesthai’ and his critics,» EQ 48, 1976, 67–78.

28 El griego peri; cf. 4:10; 1P. 3:18. Ver también He. 5:3; 10:6, 8, 18, 26; 13:11; Riesenfeld, TDNT VI, 53–56.

29 El problema es si la acción tiene principalmente el propósito de expiar el pecado o de propiciar a Dios. El argumento común de que no puede estar presente la idea de propiciación porque es Dios quien provee el medio no puede aplicarse a este pasaje, ya que es Dios ante quien aboga el Hijo. (Por esta razón H. Clavier se equivoca al interpretar el pasaje en el sentido de que Dios ofrece la propiciación a los hombres con el fin de ganarlos y de que abandonen la oposición a él: «Notes sur un mot-clef du johannisme et de la sotériologie biblique: hilasmos», NovT 10, 1968, 287–304.) El hecho sería que el grupo de palabras puede tener diferentes matices en diversos contextos, y en algunos casos tiene el sentido de expiación (cf. 2 R. 5:18; Sal. 25:11; Sir. 5:5s.), mientras que en otros tiene el sentido de propiciación. Ver además J. D. G. Dunn, «Paul’s Understanding of the Death of Jesus», en R. J. Banks (ed.), Reconciliation and Hope, Grand Rapids/Exeter, 1974, 125–141, especialmente 137–139.

30 Nótese el extraño empleo de de tan avanzada la oración (BD 4752).

31 Cf. Jn. 1:29. La opinión de Westcott (44s.) de que debemos traducir «sino por todo el mundo» parece demasiado sutil.

32 The world He suffered to redeem;

For all He hath the atonement made;

For those that will not come to Him

the ransom of His life was paid.

«Father, whose everlasting love.» (The Methodist Hymnbook, Londres, 1933, No. 75).

[1] I. Howard Marshall, Las Cartas de Juan (Buenos Aires; Grand Rapids, MI: Nueva Creación; William B. Eerdmans Publishing Company, 1991), 111–116.